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jueves, 21 de marzo de 2019

Imaginatio hominem, imaginatio dei







El hombre básicamente imagina. Imagina en sus cimientos y en su urdimbre más elemental.  Como ese homínido que guardó una piedra, más o menos plana, para poner los alimentos encima y comer aseadamente y con comodidad. ¡Sea!. Así lo imaginó su inventiva y así se va componiendo el mundo humano; imaginando y ensayando nuestro imaginar. La imaginación se imagina un útil como útil permanente y, a partir de ahí, ese útil pasa a ser nombrado; ¡escudilla!, ¡plato!. El hombre ensancha su mundo. Imaginando y nombrando nos hacemos humanos y reconocemos el mundo que habitamos. Por eso además de cuerpo somos relato.

Los nombres hacen culminar el mundo humano, humanizan nuestra circunstancia y el medio que nos acoge. Un mundo imaginado y nombrado, de una enorme potencia, ve así la luz. Todo empezó por poner nombres a las cosas. El nombre, la potencia del imaginario, la creación de sentido, el hombre ordenando el caos, lo nombrado expresando el alma del hombre, el mundo deviniendo relato. En ese relato encontrará el hombre su figura y su llegar a ser. Todo para el hombre es símbolo de su propia vida. En el nombre el mundo entero queda a disposición del hacer y del conocer del hombre. El mundo humano como horizonte de sentido y como potencia desatada destinada a someter resistencias. El escenario parece quedar humanamente tendido; a la disposición del hombre. En la mentalidad técnica todo está por llegar a ser. Progreso incesante. Lo que no se nombra no existe.

Imaginatio dei. Casa del ser. Transcendencia. La vida del alma también es nombrada y a la vista queda. ¿Puede el hombre ser simple espejo de la vida?, ¿puede acoger más allá de su mirada propia?. La vida del alma insinúa un paraíso bello y recio. Un horizonte de sentido imprevisto que desborda lo humano demasiado humano. Un claro en el bosque que acoge. Una desnudez íntima que alcanza el silencio. Un silencio en el que todo se muestra pleno. Un corazón simple que se abre a la simple presencia de las cosas que son. Esa presencia todo lo trastoca... Una clave de misterio irrumpe sin brindarse. Una forja nueva que transfigura toda figura. Ni el hombre es lo que era ni las cosas lo que parecieron ser. El Misterio anima pero no comparece. La ausencia revela y muestra. Desde esa ausencia resuena una palabra que indica y canta el ser de la vida. No le pertenece al hombre la palabra pero incendia su carne. Encendido y ebrio de vida divisa la bodega interior.