jueves, 27 de agosto de 2026

La tauromaquia vista por Ernst Jünger (un prolegómeno)

 

Llevo cierto tiempo repasando la obra de Ernst Jünger ya que ando preparando un libro sobre su acercamiento a la experiencia visionaria; y como suele pasar ciertos tránsitos conducen a veces a parajes, en principio, no previstos. Repasando la mirada que el de Wilflingen dirige a la lidia del toro bravo pensé elaborar una entrada para el blog sobre este tema polémico pero que llama poderosamente la atención. Esta indagación, en principio periférica, se fue complicando al ponderar no solo lo dicho por Jünger sobre lo taurómaco sino, también, la riqueza que aporta a la lidia la perspectiva jungueriana. En fin, ahí va una texto preliminar centrado en la vitalidad antigua de la lidia, en la relevancia para su existencia del careo y la confrontación con uno mismo y en la imposibilidad del debate entre taurinos y antitaurinos.


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Una cuestión de principio: Ahí va un texto solo apto para intempestivos, disidentes e incorrectos muy al margen de los vientos y sesgos que impone la historia y lo cronológico en el devenir. Entrando a volapié: La tauromaquia divisada desde la mirada de Ernst Jünger.

Como he afirmado en el encabezamiento de la presente entrada dedicaré un texto extenso -o acaso algo más- a la mirada que el de Wilflingen, explícitamente, dirige a la tauromaquia aunque también, al modo en que en que puede divisarse la tauromaquia desde el corpus[1] jungueriano. Esto último desvelará una notable fertilidad enriqueciendo la reflexión taurómaca. Esta entrada tendrá el perfil de un prolegómeno sobre un tema polémico y acaso poco oportuno. El viático reflexivo que iré desplegando en posteriores desarrollos atenderá diversos hitos decisivos a la hora de cavilar sobre lo taurómaco. A saber, el carácter ritual de la lidia, la irrupción de la belleza como plenitud de la lidia del toro bravo, la presencia de la muerte otorgando significado a un rito catártico, su perfil completamente intempestivo y ajeno al tiempo que vivimos tanto en sus retóricas como en sus sensibilidades… Todo ello desde la atención expresa al tejido intelectual jungueriano.

Atender a los decires del alemán, a su epos[2], arrojará no poca luz sobre lo taurómaco lo que pondrá de manifiesto una afinidad que llama la atención. La mirada jungueriana sobre esta tradición popular no es algo que deba sorprendernos. Hay afinidades y, sobre todo, una mentalidad en la que pervive lo antiguo. Me refiero a la de Ernst Jünger. De hecho, el alemán con una complicidad hacia el toreo poco disimulada nos dirá "La corrida es el último residuo del culto sagrado de la Antigüedad que sobrevive en nuestra civilización industrial."[3].

He mencionado la complicidad que el alemán desvela en esta cita hacia la lidia. No olvidemos la distancia crítica que adopta respecto del devenir moderno y de la mentalidad técnica que otorga figura a tal devenir; eso sí, en una estela post-nietzscheana en la que se asume la necesidad y lo dado -amor fatum; amor por el acontecer- para así asegurar la libertad y la potencia de ser de la persona singular. De hecho, las figuras que va sirviendo su obra -el soldado desconocido, el trabajador, el emboscado, el anarca, el psiconauta- son estrategias de resistencia, careo y superación de los tiempos modernos y de sus titánicas concentraciones de poder administrando la vida. En tal sentido podríamos decir que el de Wilflingen, sin entregarse a la arcadia dorada de la reacción contramoderna, tampoco es un pensador que se acoja al horizonte de la Ilustración ni, por tanto, al devenir moderno.

La cita continúa apuntando aspectos de gran interés pero en este prolegómeno lo que pretendo destacar es una mentalidad antigua perviviendo en plena hipermodernidad nutriendo la lidia. Entiendo que hacer valer la pervivencia de esa mentalidad antigua es el mejor preludio para poder divisar lo taurómaco.

La mera existencia de una mirada que reconozca la tauromaquia sorprenderá, para mal, a no pocos ya que todo lo relacionado con las corridas de toros se hace cada vez menos reconocible. En la tauromaquia late, así es, una sensibilidad y un pathos antiguo aunque, llamativamente, las corridas de toros tal y como las conocemos, cuajan en pleno devenir moderno y en tiempos relativamente recientes; en concreto a finales del XIX y comienzos del XX.

En tal sentido y desde el corpus jungueriano solo podría entenderse la lidia del toro bravo como un modo de resistencia notable y muy llamativo al signo de los tiempos. Consideremos que si algo caracteriza tal signo será la progresiva separación entre hombre y naturaleza -en el primado de la mentalidad técnica-. Sin embargo, lo taurómaco será básicamente campero y silvestre. Efectivamente, el proceso de aquilatamiento y formalización de las corridas de toros en pleno devenir moderno y en pleno apogeo de la mentalidad técnica resulta sorprendente al tiempo que desafía la capacidad de reflexión. Recuérdese lo dicho por el filósofo francés Jean Cau, secretario de Sartre y un gran aficionado taurino, afirmando que las corridas de toros son “uno de los escasos reductos de libertad que le quedan a los pueblos del sur de Europa”[4]Cau valorará el perfil contramoderno que desvela la lidia al tiempo que entenderá el proceso de modernización vinculado a la cultura y a la hegemonía del norte de Europa. Desde su perspectiva la lidia del toro bravo, en sentido estricto, constituiría un acto de rebeldía popular ante poderosísimas fuerzas capaces de manejar la historia. Rebeldía ante eso que se nos vende como progreso y que en casi nada se cuestiona.

Jünger Cau considerando algo tan insólito como la pervivencia de lo taurómaco… Desde su reflexión atendamos a una primera y decisiva nota que ya hemos indicado. Me refiero al carácter absolutamente intempestivo y fuera de época de la tauromaquia. Me viene a la cabeza el recordado comunicador Luis Carandell defendiendo la tauromaquia desde su excepcionalidad cultural en tanto escenario de otro tiempo. El argumento es poderoso; lo supo ver.

Más allá de que la lidia del toro bravo sea algo relativamente reciente y que acontezca en una trama antropológica y sociológica ajena -la de los tiempos contemporáneos- lo cierto es que no deja de ser una variación con repetición de lo que es una constante en los pueblos del sur de Europa. Los festivales con toros y lo taurómaco, en todo el Mediterráneo, vienen de muy antiguo. Recuérdense los frescos de la cultura minoica. Tales festivales enraizaran invariablemente en un marco de significación análogo constituido a partir del espíritu de aventura y desde la disposición del hombre a medir el propio valor. Desde tal disposición se podrá formalizar en la lidia un umbral de elaboración antropológica que puede llegar a ser muy complejo.

Consideremos la siguiente cita de Federico García Lorca “El toreo es, probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que la fiesta de los toros es la más culta que hay hoy en el mundo. Es el drama puro en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y sus mejores bilis. Es el único sitio a donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza.”[5] Cuando Lorca se refiere a la fiesta de los toros como una tradición tremendamente culta, como se hace evidente, no se refiere a que la ejerciten o la degusten intelectuales sino a los umbrales de complejidad antropológica que ésta despliega. La reflexión de Lorca es brillante y certera.

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La capacidad de careo y confrontación con uno mismo[6] para así poder resistir, superar y resolver lo que se nos confronta será una de las piedras angulares del pathos y la disposición jungueriana. Ya he indicado que las figuras que va acuñando el alemán en su viático intelectual buscan indagar en la capacidad de supervivencia de lo humano en tiempos extremos. A la base de esa vocación de superación y de salida de sí el de Wilflingen advertirá el espíritu de aventura al que el alemán dará una gran relevancia. Paralelamente, esta capacidad de poder abordar lo que se nos confronta mediante un determinado espíritu de aventura que nos anima a ir más allá será la condición de existencia de la lidia. Sencillamente, sin la decisión de confrontar al astado, asumiendo los riesgos y las incertidumbres, no hay lidia.

En suma; ante lo taurino estaríamos ante una disposición y un pathos ajeno a lo contemporáneo y vinculado, según Jüngercon los viejos cultos de la tierra y de la virilidad. En sus propias palabras: "La corrida es un espectáculo interesante porque pone en evidencia la ligazón del hombre con la vida y con la muerte, con los instintos primigenios, con la naturaleza, con la tierra… Es una catarsis. Pero la corrida es también algo que tiene que ver con el culto a la virilidad "[7]. Esta cita del de Wilflingen introduce perfectamente la cuestión a tratar por aproximarnos a la consideración de la lidia como un rito de probatura de valor y una catarsis colectiva. En relación a esta catarsis me viene a la cabeza la faena del diestro Julio Aparicio en Las ventas a un toro de la ganadería Alcurrucen el 18 de Mayo de 1994. El público en pleno enthusiasmos y el diestro desmadejándose en la faena completamente atravesado por la lidia y por su arte…

Añadamos un matiz que resultará más que relevante para el desarrollo de la lidia a partir de esa mentalidad antigua que, en intenso maridaje con la naturaleza, sabe de lo campero, de lo silvestre y, también, de ese “furor salvaje”[8] que en Sobre el dolor Jünger vincula con la lidia del toro bravo. Para la persona de mentalidad antigua el toro es un animal poderoso, imponente y bello. De ahí su presencia en las iconografías de tantos tiempos y lugares. Al tiempo es un espectro de muerte; especialmente si lo que acontece es un encuentro fortuito en el campo. Confrontar al morlaco, desafiarle, exige de un furor salvaje encendiéndose en el hombre, un furor pasional, que desde las propias tripas sea capaz de desafiar la bravura del toro a partir de la propia fuerza vital y del espíritu de aventura al que tanto atiende el alemán en su obra. A partir de ahí el temple, templando ese furor y otorgando figura a lo simplemente salvaje. Lo campero y lo silvestre reconociéndose y enraizándose en la tierra en tanto gran escenario para rendirla culto. Sin la intimidad con la tierra y la naturaleza no podría existir la lidia del toro bravo.

El lance y la capacidad de templar el propio valor... El temple haciendo capaz al diestro de desplegar la faena... El hombre más allá de sí superándose en lo que le limita. La faena de lidiar al toro… Con tino el alemán advertirá en la capacidad de “confrontación del hombre consigo mismo”[9] el atanor candente que anime la vida del alma. Sin ese acogimiento de lo salvaje con las tripas ardiendo a partir de la decisión que se aborda y sin quedar civilizado lo salvaje desde el temple no se podría hablar de confrontación alguna con uno mismo ni tampoco de la tauromaquia. Esta capacidad de confrontación del hombre consigo mismo será, efectivamente, condición de la lidia. En realidad, poco podrá sorprendernos la atención, breve pero orientada, que le suscitó a Ernst Jünger algo tan singular e intempestivo como la lidia del toro bravo.

La tauromaquia vista por un alemán... La lidia de un animal bravo y del que tener cautela que, sublimándose, se termina transformando en arte, escena popular y rito… Para el alemán la lidia del toro bravo conjugaría ese vínculo con la tierra con lo que sería una catarsis ritual de superación del miedo a la muerte; algo solo entendible desde una vis[10] heroica. Como podemos advertir la mirada jungueriana reconoce la medida de lo que contempla.

La tauromaquia, acaso una tarea de artesanía que a partir de los recortes camperos al toro y de sus embestidas va dando forma a la lidia del toro bravo en las diversas suertes y lances para, finalmente, constituirse como un arte singular capaz de brindar belleza. Desde mi perspectiva la belleza, arropando y ordenando la lidia desde la finalidad y la transcendencia que enuncia, será lo que termine ordenando el proceso de forja de la lidia. El diestro Luis Miguel Dominguín pondrá la belleza en relación directa con el temple: “La belleza para mí en el toreo es el temple, todo lo que se haga despacio y se haga con ritmo, hasta el banderillear, que sea con un movimiento casi de ballet”. [11] Consideremos que vincular la irrupción de la belleza con la capacidad de temple será entenderla desde la creatividad humana desatándose en el manejo de la embestida del toro. Dominguín nos pone en la pista: entender el toreo como un arte singular desde la belleza desatada por el temple. Atendamos a lo dicho por el también diestro Manuel Ordoñez. “Para mí el toreo ha nacido en el siglo XX. Antes era una lucha; se preparaba la pieza para matarla. Ahora es una colaboración; se prepara la pieza para crear arte”[12]. Sin esa vocación de belleza y de expresión artística la lidia del toro bravo no habría alcanzado, ni de lejos, lo que ha venido a ser.

Más allá de lo dicho la irrupción de la belleza en la lidia aporta una dimensión de misterio emergiendo que desborda completamente la simple lidia. Cuando Junger vincula la tauromaquia con lo sagrado no se equivoca. Su intuición es certera ya que es la irrupción de la belleza la que hace culminar la figura ritual de la tauromaquia en un horizonte mistérico que desborda la mera plasticidad. ¿Qué desvela la belleza?.

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La lidia, ya lo he indicado, exigirá de ese temple antiguo y de una mirada intempestiva, de otro tiempo, para poder ser asimilada… La lidia de un colosal animal que desgrana belleza y, al tiempo, capaz de matarnos sin demasiado esfuerzo. No se me ocurre nada más disruptivo que encontrarse a campo abierto con un astado en sus hechuras. El hombre afrontando su lidia en lo que, finalmente, se desvelará como un rito de probatura de valor capaz de cuajar y venir a desbordarse en la belleza de la propia lidia… En el envés de ese valor el dolor del toro deslegitimando la épica, la estética y la poética taurina en tanto falla.

Al tiempo que virtudes y estética el aficionado sabrá advertir el dolor y la sangre. No los ignora. Por eso la insistencia de los buenos aficionados, no pocas veces iracunda, en la ortodoxa ejecución de las suertes. La mirada contemporánea, por su lado, se ceñirá a la constatación del dolor e incluso al supuesto sadismo del aficionado. La visión taurómaca atenderá a la pedagogía que dimana de la lidia ordenada desde determinadas virtudes y desde la irrupción de la belleza… Se hace evidente que estamos ante posturas que no pueden reconocerse entre sí atendiendo cada una a la validación que obtienen desde su propia perspectiva. De ahí el tedio y la sensación de bloqueo que desgranan los típicos debates entre taurinos y antitaurinos.

Entiendo que en tal quicio polémico arraigará la tauromaquia desafiando el tránsito y la sensibilidad moderna desde el encuentro de los cuerpos; el del toro y el del hombre. El del toro desvelando bravura, trapío y esa belleza capaz de matar. El del hombre desafiando la muerte, ofreciendo litúrgicamente su piel y, acaso, pudiendo desgranar la belleza de la lidia. El toro aportando su capacidad para generar el caos y el pavor irrumpiendo en lo humano, el hombre dando forma a ese caos a través de la lidia... La condición de lo dicho; ese temple antiguo que enraíza en la vida campestre, en plena naturaleza, desplegando una liturgia silvestre en la que tragedia, muerte y belleza van de la mano.

Como puede apreciarse el alto grado de elaboración antropológica de la lidia del toro bravo se hace tan evidente como la objeción del dolor para la mentalidad contemporánea. Ambas perspectivas desgranaran argumentarios sólidos aunque desde perspectivas completamente diversas e intraducibles la una para la otra.

Con razón alguien podría decir que todo lo que pueda afirmarse sobre un tema así pierde sentido al naufragar en el dolor del animal. En efecto, estaríamos ante una apreciación correcta la cual manifestaría la sensibilidad contemporánea hacia la naturaleza. Ante esta sólida objeción, sin embargo, no podemos dejar de lado que, a diferencia de la sensibilidad contemporánea, las corridas de toros nacen en una sociedad en completa intimidad con lo natural y lo silvestre. De ahí que, cuanto menos, llame la atención la pretensión del contemporáneo taurófobo, producto de una sociedad completamente separada de la naturaleza, de sentar en un tribunal moral o mirar con desdén al aficionado a los toros. En el debate entre taurinos y antitaurinos nos encontraremos ante miradas que constatan paisajes y universos diferentes. De ahí ese tedio que suscita el debate.

Indaguemos en la paradoja que da forma al debate entre taurinos y antitaurinos. Como ya he indicado si la lidia nace a partir de esa intimidad con la naturaleza la mentalidad contemporánea resulta ajena a la misma. Bien lejos de toda intimidad silvestre o campera el contemporáneo tenderá a ver la naturaleza como un jardín del que se cuida, en el mejor de los casos, cuando no como un espacio a administrar con un ánimo de depredación sistémica. Tal paradoja nos desvela que algo falla en el descrédito moral de las corridas de toros desde lo que sería el humanitarismo sentimental del contemporáneo. Este humanitarismo, no olvidemos, será producto del todopoderoso mundo de la mentalidad técnica, de la acentuada separación de la naturaleza y de la administración de la vida que caracteriza el tiempo presente. Más allá de que el dolor del animal sea un argumento muy poderoso -soy consciente de ello- lo aportado no deja de arrojar una notable sombra de duda sobre el durísimo juicio que de la tauromaquia tienen no pocos contemporáneos.

Entiendo que lo que falla no es la pertinencia de la crítica a las corridas de toros atendiendo al dolor de la res sino el hecho de que la mirada del taurófilo y del taurófobo sean miradas inabordables la una para la otra. El taurino acoge cierta mentalidad antigua y asume el dolor y la tragedia como parte de la vida e, incluso, como pedagogía litúrgica y ritual. La muerte del toro, la posible muerte del torero si el astado le desborda, las heridas graves que pueda sufrir el torero... El hombre asumiendo la posibilidad de ofrendar su cuerpo y su propia piel en la forma ritual de la lidia del toro bravo. Así es, una octava antigua y contramoderna hasta las entrañas resuena con fuerza en las corridas de toros…




[1] Me acojo a este término de corpus en la medida en que el pensamiento de Ernst Jünger acoge diversos momentos y escenarios sin por ello perder una perspectiva de totalidad orgánica. Esta vendría a expresar el temple intelectual de este pensador y hombre de acción.

[2] En el griego homérico epos era un sinónimo tanto de logos como de mythos y aludía a las palabras de los sabios. Solo ulteriormente, ya en el esplendor de la Grecia clásica, se diferencia el significado de logos mythos en tanto las palabras, los decires, a las que podría considerarse como un referente singular de sabiduría. El del mythos, apelando al relato y las imágenes y el del logos apelando a la argumentación (cfr. Historia de la Filosofía Antigua. Felipe Martínez Marzoa)

[3] Ernst Jünger. Pasados los setenta, volumen V. Editorial Tusquets, pg 481. Traducción de Isabel Hernández.

[4] Jean Cau. La locura corrida (La folie corrida). Ed Gallimard

[5] Esta afirmación la hizo Lorca en la última entrevista que concede al diario El sol el 10 de Julio de 1936.

[6] Ernst Jünger. La emboscadura. Ed Tusquets, pg 105.

[7] Ernst Jünger, "Los titanes venideros. Ideario último" (recogido por A. Gnoli y F. Volpi). Agradeciendo al perfil del FB Ernst Jünger que haya posteado la cita en esta red social

[8] Ernst Jünger. Sobre el dolor.

[9] Ernst Jünger. La emboscadura. Ed Tusquets, pg 105

[10] Vis, en latín poder, fuerza, energía, valor.

[11] Luis Miguel Dominguín en el legendario programa de entrevistas de RTVE A fondo dirigido por Joaquín Soler Serrano.

[12] Antonio Ordoñez en el legendario programa de entrevistas de RTVE A fondo dirigido por Joaquín Soler Serrano.


lunes, 29 de junio de 2026

En la taberna: la cuestión de la virtud

 

Les dejo con una tertulia de acento chestertoniano y aristotélico sobre la idea de virtud. La tertulia es filosoficamente de nivel al tiempo que ordenada desde lo divulgativo. En tal sentido todo un acierto del que mucho académico pulcro debería aprender.  No olvide el lector que lo que se le propone es una taberna, un incursión tabernaria. Introduciendo el programa nos dirá con acierto su director Julio Llorente: "hombre virtuoso es quien da fruto abundante, hombre virtuoso es aquel que florece, hombre virtuoso es aquel que llega a ser lo que es". Así es, la virtud como via abierta hacia el llegar a ser, ese gygnomai que decian los griegos; la vida como tarea. Así las cosas, ¿por que violenta tanto al hombre moderno que se le hable de un horizonte de plenitud para lo humano?. ¿No gusta que se nos recuerde que estamos por hacer? ¿Nos disgusta acaso que se nos diga que poco somos sin voluntad de forma?... La cuestión de la virtud como gran tema ético. Recordemos a Heráclito cuando dijera eso de que el ethos del hombre es su destino. Acaso haya algo más que el consumo y el mercado administrando las existencias de lo hombres...


En la modernidad la reflexión moral tiene el grave problema de la dificultad de reinventarse tras la crisis de la metafísica y de la ontología. ¿Cabe hablar de ética dejando de lado toda referencia a la naturaleza humana y a las potencias de la vida anímica?. Mi criterio es que sin cierto retorno a la tradición clásica no hay posibilidad de reflexión moral alguna. Y el caso es que redirigir la mirada al aquinate o a Aristóteles o a la Grecia del llegar a ser, gygnomai, al moderno lo violenta. Se señala un horizonte, el de la propia naturaleza desplegándose brindando salud y figura. Lo dicho implica un cartograma pero la modernidad es basicamente deshacer y rehacer para volver a deshacer y rehacer a golpe de deseo y sin atender a marco o límite alguno. ¿ontología versus mercado?. Precisamente entre los intervinientes en el video está Fernado Muñoz al que dedique al que dediqué ya una entrada en el blog. en fin, les dejo con un programa bien estimulante. Ahí va el enlace.




lunes, 25 de mayo de 2026

Juan Ramón Jiménez: Platero y la mirada desnuda



Bien nos exige la palabra poética volver a Juan Ramón Jiménez y ahí van tres fragmentos de Platero y yo, su colección de poemas en prosa. JRJ; descubrir su poesía pura y su envés de silencio irreductible. La palabra más allá de sí para indicar el mero brindarse de lo real estremeciendo el alma. Poesía ontológica, poesía conjurando la realidad y su Misterio, poesía animando la vida en el atanor del alma, poesía del acontecer que no de la experiencia. Hay que volver a Juan Ramón Jiménez, homenajearle como hicieron con Góngora los poetas del 27; de la mano del magisterio del tierno Platero y de su alma estremecida

Platero y yo está muy lejos de ser un cuento para niños aunque acaso sea la belleza de su prosa poética un umbral de oro a la palabra de los poetas. De ahí que, más allá del culto a la experiencia, anime a su lectura para indagar en la potencia del poeta de la poesía pura. Me refiero a Juan Ramón Jiménez y a su singular poiesis. Ésta enraíza en el conjuro de la capacidad de vida que alberga la poesía quedando bien abierta a esa mirada aquilatada que festeja el ser de lo que hay: Vivencia y mirada uniéndose en el encuentro más potente del que la palabra es capaz...

La poesía pura juanramoniana, la poesía desnuda de todo ornato, la poesía capaz de lo real en su más sencillo brindarse, la poesía que indaga en los misterios de la vida del alma al encuentro de lo que es, de lo que hay y acontece en ese latido que apunta al compás compartido de alma y mundo. Lo interior y lo exterior copulando sin que quepa tal distingo...

El silencio como condición de esa palabra que meramente indica la vida y sus potencias. "El silencio es como un vaso/ de oro fino y de cristal,/que estuviera rebosando/de agua pura de verdad" nos dirá el poeta... El silencio en el envés de la poesía pura. La fertilidad del silencio, del rincón más vacío del alma alumbrando palabra.

Atendiendo a tal horizonte convoco a Juan Ramón Jiménez como gran vate en el que la palabra desgranó una pureza que alcanzó cotas de eternidad y universalidad difícilmente igualables. En concreto, recojo tres poemas en prosa de su libro “Platero y yo”. Mi criterio de selección es la de la emergencia de esa visión olímpica en la que la realidad, tal cual, queda abierta en intensidad y belleza. Atender a la potencia del acontecer orienta toda una vida. Pocas cosas como la destreza en el cultivo de cierta capacidad de visión para alcanzar la Gran Salud que devuelve intensidad de vida. Un auténtico cuerno de la abundancia en tanto pasaje a tener muy en cuenta en nuestra vida más cotidiana. La vida irrumpiendo en la belleza y ésta anegándonos con su caudal de salud, con su poder, con ese poder revelado y sobrecogedor que nos recoge en la vida como parte de ella misma… Cantándola, contemplándola… Ahí, la visión rememora sus bríos y se reconoce en la contemplación que siempre fue dejando de lado los tránsitos y trajines de tanto tiempo moderno… Realidad y hombre llegan así a una cópula difícilmente imaginable, a un éxtasis discreto que dibuja toda una vereda de vida. Ser capaz de aunar discretamente lo cotidiano y ese estado olímpico… La realidad, tal cual, en su encuentro con el hombre, en él y desde él. En su cuerpo y en su espíritu.

La visión del hombre como horizonte, las potencias de vida que alcanza una mirada originaria, el sello indeleble y glorioso que en el alma queda grabado. El propio reconocimiento en el vínculo unitivo entre alma y mundo...

Los borrachos beben y anhelan ese don de la ebriedad que nos dijera el gran Claudio Rodríguez. La vida que nos mece... Les dejo que con fragmentos escogidos de Platero y yo. Juan Ramón Jiménez, maestro de poetas

 

 
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LA FUENTE VIEJA


Blanca siempre sobre el pinar siempre verde; rosa o azul, siendo blanca, en la aurora; de oro o malva en la tarde, siendo blanca; verde o celeste, siendo blanca, en la noche; la fuente vieja, Platero, donde tantas veces me has visto parado tanto tiempo, encierra en sí, como una clave o una tumba, toda la elegía del mundo, es decir, el sentimiento de la vida verdadera.

En ella he visto el Partenón, las Pirámides, las catedrales todas. Cada vez que una fuente, un mausoleo, un pórtico me desvelaron con la insistente permanencia de su belleza, alternaba en mi duermevela su imagen con la imagen de la Fuente vieja.

De ella fui a todo. De todo torné a ella. De tal manera está en su sitio, tal armoniosa sencillez la eterniza, el color y la luz son suyos tan por eterno, que casi se podría coger de ella en la mano, como su agua, el caudal completo de la vida. La pintó Böcklin sobre Grecia; Fray Luis la tradujo; Beethoven la inundó de alegre
llanto; Miguel ángel se la dio a Rodin.

Es la cuna y es la boda; es la canción y es el soneto; es la realidad y es la alegría; es la muerte.

Muerta está ahí, Platero, esta noche, como una carne de mármol entre el oscuro y blando verdor rumoroso; muerta, manando de mi alma el agua de mi eternidad.



¡ANGELUS!


Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas blancas, sin color...Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué haré yo con tantas rosas?

¿Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje, y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste -más rosas, más rosas-, como un cuadro de Fray Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?

De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas...

Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.


EL POZO


¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una piedra a su quietud, se enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.
(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo, adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!)

—Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

lunes, 4 de mayo de 2026

Teología negativa (jugueteo)

Ahí va un tejido de items, de variaciones con repetición, sobre teología negativa y sobre su relevancia en la mística especulativa cristiana. Son entradas muy breves y diversas que hice en el FB. Todas juntas no dejan de componer un acercamiento sencillo y nuclear a esta cuestión. No olvidemos que especialmente desde la teología negativa lo espiritual se configura como vereda y método, como saber más allá del mero sentimentalismo.







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Primera variación. Desde que Dioniso Aeropagita(1), un monje del siglo V, elaborara su corpus dionisiacum la teología negativa o apofática, bien lejos de todo fideismo y sentimentalismo, ha sido el reconocido quicio de la sabiduría mística cristiana. De hecho su obra es una de las más influyentes de la historia de la teología tanto en Oriente como en Occidente. En Occidente los mas renombrados teólogos comentaran su corpus; el propio Santo Tomás lo hará en una obra específica. El legado dionisiano también estará a la base de la mística renana (Eckhart, Suso, Tauler) o de la mística de la reforma carmelitana en la España del XVI.

En realidad Dionisio, en la esfera de la mística especulativa, sintetizará toda una tradición espiritual que sirviéndose del neoplatonismo va elaborando la alta espiritualidad cristiana desde finales del siglo III. Piensesé en ClementeOrígenes, Gregorio Taumaurgo, San Gregorio de Nisa, Macrina, San Agustín de Hipona... Tanto será así que podríamos decir que su obra es uno de los más felices e influyentes frutos de la patrística.

La vía del silencio, el Todo más allá de la afirmación y la negación. Hen kai Pan. Uno y Todo que decían los románticos...

Ahi van algunos fragmentos de su Teología Mistica:

* "Trinidad supraesencial y más que divina y más que buena, maestra de la divina sabiduría cristiana, guíanos más allá del no saber y de la luz, hasta la cima más alta de las Escrituras místicas. Allí donde los misterios simples, absolutos e inmutables de la teología se revelan en las tinieblas más que luminosas del silencio. En medio de las más negras tinieblas fulgurantes de luz desbordan, absolutamente intangibles e invisibles, los misterios de hermosísimos fulgores que inundan nuestras inteligencias, que saben cerrar los ojos"

* "En realidad, debemos afirmar que siendo Causa de todos los seres habrá de atribuírsele todo cuanto se diga de los seres, porque es supraesencial a todos. Esto no quiere decir que la negación contradiga a las afirmaciones, sino que por sí misma aquella Causa trasciende y es supraesencial a todas las cosas, anterior y superior a las privaciones, pues está más allá de cualquier afirmación o negación"

* "En ese sentido, pues, dice el divino Bartolomé que la teología es al mismo tiempo abundante y mínima, y que si el Evangelio es amplio y copioso, es también conciso. A mi parecer, ha comprendido perfectamente que la misericordiosa Causa de todas las cosas es elocuente y silenciosa, en realidad callada. No es racional ni inteligible, pues es supraesencial a todo ser. Verdaderamente se manifiesta sin velos sólo a aquellos que dejan a un lado los ritualismos de las cosas impuras y de las que son puras, a quienes sobrepasan las cimas de las más santas montañas. A los desprendidos de luces divinas, voces y palabras celestiales, y que se abisman en las Tinieblas donde, como dice la Escritura, tiene realmente su morada aquel que está más allá de todo ser. 

* "Ojalá podamos también nosotros penetrar en esta más que luminosa oscuridad! ¡Renunciemos a toda visión y conocimiento para ver y conocer lo invisible e incognoscible: a Aquel que está más allá de toda visión y conocimiento! de, como dice la Escritura, tiene realmente su morada aquel que está más allá de todo ser"

* "Conviene, pues, a mi entender, alabar la negación de modo muy diferente a la afirmación. Afirmar es ir poniendo cosas a partir de los principios, bajando por los medios y llegar hasta los últimos extremos. Por la negación, en cambio, es ir quitándolas desde los últimos extremos y subir a los principios. Quitamos todo aquello que impide conocer desnudamente al Incognoscible, conocido solamente a través de las cosas que lo envuelven"


(2)

Segunda variación con repetición. El No-saber y el desasimiento del que en la Tiniebla bucea acaso chapoteando en la Nada... ¿La tablilla en la que nada está escrita que decía Aristóteles?. Tangencias desafiantes capaces de poner del revés una civilización... El silencio del alma. Su vaciarse.

Maestro Eckhart "Del desasimiento";
* "Ahora preguntarás acaso: ¿Qué es el desasimiento ya que es tan noble en sí mismo?. A este respecto debes saber que el verdadero desasimiento no consiste sino en el hecho de que el espíritu se halle tan inmóvil frente a todo cuanto le suceda, ya sean cosas agradables o penosas, honores, oprobios y difamaciones, como es inmóvil una montaña de plomo ante [el soplo de] un viento leve. Este desasimiento inmóvil lo lleva al hombre a la mayor semejanza con Dios. Porque el que Dios sea Dios, se debe a su desasimiento inmóvil y gracias a éste Él tiene su pureza y su simpleza y su inmutabilidad. Y por eso, si el hombre ha de asemejarse a Dios –en cuanto una criatura pueda tener semejanza con Dios– esto debe suceder mediante el desasimiento. Luego, este [último] arrastra al hombre a la pureza y desde la pureza a la simpleza y de la simpleza a la inmutabilidad; y estas cosas producen semejanza entre Dios y el hombre; y la semejanza debe darse en la gracia, ya que la gracia arrebata al hombre separándolo de todas las cosas seculares, y lo purifica de todas las cosas perecederas. Y has de saber: estar vacío de todas las criaturas significa estar lleno de Dios, y estar lleno de todas las criaturas, significa estar vacío de Dios"

(3)

Tercera variación con repetición.
* Más sobre la cuestión de la Nada del alma
“En el centro de nuestro ser hay un punto de nada que no ha sido tocado por el pecado ni por la falacia, un punto de pura verdad, un punto o chispa que pertenece por entero a Dios, que nunca está a nuestra disposición, desde el cual Dios dispone de nuestras vidas, y que es inaccesible a las fantasías de nuestra mente y a las brutalidades de nuestra voluntad. Ese puntito de nada y de absoluta pobreza es la pura gloria de Dios en nosotros. Es como un diamante puro, fulgurando con la invisible luz del cielo…”
(Thomas Merton).

(4)

Última variación sobre la Nada del alma. El dibujo adjunto, todo una cartograma de la vida del alma, está basado en uno de San Juan de la Cruz, otro de los puntales de la teología negativa. Como podemos advertir queda bien diferenciada la vía de la Nada, la de la espiritualidad mística, de la vía de la virtud religiosa y de la vía de la perdición del alma. La vía de la Nada directamente accede a la comunión con Dios, la de la virtud religiosa, desviándose, accede finalmente al océano divino y la de la perdición pierde al alma desde la intemperancia en la virtud. Consideren ustedes mismos las indicaciones que va poniendo San Juan a la vía mística y el acceso final a la Nada en la Nada. La Nada divina que, por cierto, no es positivamente una nada sino un referente del que nada podemos decir. Desde Dionisio Areopagita la teología negativa como vértebra explicita de la alta espiritualidad cristiana. No olviden agrandar la imagen para poder leer los comentarios a la misma del propio San Juan.



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(1) Como era y es costumbre en el monacato cristiano el autor del corpus dionisiacum utiliza un nombre simbólico por el que se acoge a alguien reputado en su propia tradición espiritual. En este caso la referencia será la del personaje evangélico de los Hechos de los Apóstoles, Dionisio Aeropagita, que recibe a San Pablo en el Aerópago.

Conviene no olvidar que estamos ante un texto del siglo V que ve la luz en el contexto de las disputas teológicas de su tiempo. Poco sentido tendrá pues endosar a esta relevante obra el epíteto de Pseudodionisio cuando la práctica usual en el monacato cristiano es que el monje adopte al ordenarse un nuevo nombre firmando los textos que pueda escribir con ese nombre simbólico. 

jueves, 2 de abril de 2026

De Sorrentino, La Gracia

 

La gracia, la nueva película de Sorrentino. Esta es la tercera película de Sorrentino que se glosa en este blog. Su cine no defrauda y siempre da que pensar, y lo cierto es que van ya varias películas memorables de este director italiano. Es todo menos un cineasta ligero pero al tiempo sabe narrar visualmente como muy pocos. La gracia; él hombre confrontado por sus propios límites...





Acabo de ver La Gracia, la última película Sorrentino. Acaso de los directores mas sugerentes que nos van quedando. No es una película religiosa -de hecho puede verse en clave completamente laica- aunque las referencias religiosas son el eje de toda la filmación. Estamos ante una gran película. La gran belleza, la otra película que vi de Sorrentino, acaso me gustara más pero claro es que La Gran belleza es una discreta obra maestra. La gracia es un empedrado o un tapiz de la vida interior del personaje y a partir de ahí se nos va desafiando con diversas cuestiones de corte filosófico, ético y existencial. La película dura más de dos horas y a pesar de la densidad temática no aburre en absoluto; lo que deja claro que estamos ante una film excelentemente filmado y narrado.

La gracia va de eso mismo, de la gracia, de la ligereza y la duda. La racionalidad no puede con todo y la verdad empírica de las cosas se nos desvanece como el agua entre las manos; el gran drama del hombre moderno. El protagonista, un presidente de la república italiana a punto de dimitir, bracea en un océano de dudas personales, éticas, religiosas y políticas. No es capaz de soñar y anhela volver a hacerlo. Siendo un católico dubitativo duda sobre si firmará una ley de eutanasia, duda sobre quien recibirá el indulto de su fin de mandato, duda sobre su mujer a la que amó profundamente, duda sobre el calado de su vida. Los demás le respetan y mucho pero el, desconsoladamente, duda. Añora la ligereza existencial que perdió hasta el punto de no recordarla siquiera. Divisa estremecido a quienes les reconoce cierta ligereza existencial, gentes que no quedan ancladas por las cosas de la vida y que siguen chapoteando felices, acaso heridas, pero felices. El no es capaz ni de concebir esa alquimia y de todo eso va la película.

La cuestión del dolor y de cómo abordarlo, desde muy diversas perspectivas, es el gran eje que todo lo ordena. Dramaticamente el personaje nos dirá sobre sus dudas sobre firmar o no la ley eutanasia. ¡No se que hacer, si la firmo para unos seré un asesino y si no lo hago para otros seré un torturador!... En realidad, él no tiene certeza alguna sobre la cuestión y entiende a los unos y a los otros. El dolor asomando en la existencia y la vida de todos. Del otro lado la capacidad de ligereza y de ternura existencial volviéndonos a hacer capaces de festejar y devolviéndonos un poco de la infancia perdida.

Nuestro protagonista se encuentra férreamente anclado a su racionalidad; entregado a encontrar la verdad no sale de sí ni de sus divagaciones. Es como el cemento armado le dicen en cierto momento. No respira, no vuela… Y a partir de ahí la gracia entendida en una clave que bien podría asumir tanto alguien religioso como laico. La gracia como tal, brindándose gratuitamente, a partir de la propia capacidad de duda y de saberse suspendido en un no-saber-alcanzar por uno mismo la verdad. El cemento sabiéndose agrietado… La propia incapacidad y fragilidad que se palpa y se asume, paradójicamente, liberando y ayudando a recobrar la capacidad de vida mediante esa ligereza existencial. Esa capacidad de vivir que no se deja interceptar rumiando el pasado. La gracia brindando la ligereza tras asumir que no damos de sí, que somos finitos, y que necesitamos de un vigor que nos renueve sacándonos de nosotros mismos. Como podemos apreciar la película no es una película religiosa sobre la gracia y la fe aunque arraiga en todas estas cuestiones planteándolas de un modo ambiguo y dubitativo. La duda desfondándonos, la gracia como potencia activa que viene de más allá de nos, la ligereza al fin sacándonos de nuestra propia cárcel… La duda y el Misterio que nos subsumen en su seno. La gran pregunta que nos lanza Sorrentino, siendo así las cosas, ¿de quien son nuestros días?... No es una pregunta baladí ya que es un Gran Misterio quien nos acoge. En suma, estamos ante una pequeña joyita que nos hará pensar al tiempo que nos deleita con su modo de narrar. La gracia, esa una peli sobre un alma, acaso un poco la de todos. Impresionante la escena sobre el destino del hombre en la que un personaje es zarandeado por el viento y la lluvia como gran metáfora de la vida ya apagándose. El dolor, la vida zarandeada y el amor como esa fuente nutricia que todo lo transfigura.







sábado, 21 de febrero de 2026

Juegos filosóficos

 

Revisando el pendrive de archivo y reserva, buscando extravíos, me encuentro con este texto, ya casi olvidado, sobre impresiones en relación a diversos filósofos y pensadores que me  ha hecho mucha gracia. No recuerdo cuando lo escribí pero debió de ser para alguna historia juguetona del Facebook. Ahí va con ese mismo espíritu de juego vespertino por si pudiera interesar. Considérenlo un juego necesariamente apresurado, enmendable e incompleto.






Filósofos que odio: Por el compromiso con la verdad que supone filosofar poco sentido tiene eso de odiar un filósofo. Eso si, hay posturas recriminables éticamente en diversos filósofos vinculadas con la propia filosofía. Pienso en Mario Bunge al comparar a determinadas corrientes  filosóficas contemporáneas con las pseudociencias más estúpidas... No es algo propio de filósofos tratar a los colegas de tal guisa considerando además el elevado curriculum y capacidad de los colegas de los que así habla. Otra cosa es la crítica dura completamente legítima.

Filósofos sobrevalorados: Más que filósofos ciertas hermenéuticas de determinados filósofos o de áreas enteras de la filosofía  La hermenéutica moderna e ilustrada de la filosofía griega determina su comprensión al día de hoy pero, en realidad, es el gran lastre que la intercepta.

Filósofo infravalorado: Quizá a alguien le sorprende que nombre a Francisco Suarez. No es un filósofo que me sea especialmente afín pero el giro racionalizante que imprime a la metafísica es importante de cara a entender el barroco, el despliegue de la modernidad temprana y el devenir de la propia metafísica. Además, es un autor decisivo para entender el Siglo de Oro y el barroco español. Desconocerle, tanto a él como la Escuela de Salamanca, es lo que hace decir a algunos que no hay una tradición filosófica española. Filosóficamente hablando el siglo XVI, con el humanismo renacentista y los erasmistas en la primera mitad -piensesé en León Hebreo y Luis Vives-, y los neoescolásticos en la segunda, fue un siglo potente y variado.

Filósofos que amo: Platón, ese cuerno de la abundancia, en términos filosóficos, que acoge tantos trazos por desarrollar. Esa referencia a la que uno se acerca y se aleja pero que siempre está ahí. No olviden sazonar al ateniense con el temple aristotélico. No se crean eso de su inconciliable confrontación. En el siglo XX Gadamer o Reale lo dejaron bien clarito.

Filósofo de culto: Ernst Jünger, su pensar desde el ensayo es mucho más lucido que el de muchos filósofos. Sus libros son el perfecto compañero de viaje. Siempre pertinente en sus visiones. Sus libros, desde siempre, han sido libros de cabecera. 

Filósofos que puedo leer una y otra vez: El estoicismo romano, Cioran, Nietzsche, Ortega… Los que tienen la virtud de acompañar incluso en el disenso… Por cierto, leyendo la Numancia de Cervantes cada vez veo más desencaminado el adagio tan nietzscheano de lo humano demasiado humano… Cervantes tuvo más tino a la hora de divisar lo excelso en el hombre. Algo portentoso aletea al interior del alma. Lo propio no es superar al hombre sino divisar sus octavas más excelsas.

En general, y sobre todo, esos textos que desbordando lo estrictamente filosófico abren la palabra a una perspectiva sapiencial que interpela la potencia de la vida del alma y su capacidad de quedar abierto a la vida que se la brinda. Pienso en los textos del budismo zen, del sufismo y de los padres de la Iglesia; estos últimos tan atentos a la hora de vincular reflexión filosófica y praxis espiritual.

Filósofo que me hizo enamorarme de la filosofía : Nietzsche, en mi juventud, sin lugar a dudas. Las mocedades del Cid... Al día de hoy distanciado pero siempre reconociendo su genio.

Filósofo que puso mi vida del revés: En realidad no es un libro estrictamente filosófico. Desborda la filosofía desde una perspectiva puramente sapiencial e iniciática. Me refiero al Tratado de la Unidad atribuido al murciano Ibn Arabi. Hay libros que son carne y cuerpo efervescente. También es atribuido a Balyani un discípulo del también hispanomusulmán Ibn Sab´in. La traditio sufi ibnarabiana lo considera de Ibn Arabi. Sobre esta cuestión habrá que decir algo algún día.

Filósofo que me sorprendió: Schelling, el Shelling del diálogo Bruno y del Sistema del idealismo transcendental; la mejor deriva romántica dinamitando lo ilustrado y volviendo a convocar la pregunta por lo sagrado. ¿Eran los románticos modernos?. Michaux -un ensayista- al recordarnos esa experiencia metafísica originaria, acaso mejor una acontecer originario, que la metafísica habría olvidado enajenando su sentido.

Filósofo culposo: No veo culpa en filósofo alguno. Puedo atisbar medrosidad en alguno a la hora de pensar pero no un sentimiento culposo. San Agustin demostró medrosidad al no defender a su maestro Orígenes tras requerírsele que se posicionara en la controversia origenista. Su silencio, con todo, es lo suficientemente revelador de su resistencia a cuestionarlo.

Filósofo que me perturba: Kant; todo un desafío para cualquiera interesado en la ontología. Esta no puede pasar por alto que la cuestión del ser es indesligable de la trama  del conocer humano y de la sección de lo real que el hombre habita. Algo que, en absoluto, deja de lado la cuestión del ser. El conocer del hombre participa del propio despliegue del ser.

Un filósofo del siglo XX: Heidegger. Siempre se aprende del alemán aunque su lectura me llevo mas bien a reconsiderar y re-eleborar la hermenéutica de la tradición metafísica sin dejarla de lado. Aubanque, al final, resulta más lúcido en su posicionamiento respecto de la crisis de la metafísica.

Filósofos que aguardan: Estoy a la espera de hacer un abordaje en profundidad del platonismo renacentista, de María Zambrano y de Simone Weil, nuestro ángel custodio para estos días de crepúsculo. Me gustaría conocer mejor la obra de Gustavo Bueno. Junto a Ortega es el filósofo español de mas fuste en el siglo XX.

Filósofos a descubrir: Macrina; Por mi y por muchos. De las fundadoras del monacato femenino y la primera filósofa cristiana. Fue quien enseñó filosofía los padres capadocios San Basilio y San Gregorio de Nisa. Macrina fue su hermana mayor y su Maestra.

Rama favorita de la filosofía: Ontología entendida desde ese acaecer en el que el ser se brinda con el telón de fondo de la teología negativa. Fenomenología; la filosofía arraigando en la capacidad de experiencia del cuerpo y en los tránsitos del alma...