martes, 3 de abril de 2018

Thoreau y la economía: La práctica de lo salvaje


Otra economía. Economía en su vieja acepción de intendencia de recursos y acondicionamiento de espacios con el fin de asegurar la propia manutención y bienestar; a partir de ahí saber vivir, vivir del modo idóneo, saber distinguir una manutención que abra al mejor vivir de otra que lastre las posibilidades que nos ofrece la vida, ordenar la costumbre, pautar del mejor modo el trabajo y  la cotidianidad… Se dice que Aristóteles dedicó un tratado específico a la Economía y no debiera extrañarnos. La filosofía aspira también al saber vivir, al vivir y su excelencia... Thoreau, con enorme intuición, considerará ambas disciplinas en estrecha conexión; en sus propias palabras “economía de la vida que es un sinónimo de la palabra filosofía”[1].  A partir de ahí no deberá extrañarnos que entienda su vida como un abordaje de las posibilidades efectivas de un vivir orientado desde la admiración por lo real. La admiración, en la que arraiga según los griegos el origen de la filosofía, será para Thoreau la cumbre del saber vivir. Este será el horizonte filosófico[2] en el que debiera culminar la propia economía y, acaso, la economía en un sentido general. Tal será la perspectiva teórica de la que parta el sabio de Walden.
Hablamos de economía en su sentido tradicional, el que le daba Aristóteles, atendiendo a la organización del vivir en el mundo. Thoreau, básicamente, escribía sobre su vida. Su filosofar rebosa en el desplegarse del día a día borboteando a partir de la narrativa de esa cotidianidad a través de una prosa ensayística de altura que deja de lado toda pretensión sistemática. De lo que se trata es de dejar hablar a la propia capacidad de vida, de hablar al ras de la vida misma. La erudición teórica de este singular romántico americano y su conocimiento de los clásicos, amplio e intenso, enhebran así un pensamiento vivo que ansía encarnarse y tomar cuerpo. Ernst Jünger, en Los titanes venideros nos dirá: “El diario es para mí algo privilegiado porque permite registrarlo todo y relatarlo espontáneamente, tal como se presenta, y permite anotar cada intuición con la máxima libertad, sin vínculos formales. Para mí es como una plegaria cotidiana y en parte la sustituye”. Creo que lo dicho contextualiza a la perfección el ensayo de la cotidianidad en el que la obra de Henry David Thoreau alcanza su forma propia. Tanto en lo que tiene de indagación teórica como en lo que tiene de praxis espiritual.
 En Thoreau, efectivamente, su propio habitar en el mundo, su modo de vivir, es lo que hilvana la obra. Al atender estas cuestiones investiga lo que sería una regla de vida vertebrada desde ese admirarse por lo real. De ahí que su obra y, en especial, Walden destaque por ese carácter, conscientemente experimental, en el que las posibilidades de retirarse en el bosque constituyen el experimento; por eso la trama de Walden es lo cotidiano, la manutención más elemental, lo que va pasando, el calentarse, la casa, los cultivos, el bosque y sus habitantes, la descripción del día a día, de los ritmos y procesos naturales… En Walden el filosofar, un filosofar entendido como emboscadura e indicación de lo contemplativo, arraiga y brota como fruta madura de toda esa cotidianidad a partir de la cual uno vive y se mantiene. Recordemos el estrecho vínculo entre modo de vida y filosofía del que parte Thoreau.
Esa vida,  necesariamente, será una vida simple y sencilla y, por tanto, al margen de las exigencias que impone al hombre la vida moderna y el desarrollismo inherente a la economía productiva. La sencillez que postula Thoreau consiste en dejar de lado todo lo superfluo para a partir de ahí podernos dedicar a lo que vida y naturaleza, por su propia iniciativa y presencia, nos brinden. Su postura resulta paralela a la de Martin Heidegger. Heidegger apela en Conceptos fundamentales[3] a la necesidad de ir removiendo y dejando de lado todo la trama de lo superfluo y de necesidades ficticias, siempre crecientes, que van quedando tendidas, como si de señuelos se tratara, en el horizonte vital del hombre contemporáneo. Para Heidegger esta praxis sirve un tránsito que termina por desvelar, precisamente, lo que no nos es superfluo; la escucha del ser, la atención a su presencia. Para Thoreau dejar de lado las necesidades ficticias que nos impone la convención social amparará el desvelamiento de una vida verdadera en contacto con lo real.
Respecto del modo de vida característico de la modernidad nos dirá Thoreau “Vivimos… como las hormigas aunque la fábula nos cuenta que hace ya mucho fuimos transformados en hombres”[4]. Aunque la fábula es de Esopo describe perfectamente el modo en que el sabio de Walden entiende las sociedades modernas y su administración de la vida; una vida que engrana al hombre, como si de una simple pieza se tratara, en una megaestructura social de enorme complejidad. Esta megaestructura, con su propia agenda de rendimientos completamente ajena a los intereses de los hombres que la componen, bien pudiera asimilarse a una entidad colectiva. En tal sentido el símil de las hormigas y del consiguiente hormiguero como marco de vida resulta una analogía fértil ya que es cierto que una sociedad así entendida estaría más cerca de una entidad colectiva que de una comunitas humana de personas, cuerpos y rostros concretos…
La crítica de Thoreau al modo de vida moderno transitará por veredas que, tiempo después, muchos siguen hollando. Al modo de vida vigente lo considera completamente alienado desde las sugestiones compartidas que impone la economía productiva. En tal sentido apelará a esa diferencia de origen platónico entre lo real y lo aparente[5]. La vida moderna quedaría instalada en la caverna[6], en el culto a la apariencia y a las retóricas mentales que ésta le impone al hombre. La apariencia cobraría cuerpo al quedar el alma del hombre seducida por los deseos ficticios de prosperidad que introyecta en la conciencia el modo de vida moderno. El hombre así se vería arrojado a la caverna suponiendo que trabaja para una prosperidad que, en realidad, no sería sino la excitación inducida por esas necesidades ficticias que dejan de lado la propia capacidad de vida. Para el sabio de Walden un mundo de abducción de lo real incapaz de alcanzar la vida más allá de su superficie.
La agudeza del análisis de Thoreau alcanza incluso la cuestión de la máquina en tanto imagen que expresa la mentalidad de nuestro tiempo; lo que Heidegger de un modo paralelo llama la mentalidad técnica. Según su criterio “los hombres se han convertido en herramientas de sus propias máquinas” [7]. Desde esta perspectiva lo que se subraya es una imagen de lo social y de la vida que toma como modelo la maquina; de tal modo que el propio hombre, trabajando y consumiendo, no alcance a ser otra cosa que una mera pieza de la maquinaria global. Así la imagen de la máquina, con sus automatismos, piezas y engranajes, da perfecta cuenta de un paisaje humano en el que los hombre serían las piezas a engranar. “No subimos al ferrocarril, éste se sube a nosotros”[8]; la técnica moderna imponiendo su propio orden y figura e imponiéndose a las conciencias de los hombres…
Resultan radicales y brillantes las intuiciones que Thoreau va deslizando en su obra a propósito de este tema; la realidad, la apariencia “creemos que es lo que parece ser”[9], la caverna, la alienación de lo humano, la sociedad como gran maquinaria y el hombre como engranaje, la mentalidad técnica como la figura del tiempo presente…Atendiendo a lo dicho no será de extrañar que su crítica política alcance al propio Estado en tanto forma política del control total sobre la vida.
Hallar la posible cura a este grado de alienación será el objetivo del experimento existencial que aborda y comparte en su obra. Thoreau entenderá que la “única cura” será “una economía estricta, una simplicidad austera y una elevación de nuestros objetivos”[10]. Y es que, en palabras de Heidegger, dejar de lado esas supuestas necesidades para encontrar lo que no nos es superfluo terminará por desvelar lo esencial al hombre, que no será sino la atención a la simple presencia de las cosas que son. Para Thoreau la vía abierta a la realidad por fin despojada de toda esa maraña de convenciones sociales.
La de la naturaleza, para Thoreau, será la cuestión de lo real, y ésta la cuestión del ser. En sus propias palabras “lleguamos así hasta un suelo duro y rocoso que podamos llamar realidad  y del que podamos decir: esto, sin duda, es”. Respecto de la atención a la naturaleza no se trata pues de una cuestión meramente estética. Este romántico emboscado entiende el acercamiento a lo natural en clave ontológica, como iniciación a lo real y en clave de gozo desatado. En la atención al ser de las cosas que son “la indescriptible inocencia y beneficiencia de la naturaleza, del sol, del viento, y de la lluvia, del verano y del invierno, ¡que salud y que alegría perpetua proporcionan!.”[11] Alcanzar esta plenitud vital exigirá instalarse en esa vida sencilla y simple. En palabras del sabio de Walden “cuando un matemático desea hallar la solución de un problema difícil empieza por deshacer todas las dificultades de la ecuación, reduciéndola a sus términos más sencillos. Hagamos lo propio y simplifiquemos el problema de la existencia” [12]. Solo así descollará lo esencial a la vida tras reducirla a lo más básico.
Esta simplificación de la vida, dejando de lado las sugestiones que impone la vida moderna, alcanza suelo firme en el contacto con la naturaleza. La naturaleza y su experiencia no será un añadido a la vida sino que será lo que originariamente se nos brinde, lo desnudamente real; tanto en términos contemplativos como puramente físicos y en relación al trabajo diario. De ahí que la remisión al ser y a lo real, expresándose como naturaleza, sea la conclusión lógica de esta analogía matemática. Los paralelismos entre Heidegger y Thoreau, tanto en la remisión a lo esencial y a la cuestión del ser como en la disposición que ambos tienen ante la técnica moderna resultan evidentes. La crítica a la borrachera tecnológica que propicia la modernidad, al menos en Thoreau, tendrá a su base la relevancia del trabajo con el cuerpo en plena naturaleza, con la consiguiente técnica básica, en tanto expresión de una economía de manutención a la medida de lo humano[13].
La práctica de lo salvaje. Ya expuse en qué medida indagando en esa economía de medios y espacios el sabio de Walden experimenta las posibilidades de una vida atenta al encuentro con lo real. Thoreau trata de volver al modo de vida de las viejas tradiciones de la physis[14]. La finalidad es hacer de la vida una permanente intimidad entre hombre y naturaleza. Esta  vida sencilla y ajena a las distracciones mundanas abre a lo esencial del hombre. Esta apertura, tanto en términos contemplativos como en relación al trabajo con el cuerpo, será un acaecer y recogerá, como fruta maduro, la vieja actitud filosófica[15] de maravilla y fascinación ante el ser y su presencia. Siendo la atención a la naturaleza lo más propiamente humano la plenitud y equilibrio del hombre dependerá de la intimidad con la misma. Desatender este contacto íntimo con la naturaleza sellará la alienación de lo humano. Esta atención a la naturaleza tendrá a su base la propia naturaleza humana y su corporalidad[16] y no solo en relación al trabajo físico...  “Cada mañana era una alegre invitación para hacer de mi vida algo tan sencillo e inocente como la naturaleza misma… Me levantaba temprano y me bañaba en el lago; era un ejercicio religioso y una de las mejores cosas que hacía”[17] nos dirá Thoreau apelando a la celebración del amanecer y recordando a los griegos[18]. Ser cuerpo, ser naturaleza a través del cuerpo, ser naturaleza, atender a lo real y ser realidad. Dejar de lado lo que es mera apariencia mundana; “sea vida o muerte solo queremos la realidad”[19], el acceso a lo real, la escucha del ser, la vida simple y los trabajos de la vida natural, la vida plena y la gran salud capaz de superar las alienación y lo enfermizo de la vida moderna.
Todo lo dicho será una nota decisiva para entender el perfil de sus acercamientos al espíritu. En tal acercamiento la cuestión del ser, entendida desde la receptividad y atención simple a las cosas que son, será decisiva. Lo será a la hora de entender su propia vocación espiritual y no solo sino también en términos sociales y políticos[20]. Por eso, saber distinguir y discriminar el ser de la mera apariencia será una de las vigas maestras de toda su obra. La plenitud de lo humano y la gran salud, sabiendo dejar de lado la convención social y su ruido mental, será lo que esté en juego. Lo real, la apariencia, el ser, la naturaleza como vehículo de contemplación, entender la belleza moral desde la apertura a lo real… Estamos ante pilares y cuestiones básicas de la metafísica y la reflexión filosófica occidental.
De lo expuesto hasta ahora quizá pudiera entenderse a Thoreau como un asceta que nos invita a una vida singular, dura y eremítica. Efectivamente, su regla o pauta de vida tiene elementos que él mismo califica como espartanos pero no se reduce a una mera ascética entendida como un ejercicio singular de rigor y pretendido dominio de sí. El sabio de Walden lo que propone es un modo de vida y una economía de medios orientada hacia la salud y equilibrio del alma. Consideremos que, por mucho que valore la soledad, Thoreau no se retira a la cabaña de Walden por rechazar la vida comunitaria y buscar un aislamiento eremítico o la mortificación del espíritu. De hecho en el relato de sus días junto a la laguna, allí en, Walden no rehuye de las visitas de los amigos y de cierto contacto con el mundo exterior. “Mi carácter no es el del ermitaño y podría sentarme sin problemas con el más rudo parroqiano de un bar si mis asuntos me llevaran allí”[21] nos dirá.
En realidad lo que reivindica Thoreau es lo que él mismo denomina la práctica de lo salvaje. Su modelo es el de la vida de frontera, la vida natural en contacto con la naturaleza, la frontera oeste completamente al margen de todo lo que supone el modo de vida que irradian las urbes modernas, una frontera al margen de la administración de la vida, un Oeste entendido como tierra mítica y genésica, un modo de vida recio pero fértil espiritualmente. Su modelo, trabajando y contemplando con el cuerpo, es la vida del indio, la del aventurero y la del colono de primera hornada; alguien que asegura su intendencia, su equilibrio y la riqueza de su vida espiritual en esa intimidad con la vida natural. Thoreau apela a un hombre primordial, pleno y, en tal medida, sano; en Walden nos dirá: “no puede haber una melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos”[22]. De este modo re-elabora su sintonía con el romanticismo desde la sensibilidad americana –más rural, más salvaje, menos sofisticada, en una clave de añoranza por la vida del hombre ancestral y reconociendo a ese hombre bien distante de la apresurada y/o refinada vida ciudadana. Ese hombre natural, que en palabras del beatnik y seguidor de Thoreau Gary Snyder, se instala en el “cultivo de los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu”[23]. La práctica de lo salvaje; la ruptura con lo aparente y con la convención social, la vida natural, al encuentro de la naturaleza y del gran caudal de una vida real, la atención a la presencia de las cosas que son[24]



* El dibujo que ilustra la entrada en su encabezamiento es de Frithjof Schuon
[1] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 56
[2] No olvidemos que la filosofía en su sentido clásico se considera maestra de vida y centrada en el arte de vivir. Toda la investigación filosófica sobre la ontología o las potencias intelectivas de lo humano encontrará en la vida –en la afirmación de la vida del hombre-  su cualidad y horizonte propio.
[3] Martin Heidegger.Conceptos fundamentales; curso del semestre de Verano. Friburgo 1941. Alianza editorial.
[4] Henry David Thorea. Walden. ed. Errata naturae, pg. 96.
[5] Cfr Henry David Thoreau. Walden. Donde vivía y para qué vivía.
[6] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae,  99
[7] Henry David Thoreau. Diarios. 30 de septiembre de 1845
[8] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 98
[9] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae,  pg 10
[10] Henry David thoreau. Wal den. Ed. errata naturae, pg 97
[11] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 146
[12] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 97
[13] En este sentido resultan reveladoras las páginas que dedica a uno de sus vecinos, Alek Therien,  y a su modo de vivir en el bosque sin por ello advertir en él una vocación espiritual clara aunque alabando su intuitivo saber, su espontaneidad, su salud interior y su luminosidad anímica. Henry David Thoreau. Walden , Ed. errata naturae, pg. 154 y ss.
[14] Con tal denominación me refiero a las tradiciones de los pueblos que han vivido en contacto íntimo con la naturaleza; hasta el punto de ser la naturaleza ese libro abierto que indica lo sagrado y el misterio. Physis significa naturaleza en griego, no solo en el sentido que damos ahora a la palabra sino también en el sentido de potencia creativa y generador de vida. La idea de Physis es similar a la de natura naturans de la metafísica medieval que retoma el romanticismo.
[15] Thoreau entiende la economía, un saber vivir que persigue la manutención,estrechamente emparentada con el saber vivir de la filosofía que no sería sino la culminación del saber vivir
[16] Sobre la cuestión del cuerpo me extenderé más en la entrada que dedicaré a la contemplatio naturalis en Thoreau.
[17]  Henry David Thoreau. Walden. Ed, errata naturae, pg 94
[18] La tradición pitagórica daba mucha importancia a los momentos del amanecer y del crepúsculo. En las comunidades pitagóricas posteriores a Pitágoras se recitaban los versos de oro en esos momentos del día .
[19] Henry David Thoreeu. Walden. Ed. errata naturae, pg 102
[20] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 103
[21]Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 149
[22] La melancolia llamada de bilis negra aludía a los trastornos  y desequilibrios anímicos especialmente graves atendiendo al lenguaje erudito, de raigambre medieval y renacentista, que aun se empleaba en la época de Thoreau.. Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 140
[23] Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Gary_Snyder
[24] El libro de Thoreau “Un paseo invernal” será un perfecto ejemplo de la práctica de lo salvaje además de un maravilloso poema en prosa, que diría Baudelaire, en el que se da la palabra a la naturaleza. En él mismo se nos narra una experiencia de intimidad y contacto con la naturaleza con el telón de fondo de la dureza, la contracción y la misteriosa belleza del Invierno; resistiendo al Invierno y sabiendo del calor interior que anima el vigor al contacto con los fríos, reconociendo la virtud y la belleza de estar a la altura de la prueba invernal con un ánimo encendido, siendo consciente de la fertilidad espiritual que brota de todo ello.

domingo, 11 de marzo de 2018

Thoreau: la política, la religión

Thoreau, efectivamente, dirigió una crítica dura a las instituciones de su tiempo, religiosas y no religiosas. Si ponderamos esas críticas en el contexto de su obra, básicamente, las echará en cara desatender lo esencial de lo humano desde la imposición de convenciones sociales diversas. Thoreau critica al Estado –como agente de administración de las conciencias-, critica la naciente economía capitalista y el modo en que organiza la actividad humana y la relación con el trabajo, critica el modo de vida moderna -su tempo, su ruido- y el mundo evanescente de apariencias que instaura, critica la programática de dominio técnico de la naturaleza y de todo lo real, critica todas las sugestiones compartidas que, en la modernidad naciente, terminan por colonizar la conciencia y el alma del hombre... También critica a los reformadores religiosos, esto es, a los representantes de la religión exterior protestante a los que achaca su obsesión moralista[1]. En realidad su crítica alcanza a todas esas castas burocratizadas de mediadores de la verdad, que, estando implicadas con el tiempo que las toca, pretenden tener el monopolio humano respecto de los “asuntos divinos”[2]. Desde su perspectiva desatenderán las cuestiones esenciales evadiéndose del conflicto cerrado con el signo de los tiempos y con la violencia que éste despliega sobre el hombre. Conviene subrayar que la distancia crítica de Thoreau con la religión exterior, en su caso una apelación a la religión interior en un contexto de crisis de civilización, va dirigida, más que a su núcleo, a la actividad pastoral de sus representantes. En realidad el sabio de Walden no solo no critica las tradiciones sapienciales de esas religiones sino que las valora desde su propia indagación personal.

Si atendemos a la comprensión de sus propios principios, si algo tendría que achacar Thoreau al catolicismo, a los unitaristas[3] o a los puritanos[4], –todas ellas corrientes religiosas con las que cabe relacionarlo de algún modo- es su falta de coherencia espiritual y política. En este contexto de crítica a la religión exterior y de distancia hacia sus instituciones y pastores destaca, sin embargo, su breve y explícito acercamiento al  catolicismo y el viaje a Roma que llegó a planear[5]. En realidad no es algo que deba sorprendernos. Thoreau conocía en profundidad la obra de San Agustín y como otros románticos de cultura protestante[6] se vio tentado por el catolicismo como posible renovatio contramoderna. Con todo, la desconfianza radical del sabio de Walden hacia todo lo que pudiera suponer algún género de compromiso con el signo de los tiempos hacía difícil cualquier acercamiento a institución religiosa o confesión alguna coincidente con el proceso histórico que observaba. La religión o la política solo le podían interesar en caso de que éstas se constituyeran, nítidamente, desde la apertura radical a la vida; y la vida, desde sus propios quilates, no será sino la experiencia de lo real, la apertura al ser de las cosas que son dejando de lado el acercamiento supuestamente utilitario que caracteriza la apropiación moderna de la naturaleza. Thoreau solo se hubiera acercado a una religión exterior nítidamente comprometida con lo dicho y, en tal medida, radicalmente distante y activamente confrontada con todo lo que tuviera que ver con la dinámica que iba imponiendo el progreso histórico.

Thoreau es un romántico que exige una renovatio de gran calado y acaso un socrático que es consciente de la crítica a la que hay que someter a la propia tradición en tiempos de crisisComo romántico, ya lo he apuntado, es un romántico radical que no admite compromiso alguno con su tiempo ni rebaja alguna en el calado de esa renovatio. Podríamos calificarle de revolucionario, efectivamente, pero solo si le distanciamos del progresismo al uso y de la factura ilustrada de las ideologías modernas. Su revolución y su política[7], en realidad, apelan a un retorno al hombre primordial; ese hombre que constituye su soberanía en la intimidad y en el codearse con la naturaleza y el encuentro con la vida, bien lejos de los poderes  mundanos. De ahí su apelación a los indios y a un Oeste entendido como frontera abierta a un más allá; un Oeste casi metahistórico en el que arraigaron los primeros colonos y aventureros además de, por supuesto, los nativos americanos.  A diferencia del progresismo ilustrado su propuesta encontraría su quicio en volver a naturalizar al hombre y dejar de humanizar la naturaleza; liberando así a ambos de la cosificación que va implementando la administración de la vida inherente al binomio capital-estado. En realidad, en el sentido más excelso del término Thoreau es un profundo reaccionario a la par que revolucionario. Su libertarismo a la americana[8] y el primado que postula de las cuestiones de conciencia sobre la programática y las leyes injustas que imponen “los poderes mundanos” deben ser entendidas desde esta perspectiva. En el sabio de Walden, esto hay que tenerlo muy claro, quedan dislocadas las categorías políticas convencionales.

Creo importante hacer notar Thoreau nunca se calificó políticamente como anarquista –de hecho no critica toda autoridad- y que ciertas calificaciones son algo sobrevenido a su obra. De hecho el anarquismo como movimiento político activo en Estados Unidos es varias décadas posterior al tiempo en que vivió Thoreau. Otra cosa es que ciertas corrientes pertenecientes a la periferia del libertarismo puedan reivindicar coherentemente al sabio de Walden. En tal sentido me viene a la cabeza Gary Snyder, practicante y estudioso del budismo zen además de poeta cercano a la beat generation y políticamente libertario. Sobre lo vinculable que pueda ser Thoreau con el libertarismo y el anarquismo adviértase que el libertarismo dominante es de tradición ilustrada y moderna por mucho que esto sea una colosal contradicción ya que si algo caracteriza la modernidad es esa programática de administración de la vida sometiendo lo real y lo humano a todo tipo de rendimientos –en la modernidad todos somos cosas-. Thoreau, en relación al libertarismo, sería una especie de ultralibertario en el sentido de ir más allá de lo libertario al apuntar a las viejas cuestiones del espíritu en su crítica al modo de vida moderno que imponen capitalismo y Estado. Análogamente, en relación al típico reaccionario conservador sería un ultrareaccionario que va mucho más lejos en su reacción frente al proceso histórico tecnoilustrado –lo que llaman el progreso-.

Como se constata el sabio de Walden desborda las categorías políticas convencionales y también desborda la esfera de las confesiones religiosas de su tiempo; lo que no quiere decir que no haya echado raíces en su propia tradición intelectual y religiosa. Este perfil responde a su arraigo en la propia traditio a la que pertenece, eso sí, atendiendo a la disposición romántica que lo caracteriza. Desde tal disposición se atiende a la tradición y, al tiempo, se toma nota de la decadencia de sus instituciones empapadas éstas, quiérase o no, del signo de los tiempos. Insisto que en el romanticismo late una urgencia de renovatio y de gran viraje histórico. Y es que atender a la tradición en tiempos de crisis podría significar no tanto dejar de someter a crítica a determinados representantes institucionales como atender a la paideia[9] de unas determinadas tradiciones sapienciales en su dimensión más interior; esto será lo que haga el sabio de Walden en su reivindicación de la escritura; básicamente en clave occidental y atendiendo a la mitología griega, a la propia Biblia, a lo más granado de la literatura -Shakespeare, Dante-  y, en general, de las tradiciones sapienciales previas a la modernidad. Como romántico también se interesará por las religiones orientales que ya empezaban a conocerse. Accederá a cierto conocimiento del sufismo y de los vedas, valorando especialmente el Bhagavad gita. Thoreau entenderá la sabiduría oriental desde su acento en una intelectualidad pura, es decir, en su carácter de metafísica estricta[10]. Desde su punto de vista solo cabrá esperar grandes cosas de la recepción en Occidente de las sabidurías orientales. “al mundo occidental aun no le ha llegado toda la luz que está destinado a recibir desde oriente”[11] nos dirá. Como vemos el sabio de Walden se desmarca con radicalidad del pensamiento ilustrado y de considerar a la Ilustración ese tiempo axial en que la razón se emancipa de la tradición, la religión y la superstición. Precisamente, si algo le interesa a Thoreau será esa traditio de lo sagrado que desgrana lo más cimero de la tradición. En el reconocimiento de las sabidurías previas a la ilustración y, también, de las sabidurías de otras culturas será estrictamente romántico.

Como digo Thoreau reivindica la escritura[12] en lo que tiene de gran tradición sapiencial y como esfera de refinamiento y aquilatamiento del lenguaje, que supera sus usos cotidianos, la oralidad y lo coloquial. Ésta gran tradición escrituraria gira, según Thoreau, en torno al desvelamiento de la divinidad y a cómo este desvelamiento se preserva y transmite de tal modo que el aporte escriturario de los clásicos será “el único oráculo que no haya envejecido”[13]; “lo que nos mantiene alerta y nos exige nuestras horas más despiertas”[14]; lo que nos indica la senda de umbrales de ser y plenitud privativos de lo que sería una iniciación a lo divino.

Lejos de traducirse lo dicho en algo banal la obra de Thoreau muestra la tarea de un romántico de primera hornada a la búsqueda de la dimensión interior de esa traditio. El perfecto ejemplo de eso que llamara Guenon una síntesis en un contexto de excepcionalidad y crisis, la propia de la modernidad ilustrada, a la búsqueda de la propia figura espiritual[15]. En el capítulo Leer de Walden relacionará Thoreau el sentido iniciático y mistérico que reconoce presente en la gran tradición escrituraria de los clásicos con la capacidad de visión, con una visión renovada de la realidad, esa visión que insinuaría el desvelamiento de lo divino[16]. “Conmover la calidad del día, esa es la más elevada de las artes. A cada hombre le corresponde la tarea de hacer su vida, hasta el detalle, digna de ser contemplada en su hora más elevada”[17] nos dirá el sabio de Walden. Desvelamiento de lo divino, visión renovada, la realidad tal cual más conmovida, un cambio cualitativo de lo que lo que se nos presenta usualmente a la vista, la realidad tal cual revelando su condición divina, su ser más profundo; nada añadido, nada fantástico sino la realidad desnudada en su ser, lo divino desvelado. Tomemos nota de cómo va enhebrando Thoreau su acercamiento a la espiritualidad. Sirva lo dicho como primer acercamiento a la cuestión de la espiritualidad en Thoreau.

Este sabio singular advertirá sobre el peligro de un mero acercamiento libresco y erudito a estas cuestiones. La lectura debe ser entendida como una práctica de la amanecida, del despertar del alma en las resonancias que la propia lectura sirve. Con todo el gran juego se desarrolla en otra esfera. Esa esfera no será sino lo real expresándose de un modo directo y no analógico. De ahí la necesaria atención y alerta que debemos rendir a lo real.[18] Lo real se brinda y es. Al contemplarlo participamos de su ser. Los pensamientos en cambio “no dejan de parecerse a un águila que de repente entra en el campo de visión, sugiere algo inmenso y emocionante al que la contempla pero nunca se acerca realmente”[19]. La indicación de lo real propia de la escritura será, por tanto, analógica; un símbolo, una metáfora, un guiño del alma para el alma.



[1] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae, pg 74
[2] “hablaban de dios como si disfrutaran del monopiolio de lo divino… no podían tolerar una opinión diversa a la suya”. Henry David Thoreau. Walden. errara natura Ed, pg 163
[3] Los unitaristas era una variedad de protestantismo interior que ponía un especial énfasis en la contemplación de la naturaleza por considerarla expresión de lo divino, y en la unidad del cosmos en Dios entendido éste como principio supremo. Dejaban de lado la teología trinitaria en la afirmación directa de la Unidad divina y de todo en Dios.
[4] A Thoreau se le vincula con los puritanos al postular una vida sencilla que deja de lado todo lo superfluo y solo atiende a las necesidades básicas. Con todo, Thoreau estará muy lejos de lo que sería la reducción de la experiencia religiosa al ascetismo y el rigorismo moral.
[5] Cfr. Introducción. Walden. Editorial Cátedra. Chesterton apunta a la cercanía de William Blake con el catolicismo atendiendo a su realismo visionario y al manejo de ideas y nociones de deudoras de la metafísica tradicional. En realidad algo muy similar cabe decir de Thoreau.
[6] Ejemplo de lo dicho será el filocatolicismo del círculo de Jena, el primer y más importante núcleo romántico. Pienso en los hermanos Schelegel, en Novalis, en Schelling. Otro ejemplo será el de la escuela de pintura de los nazarenos.
[7] Hago notar que Thoreau  nunca participó activamente en política aunque destacó por su rechazo de la esclavitud y de la guerra e invasión de México y, sobre todo, por su encarcelamiento al rechazar el pago de impuestos para tal guerra. Fue Emerson quien pagó la multa y así fue excarcelado Thoreau ya que el se negaba a hacerlo
[8] Me refiero a la vieja tradición antiadministración y antiestado de cierta cultura política americana, la del colono o aventurero  que accede a la tierra y se mantiene en ella de acuerdo con su propia ley y carácter. De tal modo que la ulterior llegada del Estado se percibe como una intervención exterior que acaba con un modus vivendi y operandi. Un tema, por lo demás, tratado magistralmente en algunos western. Con libertarismo a la americana no me refiero al anarcocapitalismo.
[9] La paideia –cfr. Werner Jaeger. Paideia- era  el contexto educativo y de formación del carácter en la cultura griega. Su finalidad era el cultivo de la excelencia como hombre y como ciudadano. En la misma se incluía el propio cultivo de sí al encuentro de la filosofía, la poética, el teatro y la literatura en general. La tradición humanística occidental,  como referencia formadora, encuentra su precedente en la paideia clásica.
[10] “El Nuevo Testamento es excepcional por su moralidad pura  mientras lo mejor de las escrituras hindúes es la intelectualidad pura”. Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 132
[11] Henry David Thoreau. Muskatequid. errata naturae Ed, pg 137.
[12] Henry David Thoreau. Walden. Capítulo Leer.
[13] Henry David Thoreau. Walden, errat naturae ed, pg 107
[14] Henry David Thoreau. Walden .errata naturae ed, pg 110
[15] No olvidemos al amplio reconocimiento que da Guenon a la espiritualidad privada en el contexto cristiano, contexto al que pertenece Thoreau.
[16] Walden. pgs 105 y 114
[17] Henry David Thoreau. Walden. errata naturae ed. pg 96
[18] Henry David Thoreau. Walden, errata natirae ed, pg 119
[19] Henry David Thoreau. Diarios 26 de Octubre 1857

domingo, 25 de febrero de 2018

Henry David Thoreau: El Invierno y sus tránsitos






Abordo en esta entrada una reseña del libro, recientemente aparecido en la editorial errata naturae,“Un paseo invernal”. En la edición junto al relato “Un paseo imvernal” se incluye también el ensayo “Caminar”. Con acierto el editor, dada su calidad literaria, da mayor relevancia a “Un paseo invernal”, un auténtico poema en prosa a pesar de ser un texto menos extenso y conocido que “Caminar”. En este relato Thoreau se adentra en lo que siempre quiso que fuera su obra, un esbozo de la práctica de lo salvaje, dando la palabra a la naturaleza y dejando ser a la salud y belleza que brinda su presencia. También estamos ante un experimento literario de esa poética de la naturaleza y del instante –en el texto se intercala prosa poética y verso- que reivindica Thoreau como horizonte propio de la poesía.


“Traedme buenas nuevas/aun soy todo oídos/ para la serena eternidad/ que no teme el Invierno” nos dirá Thoreau… Las buenas nuevas del Invierno, la serenidad que aporta su prueba... Los lakotas vinculaban el Invierno con la dirección del norte, con el momento en que somos probados y templados; ese escenario en que el alma descubre sus quilates si es que los tiene. La orientación hacia el norte, rebuscando el propio cimiento y raíz en el duelo con los elementos. La necesaria aduana del dominio de sí. La fragua de la forma ordenando lo elemental… El Oeste como última frontera que deja atrás el abrigo de la civilización y como escenario de encuentro con lo elemental. Los nativos americanos y los primeros colonos como modelo de encuentro...

Pasear en Invierno, ver, caminar, contemplar la naturaleza replegada pero viva tras la capa de nieve que todo lo cubre, sentir la pureza que transmite el frío invernal y el blanco de la nieve y de los hielos. El frío contrae y nada queda en la contracción, todo lo que supuso la expansión y la exuberancia del cálido Verano cesa y se detiene. La nieve cae con suavidad y dulzura; sin alharacas todo queda cubierto por un manto blanco que va velando las formas. Todo cesa y se retrae pero todo permanece. Todo parece concluir salvo el latido de vida que se advierte bajo el grosor de la nieve. Incluso en la blancura absoluta se escucha su vibración. Sentir y vivir el Invierno; quedando abierto a los ritmos que la naturaleza marca. En otra de sus obras, en Musketaquid, nos hablará Thoreau del ritmo musical, bello y magnífico, de la naturaleza; compases y armonías que esconden no solo la semilla de plenitud de la vida toda sino también de la vida del alma. El invierno de la vida, el invierno del alma; como es arriba es abajo; el Invierno en las amplias praderas del gran oeste, en un tipi de piel junto a la hoguera; en una cabaña de madera en los Apalaches al abrigo de la estufa de leña. Las nieves y esos latidos de vida que acoge. La naturaleza y sus ascuas encendidas. Los hombres vivos codeándose con lo real.

Quien se mantiene de pie en el Invierno, atravesando la blancura absoluta y el invierno del alma alcanza desnudo su propia pureza; esa misma que se derrama desde la sensación azul y despierta en los amaneceres invernales. La dureza del toque del Invierno nos contrae y retrae pero la vida se desata al encuentro de la prueba invernal como bien nos recuerdan los lakotas. En el Invierno de la vida solo cabe saber soltar expectativas y quimeras para mantener la propia figura. Ahí, para Thoreau, se revela una firmeza que atendiendo a lo esencial todo lo depura, filtra y afina. La belleza de los Inviernos se sirve en la virtud invernal de la propia firmeza. Nada como la belleza de la amanecida invernal con los tonos azules de la nieve despertando en la mirada. Nada como sencillamente estar ahí, despierto ante todo ese gran silencio blanco. No olvidemos que para Thoreau, como apunta en Walden, la sabiduría es una experiencia de amanecida, una experiencia auroral. Abrirse al Misterio del Invierno, al ritmo invernal del alma, a la belleza de la lidia con esa blancura sin forma que todo lo vela y cubre... El invierno acoge una clave ascética que fragua en lo elemental. Una poderosa belleza moral que sabe privarse de lujos y necesidades ficticias arraigando en lo recio y lo salvaje.

En el limes de las nieves de Zeus, que todo lo cubren con su manto, están las aguas de Poseidón nos dirá Thoreau glosando a Homero. Las aguas, las nieves, ambos símbolo y señal de lo sin forma, lo apeiron. El tercer hermano de Zeus no se queda atrás en esa indicación de lo sin forma. El reino de Hades es el de lo no manifiesto. La nieve incolora que todo lo cubre y acoge, el agua sin forma, lo no manifiesto más allá de toda forma; símbolos todos ellos de ese apeiron que los griegos entendieron como arje… Thoreau maneja referencias mitológicas y engrandece así su latido poético.

Todo lo indicado palpita y bulle en “Un paseo invernal”; la narración de una larga caminata entre veredas y bosques nevados; desde el amanecer al desdibujarse del día. El texto es de una gran belleza y esa belleza, en el estilo y la forma literaria, alcanza la brillante traducción de Marcos Nava. El texto es un poema en prosa, que diría Baudelaire, en el que se intercalan algunos versos y hasta algún canto homérico. Thoreau entiende que la contemplación de la naturaleza, en tanto expresión de lo real, es la gran vía abierta a la salud y la plenitud; basta con abrirse dócilmente a sus ritmos, atendiendo  a lo que nos ofrece en cada pasaje y suceso. “La corriente de un río es un maravilloso ejemplo de la ley de la obediencia, sendero para el hombre que se busca a sí mismo, ruta por la que la cúpula de una bellota puede flotar segura con su carga”. La salud del hombre arraiga en la conformidad con lo real. Para Thoreau la cuestión de lo real no será sino la cuestión del ser. En Walden nos dirá: “llegamos así hasta un suelo duro y rocoso que podemos llamar realidad  y del que podamos decir: esto, sin duda es”. El suelo firme de la vida: la receptividad y la atención simple a las cosas que son... 

En el relato se nos invita a la práctica de lo salvaje, a dejarnos persuadir por esos mundos antiguos para los cuales los ciclos naturales eran la liturgia de lo real derramándose. La confrontación de Thoreau con el devenir moderno es directa y sin cuartel. No deja lugar a dudas. Apuesta por los viejos nativos americanos; por los primeros colonos, por el oeste como frontera abierta a la vida que deja atrás toda la civilización moderna con sus quimeras, sus necesidades virtuales y sus expectativas siempre crecientes. A partir de su crítica al modo de vida moderno, como romántico, sabe que no cabe una simple vuelta atrás. Es consciente de la necesidad de una renovatio de enorme calado.

En “Un paseo invernal” Thoreau aborda la descripción de su experiencia y de las reflexiones a las que va abriendo la intimidad con la naturaleza. La naturaleza, la vida y el necesario encuentro con la misma como práctica de la gran salud. En el texto la belleza de la vida encendida se intercala con alguna reflexión filosófica y, en general, con esa práctica de lo salvaje; esa vida abierta a la ofrenda del instante y a la sencilla presencia de la vida natural, recia y bella, que Thoreau añoraba; y la presencia de la nieve, la gran prueba que abre a la vida pura y fuerte y al Misterio de las formas que se cubren, silenciosamente, según cae la nevada… “Nuestro lujo no es oriental sino boreal, alrededor de una estufa de hierro y un fuego de leña, observando la sombras que dejan las motas en un rayo de sol” nos dirá. Estamos ante un texto de elevado calado y alcance para los que aman la sobria ebrietas que brinda la belleza y la contemplación pura y desnuda de lo real... En sus propias palabras: “Aquí reinan la simplicidad y la pureza de una era primitiva, y una salud y una esperanza muy distantes de los pueblos y las ciudades. En la profundidad del bosque, completamente solos, mientras el viento sacude la nieve de los árboles y dejamos atrás los últimos rastros humanos, nuestras reflexiones adquieren una riqueza y una variedad muy superiores a las que ostentan cuando estamos inmersos en la vida de las ciudades. En este valle solitario… nuestra vida es más serena y verdaderamente digna de contemplación”.

Thoreau y su paseo invernal, un ejemplo de lo que el mismo llamara la práctica de lo salvaje y el caminar hacia lo sagrado entendiéndolo en el sentido que nos propone en su ensayo “Caminar”. Caminar, sauntering, simplemente caminar hacia tierra santa como revela la etimología inglesa de la palabra o acaso –como dice la etimología alternativa de sauntering- caminar como un “sin tierra”, desnudo y sin apegos, deslizándose por el río de la vida y asumiendo todo lo que se va brindando… En ambos casos este sauntering será el perfecto ejemplo de esa práctica de lo salvaje que no será sino llamada al contacto directo con la naturaleza y con el caudal  de salud que fluye desde la misma simplemente con brindarla atención. El ensayo de Thoreau encontrará en este sauntering su piedra angular.

Un matiz, cuando Thoreau alaba la vida natural no lo hace como quien añora un pasado idealizado sino atendiendo a lo que supone quedar abierto, perceptivamente, al tránsito vital del que queda inmerso en la naturaleza. Se trata de dejar de lado la convención social y sus exigencias. Su actitud es estrictamente filosófica y por eso indaga en un modo de vida que ampare ese umbral intimidad con lo real. Walden será su gran indagación. El poeta y seguidor de Thoreau, además de practicante de zen, Gary Snyder nos dirá sobre la práctica de lo salvaje “el cultivo de los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu”… Thoreau llama, más allá de las perversiones, los olvidos y la virtualidad de la vida civilizada –con todos sus forceps-,  a descubrir e indagar en el hombre natural, en la propia naturaleza de lo humano. Tal indagación, a partir de la propia naturaleza y corporalidad, será lo que revele lo sagrado y su esfera Misterio.