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sábado, 22 de junio de 2024

"El sol salió anoche y me cantó": La entrevista


Ahí va la entrevista que me hizo Juan Carlos Usó para el libro "El sol salió anoche y me cantó". El libro atiende al llamado experimento de Viernes Santo. En tal experimento se suministró LSD a un grupo de experimentadores universitarios de la Facultad de Teología de la Universidad de Harvard. De lo que se trataba era de indagar en la llamativa capacidad de las sustancias visionarias para inducir experiencias espirituales. En el libro se presenta, analizándolo, el experimento al tiempo que se plantea un cuestionario a un determinado número de personas conocedoras de la experiencia que sirven estas sustancias y/o de la fenomenología de las experiencias religiosas. Previamente dediqué una entrada al libro en el momento de publicación. Lo dicho, buen provecho.





JC.USO: Para empezar, nos interesa la realidad ontológica de la experiencia… ¿Creen que las drogas psiquedélicas (LSD, mescalina, psilocibina, DMT…) representan vías de conocimiento y conexión espiritual o simplemente producen alucinaciones sin ningún valor?

JCA: La experiencia psiquedélica tiene que ver con la capacidad de visión y esto apela tanto a visiones concretas como a cambios en la cualidad de nuestra mirada: ver el cosmos y la naturaleza con una intensidad desconocida -lo que Hofmann llamó experiencias cumbre-, ver nuestra existencia bajo perspectivas inéditas que nos ofrecen claves de sentido renovadas, sentir la unidad de todo lo real y sentirnos parte de esa maravilla... Esto se hace posible porque toda imagen y toda visión queda alumbrada desde un modo de imaginar y de representarnos lo que nos rodea. Recuérdese la vieja idea de imago mundi. La imago mundi apelaba a la imagen previa que tenemos del mundo y a cómo nos lo representamos. Esta imagen previa prefiguraría el modo en que lo entendemos y, también, cómo lo habitamos. La experiencia visionaria no supone simplemente imágenes que se agolpan sin sentido. Las imágenes nos dicen y son nuestro espejo. Ponderar lo visionario supone ser consciente de que toda imagen puede acoger un haz de sentido, imágenes que nos retratan en lo que somos y en lo que podemos llegar a ser, imágenes que desvelan que todo, además de una superficie, tiene una profundidad, como diría Ernst Jünger. 

Todo esto va mucho más allá de la ingesta de psiquedélicos instalándonos en los modos en que viene a ordenarse el conocer del hombre. En este sentido el umbral y el calado de nuestra capacidad de visión nos revela lo que podemos reconocer. La gran visión de la que nos hablan las grandes tradiciones extáticas supone transformar nuestro modo de ver y el modo en que reconocemos el mundo de tal modo que alcancemos un modo de vivir más pleno y sabio, mover la perspectiva a través de la cual elaboramos lo que se nos presenta y la memoria de nuestro pasado. Por eso cómo codifiquemos el mundo -cómo nos lo imaginemos- es tan relevante de cara a las posibilidades de conocer que quedan abiertas. Para entender lo visionario creo que necesitaríamos un modo de concebir el imaginario mucho más amplio y más rico del que tenemos ahora muy deudor del racionalismo ilustrado. Para los griegos la imaginación quedaba vinculada al conocimiento a través de imágenes y a su relevancia cognoscitiva.

Por precisar algo más diré que las visiones que suscitan las sustancias psiquedélicas tienen relevancia cognoscitiva por la manera en que dinamizan nuestro imaginario y por el modo en que pueden cuestionar y modificar el modo en que reconocemos el mundo. Abren a otras posibilidades y perspectivas, esto es, abren a haces de sentido que quizá no habíamos contemplado hasta ese momento. Por eso una sola experiencia psiquedélica puede provocar cambios relevantes en el modo de entender la vida y por eso es normal que el experimentador las considere de gran valor existencial. Todo lo dicho será de evidente relevancia ontológica ya que, según reconozcamos el mundo, éste nos devolverá perspectivas y umbrales de ser diferentes, lo que animará a modos de vivir diferentes. En cualquier caso, y esto es fundamental destacarlo, cognoscitivamente no todo depende de nuestro interior y de nuestro psiquismo. También hay un afuera que sale a nuestro encuentro, un afuera que nos pone límites pero que necesita de nuestra percepción y de nuestra mirada para llegar a ser. No hay mundo humano sin percepción humana elaborando ese afuera. El mundo, en su misma urdimbre, surge de tal encuentro. Hofmann lo explica muy bien con su teoría del emisor y el receptor. Hablamos del conocimiento y sus umbrales, de la relevancia cognoscitiva de lo visionario. Las drogas psiquedélicas dinamizan esos umbrales a partir de los cuales conocemos. Por eso la experiencia visionaria tiene relevancia cognoscitiva.

En relación a calificar una visión que alguien tiene, sin más, como algo carente de valor o descalificarla con la expresión alucinación -del latín alucinatio: delirar, soñar- tiene poco sentido ya que lo visionario se muestra en la misma génesis de la cultura e incluso de la racionalidad. De hecho, nuestra tradición filosófica hunde sus raíces en visiones de gran transcendencia antropológica y cultural. Pienso en el mito platónico de la caverna expuesto en La República, o en todos los lugares en que Platón recurre a visiones -otro ejemplo es en el mito del carro alado del Fedro-. En relación a este tema recuérdese como Sócrates -Platón todo su saber se lo atribuye a Sócrates- recibía las enseñanzas que le transmitía su daymon en una suerte de trance discreto. En resumen, descalificar lo visionario es desconocer la historia humana y la relevancia de lo visionario en los relatos que sobre nosotros mismos elaboramos para comprendernos y comprender mejor el mundo que nos rodea. Descalificar lo visionario supone no entender o no saber demasiadas cosas.


JC USO: ¿Cree que l@s buscador@s espirituales profund@s en la actualidad están más abiertos a valorar las experiencias con drogas psiquedélicas o siguen igual de refractari@s que en 1962?

JCA: Si lo están, y por una razón muy concreta. En los entornos espirituales solventes es normal que haya gente que tenga experiencias psiquedélicas en su bagaje de tal modo que estas experiencias hayan dinamizado su propia búsqueda. Esto es algo de sobra conocido. Otra cosa es que se mantenga una perspectiva crítica hacia los entornos de toma existentes. En relación a estas sustancias hay que decir que el contexto de toma lo es casi todo.


JC USO: ¿Cree que experiencias intensas como la oración contemplativa, la meditación y la experiencia con drogas psiquedélicas, pueden inducir la percepción de que estamos conectados con un poder superior? Dicho de otro modo: ¿Cabe la posibilidad de que estas experiencias intensas —la oración contemplativa, la meditación, la experiencia con drogas psiquedélicas — activen una parte del cerebro diseñada para ser un canal de conexión entre el ser humano y la divinidad?

JCA: La oración contemplativa -la vieja contemplatio medieval u oración sin objeto- o la meditación lo que intentan es cambiar nuestros hábitos mentales corrientes. Son una especie de gimnasia mental -una gimnasia del alma- que busca no estar permanentemente subsumido en el flujo de las propias emociones, de nuestras reflexiones y del parloteo interior habitual. Ese no quedar subsumido en nuestra actividad mental corriente, con sus idas y venidas y su volubilidad, anima a un estado de más temple interior, más receptivo y más abierto a lo que nos circunda, a “lo que hay” que diría Martin Heidegger. En este estado, la capacidad de atención, el propio silencio interior y cierta apatheia del alma será lo que termine por primar. Hago notar que no me refiero a una experiencia sino a la consolidación progresiva de un estado interior que renueva el modo en que vivimos y sentimos. A diferencia de la oración contemplativa y la meditación las experiencias psiquedélicas aportan una experiencia momentánea y acotable en el tiempo. No nos equivoquemos. Esto no las descalifica, más bien clarifica su valor. De hecho, las vías espirituales que las han usado lo que buscaban era dinamizar una experiencia concreta que animara a profundizar en cierta senda. Su finalidad no era tanto tener esa experiencia como abrir un horizonte. Jünger las ve especialmente propicias en este tiempo dado lo alejado que estamos de las viejas veredas del espíritu.

¿Todo esto supone reconocer un poder superior o algo divino?. Para empezar, y en relación al hombre, supone reconocer un estado del ser del hombre más pleno, más libre y menos condicionado por nuestro psiquismo. En lo referente al cosmos y a la vida en general esa renovación de la vida del alma vendrá a manifestar una intensidad de ser de gran plenitud y belleza que pareciera desvelar lo más verdadero que podemos alcanzar. La plenitud de ser del cosmos y de la vida toda desvelándose en nuestra capacidad de visión y cuajando en un estado del ser olímpico y cumbre… Recuérdese lo que decía Platón sobre el bien, la verdad y la belleza. El hombre podría acceder a esa intensísima sección de lo real, por decirlo al modo de Jünger. En tanto acontecer lo dicho rebasaría completamente nuestra capacidad de explicación para instalarnos en el ámbito del Misterio.

Todas estas cuestiones nos instalan, casi sin quererlo, en cuestiones teológicas y de mística especulativa. Solo apuntar que esa esfera de Misterio que irrumpe, de la que nada podemos decir salvo que todo lo acoge y transfigura, no es nada en concreto que podamos nombrar, no es nada existente, no es algo fenoménico. Estamos ante una irrupción apabullante, ante un acontecer desconcertante en el que quiebran todas nuestras categorías, un Misterio que es transcedencia pura. El Mysterium tremendum et fascinans del que nos habla el fenomenólogo de las religiones Rudolf Otto; fascinante pero apabullante y aterrador por esa quiebra que padecemos en nuestras categorías y en nuestro imaginario. Por eso hablamos pertinentemente de Misterio.

Si nos atenemos a lo dicho lo que denominamos como divino quedaría referido a esa esfera de Misterio que acoge la realidad entera y no a una supuesta entidad o persona divina. Aproximativamente podríamos referirnos a esta perspectiva de lo divino con una imagen y metafóricamente. Pensemos en el papel en blanco en el que los trazos se van imprimiendo. Los trazos serían los fenómenos y ese papel el campo que todo lo acoge. Tomar conciencia del campo, del papel, y no solo de los trazos supone para el hombre algo deslumbrante. Y ahí radicaría el origen de las religiones. De tal campo solo cabe concluir que manifiesta una potencia productiva tremenda y que revela el cosmos como una unidad sin fisuras. Aludimos a una esfera más allá del ser y no a nada que sea o exista. Bien lo supo ver Platón en el mito de la caverna. 

En relación a la cuestión del cerebro -somos cerebro aunque no solo, también somos relato y lenguaje- es evidente que todo esto tiene un correlato neuronal sin el cual serían imposible esos estados. El hecho de que el cerebro albergue tal capacidad sirve un auténtico enigma. ¿Por qué el hombre acoge tal capacidad?. Hablamos del enigma de que un simple animal pueda tener este género de experiencias en el que todo se nos revela como una unidad deslumbrante; ¿por qué un animal, el homo sapiens sapiens, ha desarrollado en su evolución esta capacidad cerebral sin que quepa apreciar una especial ventaja adaptativa en la misma?, ¿qué nos dicen del cosmos estas experiencias humanas o dicho de otro modo cuál es su relevancia ontológica?, otro enigma, ¿por qué determinadas sustancias tienen en el hombre efectos tan llamativos y tan específicos de tal modo que activen algo tan complejo?, el “devenir planta” del que hablaba Deleuze al referirse al peyote... Constatemos otro hecho que también resulta tremendamente desconcertamte. La gran mayoría de las personas no realizan estas capacidades; si acaso simplemente las intuyen o las vislumbran parcialmente de tal modo que generan un anhelo capaz de nutrir la existencia entera. En la esfera social y cultural el impacto de estos vislumbres y de estas potencialidades, aunque las realicen en plenitud muy pocos, es muy intenso. Enigma tras enigma. Lo cierto es que hablamos de algo con una tremenda capacidad de conmocionarnos.

El acontecer de las llamadas experiencias cumbre nos instala desafiante en la cuestión de su relevancia ontológica, en la cuestión del misterio y en el vínculo que mantenemos con él. El enorme desafío intelectual que todo esto supone nos exige, acaso como ningún otro, de una disciplina mental rigurosa. No se trata de ponerse a desbarrar. “No entre aquí quien no sepa geometría” decía el lema que coronaba el frontispicio de la Academia de Atenas. La filosofía en aquella época era muy consciente de su vecindad con lo mistérico hasta el punto de considerarse un saber sobre lo divino y referido a la vida. Las diversas tradiciones han desarrollado análogamente saberes espirituales muy precisos que sirven de espejo a ese proceso de apertura al Misterio.


JC USO: Con independencia de que futuros estudios del lóbulo frontal del cerebro puedan ser la clave para demostrar científicamente la existencia de Dios, hoy por hoy, algunos científicos dicen que no existe ninguna prueba de que la conciencia se genere en nuestro cerebro. ¿Es posible que exista una Conciencia Eterna que se manifieste a través de nuestro cerebro, que lo utilice a modo amplificador?

JCA: No creo que sea demostrable la existencia de Dios desde la biología cerebral. A lo sumo delimitaríamos cómo las experiencias espirituales dependen de la fisiología cerebral. Sin cerebro humano y sin corporalidad no hay conciencia humana, ni espiritualidad humana, ni existencia humana -somos cuerpo y esto es muy relevante incluso en términos de desarrollo espiritual-, ahora bien, lo meramente neuronal, la remisión a la fisiología no totaliza explicativamente la esfera de lo mental. De hecho las cuestiones y enigmas planteados nos siguen desafiando y estimulando por  mucho que demos cuenta del correlato neuronal de las experiencias espirituales. Para explicar cualquier hecho de conciencia (espiritualidad incluida) -su génesis y su proceso- debemos acudir a lo fisiológico pero también a esferas que no son reducibles a lo fisiológico. En este sentido recomiendo la obra del catedrático de psicología Marino Pérez y su crítica al reduccionismo cerebral, lo que él llama cerebrocentrismo.

Sobre la cuestión de que no existan pruebas de que el cerebro genere la conciencia solo apunta a que no sabemos cómo lo hace, pero claro esto no cuestiona el necesario concurso del cerebro y de la corporalidad en la conciencia humana. Por reducción al absurdo sin cabeza no hay conciencia humana. Lo que caracteriza la conciencia humana es la corporalidad, otra cosa es que el alma del hombre tenga una intimidad especial con lo que vengo llamando Misterio. Sin negar la relevancia de lo cerebral, Roger Penrose, el reciente premio Nobel de Física, apunta, como mera hipótesis, a la génesis de la conciencia en un nivel cuántico algo que se nos escaparía completamente…

Todo parece envuelto en un inexplicable Misterio y en cómo quedamos instalados y echamos raíces en su estela. En todo caso el hecho de vivir en un cosmos ordenado y eternamente creador, la complejidad que introduce la perspectiva cuántica en todo esto, la implicación del caos y del desorden en toda esta generación de orden -ya lo apuntaba Hesiodo- parecieran apuntar a una potencia productora de sentido no reducible a imaginario o categoría humana alguna. Efectivamente, la perspectiva del Misterio -o lo mistérico- desborda y hace quebrar toda categoría y toda referencia imaginaria. De ahí que estemos ante algo tan fascinante como terrible y apabullante… 

La perspectiva de lo divino a partir de esa potencia de sentido supone una inferencia más que razonable. En cualquier caso, esto no aporta prueba alguna de la existencia de Dios. La hipótesis de lo divino es muy razonable al tiempo que parece quedar avalada, en un sentido fenomenológico, por ciertos aconteceres de la vida del alma. La conciencia humana, como todo, quedaría acogida a esa perspectiva de unidad, totalidad y Misterio que nos rebasaría completamente por transcendernos completamente… Otro asunto será que puedan aportarse pruebas empiricopositivas de la existencia de Dios. Esto no creo que suceda nunca ya que no hay disciplina alguna que pueda elaborar un objeto de conocimiento riguroso referido a lo divino. Lo divino transciende la idea de ser y de fenómeno observable. No estamos ante un fenómeno objetivable en términos de método científico. La cuestión de lo divino, que es la de lo Uno y lo Múltiple, la del todo y la de la Nada a la que todo se acoge transciende completamente los ámbitos de conocimiento de la física o de la biología por mucho que esta cuestión venga a insinuarse. Incluso la propia idea de conciencia, en tanto proyección de la autoconciencia humana, queda rebasada. Ningún término sacado del campo del imaginario o de la representación humana nos vale. Hasta el punto de que incluso las ideas metafísicas que se han utilizado para indicar lo divino son una mera aproximación metafórica que, en sentido propio, nada señalan; vacuidad, no-ser, tiniebla, esa potencia que “no es” de la que hablara Plotino, la palabra nada utilizada por San Juan de la Cruz… La metafísica tampoco puede probar racionalmente la existencia de Dios. Se limita a indicar un horizonte a sabiendas de las limitaciones del lenguaje humano. Estamos ante un Misterio que nos rebasa y ante el que solo queda callar como nos recuerda Wittgenstein y, si acaso, contemplar.


jueves, 18 de octubre de 2018

Jünger, Hofmann: La LSD y el hecho extraordinario


Continuo la publicación y revisión de textos de phantastikablog en imaginatiovera. Este texto, practicamente un texto nuevo por su amplia revisión, continua lo ya indagado en la figura de Ernst Jünger en relación a las experiencias con los fármacos visionarios; estamos pues ante una cala más. En este sentido el texto da por supuesto y se remite a lo ya expuesto en las otras entradas dedicadas a esta cuestión. Nos encontramos pues ante un serie de textos encadenados con temas y reflexiones comunes. La cercanía y el régimen de complicidades entre Ernst Jünger y Albert Hofmann, el descubridor de la LSD, a la sazón un jungueriano, nos facilitará esta indagación.

(1)

Albert Hofmann arranca su libro "Mundo exterior, mundo interior" narrando una experiencia de infancia. En la misma la mera presencia de la campiña y su frondosidad, sobrecogiéndole, pareció arroparle con su majestad. La tierra, encantada, se desvelaba como la residencia de una potencia inmensa otorgando a cada forma un perfil renovado e inédito. La visión parecía reconocer una profundidad que revelaba una cualidad de ser capaz de desbordar el ámbito de la mera razón. De su mano toda superficie vendría a quedar iluminada y el hombre hallaría una plenitud desconocida. En tal advenimiento todo se mantendría en su propia apariencia y figura –no habría visión externa alguna- pero el sentido revelado no sería el ordinario. Estamos ante una visión interna. En sus propias palabras: “Hay experiencias de las cuales la mayoría de las gentes se avergüenza de hablar porque no entran dentro de la realidad cotidiana y escapan a una explicación racional. No nos referimos con ello a acontecimientos extraordinarios del mundo exterior, sino a procesos de nuestro interior a los que se priva de valor como si fueran meras quimeras y se les expulsa de la memoria. En las experiencias a las que nos referimos la imagen familiar del entorno experimenta, súbitamente, una singular transformación: placentera o aterradora, se muestra bajo otra luz, cobra un sentido especial. Tal experiencia puede acariciarnos tan sólo como un soplo o, por el contrario, grabarse profundamente en la mente”. El químico suizo nos narra lo que según su criterio podríamos denominar hecho extraordinario; y lo entiende desde la transfiguración de lo cotidiano.

Para Hofmann la memoria de estas experiencias cumbre será una de las claves de nuestra capacidad de vida. La rotundidad de lo que se muestra nos llamará a quedar receptivo a su memoria, a replantearnos la figura de nuestro temple interno y a cuestionar toda la trama de categorías ordinarias que nos cosifican en la convención social. En el hecho extraordinario algo significativo se nos muestra como Misterio que todo lo acoge y todo lo transciende. El químico suizo hará depender nuestra propia plenitud de la memoria de estos pasajes singulares, auténticos cuernos de la abundancia para la vida por la potencia de lo vivido. Jünger los transformará en la raíz originaria de su pensamiento, el gran acontecer, el gozne alrededor del cual gira ese mirar panóptico y holográfico capaz de integrar en Unidad la diversidad del ser conciliando así tensiones, oposiciones y contrarios; conciliatio oppositorum. Ese gran misterio del que sabe el padre Lampros y que le permite esperar a las huestes tanáticas del gran guardabosques con una sonrisa[1].

En tales cuestiones el hermeneuta de Wilflingen, apreciando el perfil dialéctico de la vida del alma –todo se aquilata en su contrario-, se ciñe escrupulosamente a la tradición metafísica occidental en lo que sería su primado platonizante. Del acaecer gratuito de esa visión poderosa en la que todo se revela como Uno dependerá la capacidad de transcender lo que nos cosifica y lastra –y no al revés; de ahí la gratuidad del hecho extraordinario-. El adormecimiento de esta capacidad de contemplar el encantamiento del mundo en la mirada nos someterá sin tapujos a la coacción del tiempo y nos impondrá una vida mortecina e indiferenciada. Tales serán los recursos de salud de las inquietudes espirituales del hombre.

Jünger no dejará de lado algo de tal calibre y reivindicará la vigencia y la actualidad de una “ciencia de la abundancia” capaz de estar a la altura del advenimiento de las fuerzas del espíritu. La pertinencia de esta “ciencia de la abundancia” tendrá como necesario reverso tomar conciencia del enorme lastre que la cultura contemporánea supone de cara a reconocer registros vitales que nos son íntimos. Consideremos como ésta arroja al cajón de sastre de lo irracional y del subjetivismo los encuentros con el espíritu. El hermenéuta de Wilflingen[2] se referirá a esta ciencia de la abundancia del siguiente modo: “La vida contiene dos caminos opuestos, uno va hacia la penuria, el otro hacia la abundancia, esa de la que se rodean los fuegos de sacrificio. Nuestra ciencia está, por naturaleza, orientada a la penuria y contrapuesta al lado magnífico del mundo; está inseparablemente ligada a la necesidad, como el que mide lo está a la regla y el que cuenta a la numeración. Por eso habría que inventar la ciencia de la abundancia si no existiera ya, que no es otra que la teología”. La teología y no sólo. En su obra "La emboscadura" vinculará la filosofía y la poesía con la teología en tanto cartogramas que pueden señalar la abundancia espiritual del hombre. Como podemos constatar esta abundancia cristalizaría en la propia mirada y en la capacidad de visión. Estamos ante un asunto decisivo para este maestro discreto; por ser la única vía abierta hacia la libertad que le queda al hombre en plena era de los titanes y por lo que desvela la gran abundancia.

Estas posibilidades de apertura espiritual cuajarían en la capacidad de visión del hombre. En este sentido la propia salud y la plenitud, de uno mismo y del mundo percibido, irían de la mano. Con todo, la capacidad de visión no solo vendría a cuajar en estas experiencias cumbre. Todo podría considerarse una visión en la medida en que todo respondería a una determinada imago mundi. El mundo que cada imago mundi vendría a desvelar dependería de la calidad de nuestros estados anímicos. De esto modo el hombre accedería mundos y texturas de ser bien diversas dependiendo de la calidad de su mirada. “Hay muchos mundos pero esta en este” que diría Paul Eluard… Tal será la relevancia ontológica del “poder visual” del alma al que alude Jünger en su novela "Visita a Godenholm". Desanudando ese poder visual el hermeneuta de Wilflingen nos ofrecerá en esta novela una precisa arquitectónica de la experiencia visionaria; “Visita a Gondeholm” es un relato inspirado en sus experiencias con la LSD junto al químico suizo.

Hofmann, por su parte, nos reseña en su libro "La historia de la LSD" tal poder visual como una de las cifras de comprensión de los efectos de las sustancias visionarias en el advenimiento de una belleza palpitante y sobrecogedora. De su mano se podría insinuar un modo de presencia arrebatador facilitado por la ingesta de LSD... En tal caso el cambio en la cualidad del ser percibido quedaría asimilado a estas experiencias cumbre y así serian vivenciado por el experimentador. El químico suizo no se refiere a una experiencia meramente estética sino al desvelamiento de una vitalidad ubicua y unificante que todo lo reúne. Esta esfera de vitalidad apuntará a esa transcendencia que lejos de desencantar lo inmediato lo revestirá de plenitud y brillo. Como vemos Hofmann focalizará el interés de la ingesta de las sustancias visionarias en la posibilidad de favorecer un cambio encantado en la cualidad de la visión. No atiende a fantasía visionaria alguna. Se decanta más bien por un realismo y una sobriedad visionaria que atiende a un modo de visión interna. Despertar la mirada a lo dado y dejar de lado los automatismos que lastran las propias potencias perceptivas será el eje de su acercamiento a estas cuestiones.

Estas potencias de la percepción alcanzarían así una esfera de visión olímpica que, como tal, va más allá de lo estrictamente sensorial; una esfera, la propia de estas experiencias cumbre, en que lo sensible queda refinado en un modo de intelección estrictamente espiritual que transciende, cualifica, acoge y aquilata los meros datos sensoriales. La intelección, en realidad una intuición directa de la plenitud de las formas y del Misterio de la Unidad, transcenderá no solo la esfera de lo sensorial sino también el mero psiquismo. Ante la misma todos quedaremos igualados en la apertura a lo intuido. Estamos pues ante un modo de visión interior que cualifica la visión al tiempo que asimila al hombre con la plenitud que se intuye. No perdamos de vista que esta visión le revelará al hombre su propia plenitud.

La reflexión de Plotino sobre el modo en que lo sensorial se engrana en lo intelectivo, que bebe tanto de Aristóteles como de Platón, resuena con fuerza en este modo de entender la percepción. También la doctrina de los sentidos espirituales de los padres de la Iglesia, especialmente de Orígenes. Tanto Orígenes como Plotino se remitirán al gran caudal intelectual de la tradición griega y a su modo de entender la verdad como visión.

Los vínculos que podemos apreciar de Jünger con la Grecia antigua y el platonismo, en realidad, son sus vínculos con la metafísica occidental; como se ha dicho una serie de notas a pie de página de los diálogos platónicos. Acaso este vecindad con las fuentes clásicas y con la propia tradición metafísica, bien lejos de todo fideísmo y de la sola fides luterana, sea lo que lo hiciera bascular hacia el catolicismo en el umbral de su muerte. En realidad un ejercicio de coherencia.

Ponderando esta valoración de la capacidad de visión interior podemos calibrar las posibilidades que tanto Hofmann como Jünger atisban en los fármacos visionarios en la medida en que estos liberan las posibilidades de la propia mirada. Jünger estima que estas sustancias podrían terminar por encontrar un hueco en nuestra sociedad precisamente por haberse reprimido con dureza la dimensión espiritual del hombre. El contexto de su uso sería presentar a las claras y con contundencia las viejas cuestiones del espíritu y la complejidad perceptiva de la psique del hombre. El hermenuta de Wilflingen no desconoce las complejidades del empleo de estas sustancias. Tampoco como pueden desatar los desórdenes del propio psiquismo de tal modo que lo que revelen no sea esa profundidad olímpica sino las heridas y desequilibrios del alma inundando e interceptando el encuentro con la vida. Por eso, será tan consciente de la necesidad de saberes y contextos a la altura de sus efectos y, por eso, su pronóstico[3] en relación al uso de estas sustancias no queda referido a festejar ingenuamente la mera ingesta. De lo que se trataría es de estar a la altura de la ebriedad visionaria y de su dionisismo salvaje; necesitado de brida, de manejo y de saber hacer[4]. Tales contextos debieran ser capaces de promover los efectos más cercanos a las cuestiones espirituales, por la plenitud colosal y las potencias de salud que sirven, al tiempo que deberían ser también capaces de atender introspectivamente a esos momentos ásperos que declaran nuestros  propios límites… Jünger, en realidad, se limita a dejar constancia de lo que podrían aportarnos las sustancias visionarias considerando el secularizado temple cultural vigente y en la medida en que éstas están ahí, en plena calle, irrumpiendo en la vida de las gentes. No olvidemos que son precisamente sus malos usos los que incrementan exponencialmente sus riesgos.

De todo lo afirmado en modo alguno puede deducirse el craso error de vincular, precipitadamente, la espiritualidad y las experiencias con la LSD -o con sustancias afines-. Jünger está muy lejos de postular un misticismo lisérgico de libre consumo al modo de la new age. La auténtica espiritualidad se aleja mucho del simple experimentalismo y apunta a la transformación integral de la persona y a un cultivo de sí que arraiga en la cotidianidad más sobria y en lo que sería una sobria ebrietas –otra vez la conciliación de contrarios-. Ésta exigirá de contextos precisos y de una práctica cotidiana. Las experiencias con sustancias visionarias, básicamente, lo que hacen es dejar abierta la posibilidad de introducir a ciertos estados. Este será su límite y también su condición propia.

(2)

Profundidad, superficie, advenimiento… La imagen de la superficie y la profundidad parece ofrecernos pistas para dar cuenta de los efectos de las sustancias visionarias. Con tales nociones se pretenden indicar las posibilidades perceptivas y de discernimiento de nuestra capacidad de visión. Y es que la irrupción en escena de determinadas profundidades desvelará haces de sentido hasta entonces inéditos; lo que revelará toda superficie desde una clave simbólica que la significa. Estas claves simbólicas podrán desde insinuar ese Misterio que nos conduce más allá de sí a tornar explícito nuestro propio psiquismo con sus proyecciones y escisiones internas. Tales desvelamientos si algo quebrantan es la imagen convencional que solemos tener del mundo en nuestra cotidianidad. Los riesgos del uso de estas sustancias quedaran vinculados con esta quiebra.

Jünger y Hofmann consideraran, necesariamente, las sustancias visionarias como llaves que ofrecen, en palabras del químico suizo, un cruce de frontera. Este cruce de frontera impondrá dejar de lado la imagen ordinaria que tenemos del mundo abismándonos al viaje por las diversas estancias de la vida del alma. De ahí que este género de experiencias dinamicen tomar conciencia de las diversas posibilidades de la vida anímica y de su creatividad; lo que incluye transitar por las veredas del espíritu aunque no solo. En los testimonios de los experimentadores escuchamos hablar de acercamientos a los límites de lo humano, es decir, a los propios límites y también de acercamientos a ese núcleo esencial donde palpita y se aquilata la vida más allá de todo condicionamiento; lo que no deja de ser un límite aunque de otro género, el gran límite. Entender los efectos de estas sustancias, más allá de los acercamientos puramente psicológicos, exigirá atender a esa instancia puramente espiritual que anida en el alma y que para acaecer exige del silencio de la misma.

Nos las vemos pues con la idea de espíritu; esa esfera de creatividad pura que se expresa en todo lo que vemos y que cuaja su potencia creativa dándose y dando forma a la materia. Los fármacos visionarios podrán, según Hofmann, acercarnos a ese “preciso punto donde tiene lugar el tránsito entre materia y espíritu”. Consideremos que ese preciso punto es la sede donde la vida adquiere su perfil y cualidad; el interfaz en el que la materia acoge la potencia creativa del espíritu. Tanto para Jünger como para Hofmann el alma del hombre actuará como interfaz constituyendo el espacio privilegiado para ese tránsito. Según la cualidad y el perfil de la propia mirada el hombre quedará instalado en mundos y secciones de lo real bien diversos por mucho que en su apariencia externa éstos puedan coincidir; de ahí que, de algún modo, participe del proceso creador del espíritu al llamar esos mundos a ser a través de la calidad de su propio vivir. Percibir será crear en la mirada, participar, en suma, del proceso generador de la vida. De este modo entenderá Albert Hofmann la creatividad subyacente al propio proceso perceptivo en su libro "Mundo interior, mundo exterior. Ahí, el químico suizo, presentará el mundo que habitamos y percibimos como la resultante del encuentro entre el perceptor humano y un emisor que queda fuera de escena. De un lado el cuerpo y la psique del hombre alumbrando el mundo humano a partir de su propia manera de sentir y percibir; del otro un océano inédito que necesita de algún perceptor para que los mundos posibles lleguen a ser...

La importancia de que el hombre sepa dirigir su propia creatividad perceptiva a las secciones de lo real que conducen a su propia plenitud no será poca. En las mismas saldrá fuera de sí y quedará abierto a  un umbral de Misterio que le rebasará. Las sustancias visionarias serán, pues, llaves de acceso a los misterios de nuestra propia creatividad perceptiva, al porqué de sus extravíos y a los modos de plenitud de la misma… La vida del alma no sería sino atanor y residencia de las potencias del ser y de la vida toda; el interfaz en el que una diversidad de mundos pueden tomar cuerpo. Para Hofman, insisto, sin perceptor no cabria considerar la existencia de mundo alguno…

Hofmann, Jünger… Personalmente veo a ambos autores como esos filósofos-magos-alquimistas del Renacimiento surgiendo en pleno siglo XX a medio camino entre la filosofía, la poesía y cierto género de experiencias límite sondeando las potencias del alma. Estamos, pues, ante dos aventureros, dos eslabones de lo más granado de la cultura occidental, dos hombres que supieron mirar en una dirección orientada. La manera en que estos dos cómplices abordaron el desafío que suponen los efectos de las sustancias visionarias debería ser una de las atalayas privilegiadas para su comprensión. No olvidemos la urgencia de referentes y contextos puramente occidentales por lo que a la experiencia visionaria se refiere.

Superar la problemática social existente y estar a la altura de los procesos que promueven estas sustancias serían las felices consecuencias de ahondar en la senda indicada por estos alquimistas; una senda de buenaventura con no pocos peligros e incertidumbres. Esta senda me recuerda a la de Teseo en su encuentro con Ariadna, la dama del alma. Tomemos conciencia de cómo Teseo se identifica con Ariadna y se une a ella para salir del laberinto y dejar atrás el Minotauro. La memoria de Ariadna será su hilo conductor. Ariadna, esto es, la pura receptividad capaz de transcender todo ese entramado de proyecciones que nos cosifican y cosifica la vida; el Minotauro, por el contrario, el símbolo del furor tanático, del puro poder, del control y de la ceguera a la vida. Paradojicamente, la verdadera fuerza no estará en la rígida y temerosa disposición del Minotauro sino en la ductilidad y flexibilidad del agua, esto es, en el caudal de salud que dimana de la receptividad y de la capacidad para toda forma. El vigor espiritual, la fuente de esa abundancia que menciona Ernst Jünger, será pues la dúctil Ariadna y su tremenda potencia de generación de sentido. Ariadna. Sólo esta dama será capaz de otorgar el hilo de seda capaz de vencer al Minotauro y liberar la mirada.




[1] Cfr. Ernst Jünger. “Los acantilados de mármol”
[2] En Wilflingen se retiro Ernst Jünger algunos años después de terminar la segunda guerra mundial.
[3] En el volumen IV de sus diarios
[4] El propio Jünger al hacer este pronóstico cita a Dionisos.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Vecindades íntimas: Ernst Jünger y Albert Hofmann


La obra de Ernst Jünger, desde su íntima relación con el descubridor de la LSD, nos ofrece un privilegiado pórtico de acceso a los diversos calados de experiencia que ofrecen las sustancias visionarias. No en vano quizá sea Jünger el pensador de mayor relieve que se haya adentrado por sus veredas. Las referencias a las mismas salpican su obra e, incluso, dos de sus libros –“Acercamientos” y “Visita a Gödenholm”- están dedicados monográficamente a la experiencia con sustancias. Su interés por la variedad y la capacidad de vida del hombre le venía de lejos –Jünger  es básicamente un aventurero- y ese interés fue, precisamente, lo que le interesó por los órdenes de vivencia que ofrecen los fármacos visionarios. En los mismos quiso atisbar una poderosa herramienta de cara a calibrar los engarces y contextos del conocer humano. Su intimidad con Albert Hofmann y el encuentro con la LSD no hizo sino enriquecer su perspectiva de indagación y estudio. Análogamente, la enorme curiosidad intelectual del químico suizo, en buena medida aquilatada en la intimidad con este pensador, encontró la mejor atalaya para el reconocimiento de su experiencia con el alcaloide que descubrió; un alcaloide que, por lo demás, se encuentra en la naturaleza en el cornezuelo de centeno aunque mezclado con otros alcaloides menos recomendables y tóxicos.


La relación entre ambos cristalizó en modos de vecindad espiritual que el propio Hofmann nos describirá de la siguiente manera: “Irradiación es un término que expresa muy bien la manera en que influyeron en mí la obra literaria y la personalidad de Ernst Jünger. A través de su modo de mirar, que capta estereoscópicamente la superficie y la profundidad de las cosas, el mundo adquirió para mí un brillo nuevo y translúcido. Esto ocurrió mucho antes del descubrimiento de la LSD… Desde hace cuarenta años, una y otra vez, releo El corazón aventurero… En cada página se vuelve visible lo maravilloso de la creación y se toca lo único e imperecedero que hay en cada ser humano mediante la descripción precisa de la superficie y el traslucir de las profundidades. Ningún otro poeta me ha abierto tanto los ojos…”



Superficie y profundidad. Quizá sean éstas las palabras que nos dan la clave de la colosal influencia de la obra de Jünger en la vida y pensamiento de Albert Hofmann. No es algo que deba extrañarnos. Consideremos que su obra dimana de una búsqueda interior, en pos del misterio que nos habita, hasta los límites de la capacidad de experiencia y de vida del hombre. Jünger no es un doxógrafo universitario ni un teórico libresco. Lejos de ello la lectura de su obra invita a un tránsito por diversas veredas y paisajes. Tal riqueza vendrá a enhebrarse desde el refinamiento constante de su capacidad de vida en ese afán de profundidad. Una profundidad que, devenida pura superficie en su emerger a la percepción, mostrará sentido, hilazones, conexiones, sincronías y haces de sentido. Desde tal viaje la obra de Jünger se configurará como una inmensa caja de resonancias y figuras. Su obra acompaña al lector invitándole, muy discretamente, a ese “arte de la superficie y las profundidades”; si es el caso. Sus reflexiones desgranarán múltiples niveles de lectura…


La indagación intelectual será pues, para este maestro discreto, un marco de investigación en el espíritu humano y en sus devenires de plenitud y extravío. Su creatividad intelectual quedará renovada, permanentemente, en esa figura del esperanzado que tan bien advierte Isidro Juan Palacios en tanto en tanto figura de figuras de su obra. Desde tal esperanza brotará en Jünger una capacidad de alquimia capaz de elevarse sobre dos guerras mundiales, sobre el fracaso de la política, sobre la muerte de su hijo y sobre el terror gélido de la guerra técnica. La figura del esperanzado, del esperanzado en la aventura del espíritu, ubica y vincula el corpus jungueriano en la unidad de una vida indestructible que siempre se renueva. La vida indestructible de Dionisos; la vida que siempre vuelve y retorna siendo la misma; la vida que, como el propio Dionisos, eternamente muere y resucita… Una esperanza, la de Jünger, que por cierto no puedo dejar de ver con nitidez en la palabra y la mirada del Hofmann que vi en Basilea en el congreso de su centenario. No conviene olvidar que la intensa relación intelectual entre ambos enmarcará la capacidad del químico suizo para atisbar y calibrar la magnitud de su descubrimiento.


Así las cosas, no nos podrá extrañar la seducción de ambos por esa visión poderosa que cualifica los sentidos y revela la profundidad de la vida en la superficie de todo acontecimiento. Me refiero a esa disposición del ánimo y a esa transparencia cognoscitiva que es capaz de presentir, en palabras de Jünger, “la identidad de superficie y profundidad, de forma análoga a como el segundo es idéntico a la eternidad”. Jünger apelará a la propia tradición occidental a la hora encontrar los referentes de esa visión de poder. En este mismo sentido no será de extrañar que, preguntado Hofmann sobre la actualidad de los referentes chamánicos en relación a los usos de sustancias visionarias, éste apelara a la vigencia de lo que nuestra cultura occidental puede brindarnos desde una reubicación de la misma. A buen seguro más de lo que podemos imaginar. Se trata de una nueva mirada capaz de descubrir en nuestra propia piel futuros inéditos de nosotros mismos.



En realidad, toda esta relación entre pensamiento y capacidad de vida, con el telón de fondo de nuestra propia tradición intelectual, será el sustrato del expreso y nítido reconocimiento que hace Hofmann de la obra de Jünger. Desde lo dicho, ambos compartirán afinidades intelectuales y también experiencias visionarias. Hofmann, descubridor de la LSD, encontró en Jünger no sólo uno de sus privilegiados compañeros de investigaciones y experiencias sino un maestro discreto.



Ya nos hemos referido a la superficie y la profundidad en las propias palabras de estos dos autores. A este respecto, no deja de ser curioso que, si nos atenemos a los efectos de los fármacos visionarios, podríamos, del mismo modo, acudir a esta bella metáfora de la superficie y la profundidad. Y es que, en la experiencia visionaria, toda superficie -para bien o para mal- parece dejar emerger una determinada profundidad; esto es, una profundidad oculta que se revelará en la significación de la superficie y en la cualificación de datos sensoriales y procesos perceptivos. No estaremos pues ante una simple imaginería alucinatoria o de recreo sino ante una textura, a veces densa, que emerge y exige atención. La profundidad así revelada, en realidad, no será sino el espejo de la textura y estado de nuestra alma. Aunque, acaso, quepa ir más allá de este válido y pertinente nivel de experiencia puramente psicológico.



Podríamos añadir una palabra más a las de superficie y profundidad en el natural enhebramiento de los efectos de la LSD y de la obra de Ernst Jünger. Me refiero al término advenimiento. Con esta expresión Jünger señala esos momentos privilegiados en que las profundidades parecen emerger, transfigurando y cualificando la vida en un estado de plenitud desconocida. No estaríamos pues ante cualquier profundidad, sino ante ésa misma que significa y desvela la unidad y plenitud de la vida, la copertenencia de contrarios -coincidentia opositorum- y, en esa medida, la verdad en la vida; un darse, un brindarse, una donación de la vida, un desvelamiento... De ahí, que esa dimensión psicológica de la experiencia quede transcendida en la plenitud cognoscitiva y en la unicidad que se desvela. Con lo dicho estamos tocando el epicentro, no sólo del modo en que Jünger entendiera las experiencias con sustancias visionarias, sino del propio universo intelectual jungueriano.