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jueves, 13 de noviembre de 2025

Tanteos más allá del naufragio romántico: el viraje hacia el catolicismo (preludio)

 

¿Cabe el catolicismo?; tanteos a propósito del naufragio romántico... Quiero plantear algo que se menciona poco, con seguridad por no ser políticamente correcto. Más allá y más acá del romanticismo el giro católico del Círculo de Jena. La primera vanguardia europea henchida del romanticismo más encendido. Su pathos romántico, el de mayor calado filosófico, entre lo trágico y lo heroico, y dejando de lado las configuraciones románticas ulteriores acaso más domésticas y manejables por apelar estéticamente al sentimiento y/o al irracionalismo. El héroe y el Único… La gran apuesta fallida de la primera generación romántica si atendemos a Rafael Argullol… Doble salto sin red. El giro católico acaso fuera uno de los más inesperados deslizamientos en esos tránsitos que prefiguraron los tiempos modernos a partir de las escisiones que ha promovido la modernidad como proceso. Este giro católico, por brotar de las fisuras del proceso histórico, acaso sea especialmente revelador. ¿En qué medida nos interpela?. De cara a la lectura de esta entrada aclaro que considero al catolicismo en el contexto antropológico de las traditio religiosas que han gestionado el imaginario y ordenado la transmisión de sabiduría y de valores de toda sociedad humana a excepción de la moderna. Algo de lo que acaso no podríamos prescindir, bien lo supo ver Platón en Las leyes, pero en todo caso no exento de su sombra política y su decaer. En esta primera parte introduciré la cuestión y atenderé a Schiller cuya obra otorga territorio al movimiento romántico. En la segunda parte desgranaré el Circulo de Jena como primera y gran vanguardia europea.


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Prolegómenos. Fiedrich Hölderlin y el Círculo de Jena esbozan y dejan paso al pathos espiritual romántico. Para algunos este pathos dinamita la modernidad desde la distancia que toma de la razón ilustrada. Tal será el criterio de alguien tan poco dado a filomodernismo alguno como René Guenon en la estela del pensamiento reaccionario francés. Para otros -en general para la filosofía académica- el romanticismo aquilata el proceso de constitución de la subjetividad moderna desde lo que sería el reconocimiento de la estética y de las viejas cuestiones del espíritu clamando la atención de lo humano y significando su valor. Así las cosas, lo romántico, serviría la culminación de lo moderno por muchas distancias que tomara con lo estrictamente ilustrado. En esa culminación el calado del existir humano y las potencias espirituales[1] de la vida anímica vendrían a quedar reconocidas en plena modernidad más allá de la mentalidad técnica y del diseño puramente de mercado de las sociedades modernas. Lo dicho concebiría lo humano en una octava superior a la de la mera satisfacción de necesidades a partir de criterios de utilidad y del conocer de una racionalidad puramente instrumental y cosificante: la propia de la tecnociencia. Solo en tal octava vendría a servirse la autonomía y el descondicionamiento que tanto anhela el individuo moderno superando todo lo que le lastra para así ejercer, al fin, su propia libertad. Con todo, no deja de resultar extraño que lo moderno pretenda culminar en la deconstrucción de la Ilustración... Y es que la perspectiva de Guenon, más a pie de obra que la de la precisa y rigurosa Academia, acaso desvele asuntos que bien pudieran quedar velados desde la oficialidad.

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El cruce de caminos es complejo y la pregunta sobre los románticos, con el fin de clarificar el laberinto, sigue ahí. ¿Son modernos los románticos?. Entiendo que la cercanía o distancia respecto de lo instituido pueda conducir a perspectivas tan aparentemente diversas como la de considerar modernos o contramodernos a los románticos. Ambas habrá que ponderarlas en su propio contexto; la de Guenon, ya lo indiqué, estrictamente contramoderna, pensando desde los márgenes y atenta a la quiebra de lo dado; la de la filosofía académica entregada a su sostén; la de Guenon arraigando en el pasaje de rupturas que sirve el romanticismo, especialmente con la Ilustración, la de la Academia enfocada en el engarce que, distingue pero vincula, a la primera generación de románticos con el idealismo postkantiano y con el propio Kant[2].

Por su parte, Guenon, en este debate estará más a ras de suelo y atenderá a la búsqueda romántica de un nuevo modo de entender la ratio desligándose de la razón moderna y redirigiendo la mirada a las traditios de antaño acaso para esbozar nuevos lenguajes; paralelamente la Academia arraigará en la disección rigurosa del viático filosófico romántico atendiendo a su preludio en Schiller...

En realidad, no tiene demasiado sentido confrontar ambas perspectivas en demasía ni agotarse en tal debate. Insisto; a Guenon lo que interesará del romanticismo será su potencia para deshacer la Ilustración; a la Academia historiar la filosofía y trazar ese vínculo que enlaza a los románticos con Kant para así consolidar y librar de lastres al individuo moderno desde las intuiciones románticas. Algo, como veremos, no exento de incertidumbres, veredas ciegas e encrucijadas inciertas.

Las senda que se abren, desde los prolegómenos del romanticismo, hacia una sensibilidad moderna renovada son nítidas; aunque también lo son las contradicciones de la propia modernidad que terminan desvelándose por quebrar el romanticismo tantas cosas del bagaje ilustrado. ¿Son modernos los románticos? Como ya indiqué la tensión interna en el romanticismo no es menor. Su génesis, es cierto, se remite a la Ilustración madura, la de Schiller, el cual tomará conciencia de las insuficiencias de la razón ilustrada y de la antropología que ésta avala. En Schelling esa tensión cuajará, en palabras de Jacinto Rivera de Rosales, en uno de los mejores libros de filosofía del siglo XIX. Me refiero a “Sistema del idealismo transcendental”. En tal obra este filósofo romántico, acaso el más relevante, atenderá a la perspectiva de lo Absoluto como núcleo de su obra. Lo absoluto, la unidad indiferenciada previa a cualquier dualidad que queda singularizada como potencia creativa y origen de todo lo real; lo que deja de lado el yo absoluto fichteano y la matriz kantiana de la apercepción transcendental en tanto unidad sintética de la conciencia y del mundo fenoménico. Para Schelling esa unidad que Fichte o Kant remitían a una subjetividad transcendental, es decir, a la actividad de un yo transcendental, adoptaría unas indisimuladas resonancias ontoteológicas en las que se insinúa el Uno platónico del Parménides. El romanticismo quebrando su vínculo con la filosofía transcendental kantiana y nutriéndose a partir de la tensión que genera la escisión que habita.

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Si la modernidad ilustrada se consideraba a sí mismo como el eje axial de la razón denostando todo pasado[3] y superando todo tipo de lastres, creencias y supersticiones el romanticismo, en intensa rebeldía contrailustrada, pasará a valorar los pasados existentes y lo que de valor pudieran aportar otras culturas. De ahí su querencia por hacer valer lo exótico y lo medieval; recuérdese la obra de Novalis, “La cristiandad y Europa”; una libro, básicamente, filocatólico y filomedieval… La fractura con el mesianismo y el iluminismo moderno no será menor. Para el romántico no habría en la Ilustración ningún privilegio en términos de racionalidad y sí mucho de lo que desconfiar. La paradoja será que, sin menoscabo alguno de lo dicho, no pocos románticos se habían adherido en su juventud a las esperanzas de renovatio que suscitara la revolución francesa lo que nos muestra las singularidades de un tiempo en el que el futuro se percibía completamente abierto.

Como ya indiqué, Guenon, se hace evidente, lo que valora del romanticismo es el pathos de ruptura contrailustrado; y la Academia, mirando desde el tránsito al que empuja Schiller, lo ubicará en una programática de enriquecimiento de la subjetividad moderna, acaso huérfana, y en una soledad creciente por la ruptura con la traditio históricamente pre-existente. Tal programática, superando la mentalidad tecnoeconómica que otorga figura al proceso de modernización, lo reitero, pretenderá nutrir la subjetividad moderna en esa vecindad del espíritu, de la creatividad del alma, del arte, de la poesía y, en general, de los referentes humanísticos. Con acierto Jose Luis Villacañas, atendiendo al contexto germánico que alumbra lo romántico, se remontará a la influencia de Johann Georg Hamann para dar cuenta de esta disposición de atender a lo humano en su totalidad de tal manera que la acción humana solo se entienda “a partir de todas sus fuerzas reunidas” por decirlo en palabras de Goethe comentado a Hamann[4]. Para Villacañas Hamann exige la unidad de saber, de religión, de conocimiento, de arte y de moral”[5] quedando así implicada una perspectiva de lo humano, entendido como totalidad, que debe ser atendida e integrada.

Johann Georg Hamann fue un pensador muy singular además de crítico de Kant al que censurará escindir y separar las facultades del hombre. El mago del norte lo llamaban. Desde luego, no cabe reconducirlo a la Ilustración, sin embargo, destila no pocas de las singularidades de la cultura alemana de finales del XVIII. El importante movimiento cultural del sturm und drang que, en cierta medida, prefigura el pathos romántico, estará en la estela de Hamann vindicando la esfera de las pasiones ya que solo atendiendo orientadamente a las mismas se podrían encarnar y realizar los mayores horizontes. Efectivamente, la estela dejada por Hamann entendiendo al individuo desde las complejidades de la totalidad de lo humano servirá la pretensión de Schiller de reforma de la Ilustración a partir de la atención a la estética y la belleza. ¿En qué medida se podría considerar al mago del norte un moderno?. Desde luego no es un ilustrado y dificilmente podriamos decir de él que es un moderno a no ser que atendamos al debate de los vínculos entre Reforma y Modernidad; un asunto que rebasa las pretensiones del presente texto. No olvidemos la perspectiva nitidamente religosa de este pensador. A pesar de lo dicho el mago del norte nos ofrece un acercamiento a lo individual que descolla y sobresale a la hora de desgranar qué es el individio moderno. En sus propias palabras, "la esencia suprema es, en sentido estricto, un individuo que no posee ninguna otra medida que la que él se da"(6). La esencia suprema del hombre en tanto individuo; el individuo, lo que no es divisible ni escindible en el hombre -eso significa etimologicamente individuo-. En tal medida el espacio de la autonomía y la soberanía absoluta y rectora de cada cual. Como bien dice Jose Luis Villacañas estamos ante una "defensa a ultranza de la individualidad propia y ajena". ¿Cabe la representación de una individualidad absoluta desligada y por encima de todo contexto?.

Hamann, por lo demás, estará en la estela de Boehme y del misticismo protestante que no cae en la trampa de entender la sola fides luterana desde la desatención hacia la alta espiritualidad y la mística. Consideremos que acotar la religión a la esfera de la moralidad, una deriva muy protestante, destruiría en el libre examen, en el subjetivismo y en lo puramente emocional toda traditio, es decir, toda transmisión sapiencial y toda auctoritas respecto de las veredas del espíritu.

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En toda esta apelación a la totalidad de lo humano habrá quien vea un cauce abierto para parchear al individuo moderno con la intención de hacerle ir más allá de sus fisuras y olvidos. No le faltará razón y es que acaso la perspectiva antropológica moderna, de factura burguesa y centrada en la satisfacción de necesidades y la expresión de deseos, incorpora no pocos olvidos. A partir de esos olvidos operará la Ilustración madura de Schiller ya prefigurada por Kant. Esta ilustración madura sería capaz de atender al genio creativo y a las honduras del alma capaces de promover la anhelada autonomía que es condición necesaria de la idea moderna de libertad. Desde tal autonomía el hombre podrá superar todos los condicionamientos que lastran su capacidad racional.

Desde esta pretensión de autonomía -y para superar de todo límite externo al umbral de libertad y racionalidad exigido- la Ilustración impondrá desatender toda traditio imaginable. Y así será porque la Ilustración considerará toda traditio desde los límites y lastres que ésta pudiera aportar condicionando el libre ejercicio de la razón. Al tiempo, carecer de una traditio será, sin embargo, lo que introduciría al carácter trágico del individuo moderno abocado a un autodiseño y a una autoconstrucción desde la soledad y careciendo de los recursos y contextos adecuados. Precisamente, los que aporta una traditio desde los espacios y vínculos comunitarios que brinda y desde la transmisión de saberes que administra. Y es que reconocer las honduras de alma y transitar las viejas veredas del espíritu requerirá de prácticas, de entornos comunitarios, de lenguajes, de liturgias, de bagajes simbólicos y filosóficos bien aquilatados y de sabios a los que se reconoce auctoritas, esto es, de una traditio... Sin la misma el recorrido de determinadas veredas se hace problemático precisamente por la metanoia[7] a la que abren. No olvidemos las vecindades que el propio Platón reconoce entre la filosofía, la esfera de lo mistérico y lo que llama la mania o locura divina. La mania supondrá un cambio total en la textura de la conciencia, una verdadera conmoción, hasta el punto que se vincula con la locura más destructiva en caso de no contar con el amparo divino. Para Platón será la mayor bendición además de iluminativa sólo en la medida en que venga bendecida por los dioses. Desde tal bendición la imagen divina del mundo se abriría paso desconcertando a lo humano demasiado humano y exigiéndole ciertos procesos de integración personal.  Una imago mundi renovada irrumpirá trastocando la textura de lo real a la que accede la conciencia; y, de su mano, una figura renovada de lo humano que acontecerá como una renovatio del psiquismo y de la personalidad. ¿Cabe abordar un proceso así al margen de una traditio capaz de ordenarlo?

Todo lo que supone una traditio vendría a tejer y dar cauce a lo que llamó San Agustín un itinerarium. El de Hipona postulará la presencia del logos-Cristo aguardando en el interior del alma de tal manera que se precise de ese itinerarium en tanto vía abierta capaz. Tal itinerarium de profundización en la vida cristiana y dirigido al reconocimiento del logos-Cristo en el alma estaría estaría muy lejos del mero emocionalismo y del subjetivismo precisamente por quedar reglado desde el legado sapiencial, ritual y de prácticas de la propia traditio; con lo que  dicho itinerarium atenderá a programáticas y veredas muy específicas.

A diferencia de lo dicho el pathos romántico pareciera originarse en la soledad del individuo moderno desde un determinado umbral de conciencia respecto de sus carencias con el fin de suturarlas. El cuadro de Fiedrich "El monje y el mar" que acompaña la presente entrada, una pintura por lo demás impresionante, lo recrea a la perfección. En relación, a lo dicho, ¿qué desvela el giro católico que dió el Círculo de Jena con la conversión de varios de sus miembros más destacados?.

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A la hora de entender la esfera a partir del cual acontece la efervescencia romántica la referencia de Fiedrich Schiller será decisiva por delimitar el territorio a partir del cual prospera el pathos romántico. En esa línea de una Ilustración ya madura e incluso consciente de sus fisuras, Schiller, autor de las “Cartas para la educación estética del hombre” -un texto decisivo para tomar el tempo a la Ilustración centroeuropea- nos indicará que la belleza es la senda abierta hacia la libertad ya que en la misma se conciliaría el impulso propio del hombre hacia el conocimiento racional -como tal cosificador- con el impulso hacia la experiencia sensible del mundo físico. Sincronicamente Baumgarten, por esos mismos años, propondrá el nacimiento de la estética en tanto disciplina autónoma apelando a la riqueza de la experiencia sensible en tanto tal, considerándola un conocimiento de segundo grado.

Hay que reparar y detenerse en esta atención a la experiencia sensible, dependiente de nuestra corporalidad, ya que la cuestión del cuerpo no dejará de indicar fracturas con la racionalidad moderna. Esta exigirá, en palabras de Fernando Muñoz (8), "distanciarse del cuerpo y sus percepciones (cualidades secundarias) para poder someter su experiencia a un análisis racional que cribe o depure la experiencia... En lugar  de la experiencia inmediata del mundo habrá que partir de su representación matemática nutrida de magnitudes objetivas y reales (cualidades primarias)". ¿En qué medida la experiencia de la belleza podría refinar la racionalidad en los tiempos de la mentalidad técnica para así poderse redirigir la razón misma hacia su culminación?. No olvidemos que la atención a la belleza se mueve en otra octava que lejos de ser la del control del mundo, inherente a la mentalidad técnica, será la de la receptividad ante la vida brindándose.

Mas allá de lo objetado, Schiller, desde su propia perspectiva, entenderá que la apertura a la belleza sella la conciliación e integración armónica de dos fuerzas motrices decisivas de lo humano; la tendencia hacia la razón y la de la erótica por la experiencia sensible. Solo desde tal tránsito y más allá del mero esteticismo, las contradicciones y fisuras del individuo moderno serían superadas en el fruto maduro de la integración de la vida anímica al fin alcanzada; lo que conducirá a la eficacia de la autonomía y de la soberanía a la que aspira el individuo moderno para asegurar su libertad. De este modo, los ideales ilustrados y el libre ejercicio de la razón, vendrían a realizarse.

Atendamos a lo dicho por Schiller. Este pensador amparará su referencia a la estética en esa atención a la totalidad de lo humano. Según su criterio la racionalidad ilustrada, al fin liberada de todo tipo de dogmatismos y creencias viejas, debe ser suplementada desde ese reconocimiento de la belleza para poder alcanzar el ejercicio de la libertad. De este modo, atender a la totalidad de lo humano que lleva a su plenitud al individuo moderno supondría la superación de todo condicionamiento capaz de lastrarnos y, también, de toda contradicción. Recuérdese lo dicho por Hamann.

Ya indiqué que, de lo que se trata, -insisto en ello- es de enriquecer la perspectiva ilustrada desde una octava antropológicamente más elaborada que la puramente tecnoeconómica, a la postre una manera elemental de delimitar lo humano. Desde el paradigma de lo puramente tecnoeconómico podríamos hablar de límites que son abatidos, de libertades concretas que se alcanzan, de deseos que se cumplen y, en todo caso, de esa libertad de elegir de la que hablan los economistas neoliberales[9] centrada en satisfacer necesidades. Martin Heidegger  nos recordará que dichas necesidades, por subjetivas, serán siempre crecientes según se incremente el umbral tecnológico... Precisamente esta medida de lo humano será lo que incomode a Schiller por considerarla incompleta al no dar cuenta de lo que él entiende como la totalidad de lo humano. Schiller apelará a la apertura a la belleza en tanto vereda abierta a la plenitud de lo humano y, en tal medida, a nuestras potencias de libertad y a la plenitud de la razón. Desde su perspectiva solo asumiendo la complejidad del individuo moderno y esa totalidad de lo humano se podría alcanzar la plena autonomía. Como vengo indicando la autonomía significará, basicamente, abatir condicionamientos y alcanzar la soberanía sobre uno mismo.

Para este pensador alemán y en la atención a la belleza, desde la plenitud que expresa, el hombre divisaría su hondura y se congraciaría con el mundo y con sus semejantes. No obstante, en su discurso podríamos encontrar fisuras ya que ese viático de apertura del alma a la belleza y al espíritu, capaz de conciliarle con la realidad y con los demás hombres, acaso exija de medios y recursos que desborden la soledad del hombre moderno. Por otro lado, ¿hasta qué punto se puede pasar por alto que dando tanta importancia a la experiencia sensible el cuerpo y su sensibilidad no se conviertan en una instancia decisiva?. Consideremos que atendiendo al cuerpo difícilmente se podría hablar de una conciencia autónoma, descondicionada y casi desligada del mundo ya que no seriamos sino felizmente cuerpo y sentidos; con todos los condicionantes que eso supone... ¿Entender la libertad desde la perspectiva que propone Schiller no invita acaso al desbordamiento de la perspectiva propia de la racionalidad ilustrada?. Los románticos así lo entenderán violentando las afinidades que pudieran tener con esta ilustración madura.

Concluyendo. Schiller es un autor nítidamente moderno, eso sí, desde una concepción del hombre a la medida de una modernidad madura que ha detectado, muy tempranamente, sus propias escisiones y carencias. La distancia que toma con el cristianismo -no solo con el católico también con el protestante- y su nostalgia y anhelo de la Grecia antigua más que tratar de atender a una traditio o a una disposición verdaderamente helenizante pretenderá esgrimir una vía de escape, desde la poética y desde la estética, a las contradicciones y fisuras del hombre moderno. Estas dependerían de una perspectiva antropológica, la moderna, que no sabe dar cuenta de la hondura de lo humano en su vivencia del mundo. Lo dicho, para Schiller, no cuestionará la Ilustración, sostenida por ese liberarnos de viejas creencias y viejos lastres. Más bien, de lo que se trataría es de ensanchar la racionalidad moderna.

Los románticos dejaran de lado la vereda indicada por Schiller y desde esa atención a la belleza intimaran con racionalidades ajenas a las ilustradas dejando de lado el tópico ilustrado del progreso. La corrección y el ajuste promovido por la Ilustración los románticos lo terminaran convirtiendo en detonación y línea de fuga. Más allá de lo dicho Schiller es quien delimita la vereda desde la que se va desplegando el romanticismo y por eso mismo su obra prefigura sus contradicciones, su carácter trágico y la quiebra de sus planteamientos constituyentes. Advierto, la cuestión planteada por el pathos romántico es compleja por las escisiones que incorpora, por el cruce de caminos que habita y por las diversas vegas que insinúa.

De cara a entender el romanticismo la referencia de Schiller será decisiva ya que, al redirigir la mirada hacia las viejas cuestiones del espíritu, no presupondrá apelación a religión o traditio alguna; más bien esa redirección de la mirada se resolverá desde la atención a la belleza sin mediación alguna. Para Schiller el giro hacia el catolicismo del Circulo de Jena habría sido inconcebible y quizá hasta hiriente. En relación, a este dramaturgo, filósofo y poeta la lectura de sus magnos poemas, la “Oda a la alegría” y “Los dioses de Grecia, la veo muy importante para hacernos cargo de ese tiempo de profundas mutaciones culturales. Así es, Schiller, sin ser romántico ubica a los románticos en el mismo territorio en el que nos ubica la Ilustración en la medida en que ésta trata de romper con toda traditio precisamente para poder dejar de lado el legado de todos los viejos dogmas, los viejo lastres y las viejas creencias. La Ilustración frente a la traditio. Los románticos anidando en tal fisura y detonando la programática ilustrada...



[1] Entiendo que la esfera del espíritu es esa esfera que anima la vida y sus procesos, en realidad animaría el cosmos entero, de tal modo que para los materialistas sería una función de la materia expresando su capacidad de organizarse y desarrollar estructuras complejas. Como podemos constatar es una idea filosófica que trata de dar cuenta de la potencia creativa que observamos en lo real. Más allá de la perspectiva materialista ya indicada la llamada esfera del espíritu apuntaría, por tanto, a la creatividad que observamos en el cosmos siendo la materia el polo receptor que acoge y recibe la potencia de tal instancia creativa. La del espíritu sería, por tanto, una esfera inmaterial y creadora que correspondería con esa potencia que anima lo real y que opera como la esencia de todo lo que es. La textura espiritual del hombre dependería de la productividad y creatividad de la vida anímica en sus diversos estados y en perfecta correspondencia con las diversas secciones de lo real a las que el hombre accede. Muy en sintonía con las cuestiones espirituales, en el hombre, estará por tanto la idea de imaginación creadora o la del silencio del alma acogiendo desde ese silencio lo real para que se desvele el mundo tal cual es; y la gran tarea del hombre como contemplador de lo real. Así el espíritu sería tanto la fuerza vital y la creatividad del hombre como la totalidad de lo real considerado en su fuerza productiva y creadora. El espíritu sería como tal inmaterial, una sustancia inmaterial en palabras de Francisco Suarez, pero indisolublemente ligado a lo material en tanto potencia dinamizadora.

[2] La obra de Martínez Marzoa “De Kant a Hölderlin” vindicará precisamente tal vínculo lo que ubicaría a los románticos en el epicentro de la modernidad precisamente por ser Kant quien mejor ha indagado en la subjetividad moderna redefiniendo el quehacer filosófico atendiendo al conocer del mundo -cómo conocemos el mundo y cómo lo elaboramos activamente al conocerlo-. Kant dejará de lado la perspectiva del ser -to on; to ti en einai- característica de la filosofía tradicional y de la metafísica. De cara a vincularlo con los románticos no olvidemos que, el de Könisberg, en la Crítica del Juicio, ya advierte que hay algo más que razón y moral. Con todo, las lecturas de autores de raigambre platónica o de Baruch Spinoza irían deslizando a los románticos a los márgenes y hacia afuera del legado postkantiano; lo que se cartografía con claridad ponderando la ruptura entre Schelling y Fichte.

[3] Excepto el de la racionalidad griega entendiéndola, muy sesgadamente, desde la ratio moderna y siendo considerada una especie de mito de origen de la misma

[4] La quiebra de la razón ilustrada. Jose Luis Villacañas. Ed Cincel, pg 52

[5] Op cit. pg, 53

[6] Jose Luis Villacañas. la quiebra de la razón ilustrada. Ed. Cincel, pg 53.

[7] La expresión del griego clásico metanoia aluda a una transformación de la conciencia o del intelecto que cuaja en la transformación total de la persona. Toda metanoia supondría una catarsis, es decir, una reordenación y un aquilatamiento de la esfera emocional, y d esu mano una anagnorisis o toma de conciencia.

(8) Salir de sí. Fernando Muñoz, pg 91. En este libro se esboza una crítica al devenir de la modernidad, de acento antropológico, atendiendo a la constitución y fisuras del individio moderno en clara confrontación con el hombre inserto en la trama de relaciones y vínculos comunitarios que caracterizaban las sociedades premodernas.

[9] Cfr. Milton Friedman “Libertad de elegir”; una de las más emblemáticas obras del liberalismo económico


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Frankenstein, Mary Shelley, Gonzalo Suárez: El horror





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Remando al viento, con el viento rozando en el rostro, arrojado a la aventura de la vida, al desbrozar del propio imaginario, vacilando en sus tramos angostos, desbordado por ese eros temido y amado, indigente y fecundo como bien nos recordará Platón. Percy Shelley, el poeta romántico inglés y marido de Mary Shelley, nos dirá: “No despertéis a la serpiente / mientras ignore el camino a seguir/. ¡Deja que se deslice la que aún duerme / sumida en la honda hierba de los prados! / Ni una abeja la oirá arrastrarse”. Habrá quien quiera huir de la serpiente imaginando una vida sin sombra aventurándose en un mundo gélido saturado de un blanco polar de hielos perpetuos. Con acierto, Gonzalo Suarez, en “Remando al viento”, su película dedicada al relato de Frankenstein, recoge la intuición de su autora, Mary Shelley. Quien así quiera salir del laberinto mucho dejará en el camino; su vida, su cuerpo, su propio imaginario, ese eros que aporta vitalidad y calor pero que -ya lo dijo Hesiodo- opera en el caos y la noche, la propia forma que encuentra arraigo en ese entresijo sin fondo. El precio de la huida polar será alto. En el original de Shelley el Doctor Frankenstein morirá, intentado redimirse, persiguiendo el horror desatado del monstruo hasta los hielos perennes del Ártico. La persecución solo será una huida de sí mismo ya que el monstruo le será demasiado íntimo como para pretender cazarlo allende de su vida interior. Shelley vinculara lo monstruoso con el frío y el hielo. En una de sus cartas expresa su intención de que su relato “hiele la sangre”… En lo gélido, efectivamente, la sangre se detiene en nuestras propias venas y arterias y la vitalidad del cuerpo decae, la del alma también. Con todo, Frankenstein y su criatura intentaran resolver su destino en los parajes de la gelidez. Solo tras la muerte del científico el monstruo se inmolará a sí mismo consciente del despropósito y la irrealidad que esboza. Él nada es al margen de su creador. Atinadamente, el director de “Remando al viento” en su elaboración de este mito moderno apuntará a ese horror que trajina en lo elemental y en nuestra intimidad. Un horror que porfía por colapsar nuestra capacidad de vida y calor, un horror íntimo y privado. Lo monstruoso en el alma. Para indagar en lo montruoso, en lo que no quiere ser, no hay que mirar más allá de sí. Muchos en la historia nos lo han recordado.

El relato original de Shelley es una de las obras maestras del XIX. Podemos referirnos a él como a un mito en su sentido más originario, una visión que traslada un horizonte de sentido en la palabra a través de imágenes y metáforas. En su expresión lo romántico encuentra una de sus expresiones cimeras y lo moderno queda radiografiado con una intuición magistral. Se critica con dureza la modernidad ilustrada y una técnica desbocada que, postreramente, creará monstruos; una técnica que, dependiendo del dominio inconsciente de lo humano, terminará por hacerlo eclosionar y revelar el horror de ciertas trastiendas del deseo y la imaginación. Para el romántico el devenir técnico de Occidente –el imperio de la mentalidad técnica- alberga una patología del imaginario que desatiende la totalidad de lo humano; una visión de empoderamiento supremo del hombre. En tal visión nada se resistiría a las capacidades técnicas del hombre. El problema es que las visiones que albergamos terminan por arraigar en la realidad que habitamos y, como es el caso, pueden llegar a  devolvernos nuestro propio horror y nuestro interior quebrado. El horror que subyace a tal visión, efectivamente, pugnará por revelarse.

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Calibremos el profundo calado de la crítica que hace Shelley de la mentalidad tecnocientífica. Estamos ante una fe y un entusiasmo compartido que organiza su liturgia desde el culto a los fastos de la técnica. El movimiento romántico ya había cartografiado, a comienzos del XIX, las grietas y el saldo de aniquilación de lo humano que dejaba el proyecto ilustrado. Esta fe tiene sus sacerdotes, es decir, sus intermediarios. Shelley organizará su crítica reparando en uno de esos sacerdotes. Esta fe, a la postre un modo de iluminismo, desplaza su sombra al fondo de la memoria. Por eso desconoce casi todo de la pasión de control, de empoderamiento y de poder absoluto en la que arraiga; una pasión en la que todo pasa a ser cosificado, objetivado como algo sobre lo que operar, lo “otro” a domeñar, lo que debe sernos útil y rentable… En tal orden de cosas nada queda sino el hombre que todo lo compone atendiendo a su propia satisfacción; lo demás, como tal, se esfuma; no queda más que satisfacción de rendimientos. Tal praxis de cosificación responderá a deseos y necesidades siempre crecientes. Estos nunca quedarán colmados ya que los deseos y las necesidades humanas serán permanentemente figuradas a partir de la actividad del propio imaginario. Siempre habrá un nuevo horizonte y nuevas figuras de deseo que alcanzar. El encuentro con la vida y esa atención a la totalidad de lo humano quedará completamente desplazada por la permanente praxis de cosificación. El hombre no parece tan fácilmente reducible a la satisfacción de necesidades y rendimientos siempre cambiantes. Algo quiebra en lo profundo si se le reduce a esta programática.

Atendamos al relato; Mary Shelley, reveladoramente, lo titulará “Frankenstein o el moderno Prometeo”. En el mismo un científico reputado, el doctor Frankenstein, quiere llevar a su apoteosis la capacidad tecnocientífica del hombre. Shelley elige una imagen poderosa: la creación de vida a partir de la muerte. Frankenstein es un visionario confundido y vacilante, un Prometeo mesiánico e incierto; un fanático del progreso pero, sobre todo, un devoto de sus propias capacidades. El resultado de la pretensión de este científico será la creación de un monstruo, su monstruo, un monstruo que se sabe suyo y le interpela. No es un monstruo cualquiera. Es su propio monstruo, en palabras de la autora, “el horrendo huesped”. La encarnación de los deseos más oscuros de su creador; el reverso horroroso de sus propias visiones, ese reverso que desvelará lo oscuro de la pragmática de control total que subyace a la mentalidad técnica.

De un modo magistral esta romántica inglesa vinculará el carácter monstruoso de la técnica con los extravíos del imaginario y del deseo. Su intención en el relato es indagar en el horror, en ese horror capaz de “helar la sangre”, el horror por excelencia, un horror primigenio que encontraríamos a la base de todo horror y a la base, también, del mesianismo científico. El ser humano, prometeico, ebrio de sí y sin capacidad de manejo de sus propias visiones, quedará a la merced de sus propios sueños y fantasmas y de la erótica oculta que las subyace… Este será el horror extremo; el horror por el propio fantasma y por poder quedar a su merced… Y así podrá suceder porque nuestra imaginación y deseo crean y tejen realidad, la realidad que nos circunda. Saber de nuestras intimidades con el horror sería lo que nos hiela la sangre… Paralelamente, la quimera de crear vida a partir de la muerte manifestará una imaginación enferma y prometeica que desvela un fantasma, dispuesto a todo y sediento de poder. Es el propio fantasma del Dr. Frankenstein. El monstruo será su corporeización. Conviene saber que en el original de Shelley el monstruo en ningún caso recibe el nombre de Frakenstein. De hecho queda innombrado para subrayar su perfil fantasmático.  El texto se refiere a él con apelaciones indirectas como “la criatura”, “el huesped”, “el engendro”.

Como podemos observar Shelley toma partido frente al mito del progreso y a los fastos del dominio técnico de la vida. Considera al hombre que queda poseído por la mentalidad tecno-utilitaria como una perversión de lo humano. A partir de lo indicado irá desgranando su crítica desde la perspectiva propia de la llamada imaginación creadora. Como ya se ha apuntado, y desde la capacidad de la imaginación de prefigurar las posibilidades de encuentro con la vida, ésta, en su caso, podría terminar por conducirnos al terror y al caos... La historia del Dr. Frankenstein es, efectivamente, la historia del imaginario dejado a su propia capacidad de desvarío, generando monstruos desde su propia actividad. Precisamente por eso estamos ante el horror de todo horror, el horror íntimo de un eros extraviado que anima y estimula a los propios fantasmas. El poema de Percy Shelley será recitado en varios momentos de la película “No despertéis a la serpiente / mientras ignore el camino a seguir…”

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La actividad del imaginario albergaría posibilidades de tránsito no tan fatuas. De las mismas dependerían modos muy diversos de acceso a la realidad. Nos movemos en las veredas de la imaginación creadora y de un misterio –el del ser- que se expresa atendiendo a la propia capacidad del imaginario humano. El romanticismo poetizará, narrará y pensará atendiendo a la relevancia cognoscitiva de la imaginación; con lo que entenderá la actividad del imaginario como un jalón del proceso cognoscitivo. Para el pathos romántico la vida del alma encontrará su correlato en su manifestación exterior, es decir, en la encarnación y corporeización, de las propias visiones y anhelos. Así, interior y exterior quedaran completamente enlazados. Gonzalo Suárez, con enorme acierto, asentará su recreación del mito a partir de estas sendas de la imaginación creadora. Las diversas posibilidades de tránsito dependerán de la propia capacidad de visión. La salud del alma y su capacidad de equilibrio será la figura a partir de la cual tome forma nuestra vida. De ahí la advertencia del poeta Percy Shelley, el marido de Mary. La serpiente, el deseo, lo terrestre, la vitalidad encendida del cuerpo debe saber hacia donde orillarse antes de ser despertado… Con acierto, Gonzalo Suárez transformará este poema del marido de Mary Shelley en una de las claves de interpretación de la película y al propio talento creador de Mary en el espejo mismo de la imaginación creadora. La imaginación crea vida, efectivamente, ya que ésta se hace carne y troquela nuestro vivir. Según imaginemos así viviremos y con frecuencia esta capacidad de imaginar nos desbordará. Imaginar y desear será uno y lo mismo… Hesiodo hace arraigar el eros en el caos y la noche. Platón lo vislumbró tan indigente como fértil. Ambos lo entienden como ese vigor capaz de alcanzar la forma plena pero creciendo desde la ciénaga. En tal sentido la sombra, esa sombra que dijera Platón, dinamizará la tarea del alma. “Remando al viento” no desmerecerá una tarea tan compleja como la de recrear un clásico, un mito moderno, tan lleno de orillas. La película nos arroja de lleno a la sensibilidad romántica; tan cercana, tan íntima, tan moderna, tan contramoderna, tan inquieta y arrebatada, tan deseosa de una nueva frontera, tan vacilante… Suárez apostará por entender el talento creador y narrativo de Shelley desde su capacidad de enhebrar vidas y destinos. En su relato Mary Shelley, magistralmente, ubicará la sensibilidad romántica en lo que será la fractura que la constituye. La actividad del imaginario, efectivamente, será capaz de tejer realidad. Ahora bien las tramas de realidad que se alcancen serán muy diversas y no necesariamente halagüeñas.. Del perfil y cualidad de esa actividad dependerá la apuesta romántica por una visión capaz de alumbrar una vida plena o el descarriarse en la propia imaginación. De la salud del alma, de su estado y de su capacidad de libertad, dependerá el proyecto romántico.

La primera generación romántica es la de Schelling, la de los hermanos Schelegel, la de Novalis, la del circulo de Jena, la de Hölderlin…. El romanticismo del héroe y el único que diría Argullol. Este primer romanticismo ve en la mirada del poeta y en su capacidad de visión una vía abierta al despliegue de las potencias de la vida del alma. En esa mirada todo, la vida misma, alcanzaría su propio estado de plenitud. El mirar poético alcanzaría a reflejar la cima extática del hombre y, al tiempo, la unidad de todo lo real en el Bien, la Verdad y la Belleza; esa unidad que es medida de todo y que devuelve, en la mirada capaz, un mundo equilibrado y en armonía. Los románticos aspiran a un nuevo inicio y a una gran reforma de la cultura occidental a partir de una poética que cante el ser en plenitud capaz de vivificar lo mejor de la propia tradición. Aspiran a un nuevo inicio para Occidente, a un retorno a las fuentes más originarias que vivifique el presente y configure devenires de momento inéditos. Hay que hacer virar la modernidad, encantar el devenir y superar el nihilismo de la modernidad ilustrada… Para alcanzar esa finalidad no podemos mirar atrás. El tradicionalismo no nos vale. Como digo, hará falta un nuevo inicio que permita beber del manantial de lo originario.
Shelley será más escéptica y advertirá de las cavernas del imaginario ya que éste nos desbordará a partir de nuestras propias escisiones. En tal sentido Shelley coloca al romanticismo ante su propia fractura. Parafraseando a su marido Percy si el eros no está maduro la serpiente no sabrá la dirección que debe tomar destruyendo al que indaga en su capacidad de visión. No olvidemos que la modernidad libera el imaginario del hombre al relajar toda programática respecto del propio desear. Sin una gimnasia del deseo, el imaginario quedará a su suerte y sin esa dirección que reclama Percy Shelley. Consideremos que la crisis de la religión y la moral tradicional, entre otras cosas, hizo quebrar la misma idea de gimnasia del deseo y arrojó la ética a una difícil fundamentación. Tal crisis constituye el andar vacilante e indeciso del hombre moderno.

La reflexión de Shelley resulta magistral. Precisamente la soledad e indigencia del hombre moderno será lo que obstruya la realización de las grandes intuiciones románticas, lo que haga inabordable el propio imaginario, la que abisme a las propias contradicciones del eros... Shelley advierte la fractura en la que queda instalada no solo la modernidad ilustrada y la tecnociencia sino el romanticismo como tal. La liberación del imaginario exige de una gimnasia del alma que promueva esa gran salud que permita el despertar de la serpiente. No será casual que en las sucesivas generaciones románticas las intuiciones unitarias de los primeros románticos y su modo de entender la imaginación creadora -volcada hacia una imaginatio vera- son dadas de lado en la primacía de lo irracional[1], de lo oculto y lo misterioso, del horror frente a lo civilizado, de la pseudoespiritualidad y la parodia frente a lo iniciático…. Lo romántico será, por tanto, origen de expresiones culturales de lo más diversas y, a veces, completamente contrapuestas; unas fecundas y otras completamente desnortadas. De ahí la complejidad en el juicio que exige saber ponderar el pathos romántico

Mary Shelley, de un modo magistral, será quien nos advierta de esa fractura que constituye lo romántico en su apuesta por la imaginación creadora. Vean la película de Gonzalo Suaréz, tan centrada en la Shelley. Lean el relato original. Dado el éxito mediático de Frankenstein las ulteriores recreaciones del relato de la Shelley acaso hayan velado la pluma penetrante que está detrás. Y el caso es que ésta debe ser puesta muy en primer plano en el centro. Mary Shelley, una de las grandes hermeneutas de la modernidad. La autora de “Frankenstein o el moderno Prometeo”





[1] Redefiniéndose así la crítica a la razón ilustrada



domingo, 15 de octubre de 2017

William Blake: Gloria del cuerpo, psicologia phantastica e imaginación creadora





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William Blake, del mismo modo que otros grandes de la cultura inglesa del XIX -Mary Shelley o Wordsworth- pensó y vivió a contracorriente de la cultura dominante y de la divisa de la razón técnica. También sintió Blake a la contra de la sensibilidad religiosa mayoritaria en su época, crecientemente decantada hacia el puritanismo y hacia ese dualismo del bien y del mal moral que reducía la experiencia religiosa a la mera normatividad de la moral. Su adhesión al romanticismo, en su desconfianza de la razón ilustrada y en su atención a las veredas de la imaginación creadora, está fuera de toda duda. De hecho, su nombre bien merece quedar inscrito entre los grandes del romanticismo europeo. En cuanto a su manera de entender la religión y el cristianismo, en tanto vía iniciática, poética de la percepción y gloria del cuerpo, lejos de transformarlo en un reformador religioso servirá su legado a gentes de cultos y creencias diversas. Fue el gran Chesterton quien declarara su vecindad con el catolicismo. Esta vecindad a otros les resultará chirriante. La realidad es que la sensibilidad espiritual de Blake es tan universal, por describir lo humano, que es capaz de hacer vibrar a personas religiosas de diversa condición e incluso a personas indiferentes hacia la religión pero interesadas en los procesos espirituales o las cuestiones estéticas. Este será el genio de William Blake; un místico visionario libre y sin tapujos más allá de todo sesgo sectario.

Me he referido a Chesterton. Tras un relativo olvido en el siglo XIX este católico inglés será uno de los que vaya rescatando la figura de Blake. La devoción que la beat generation sintiera por Blake fue otro de los grandes momentos en el proceso de recuperación de su figura. Para los beatniks Blake indicaba una poética de la imagen de tintes proféticos precisamente por indicarnos las posibilidades de lo humano y el destino del hombre. Ginsberg, además de hacerle protagonista de sus visiones, le consideraba el primer beatnik... No es algo que deba extrañarnos; por marginal y ajeno a su tiempo; por indagar en las potencias del espíritu las capacidades para elevarse por encima de un tiempo degradado en la violencia de la administración técnica de la vida; por entender la religión desde la poética y el éxtasis que sublima la existencia; por su valoración del cuerpo y de la libertad de costumbres; por entender la espiritualidad desde la unidad de todo lo real bien lejos de todo dualismo moral u ontológico... Chesterton alabará su realismo visionario y su manera de entender la gran visión como la plenitud de las formas. Desde su perspectiva de católico culto formado en la metafísica medieval y helenista el realismo visionario de Blake será para Chesterton la savia de su mirada poética hacia el mundo; una mirada que desde la imaginación creadora sabrá advertir la transparencia metafísica de una vida encendida.

Chesterton, Ginsberg, el propio Blake… Todos ellos marginales a esa Ilustración racionalista que el capital y sus exigencias imponen desde hace ya dos siglos. Planificación, técnica, rentabilidades, gestión: la sociedad como hormiguero, los hombres a los pies de la administración de la vida… Efectivamente, muy lejos de esta programática de control total encontramos a gentes como Chesterton, Blake o Ginsberg. Su punto de vista no referirá lo humano a la movilización total para la producción sino a esa aventura del espíritu y hacia el espíritu. La misma aventura que atravesará el gigante Albión muriendo y resucitando para conocer y reconocer su propia plenitud. (Cfr. William Blake. La emanación del gigante Albión)

Ya he indicado el enorme interés que la beat generation sintiera por William Blake. Este interés tendrá su continuación en la contracultura y en lo más granado del movimiento hippy. Sin ir más lejos el nombre del grupo “The Doors” es un homenaje y un reconocimiento a William Blake inspirado en uno de sus versos “Si las puertas de la percepción quedaran depuradas todo se mostraría al hombre tal cual es: infinito”. En la linea de esta reivindicación contracultural de Blake, en España, Lluis Racionero le dedicará un vibrante estudio en su obra “Filosofías del underground”. Todos ellos buscarán en Blake al artesano del éxtasis que fue. Siguiendo su estela indagarán en los referentes occidentales del éxtasis. En Occidente esos referentes se remontan a  esa ebriedad[1],  bendecida por los dioses, de la que nos hablara Platón. De su mano, el alma se lanza a un íntimo acercamiento a ese Misterio que concilia todo contrario y toda dualidad –la síntesis suprema-. Ahí se nos revelará la unidad de todo lo real más allá de los estrechos límites perceptivos del estado de conciencia corriente entre los hombres. Superando la percepción deformada que el hombre padece en el interior de la caverna en la que está encerrado alcanzará una liberación perceptiva capaz de brindarnos el acceso al mundo de la intensidad y la plenitud de las formas y, finalmente, a ese misterio insondable que nos revela al cosmos como Uno. (Cfr. Platón. La república. Mito de la Caverna). Este viático interior permitirá al hombre acceder a modos de plenitud y salud desconocidas.  Ante el mismo no estaremos ante una mera curiosidad de lo humano sino ante el destino del hombre desplegándose.

Esta será la cartografía básica a partir de la cual Blake construirá su idea de imaginación y su sensibilidad espiritual. Como advirtió Chesterton la misma descansa en los mejores mimbres de la metafísica occidental. Desde esta cartografía básica adentrémonos en William Blake. A buen seguro su propia sensibilidad espiritual, su manera de entender la visión y el viático de lo humano nos dará rastros ciertos desde los que acercarse a asuntos tales como la experiencia visionaria y la imaginación creadora.

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En un primer acercamiento destaquemos el carácter netamente moderno de Blake en tanto romántico y pionero. En esas notas queda delineada su sensibilidad espiritual. Moderno por ordenar su textura espiritual desde la conciencia de la crisis de las religiones tradicionales y, sobre todo, de sus instituciones políticas. Moderno por entender la poética desde la libertad creativa y desde la inspiración. Romántico y pionero por abordar su propia elaboración imaginaria y espiritual; algo que vendrá impuesto por vivir en un mundo en crisis. Pionero pero no por ello desgajado de la tradición a la que pertenece. Moderno y romántico por pretender esa apertura al espíritu desde una poética íntima que se remite a las capacidades de la vida anímica y a la liberación de las potencias espirituales del hombre. Pionero por anticipar una crítica de la Ilustración a comienzos del XIX…

En realidad, Blake fue de los primeros que divisó el monstruo que engendraba la mentalidad técnica y la sociedad de control que alumbraba la sensibilidad ilustrada. Un monstruo que corta y cose la vida a peso y cuchillo desde el cálculo, la medición, la administración y la gestión. Desde la mirada de Blake ese monstruo es Urizen, el poder razonador del hombre desgajado por la Ilustración de la totalidad de lo humano. Urizen dejará el saldo de su propio espectro; el espectro propio de la degradación del hombre que aliena las potencias de lo humano. Un espectro que razona, calcula y, fríamente, administra, somete y controla dejando un páramo tras de sí. Desde su primado, Urizen habría roto la homoestasis de lo humano, sus equilibrios más evidentes. El coste de lo dicho será muy alto ya que lastraría la plenitud perceptiva del hombre, la plenitud del cuerpo y la plenitud del mundo que le aguarda. Para Blake esta hipertrofia de la razón analítica condenaría al hombre a una vida de miseria...

Desde el punto de vista de Blake, Urizen, es una de las cuatro potencias que integran lo humano. Son los llamados por él cuatro zoas o cuatro vivientes. Junto a Urizen estaría Luvah –las emociones y los deseos- , Tharmas –los sentidos corporales- y Urthona –el espíritu-. Del equilibrio y de la actividad integrada de estas potencias dependería la plenitud de lo humano. Así Urthona para encontrar su vigencia en el mundo y la vida sublimaría las capacidades de los sentidos corporales llevando al cuerpo a su plenitud perceptiva. Con lo que Tharmas vendría a encontrar su plenitud en el equilibrio con Urthona y Urthona nada sería sin Tharmas... Al tiempo la pertinencia de las elaboraciones de Urizen dependerían de la capacidad perceptiva que se liberaría en el vínculo entre Tharmas y Urthona. Así, de lo transparente que estén los hombres a sus propios sentidos y de su capacidad de presencia dependería la potencia de pensar con acierto. Urizen, del mismo modo que Tharmas o Urthona, también dependería de Luvah; por la importancia de los equilibrios emocionales; por la relevancia cognoscitiva de las propias emociones y por los velos que éstas emociones puedan prefigurar. A su vez, todos los zoas dependerían de Urizen por su relevancia para las cuestiones prácticas y en lo referente a un discernimiento no contemplativo. En relación a la relevancia de la razón Blake no apuesta por irracionalismo alguno sino por una re-elaboración de la esfera de lo racional desde las potencias del alma que acontecen en la vida del cuerpo. En sus propias palabras “la razón o ratio de lo que ya hemos conocido no es lo mismo que lo que será cuando conozcamos más”.

Como observamos las combinatorias de los cuatro zoas no son pocas, abriéndose a diversas posibilidades. La plenitud de lo humano dependerá de su equilibrio y de su fertilización recíproca. Podríamos decir que en la homoestasis de estas cuatro potencias cristaliza la psicología phantastica y poética que propone Blake. Desde tal equilibrio el hombre alcanzará una visión penetrante y nítida capaz de dar cuenta de las tramas ocultas de la cotidianidad y de la gran visión. Sobre esta gran visión nos dirá Blake: “El mundo de la visión es el mundo de la eternidad”.

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Efectivamente, William Blake manejó el arte visionario que no es sino ese arte de la mirada capaz de espíritu y de vida plena. Podríamos hablar de él como de un visionario que nos indica hasta donde alcanza la capacidad de visión del hombre para desvelar aquello que, en principio, permanece oculto o velado. Para Blake el privilegio de esa visión alcanzará la plenitud espiritual de la vida precisamente a partir de la plenitud cognoscitiva del hombre. De ahí la importancia que la cuestión del cuerpo tendrá para Blake. En su propia plenitud perceptiva y a partir de nuestros sentidos –acogidos a la plenitud del espíritu- el cuerpo humano desvelaría la imagen divina del cosmos. El cuerpo se concibe como cuerpo animado, cuerpo vivo. Conviene recordar que a partir de la óptica indicada el alma sería la instancia de animación del cuerpo, su vida misma…

Blake, se acerca a una noción de cuerpo muy similar a la que más de un siglo después aportará la fenomenología al tiempo que renueva la vigencia de las más atinadas tradiciones iniciáticas cristianas. En lo referente a esas tradiciones iniciáticas cristianas me viene a la cabeza las doctrinas de Orígenes y de los padres de la iglesia sobre los sentidos espirituales o sobre el cuerpo espiritual. En lo referente a la fenomenología Blake entenderá el cuerpo a partir de la propia vivencia corporal. La vivencia y el modo del conocer del hombre quedará constituida desde su propio cuerpo y nuestra mirada sobre el cosmos responderá a las propias potencias del cuerpo animado del hombre. El cosmos que el hombre conoce quedará remitido a la corporalidad humana; y las potencias de la vida del alma a ese cosmos que viene a revelarse en los diversos estados de los que el hombre es capaz. Alcanzar esa percepción de la diversidad del mundo revelando su plano de unidad constituirá la gloria del cuerpo del hombre y la propia plenitud del cosmos. De ahí la enorme importancia que da Blake al cuerpo del hombre, un cuerpo que es capaz de tomar conciencia del espíritu divino y de contemplar el cosmos a partir de su propia plenitud. Y es que para Blake “el hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma”; más que el alma estar en el cuerpo sería el cuerpo el que quedaría acogido al alma hasta el punto de ser el alma la propia plenitud y finalidad[2] del cuerpo. Hasta el punto que el cuerpo sería emanación y flor del alma.

Como podemos observar y como bien supo ver Chesterton los contenidos neoplatónicos y la metafísica tradicional late con fuerza en Blake ordenando sus cartogramas del éxtasis, su poética y su narrativa. La alusión a las emanaciones no debe ser pues algo que deba sorprendernos. Esta idea neoplatónica es importante en su obra. Mundo y hombre responden para Blake a emanaciones sucesivas a partir de unos arquetipos celestes. Si las emanaciones atienden a su causa y origen, es decir, si son capaces de reconocer su forma en ese origen, habrán encontrado su plenitud. En caso contrario verán alienadas sus potencias de vida hasta llegar a convertirse en un espectro de sí.

A la hora de alcanzar esa conciencia de lo divino la imaginación será la clave que eleva al hombre más allá de la conciencia ordinaria. Y así será por alcanzar esta capacidad imaginativa la llamada imaginatio vera o imaginatio dei. ¿Imaginación divina; por qué llamarla así?. Con la cuestión de Dios, en términos metafísicos, queda nombrada la de la Unidad del mundo más allá de toda escisión y dualidad, la permanencia más allá de todo cambio y la de un plano causal omniabarcante e integrador. Alcanzar la experiencia de Dios, ni más ni menos, será la experiencia de la unidad de todo lo real, la experiencia del Todo y del cosmos en tanto Unidad que expresa una plenitud desconocida. Hen kai Pan[3] nos dirán los románticos… Tal será para Blake el viático de la vida del hombre, su gran desafío: Alcanzar ese estado interno que nos asimila a la Unidad y a lo infinito y nos muestra la copertenencia de los contrarios –coincidentia opositorum-. Para Blake esto será posible desde la imaginación creadora. No olvidemos que para los románticos la imaginación es esa facultad a través de la cual enhebramos en nuestra conciencia una determinada imagen del mundo, una imago mundi, sin la cual no podríamos ni percibir ni entender. Me refiero a esa imagen o representación que nos hacemos del mundo y que totaliza y contextualiza el mundo que habitamos otorgando un contexto previo a nuestra razón y a nuestra capacidad de discernimiento. La imaginación sería, pues, algo previo a la razón en el engarce de las facultades del alma. De ahí que Blake nos diga “todas las cosas existen en la imaginación humana”…. De la imaginación dependería pues cómo constituimos el perfil general y la textura del mundo que vemos; de la razón el análisis singular de las cosas que vemos en ese mundo que previamente hemos constituido imaginativamente... Sólo tocando nuestra imagen del mundo podemos mover el encaje de las piezas del mundo que habitamos y ascender hacia esa imaginatio dei… No en vano para Blake lo infernal, lo satánico o lo celeste responderán a diversos estados de los que el hombre es capaz. En esos estados quedaran desgranadas las posibilidades de lo humano. Por todo ello el carácter profético de la poesía de Blake al indicarnos las diversas posibilidades de lo humano. El destino del hombre será lo único que le liberará del dolor transportándonos al reino eterno del gozo: “ Ver un mundo en un grano de arena/Y un cielo en una flor silvestre: Toma la infinitud en la palma de tu mano/y la eternidad en una hora”. Parafraseando a Blake sólo desde tal exceso el hombre será conducido al palacio de la sabiduría.





[1] Técnicamente Platon habla de la manía platónica para significar cierta salida de sí y su parentesco con el éxtasis. Del origen divino de la manía dependerían las bendiciones de la misma nos dirá Platón. Prefiero traducir mania por ebriedad ya que esta expresión conecta con las tradiciones mediterráneas posteriores y sirve su comprensión. Considerese que la expresión mania, al día de hoy, solo tiene un contenido psicopatológico que distorsiona completamente su sentido originario impidiendo la transmisión de su sentido.
[2] Santo Tomás en su comentario al De Anima tiene una cita muy similar. Sobre las relación cuerpo- alma en la metafísica medieval recomiendo la introducción a los comentarios al De Anima de Santo Tomás -Cuestiones disputadas sobre el alma- de la Editorial Eunsa,
[3] Hen kai pan en griego Uno y todo