Llevo cierto tiempo repasando la
obra de Ernst Jünger ya que ando preparando un libro sobre su
acercamiento a la experiencia visionaria; y como suele pasar ciertos tránsitos
conducen a veces a parajes, en principio, no previstos. Repasando la mirada que
el de Wilflingen dirige a la lidia del toro bravo pensé elaborar una
entrada para el blog sobre este tema polémico pero que llama poderosamente la
atención. Esta indagación, en principio periférica, se fue complicando al
ponderar no solo lo dicho por Jünger sobre lo taurómaco sino, también,
la riqueza que aporta a la lidia la perspectiva jungueriana. En fin, ahí va una
texto preliminar centrado en la vitalidad antigua de la lidia, en la relevancia
para su existencia del careo y la confrontación con uno mismo y en la
imposibilidad del debate entre taurinos y antitaurinos.
(1)
Una cuestión de principio: Ahí va
un texto solo apto para intempestivos, disidentes e incorrectos muy al margen
de los vientos y sesgos que impone la historia y lo cronológico en el devenir.
Entrando a volapié: La tauromaquia divisada desde la mirada de Ernst
Jünger.
Como he afirmado en el
encabezamiento de la presente entrada dedicaré un texto extenso -o acaso algo
más- a la mirada que el de Wilflingen, explícitamente, dirige
a la tauromaquia aunque también, al modo en que en que puede divisarse la
tauromaquia desde el corpus[1] jungueriano.
Esto último desvelará una notable fertilidad enriqueciendo la reflexión
taurómaca. Esta entrada tendrá el perfil de un prolegómeno sobre un tema
polémico y acaso poco oportuno. El viático reflexivo que iré desplegando en
posteriores desarrollos atenderá diversos hitos decisivos a la hora de cavilar
sobre lo taurómaco. A saber, el carácter ritual de la lidia, la irrupción de la
belleza como plenitud de la lidia del toro bravo, la presencia de la muerte
otorgando significado a un rito catártico, su perfil completamente intempestivo
y ajeno al tiempo que vivimos tanto en sus retóricas como en sus
sensibilidades… Todo ello desde la atención expresa al tejido intelectual jungueriano.
Atender a los decires del alemán, a
su epos[2], arrojará no poca luz sobre lo
taurómaco lo que pondrá de manifiesto una afinidad que llama la atención. La
mirada jungueriana sobre esta tradición popular no es algo que deba
sorprendernos. Hay afinidades y, sobre todo, una mentalidad en la que pervive lo
antiguo. Me refiero a la de Ernst Jünger. De hecho, el alemán
con una complicidad hacia el toreo poco disimulada nos dirá "La
corrida es el último residuo del culto sagrado de la Antigüedad que sobrevive
en nuestra civilización industrial."[3].
He mencionado la complicidad que el
alemán desvela en esta cita hacia la lidia. No olvidemos la distancia crítica
que adopta respecto del devenir moderno y de la mentalidad técnica que otorga
figura a tal devenir; eso sí, en una estela post-nietzscheana en la que se
asume la necesidad y lo dado -amor fatum; amor por el acontecer-
para así asegurar la libertad y la potencia de ser de la persona singular. De
hecho, las figuras que va sirviendo su obra -el soldado desconocido, el
trabajador, el emboscado, el anarca, el psiconauta- son estrategias de
resistencia, careo y superación de los tiempos modernos y de sus titánicas
concentraciones de poder administrando la vida. En tal sentido podríamos decir
que el de Wilflingen, sin entregarse a la arcadia dorada de
la reacción contramoderna, tampoco es un pensador que se acoja al horizonte de
la Ilustración ni, por tanto, al devenir moderno.
La cita continúa apuntando aspectos
de gran interés pero en este prolegómeno lo que pretendo destacar es una
mentalidad antigua perviviendo en plena hipermodernidad nutriendo la lidia.
Entiendo que hacer valer la pervivencia de esa mentalidad antigua es el mejor
preludio para poder divisar lo taurómaco.
La mera existencia de una mirada
que reconozca la tauromaquia sorprenderá, para mal, a no pocos ya que todo lo
relacionado con las corridas de toros se hace cada vez menos reconocible. En la
tauromaquia late, así es, una sensibilidad y un pathos antiguo
aunque, llamativamente, las corridas de toros tal y como las conocemos, cuajan
en pleno devenir moderno y en tiempos relativamente recientes; en concreto a
finales del XIX y comienzos del XX.
En tal sentido y desde el corpus jungueriano
solo podría entenderse la lidia del toro bravo como un modo de resistencia
notable y muy llamativo al signo de los tiempos. Consideremos que si algo
caracteriza tal signo será la progresiva separación entre hombre y naturaleza
-en el primado de la mentalidad técnica-. Sin embargo, lo taurómaco será
básicamente campero y silvestre. Efectivamente, el proceso de aquilatamiento y
formalización de las corridas de toros en pleno devenir moderno y en pleno
apogeo de la mentalidad técnica resulta sorprendente al tiempo que desafía la
capacidad de reflexión. Recuérdese lo dicho por el filósofo francés Jean
Cau, secretario de Sartre y un gran aficionado taurino,
afirmando que las corridas de toros son “uno de los escasos reductos de
libertad que le quedan a los pueblos del sur de Europa”[4]. Cau valorará el
perfil contramoderno que desvela la lidia al tiempo que entenderá el proceso de
modernización vinculado a la cultura y a la hegemonía del norte de Europa.
Desde su perspectiva la lidia del toro bravo, en sentido estricto, constituiría
un acto de rebeldía popular ante poderosísimas fuerzas capaces de manejar la
historia. Rebeldía ante eso que se nos vende como progreso y que en casi nada
se cuestiona.
Jünger y Cau considerando
algo tan insólito como la pervivencia de lo taurómaco… Desde su reflexión
atendamos a una primera y decisiva nota que ya hemos indicado. Me refiero al
carácter absolutamente intempestivo y fuera de época de la tauromaquia. Me
viene a la cabeza el recordado comunicador Luis Carandell defendiendo
la tauromaquia desde su excepcionalidad cultural en tanto escenario
de otro tiempo. El argumento es poderoso; lo supo ver.
Más allá de que la lidia del toro bravo sea algo
relativamente reciente y que acontezca en una trama antropológica y sociológica
ajena -la de los tiempos contemporáneos- lo cierto es que no deja de ser una
variación con repetición de lo que es una constante en los pueblos del sur de
Europa. Los festivales con toros y lo taurómaco, en todo el Mediterráneo,
vienen de muy antiguo. Recuérdense los frescos de la cultura minoica. Tales festivales
enraizaran invariablemente en un marco de significación análogo constituido a
partir del espíritu de aventura y desde la disposición del hombre a medir el
propio valor. Desde tal disposición se podrá formalizar en la lidia un umbral
de elaboración antropológica que puede llegar a ser muy complejo.
Consideremos la siguiente cita de Federico
García Lorca “El toreo es,
probablemente, la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente
desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa
educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi
generación los primeros en rechazar. Creo que la fiesta de los toros es la más
culta que hay hoy en el mundo. Es el drama puro en el cual el español derrama
sus mejores lágrimas y sus mejores bilis. Es el único sitio a donde se va con
la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza.”[5]
Cuando Lorca se refiere a la fiesta de los toros como una tradición
tremendamente culta, como se hace evidente, no se refiere a que la ejerciten o
la degusten intelectuales sino a los umbrales de complejidad antropológica que
ésta despliega. La reflexión de Lorca es brillante y certera.
(2)
La capacidad de careo y confrontación con uno mismo[6]
para así poder resistir, superar y resolver lo que se nos confronta será una de
las piedras angulares del pathos y la disposición jungueriana.
Ya he indicado que las figuras que va acuñando el alemán en su viático
intelectual buscan indagar en la capacidad de supervivencia de lo humano en
tiempos extremos. A la base de esa vocación de superación y de salida de sí el
de Wilflingen advertirá el espíritu de aventura al que el
alemán dará una gran relevancia. Paralelamente, esta capacidad de poder abordar
lo que se nos confronta mediante un determinado espíritu de aventura que nos anima
a ir más allá será la condición de existencia de la lidia. Sencillamente, sin
la decisión de confrontar al astado, asumiendo los riesgos y las
incertidumbres, no hay lidia.
En suma; ante lo taurino estaríamos ante una
disposición y un pathos ajeno a lo contemporáneo y vinculado,
según Jünger, con los viejos cultos de la
tierra y de la virilidad. En sus propias palabras: "La corrida es un espectáculo interesante porque pone en evidencia la
ligazón del hombre con la vida y con la muerte, con los instintos primigenios,
con la naturaleza, con la tierra… Es una
catarsis. Pero la corrida es también algo que tiene que ver con el culto a la
virilidad "[7]. Esta cita del de Wilflingen introduce
perfectamente la cuestión a tratar por aproximarnos a la consideración de la
lidia como un rito de probatura de valor y una catarsis
colectiva. En relación a esta catarsis me viene a la cabeza la faena del
diestro Julio Aparicio en Las ventas a un toro de la ganadería Alcurrucen
el 18 de Mayo de 1994. El público en pleno enthusiasmos y el diestro
desmadejándose en la faena completamente atravesado por la lidia y por su arte…
Añadamos un matiz que resultará más que relevante para
el desarrollo de la lidia a partir de esa mentalidad antigua que, en intenso
maridaje con la naturaleza, sabe de lo campero, de lo silvestre y, también, de
ese “furor salvaje”[8] que en Sobre el dolor Jünger vincula
con la lidia del toro bravo. Para la persona de mentalidad antigua el toro es
un animal poderoso, imponente y bello. De ahí su presencia en las iconografías
de tantos tiempos y lugares. Al tiempo es un espectro de muerte; especialmente
si lo que acontece es un encuentro fortuito en el campo. Confrontar al morlaco,
desafiarle, exige de un furor salvaje encendiéndose en el hombre, un furor
pasional, que desde las propias tripas sea capaz de desafiar la bravura del
toro a partir de la propia fuerza vital y del espíritu de aventura al que tanto
atiende el alemán en su obra. A partir de ahí el temple, templando ese furor y
otorgando figura a lo simplemente salvaje. Lo campero y lo silvestre
reconociéndose y enraizándose en la tierra en tanto gran escenario para
rendirla culto. Sin la intimidad con la tierra y la naturaleza no podría
existir la lidia del toro bravo.
El lance y la capacidad de templar el propio
valor... El temple haciendo capaz al diestro de desplegar la faena... El hombre
más allá de sí superándose en lo que le limita. La faena de lidiar al toro… Con
tino el alemán advertirá en la capacidad de “confrontación del hombre consigo
mismo”[9] el
atanor candente que anime la vida del alma. Sin ese acogimiento de lo salvaje
con las tripas ardiendo a partir de la decisión que se aborda y sin quedar
civilizado lo salvaje desde el temple no se podría hablar de confrontación
alguna con uno mismo ni tampoco de la tauromaquia. Esta capacidad de confrontación del hombre consigo
mismo será, efectivamente, condición de la lidia. En realidad, poco podrá
sorprendernos la atención, breve pero orientada, que le suscitó a Ernst
Jünger algo tan singular e intempestivo como la lidia del toro bravo.
La tauromaquia vista por un alemán... La lidia de
un animal bravo y del que tener cautela que, sublimándose, se termina
transformando en arte, escena popular y rito… Para
el alemán la lidia del toro bravo conjugaría ese vínculo con la tierra con lo
que sería una catarsis ritual de superación del miedo a la muerte; algo solo
entendible desde una vis[10] heroica. Como podemos advertir la mirada jungueriana reconoce la medida de
lo que contempla.
La tauromaquia, acaso una tarea de
artesanía que a partir de los recortes camperos al toro y de sus embestidas va
dando forma a la lidia del toro bravo en las diversas suertes y lances para,
finalmente, constituirse como un arte singular capaz de brindar belleza. Desde
mi perspectiva la belleza, arropando y ordenando la lidia desde la finalidad y
la transcendencia que enuncia, será lo que termine ordenando el proceso de
forja de la lidia. El diestro Luis Miguel Dominguín pondrá la
belleza en relación directa con el temple: “La belleza para mí en el toreo es
el temple, todo lo que se haga despacio y se haga con ritmo, hasta el banderillear,
que sea con un movimiento casi de ballet”. [11] Consideremos
que vincular la irrupción de la belleza con la capacidad de temple será
entenderla desde la creatividad humana desatándose en el manejo de la embestida
del toro. Dominguín nos pone en la pista: entender el toreo como un arte
singular desde la belleza desatada por el temple. Atendamos a lo dicho por el
también diestro Manuel Ordoñez. “Para mí el toreo ha nacido en el
siglo XX. Antes era una lucha; se preparaba la pieza para matarla. Ahora es una
colaboración; se prepara la pieza para crear arte”[12]. Sin esa
vocación de belleza y de expresión artística la lidia del toro bravo no habría
alcanzado, ni de lejos, lo que ha venido a ser.
Más allá de lo dicho la irrupción
de la belleza en la lidia aporta una dimensión de misterio emergiendo que
desborda completamente la simple lidia. Cuando Junger vincula
la tauromaquia con lo sagrado no se equivoca. Su intuición es certera ya que es
la irrupción de la belleza la que hace culminar la figura ritual de la
tauromaquia en un horizonte mistérico que desborda la mera plasticidad. ¿Qué
desvela la belleza?.
(3)
La lidia, ya lo he indicado,
exigirá de ese temple antiguo y de una mirada intempestiva, de otro tiempo,
para poder ser asimilada… La lidia de un colosal animal que desgrana belleza y,
al tiempo, capaz de matarnos sin demasiado esfuerzo. No se me ocurre nada más
disruptivo que encontrarse a campo abierto con un astado en sus hechuras. El
hombre afrontando su lidia en lo que, finalmente, se desvelará como un rito de
probatura de valor capaz de cuajar y venir a desbordarse en la belleza de la
propia lidia… En el envés de ese valor el dolor del toro deslegitimando la
épica, la estética y la poética taurina en tanto falla.
Al tiempo que virtudes y estética el aficionado sabrá
advertir el dolor y la sangre. No los ignora. Por eso la insistencia de los
buenos aficionados, no pocas veces iracunda, en la ortodoxa ejecución de las
suertes. La mirada contemporánea, por su lado, se ceñirá a la constatación del
dolor e incluso al supuesto sadismo del aficionado. La visión taurómaca
atenderá a la pedagogía que dimana de la lidia ordenada desde determinadas
virtudes y desde la irrupción de la belleza… Se hace evidente que estamos ante
posturas que no pueden reconocerse entre sí atendiendo cada una a la validación
que obtienen desde su propia perspectiva. De ahí el tedio y la sensación de
bloqueo que desgranan los típicos debates entre taurinos y antitaurinos.
Entiendo que en tal quicio polémico
arraigará la tauromaquia desafiando el tránsito y la sensibilidad moderna desde
el encuentro de los cuerpos; el del toro y el del hombre. El del toro
desvelando bravura, trapío y esa belleza capaz de matar. El del hombre
desafiando la muerte, ofreciendo litúrgicamente su piel y, acaso, pudiendo
desgranar la belleza de la lidia. El toro aportando su capacidad para generar
el caos y el pavor irrumpiendo en lo humano, el hombre dando forma a ese caos a
través de la lidia... La condición de lo dicho; ese temple antiguo que enraíza
en la vida campestre, en plena naturaleza, desplegando una liturgia silvestre
en la que tragedia, muerte y belleza van de la mano.
Como puede apreciarse el alto grado
de elaboración antropológica de la lidia del toro bravo se hace tan evidente
como la objeción del dolor para la mentalidad contemporánea. Ambas perspectivas
desgranaran argumentarios sólidos aunque desde perspectivas completamente
diversas e intraducibles la una para la otra.
Con razón alguien podría decir que todo lo que pueda
afirmarse sobre un tema así pierde sentido al naufragar en el dolor del animal.
En efecto, estaríamos ante una apreciación correcta la cual manifestaría la
sensibilidad contemporánea hacia la naturaleza. Ante esta sólida objeción, sin
embargo, no podemos dejar de lado que, a diferencia de la sensibilidad
contemporánea, las corridas de toros nacen en una sociedad en completa
intimidad con lo natural y lo silvestre. De ahí que, cuanto menos, llame la
atención la pretensión del contemporáneo taurófobo, producto de una sociedad
completamente separada de la naturaleza, de sentar en un tribunal moral o mirar
con desdén al aficionado a los toros. En el debate entre taurinos y
antitaurinos nos encontraremos ante miradas que constatan paisajes y universos
diferentes. De ahí ese tedio que suscita el debate.
Indaguemos en la paradoja que da forma al debate entre
taurinos y antitaurinos. Como ya he indicado si la lidia nace a partir de esa
intimidad con la naturaleza la mentalidad contemporánea resulta ajena a la
misma. Bien lejos de toda intimidad silvestre o campera el contemporáneo
tenderá a ver la naturaleza como un jardín del que se cuida, en el mejor de los
casos, cuando no como un espacio a administrar con un ánimo de depredación
sistémica. Tal paradoja nos desvela que algo falla en el descrédito moral de
las corridas de toros desde lo que sería el humanitarismo sentimental del
contemporáneo. Este humanitarismo, no olvidemos, será producto del todopoderoso
mundo de la mentalidad técnica, de la acentuada separación de la naturaleza y
de la administración de la vida que caracteriza el tiempo presente. Más allá de
que el dolor del animal sea un argumento muy poderoso -soy consciente de ello-
lo aportado no deja de arrojar una notable sombra de duda sobre el durísimo
juicio que de la tauromaquia tienen no pocos contemporáneos.
Entiendo que lo que falla no es la pertinencia de la
crítica a las corridas de toros atendiendo al dolor de la res sino el hecho de
que la mirada del taurófilo y del taurófobo sean miradas inabordables la una
para la otra. El taurino acoge cierta mentalidad antigua y asume el dolor y la
tragedia como parte de la vida e, incluso, como pedagogía litúrgica y ritual.
La muerte del toro, la posible muerte del torero si el astado le desborda, las
heridas graves que pueda sufrir el torero... El hombre asumiendo la posibilidad
de ofrendar su cuerpo y su propia piel en la forma ritual de la lidia del toro
bravo. Así es, una octava antigua y contramoderna hasta las entrañas resuena
con fuerza en las corridas de toros…
[1] Me acojo
a este término de corpus en la medida en que el pensamiento
de Ernst Jünger acoge diversos momentos y escenarios sin por
ello perder una perspectiva de totalidad orgánica. Esta vendría a expresar el
temple intelectual de este pensador y hombre de acción.
[2] En el
griego homérico epos era un sinónimo tanto de logos como
de mythos y aludía a las palabras de los sabios. Solo
ulteriormente, ya en el esplendor de la Grecia clásica, se diferencia el
significado de logos y mythos en tanto las
palabras, los decires, a las que podría considerarse como un referente singular
de sabiduría. El del mythos, apelando al relato y las imágenes y el
del logos apelando a la argumentación (cfr. Historia de la
Filosofía Antigua. Felipe Martínez Marzoa)
[3] Ernst
Jünger. Pasados los setenta, volumen V. Editorial Tusquets, pg 481. Traducción
de Isabel Hernández.
[4] Jean
Cau. La locura corrida (La folie corrida). Ed Gallimard
[5] Esta afirmación la hizo Lorca en la última
entrevista que concede al diario El sol el 10 de Julio de 1936.
[6] Ernst
Jünger. La emboscadura. Ed Tusquets, pg 105.
[7] Ernst Jünger, "Los titanes venideros.
Ideario último" (recogido por A. Gnoli y F. Volpi). Agradeciendo al perfil
del FB Ernst Jünger que haya posteado la cita en esta red social
[8] Ernst
Jünger. Sobre el dolor.
[9] Ernst
Jünger. La emboscadura. Ed Tusquets, pg 105
[10] Vis, en latín poder, fuerza, energía, valor.
[11] Luis
Miguel Dominguín en el legendario programa de entrevistas de RTVE A
fondo dirigido por Joaquín Soler Serrano.
[12] Antonio
Ordoñez en el legendario programa de entrevistas de RTVE A fondo
dirigido por Joaquín Soler Serrano.






