jueves, 10 de mayo de 2018

Claudio Rodríguez: Tiempo de muerte y retorno


Leo estremecido “Casi una leyenda”, el último libro de Claudio Rodríguez. Vuelvo y vuelvo a sus poemas y toco su acercamiento a la muerte, su desconcierto, los destellos de la ebriedad y la gracia reveladas, la confrontación con la nada que irrumpe, con los amores que siendo se van,  el desgaste y el tedio, la debilidad del cuerpo que todo lo corroe... Nos despedimos y surge un resabio sordo de amargura pero, al tiempo, nos alcanza un Misterio ubicuo y una claridad que duele, un Misterio que es vida, la vida que habitamos, la vida que nos vive. Para el poeta una melodía de salvación que no oímos por ser nosotros mismos sus notas, “Estas sintiendo ahora/ este aire de meseta, el que más sabe/el de tu salvación que no se oye/ porque tú eres su música”.

No podría ser de otra manera. Consideremos que en este poemario la coacción del tiempo y su misterio serán su hebra capital. Cuando el cuerpo va fallando el espíritu se abre al dolor y al olvido. Nuestro espíritu pierde su capacidad de templar en el golpe seco de la enfermedad y del cuerpo doliente; “la mayor injusticia de la vida/es el dolor del cuerpo/el del espíritu/ se templa con espíritu”… Es terrible el diagnóstico. En realidad no es solo el cuerpo, es la intimidad viva la que se va agotando asomándose a su propio término. El instante pierde trazo en el acoso de un tedio plomizo. La lluvia, antaño iluminada, deja de inspirar. Pasa a ser agua que nos lava y nos abisma en una mismidad vacía en la que nada somos. Nos duele el tránsito y tanto recuerdo disipándose: “¿Y no hay peligro, salvación, castigo/ maleficio de Octubre/tras la honda promesa de la noche/junto al acoso de la lluvia que antes/era secreto muy fecundo y ahora me está lavando/el recuerdo, sonando sin lealtad,/ enemiga serena en esta calle”. El poeta azorado mira a los ojos de su propio desconcierto y advierte ese lavado del alma que es olvido en el que la nada y la noche irrumpen. “Ahora es el momento del acoso,/del asedio en silencio,/del rincón de la mano con su curva/y su techumbre de codicia. Ahora/es el momento de esta luz tan tenue,/alta en la intimidad del frío seco,/de este Marzo tan solo”. Lo finito y lo mortal rechinan cuando “se hace de noche y crece el cielo” nos dirá en otro poema. Ante tal tránsito solo cabe el propio acuerdo. Un acuerdo que el cuerpo y la propia vitalidad se resisten a dar. Un acuerdo que deviene silencio, atención pura y apertura del alma... Eros asoma y despierta; “un amor sin dueño” nos dirá el poeta... Como esa mirada sin dueño que encendía la vida en “El don de la ebriedad”... De un lado el propio silencio abierto a la vida y su declinar, en clave pura y simple de atención amorosa, acogiendo y cantando su propio crepúsculo. La mar tranquila del alma, sus aguas claras que todo lo reflejan... Del otro ese “mar que todo lo sabe”. Un mar que es término, puerto y destino, gran silencio que todo lo acoge; “el silencio del enamorado, el silencio que dura”. Una claridad que acaso sea palabra para el alma, “alegría nueva”.

El tránsito es complejo. La muerte y sus aguas suben el nivel y todo va quedando atrás. Nos acosa ese desasosiego y una aduana infranqueable nos lo exige todo… “Estoy llegando tarde. Es lo de siempre./Llega el deseo de claridad,/del silencio maldito ya muy cerca/como aleteo en lunación de alba./Y no hay manera de salvar la vida./Y no hay manera de ir donde no hay nadie./Voy caminando a sed de cita, a falta/de luz./Voy caminando fuera de camino”. Acaso, para vislumbrar ese amor, la gracia deba brindarse inmerso en la tiniebla y la noche. Tal amor es un don, pura gratuidad que no nos corresponde ni poseemos. Ahí el misterio salva y se brinda, “la vida que vive” nos dice el poeta. Aflora la visión vivificante. Esa visión que es receptividad y potencia desnuda del alma. “tanta alegría hacia la claridad,/ tanta honda invernada./Y el cuerpo en vilo/en la alta noche que ahora/se ve y no se verá/y no tendrá respiración siquiera”. El poeta mira estremecido la contracción y la muerte que nos devuelve a la vida de todo, y lo hace con temple; asumiendo su tránsito hacia la nada. Está desnudo; ya no es dueño de nada, ni siquiera de sí.

En el poema “Un brindis por el seis de Enero nos dirá” “Heme aquí bajo el cielo/bajo el que tengo que ganar dinero./ Viene la claridad de la ilusión,/temor sereno junto a la alegría/recién nacida/ de la inocencia de esta noche que entra/por todas las ventanas sin cristales,/de mañana en mañana/ y es adivinación y es la visión/lo que siempre se espera y ahora llega,/está llegando mientras alzo el vaso/y me tiembla la mano, vida a vida,/con milagro y con cielos/donde nada se oscurece. Y brindo y brindo./Bendito sea lo que fue maldito./Sigo brindando hasta que se abra el día/por esta noche que es la verdadera.”

Con todo, este maestro de poetas no se deja llevar en el consuelo de algún género de retórica metafísica. Bien sabe que la perspectiva metafísica, con su haz de sentido ubicuo, de serlo no puede ser consuelo y comodidad sino experiencia viva de una gracia que todo pareciera arropar. El poeta se abre a su propia experiencia, intuiciones y desconcierto dejando ser a la palabra que lo habita; también se abre a la presencia del cuerpo amado en plena contracción, esa presencia que fue y es. “Esta noche de julio, en quietud y piedad,/sereno el viento del oeste y muy/querido me alza/hasta tu cuerpo claro,/hasta el cielo maldito que está entrando/junto a tu amor y el mío”.

Se trata de abrirse, de ser capaz de sentir para así poder ver. La danza del poemario encuentra así su ritmo en toda esta apertura que va componiendo el crepúsculo. En la misma, la finitud y la extinción contrastan con ese cielo salvífico que todo lo termina ocupando porque solo El es. La palabra que nombra tal visión se reconoce enigmática y críptica elevándose desde el trazo de lo cotidiano a partir de todo ese desconcierto. Por eso se nos exige detenernos en cada poema para despojarlo de toda capa que lo encubra y atisbar su aliento secreto. La belleza de la palabra, encendida y vibrante, se hace tan evidente como la recámara del canto; un más allá que supera al propio poeta, un más allá que nos dice y nos mide aunando todo contraste. “Aquí ya está el milagro,/ aquí, a medio camino/ entre la bendición y la lujuria/y la luz sin fatiga”. La música del Invierno en el alma…

La vida íntima del alma, que es vida común y tarea del hombre, se nos muestra en "Casi una leyenda" clara en su actividad. Ésta ya no queda constituida por el furor celebrativo de “El don de la ebriedad”, esa escucha ebria y festiva del ser y su presencia. Hemos virado hacia otros parajes. La atención a la vida que todo lo revela parece detenerse ahora en la muerte que todo lo acoge; ese viento de ocaso, ese blanco sin mácula que devuelve todo color, esa oscuridad tranquila en que los relieves y los afanes se apagan, ese anihilamiento del alma más allá de memoria, inteligencia y voluntad (cfr. San Juan de la Cruz). El poeta mira todo eso en su vida y en su cuerpo; no huye, aguanta el tirón. Y así queda abierto al ser del crepúsculo, un ser en penumbra y bifronte, un ser que muestra un pasaje de retorno a esa esfera de la que nunca salimos. Como en “El don de la ebriedad” se trata de cantar al ser que se desvela; ahora bien, el poeta en “Casi una leyenda” canta el ser de las cosas que son pero no en la Primavera de la vida. Canta a su propio Invierno dirigiendo la mirada al crepúsculo en el encendido que lo ilumina. Así, el poeta queda abierto al ser del ocaso del alma, a lo que éste revela y a la apertura poética que promueve. Somos dichos, lo inefable emerge y, de su mano, también emerge el desconcierto de la identidad. Estamos ante un canto al ser crepuscular. Por eso sus poemas adquieren un tono de enigma, de misterio que se acoge esquivamente a la palabra. Y por eso los versos invitan a varias lecturas, a desfondarse en la belleza del lenguaje, a perderse en el enigma, a volver y volver sobre los versos, versos claros que emergen de lo cotidiano pero escurridizos y crípticos ante el presentir de la finitud. La mirada poética, lejos de interrumpirse, encuentra ahí su yesca. La honradez del poeta es extrema, se abre al dolor y encuentra un viento de meseta que clarea y duele.

¿Muerte?. ¿Invierno?. Resurrección?. En el poema los almendros de Marialba atiende el poeta al frío invernal, a la poda de madera seca, a “la savia sin prisa de la muerte” y al canto en el alma de un Invierno siempre crepuscular. El canto no cesa y, en realidad, es el Invierno el que le canta al alma. El cuerpo se apaga y se inicia el tránsito a las “aguas abiertas”, sin límite ni forma. Ahí, la lucidez del alma, solo puede ser escucha del ser y visión que ilumina. La mirada, encantada y encantante, que atiende al ser retornando a su matriz.  La verdad es también la visión del crepúsculo. La verdad del ser que se enciende y apaga(según medida). El poeta se preguntará “¿todo es resurrección?”; el renacer queda imbricado en el ocaso acogido al propio proceso de la vida toda. Nueva vida, la vida de la vida contemplada por un ser finito y exaltado. En palabras del poeta:

“Después de tantos días sin camino y sin casa
y sin dolor siquiera y las campanas solas
y el viento oscuro como el del recuerdo
llega el de hoy.

Cuando ayer el aliento era misterio
y la mirada seca, sin resina,
buscaba un resplandor definitivo,
llega tan delicada y tan sencilla,
tan serena de nueva levadura
esta mañana...

Es la sorpresa de la claridad,
la inocencia de la contemplación,
el secreto que abre con moldura y asombro
la primera nevada y la primera lluvia
lavando el avellano y el olivo
ya muy cerca del mar.

Invisible quietud. Brisa oreando
la melodía que ya no esperaba.
Es la iluminación de la alegría
con el silencio que no tiene tiempo.
Grave placer el de la soledad.
Y no mires el mar porque todo lo sabe
cuando llega la hora
adonde nunca llega el pensamiento
pero sí el mar del alma,
pero sí este momento del aire entre mis manos,
de esta paz que me espera
cuando llega la hora
dos horas antes de la media noche
,
del tercer oleaje, que es el mío.”

martes, 3 de abril de 2018

Thoreau y la economía: La práctica de lo salvaje


Otra economía. Economía en su vieja acepción de intendencia de recursos y acondicionamiento de espacios con el fin de asegurar la propia manutención y bienestar; a partir de ahí saber vivir, vivir del modo idóneo, saber distinguir una manutención que abra al mejor vivir de otra que lastre las posibilidades que nos ofrece la vida, ordenar la costumbre, pautar del mejor modo el trabajo y  la cotidianidad… Se dice que Aristóteles dedicó un tratado específico a la Economía y no debiera extrañarnos. La filosofía aspira también al saber vivir, al vivir y su excelencia... Thoreau, con enorme intuición, considerará ambas disciplinas en estrecha conexión; en sus propias palabras “economía de la vida que es un sinónimo de la palabra filosofía”[1].  A partir de ahí no deberá extrañarnos que entienda su vida como un abordaje de las posibilidades efectivas de un vivir orientado desde la admiración por lo real. La admiración, en la que arraiga según los griegos el origen de la filosofía, será para Thoreau la cumbre del saber vivir. Este será el horizonte filosófico[2] en el que debiera culminar la propia economía y, acaso, la economía en un sentido general. Tal será la perspectiva teórica de la que parta el sabio de Walden.
Hablamos de economía en su sentido tradicional, el que le daba Aristóteles, atendiendo a la organización del vivir en el mundo. Thoreau, básicamente, escribía sobre su vida. Su filosofar rebosa en el desplegarse del día a día borboteando a partir de la narrativa de esa cotidianidad a través de una prosa ensayística de altura que deja de lado toda pretensión sistemática. De lo que se trata es de dejar hablar a la propia capacidad de vida, de hablar al ras de la vida misma. La erudición teórica de este singular romántico americano y su conocimiento de los clásicos, amplio e intenso, enhebran así un pensamiento vivo que ansía encarnarse y tomar cuerpo. Ernst Jünger, en Los titanes venideros nos dirá: “El diario es para mí algo privilegiado porque permite registrarlo todo y relatarlo espontáneamente, tal como se presenta, y permite anotar cada intuición con la máxima libertad, sin vínculos formales. Para mí es como una plegaria cotidiana y en parte la sustituye”. Creo que lo dicho contextualiza a la perfección el ensayo de la cotidianidad en el que la obra de Henry David Thoreau alcanza su forma propia. Tanto en lo que tiene de indagación teórica como en lo que tiene de praxis espiritual.
 En Thoreau, efectivamente, su propio habitar en el mundo, su modo de vivir, es lo que hilvana la obra. Al atender estas cuestiones investiga lo que sería una regla de vida vertebrada desde ese admirarse por lo real. De ahí que su obra y, en especial, Walden destaque por ese carácter, conscientemente experimental, en el que las posibilidades de retirarse en el bosque constituyen el experimento; por eso la trama de Walden es lo cotidiano, la manutención más elemental, lo que va pasando, el calentarse, la casa, los cultivos, el bosque y sus habitantes, la descripción del día a día, de los ritmos y procesos naturales… En Walden el filosofar, un filosofar entendido como emboscadura e indicación de lo contemplativo, arraiga y brota como fruta madura de toda esa cotidianidad a partir de la cual uno vive y se mantiene. Recordemos el estrecho vínculo entre modo de vida y filosofía del que parte Thoreau.
Esa vida,  necesariamente, será una vida simple y sencilla y, por tanto, al margen de las exigencias que impone al hombre la vida moderna y el desarrollismo inherente a la economía productiva. La sencillez que postula Thoreau consiste en dejar de lado todo lo superfluo para a partir de ahí podernos dedicar a lo que vida y naturaleza, por su propia iniciativa y presencia, nos brinden. Su postura resulta paralela a la de Martin Heidegger. Heidegger apela en Conceptos fundamentales[3] a la necesidad de ir removiendo y dejando de lado todo la trama de lo superfluo y de necesidades ficticias, siempre crecientes, que van quedando tendidas, como si de señuelos se tratara, en el horizonte vital del hombre contemporáneo. Para Heidegger esta praxis sirve un tránsito que termina por desvelar, precisamente, lo que no nos es superfluo; la escucha del ser, la atención a su presencia. Para Thoreau dejar de lado las necesidades ficticias que nos impone la convención social amparará el desvelamiento de una vida verdadera en contacto con lo real.
Respecto del modo de vida característico de la modernidad nos dirá Thoreau “Vivimos… como las hormigas aunque la fábula nos cuenta que hace ya mucho fuimos transformados en hombres”[4]. Aunque la fábula es de Esopo describe perfectamente el modo en que el sabio de Walden entiende las sociedades modernas y su administración de la vida; una vida que engrana al hombre, como si de una simple pieza se tratara, en una megaestructura social de enorme complejidad. Esta megaestructura, con su propia agenda de rendimientos completamente ajena a los intereses de los hombres que la componen, bien pudiera asimilarse a una entidad colectiva. En tal sentido el símil de las hormigas y del consiguiente hormiguero como marco de vida resulta una analogía fértil ya que es cierto que una sociedad así entendida estaría más cerca de una entidad colectiva que de una comunitas humana de personas, cuerpos y rostros concretos…
La crítica de Thoreau al modo de vida moderno transitará por veredas que, tiempo después, muchos siguen hollando. Al modo de vida vigente lo considera completamente alienado desde las sugestiones compartidas que impone la economía productiva. En tal sentido apelará a esa diferencia de origen platónico entre lo real y lo aparente[5]. La vida moderna quedaría instalada en la caverna[6], en el culto a la apariencia y a las retóricas mentales que ésta le impone al hombre. La apariencia cobraría cuerpo al quedar el alma del hombre seducida por los deseos ficticios de prosperidad que introyecta en la conciencia el modo de vida moderno. El hombre así se vería arrojado a la caverna suponiendo que trabaja para una prosperidad que, en realidad, no sería sino la excitación inducida por esas necesidades ficticias que dejan de lado la propia capacidad de vida. Para el sabio de Walden un mundo de abducción de lo real incapaz de alcanzar la vida más allá de su superficie.
La agudeza del análisis de Thoreau alcanza incluso la cuestión de la máquina en tanto imagen que expresa la mentalidad de nuestro tiempo; lo que Heidegger de un modo paralelo llama la mentalidad técnica. Según su criterio “los hombres se han convertido en herramientas de sus propias máquinas” [7]. Desde esta perspectiva lo que se subraya es una imagen de lo social y de la vida que toma como modelo la maquina; de tal modo que el propio hombre, trabajando y consumiendo, no alcance a ser otra cosa que una mera pieza de la maquinaria global. Así la imagen de la máquina, con sus automatismos, piezas y engranajes, da perfecta cuenta de un paisaje humano en el que los hombre serían las piezas a engranar. “No subimos al ferrocarril, éste se sube a nosotros”[8]; la técnica moderna imponiendo su propio orden y figura e imponiéndose a las conciencias de los hombres…
Resultan radicales y brillantes las intuiciones que Thoreau va deslizando en su obra a propósito de este tema; la realidad, la apariencia “creemos que es lo que parece ser”[9], la caverna, la alienación de lo humano, la sociedad como gran maquinaria y el hombre como engranaje, la mentalidad técnica como la figura del tiempo presente…Atendiendo a lo dicho no será de extrañar que su crítica política alcance al propio Estado en tanto forma política del control total sobre la vida.
Hallar la posible cura a este grado de alienación será el objetivo del experimento existencial que aborda y comparte en su obra. Thoreau entenderá que la “única cura” será “una economía estricta, una simplicidad austera y una elevación de nuestros objetivos”[10]. Y es que, en palabras de Heidegger, dejar de lado esas supuestas necesidades para encontrar lo que no nos es superfluo terminará por desvelar lo esencial al hombre, que no será sino la atención a la simple presencia de las cosas que son. Para Thoreau la vía abierta a la realidad por fin despojada de toda esa maraña de convenciones sociales.
La de la naturaleza, para Thoreau, será la cuestión de lo real, y ésta la cuestión del ser. En sus propias palabras “lleguamos así hasta un suelo duro y rocoso que podamos llamar realidad  y del que podamos decir: esto, sin duda, es”. Respecto de la atención a la naturaleza no se trata pues de una cuestión meramente estética. Este romántico emboscado entiende el acercamiento a lo natural en clave ontológica, como iniciación a lo real y en clave de gozo desatado. En la atención al ser de las cosas que son “la indescriptible inocencia y beneficiencia de la naturaleza, del sol, del viento, y de la lluvia, del verano y del invierno, ¡que salud y que alegría perpetua proporcionan!.”[11] Alcanzar esta plenitud vital exigirá instalarse en esa vida sencilla y simple. En palabras del sabio de Walden “cuando un matemático desea hallar la solución de un problema difícil empieza por deshacer todas las dificultades de la ecuación, reduciéndola a sus términos más sencillos. Hagamos lo propio y simplifiquemos el problema de la existencia” [12]. Solo así descollará lo esencial a la vida tras reducirla a lo más básico.
Esta simplificación de la vida, dejando de lado las sugestiones que impone la vida moderna, alcanza suelo firme en el contacto con la naturaleza. La naturaleza y su experiencia no será un añadido a la vida sino que será lo que originariamente se nos brinde, lo desnudamente real; tanto en términos contemplativos como puramente físicos y en relación al trabajo diario. De ahí que la remisión al ser y a lo real, expresándose como naturaleza, sea la conclusión lógica de esta analogía matemática. Los paralelismos entre Heidegger y Thoreau, tanto en la remisión a lo esencial y a la cuestión del ser como en la disposición que ambos tienen ante la técnica moderna resultan evidentes. La crítica a la borrachera tecnológica que propicia la modernidad, al menos en Thoreau, tendrá a su base la relevancia del trabajo con el cuerpo en plena naturaleza, con la consiguiente técnica básica, en tanto expresión de una economía de manutención a la medida de lo humano[13].
La práctica de lo salvaje. Ya expuse en qué medida indagando en esa economía de medios y espacios el sabio de Walden experimenta las posibilidades de una vida atenta al encuentro con lo real. Thoreau trata de volver al modo de vida de las viejas tradiciones de la physis[14]. La finalidad es hacer de la vida una permanente intimidad entre hombre y naturaleza. Esta  vida sencilla y ajena a las distracciones mundanas abre a lo esencial del hombre. Esta apertura, tanto en términos contemplativos como en relación al trabajo con el cuerpo, será un acaecer y recogerá, como fruta maduro, la vieja actitud filosófica[15] de maravilla y fascinación ante el ser y su presencia. Siendo la atención a la naturaleza lo más propiamente humano la plenitud y equilibrio del hombre dependerá de la intimidad con la misma. Desatender este contacto íntimo con la naturaleza sellará la alienación de lo humano. Esta atención a la naturaleza tendrá a su base la propia naturaleza humana y su corporalidad[16] y no solo en relación al trabajo físico...  “Cada mañana era una alegre invitación para hacer de mi vida algo tan sencillo e inocente como la naturaleza misma… Me levantaba temprano y me bañaba en el lago; era un ejercicio religioso y una de las mejores cosas que hacía”[17] nos dirá Thoreau apelando a la celebración del amanecer y recordando a los griegos[18]. Ser cuerpo, ser naturaleza a través del cuerpo, ser naturaleza, atender a lo real y ser realidad. Dejar de lado lo que es mera apariencia mundana; “sea vida o muerte solo queremos la realidad”[19], el acceso a lo real, la escucha del ser, la vida simple y los trabajos de la vida natural, la vida plena y la gran salud capaz de superar las alienación y lo enfermizo de la vida moderna.
Todo lo dicho será una nota decisiva para entender el perfil de sus acercamientos al espíritu. En tal acercamiento la cuestión del ser, entendida desde la receptividad y atención simple a las cosas que son, será decisiva. Lo será a la hora de entender su propia vocación espiritual y no solo sino también en términos sociales y políticos[20]. Por eso, saber distinguir y discriminar el ser de la mera apariencia será una de las vigas maestras de toda su obra. La plenitud de lo humano y la gran salud, sabiendo dejar de lado la convención social y su ruido mental, será lo que esté en juego. Lo real, la apariencia, el ser, la naturaleza como vehículo de contemplación, entender la belleza moral desde la apertura a lo real… Estamos ante pilares y cuestiones básicas de la metafísica y la reflexión filosófica occidental.
De lo expuesto hasta ahora quizá pudiera entenderse a Thoreau como un asceta que nos invita a una vida singular, dura y eremítica. Efectivamente, su regla o pauta de vida tiene elementos que él mismo califica como espartanos pero no se reduce a una mera ascética entendida como un ejercicio singular de rigor y pretendido dominio de sí. El sabio de Walden lo que propone es un modo de vida y una economía de medios orientada hacia la salud y equilibrio del alma. Consideremos que, por mucho que valore la soledad, Thoreau no se retira a la cabaña de Walden por rechazar la vida comunitaria y buscar un aislamiento eremítico o la mortificación del espíritu. De hecho en el relato de sus días junto a la laguna, allí en, Walden no rehuye de las visitas de los amigos y de cierto contacto con el mundo exterior. “Mi carácter no es el del ermitaño y podría sentarme sin problemas con el más rudo parroqiano de un bar si mis asuntos me llevaran allí”[21] nos dirá.
En realidad lo que reivindica Thoreau es lo que él mismo denomina la práctica de lo salvaje. Su modelo es el de la vida de frontera, la vida natural en contacto con la naturaleza, la frontera oeste completamente al margen de todo lo que supone el modo de vida que irradian las urbes modernas, una frontera al margen de la administración de la vida, un Oeste entendido como tierra mítica y genésica, un modo de vida recio pero fértil espiritualmente. Su modelo, trabajando y contemplando con el cuerpo, es la vida del indio, la del aventurero y la del colono de primera hornada; alguien que asegura su intendencia, su equilibrio y la riqueza de su vida espiritual en esa intimidad con la vida natural. Thoreau apela a un hombre primordial, pleno y, en tal medida, sano; en Walden nos dirá: “no puede haber una melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos”[22]. De este modo re-elabora su sintonía con el romanticismo desde la sensibilidad americana –más rural, más salvaje, menos sofisticada, en una clave de añoranza por la vida del hombre ancestral y reconociendo a ese hombre bien distante de la apresurada y/o refinada vida ciudadana. Ese hombre natural, que en palabras del beatnik y seguidor de Thoreau Gary Snyder, se instala en el “cultivo de los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu”[23]. La práctica de lo salvaje; la ruptura con lo aparente y con la convención social, la vida natural, al encuentro de la naturaleza y del gran caudal de una vida real, la atención a la presencia de las cosas que son[24]



* El dibujo que ilustra la entrada en su encabezamiento es de Frithjof Schuon
[1] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 56
[2] No olvidemos que la filosofía en su sentido clásico se considera maestra de vida y centrada en el arte de vivir. Toda la investigación filosófica sobre la ontología o las potencias intelectivas de lo humano encontrará en la vida –en la afirmación de la vida del hombre-  su cualidad y horizonte propio.
[3] Martin Heidegger.Conceptos fundamentales; curso del semestre de Verano. Friburgo 1941. Alianza editorial.
[4] Henry David Thorea. Walden. ed. Errata naturae, pg. 96.
[5] Cfr Henry David Thoreau. Walden. Donde vivía y para qué vivía.
[6] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae,  99
[7] Henry David Thoreau. Diarios. 30 de septiembre de 1845
[8] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 98
[9] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae,  pg 10
[10] Henry David thoreau. Wal den. Ed. errata naturae, pg 97
[11] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 146
[12] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 97
[13] En este sentido resultan reveladoras las páginas que dedica a uno de sus vecinos, Alek Therien,  y a su modo de vivir en el bosque sin por ello advertir en él una vocación espiritual clara aunque alabando su intuitivo saber, su espontaneidad, su salud interior y su luminosidad anímica. Henry David Thoreau. Walden , Ed. errata naturae, pg. 154 y ss.
[14] Con tal denominación me refiero a las tradiciones de los pueblos que han vivido en contacto íntimo con la naturaleza; hasta el punto de ser la naturaleza ese libro abierto que indica lo sagrado y el misterio. Physis significa naturaleza en griego, no solo en el sentido que damos ahora a la palabra sino también en el sentido de potencia creativa y generador de vida. La idea de Physis es similar a la de natura naturans de la metafísica medieval que retoma el romanticismo.
[15] Thoreau entiende la economía, un saber vivir que persigue la manutención,estrechamente emparentada con el saber vivir de la filosofía que no sería sino la culminación del saber vivir
[16] Sobre la cuestión del cuerpo me extenderé más en la entrada que dedicaré a la contemplatio naturalis en Thoreau.
[17]  Henry David Thoreau. Walden. Ed, errata naturae, pg 94
[18] La tradición pitagórica daba mucha importancia a los momentos del amanecer y del crepúsculo. En las comunidades pitagóricas posteriores a Pitágoras se recitaban los versos de oro en esos momentos del día .
[19] Henry David Thoreeu. Walden. Ed. errata naturae, pg 102
[20] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 103
[21]Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 149
[22] La melancolia llamada de bilis negra aludía a los trastornos  y desequilibrios anímicos especialmente graves atendiendo al lenguaje erudito, de raigambre medieval y renacentista, que aun se empleaba en la época de Thoreau.. Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 140
[23] Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Gary_Snyder
[24] El libro de Thoreau “Un paseo invernal” será un perfecto ejemplo de la práctica de lo salvaje además de un maravilloso poema en prosa, que diría Baudelaire, en el que se da la palabra a la naturaleza. En él mismo se nos narra una experiencia de intimidad y contacto con la naturaleza con el telón de fondo de la dureza, la contracción y la misteriosa belleza del Invierno; resistiendo al Invierno y sabiendo del calor interior que anima el vigor al contacto con los fríos, reconociendo la virtud y la belleza de estar a la altura de la prueba invernal con un ánimo encendido, siendo consciente de la fertilidad espiritual que brota de todo ello.

domingo, 11 de marzo de 2018

Thoreau: la política, la religión

Thoreau, efectivamente, dirigió una crítica dura a las instituciones de su tiempo, religiosas y no religiosas. Si ponderamos esas críticas en el contexto de su obra, básicamente, las echará en cara desatender lo esencial de lo humano desde la imposición de convenciones sociales diversas. Thoreau critica al Estado –como agente de administración de las conciencias-, critica la naciente economía capitalista y el modo en que organiza la actividad humana y la relación con el trabajo, critica el modo de vida moderna -su tempo, su ruido- y el mundo evanescente de apariencias que instaura, critica la programática de dominio técnico de la naturaleza y de todo lo real, critica todas las sugestiones compartidas que, en la modernidad naciente, terminan por colonizar la conciencia y el alma del hombre... También critica a los reformadores religiosos, esto es, a los representantes de la religión exterior protestante a los que achaca su obsesión moralista[1]. En realidad su crítica alcanza a todas esas castas burocratizadas de mediadores de la verdad, que, estando implicadas con el tiempo que las toca, pretenden tener el monopolio humano respecto de los “asuntos divinos”[2]. Desde su perspectiva desatenderán las cuestiones esenciales evadiéndose del conflicto cerrado con el signo de los tiempos y con la violencia que éste despliega sobre el hombre. Conviene subrayar que la distancia crítica de Thoreau con la religión exterior, en su caso una apelación a la religión interior en un contexto de crisis de civilización, va dirigida, más que a su núcleo, a la actividad pastoral de sus representantes. En realidad el sabio de Walden no solo no critica las tradiciones sapienciales de esas religiones sino que las valora desde su propia indagación personal.

Si atendemos a la comprensión de sus propios principios, si algo tendría que achacar Thoreau al catolicismo, a los unitaristas[3] o a los puritanos[4], –todas ellas corrientes religiosas con las que cabe relacionarlo de algún modo- es su falta de coherencia espiritual y política. En este contexto de crítica a la religión exterior y de distancia hacia sus instituciones y pastores destaca, sin embargo, su breve y explícito acercamiento al  catolicismo y el viaje a Roma que llegó a planear[5]. En realidad no es algo que deba sorprendernos. Thoreau conocía en profundidad la obra de San Agustín y como otros románticos de cultura protestante[6] se vio tentado por el catolicismo como posible renovatio contramoderna. Con todo, la desconfianza radical del sabio de Walden hacia todo lo que pudiera suponer algún género de compromiso con el signo de los tiempos hacía difícil cualquier acercamiento a institución religiosa o confesión alguna coincidente con el proceso histórico que observaba. La religión o la política solo le podían interesar en caso de que éstas se constituyeran, nítidamente, desde la apertura radical a la vida; y la vida, desde sus propios quilates, no será sino la experiencia de lo real, la apertura al ser de las cosas que son dejando de lado el acercamiento supuestamente utilitario que caracteriza la apropiación moderna de la naturaleza. Thoreau solo se hubiera acercado a una religión exterior nítidamente comprometida con lo dicho y, en tal medida, radicalmente distante y activamente confrontada con todo lo que tuviera que ver con la dinámica que iba imponiendo el progreso histórico.

Thoreau es un romántico que exige una renovatio de gran calado y acaso un socrático que es consciente de la crítica a la que hay que someter a la propia tradición en tiempos de crisisComo romántico, ya lo he apuntado, es un romántico radical que no admite compromiso alguno con su tiempo ni rebaja alguna en el calado de esa renovatio. Podríamos calificarle de revolucionario, efectivamente, pero solo si le distanciamos del progresismo al uso y de la factura ilustrada de las ideologías modernas. Su revolución y su política[7], en realidad, apelan a un retorno al hombre primordial; ese hombre que constituye su soberanía en la intimidad y en el codearse con la naturaleza y el encuentro con la vida, bien lejos de los poderes  mundanos. De ahí su apelación a los indios y a un Oeste entendido como frontera abierta a un más allá; un Oeste casi metahistórico en el que arraigaron los primeros colonos y aventureros además de, por supuesto, los nativos americanos.  A diferencia del progresismo ilustrado su propuesta encontraría su quicio en volver a naturalizar al hombre y dejar de humanizar la naturaleza; liberando así a ambos de la cosificación que va implementando la administración de la vida inherente al binomio capital-estado. En realidad, en el sentido más excelso del término Thoreau es un profundo reaccionario a la par que revolucionario. Su libertarismo a la americana[8] y el primado que postula de las cuestiones de conciencia sobre la programática y las leyes injustas que imponen “los poderes mundanos” deben ser entendidas desde esta perspectiva. En el sabio de Walden, esto hay que tenerlo muy claro, quedan dislocadas las categorías políticas convencionales.

Creo importante hacer notar Thoreau nunca se calificó políticamente como anarquista –de hecho no critica toda autoridad- y que ciertas calificaciones son algo sobrevenido a su obra. De hecho el anarquismo como movimiento político activo en Estados Unidos es varias décadas posterior al tiempo en que vivió Thoreau. Otra cosa es que ciertas corrientes pertenecientes a la periferia del libertarismo puedan reivindicar coherentemente al sabio de Walden. En tal sentido me viene a la cabeza Gary Snyder, practicante y estudioso del budismo zen además de poeta cercano a la beat generation y políticamente libertario. Sobre lo vinculable que pueda ser Thoreau con el libertarismo y el anarquismo adviértase que el libertarismo dominante es de tradición ilustrada y moderna por mucho que esto sea una colosal contradicción ya que si algo caracteriza la modernidad es esa programática de administración de la vida sometiendo lo real y lo humano a todo tipo de rendimientos –en la modernidad todos somos cosas-. Thoreau, en relación al libertarismo, sería una especie de ultralibertario en el sentido de ir más allá de lo libertario al apuntar a las viejas cuestiones del espíritu en su crítica al modo de vida moderno que imponen capitalismo y Estado. Análogamente, en relación al típico reaccionario conservador sería un ultrareaccionario que va mucho más lejos en su reacción frente al proceso histórico tecnoilustrado –lo que llaman el progreso-.

Como se constata el sabio de Walden desborda las categorías políticas convencionales y también desborda la esfera de las confesiones religiosas de su tiempo; lo que no quiere decir que no haya echado raíces en su propia tradición intelectual y religiosa. Este perfil responde a su arraigo en la propia traditio a la que pertenece, eso sí, atendiendo a la disposición romántica que lo caracteriza. Desde tal disposición se atiende a la tradición y, al tiempo, se toma nota de la decadencia de sus instituciones empapadas éstas, quiérase o no, del signo de los tiempos. Insisto que en el romanticismo late una urgencia de renovatio y de gran viraje histórico. Y es que atender a la tradición en tiempos de crisis podría significar no tanto dejar de someter a crítica a determinados representantes institucionales como atender a la paideia[9] de unas determinadas tradiciones sapienciales en su dimensión más interior; esto será lo que haga el sabio de Walden en su reivindicación de la escritura; básicamente en clave occidental y atendiendo a la mitología griega, a la propia Biblia, a lo más granado de la literatura -Shakespeare, Dante-  y, en general, de las tradiciones sapienciales previas a la modernidad. Como romántico también se interesará por las religiones orientales que ya empezaban a conocerse. Accederá a cierto conocimiento del sufismo y de los vedas, valorando especialmente el Bhagavad gita. Thoreau entenderá la sabiduría oriental desde su acento en una intelectualidad pura, es decir, en su carácter de metafísica estricta[10]. Desde su punto de vista solo cabrá esperar grandes cosas de la recepción en Occidente de las sabidurías orientales. “al mundo occidental aun no le ha llegado toda la luz que está destinado a recibir desde oriente”[11] nos dirá. Como vemos el sabio de Walden se desmarca con radicalidad del pensamiento ilustrado y de considerar a la Ilustración ese tiempo axial en que la razón se emancipa de la tradición, la religión y la superstición. Precisamente, si algo le interesa a Thoreau será esa traditio de lo sagrado que desgrana lo más cimero de la tradición. En el reconocimiento de las sabidurías previas a la ilustración y, también, de las sabidurías de otras culturas será estrictamente romántico.

Como digo Thoreau reivindica la escritura[12] en lo que tiene de gran tradición sapiencial y como esfera de refinamiento y aquilatamiento del lenguaje, que supera sus usos cotidianos, la oralidad y lo coloquial. Ésta gran tradición escrituraria gira, según Thoreau, en torno al desvelamiento de la divinidad y a cómo este desvelamiento se preserva y transmite de tal modo que el aporte escriturario de los clásicos será “el único oráculo que no haya envejecido”[13]; “lo que nos mantiene alerta y nos exige nuestras horas más despiertas”[14]; lo que nos indica la senda de umbrales de ser y plenitud privativos de lo que sería una iniciación a lo divino.

Lejos de traducirse lo dicho en algo banal la obra de Thoreau muestra la tarea de un romántico de primera hornada a la búsqueda de la dimensión interior de esa traditio. El perfecto ejemplo de eso que llamara Guenon una síntesis en un contexto de excepcionalidad y crisis, la propia de la modernidad ilustrada, a la búsqueda de la propia figura espiritual[15]. En el capítulo Leer de Walden relacionará Thoreau el sentido iniciático y mistérico que reconoce presente en la gran tradición escrituraria de los clásicos con la capacidad de visión, con una visión renovada de la realidad, esa visión que insinuaría el desvelamiento de lo divino[16]. “Conmover la calidad del día, esa es la más elevada de las artes. A cada hombre le corresponde la tarea de hacer su vida, hasta el detalle, digna de ser contemplada en su hora más elevada”[17] nos dirá el sabio de Walden. Desvelamiento de lo divino, visión renovada, la realidad tal cual más conmovida, un cambio cualitativo de lo que lo que se nos presenta usualmente a la vista, la realidad tal cual revelando su condición divina, su ser más profundo; nada añadido, nada fantástico sino la realidad desnudada en su ser, lo divino desvelado. Tomemos nota de cómo va enhebrando Thoreau su acercamiento a la espiritualidad. Sirva lo dicho como primer acercamiento a la cuestión de la espiritualidad en Thoreau.

Este sabio singular advertirá sobre el peligro de un mero acercamiento libresco y erudito a estas cuestiones. La lectura debe ser entendida como una práctica de la amanecida, del despertar del alma en las resonancias que la propia lectura sirve. Con todo el gran juego se desarrolla en otra esfera. Esa esfera no será sino lo real expresándose de un modo directo y no analógico. De ahí la necesaria atención y alerta que debemos rendir a lo real.[18] Lo real se brinda y es. Al contemplarlo participamos de su ser. Los pensamientos en cambio “no dejan de parecerse a un águila que de repente entra en el campo de visión, sugiere algo inmenso y emocionante al que la contempla pero nunca se acerca realmente”[19]. La indicación de lo real propia de la escritura será, por tanto, analógica; un símbolo, una metáfora, un guiño del alma para el alma.



[1] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae, pg 74
[2] “hablaban de dios como si disfrutaran del monopiolio de lo divino… no podían tolerar una opinión diversa a la suya”. Henry David Thoreau. Walden. errara natura Ed, pg 163
[3] Los unitaristas era una variedad de protestantismo interior que ponía un especial énfasis en la contemplación de la naturaleza por considerarla expresión de lo divino, y en la unidad del cosmos en Dios entendido éste como principio supremo. Dejaban de lado la teología trinitaria en la afirmación directa de la Unidad divina y de todo en Dios.
[4] A Thoreau se le vincula con los puritanos al postular una vida sencilla que deja de lado todo lo superfluo y solo atiende a las necesidades básicas. Con todo, Thoreau estará muy lejos de lo que sería la reducción de la experiencia religiosa al ascetismo y el rigorismo moral.
[5] Cfr. Introducción. Walden. Editorial Cátedra. Chesterton apunta a la cercanía de William Blake con el catolicismo atendiendo a su realismo visionario y al manejo de ideas y nociones de deudoras de la metafísica tradicional. En realidad algo muy similar cabe decir de Thoreau.
[6] Ejemplo de lo dicho será el filocatolicismo del círculo de Jena, el primer y más importante núcleo romántico. Pienso en los hermanos Schelegel, en Novalis, en Schelling. Otro ejemplo será el de la escuela de pintura de los nazarenos.
[7] Hago notar que Thoreau  nunca participó activamente en política aunque destacó por su rechazo de la esclavitud y de la guerra e invasión de México y, sobre todo, por su encarcelamiento al rechazar el pago de impuestos para tal guerra. Fue Emerson quien pagó la multa y así fue excarcelado Thoreau ya que el se negaba a hacerlo
[8] Me refiero a la vieja tradición antiadministración y antiestado de cierta cultura política americana, la del colono o aventurero  que accede a la tierra y se mantiene en ella de acuerdo con su propia ley y carácter. De tal modo que la ulterior llegada del Estado se percibe como una intervención exterior que acaba con un modus vivendi y operandi. Un tema, por lo demás, tratado magistralmente en algunos western. Con libertarismo a la americana no me refiero al anarcocapitalismo.
[9] La paideia –cfr. Werner Jaeger. Paideia- era  el contexto educativo y de formación del carácter en la cultura griega. Su finalidad era el cultivo de la excelencia como hombre y como ciudadano. En la misma se incluía el propio cultivo de sí al encuentro de la filosofía, la poética, el teatro y la literatura en general. La tradición humanística occidental,  como referencia formadora, encuentra su precedente en la paideia clásica.
[10] “El Nuevo Testamento es excepcional por su moralidad pura  mientras lo mejor de las escrituras hindúes es la intelectualidad pura”. Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 132
[11] Henry David Thoreau. Muskatequid. errata naturae Ed, pg 137.
[12] Henry David Thoreau. Walden. Capítulo Leer.
[13] Henry David Thoreau. Walden, errat naturae ed, pg 107
[14] Henry David Thoreau. Walden .errata naturae ed, pg 110
[15] No olvidemos al amplio reconocimiento que da Guenon a la espiritualidad privada en el contexto cristiano, contexto al que pertenece Thoreau.
[16] Walden. pgs 105 y 114
[17] Henry David Thoreau. Walden. errata naturae ed. pg 96
[18] Henry David Thoreau. Walden, errata natirae ed, pg 119
[19] Henry David Thoreau. Diarios 26 de Octubre 1857