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viernes, 6 de febrero de 2026

¿Junger como romántico?; el de Wilflingen y su conversión al catolicismo

Sigo retomando mi encuentro con Ernst Jünger tratando un tema que a unos intranquiliza y a otros complace, Me refiero a su conversión al catolicismo los últimos años de su vida. Quizá el carácter aéreo y no subsumible en categorías sencillas de este pensador y hombre de acción desborde tanto a unos como a otros. Suele pasar con quienes, dejando de lado tópicos y simplificaciones, acceden a una esfera de libertad. En la fotografía vemos al alemán posando para el escultor Arno Breker en 1982




Precisamente en los residuos

es donde hoy en día

se encuentran las cosas

insospechadas”

(Ersnt Jünger)


A propósito de la conversión de Ernst Jünger al catolicismo en los últimos años de su centenaria vida han cuajado no pocas polémicas y debates. Intranquilaza, complace, sorprende... Para explicarlo se ha hablado de la influencia de la segunda mujer; lo que probablemente siendo cierto desdibuja el debate sobre un asunto que va más allá de lo inmediato y de lo familiar. También se ha hablado de la influencia de dos sacerdotes católicos con los que se entendió. Uno de ellos será el monseñor checo Kubovec, el cual le dijo eso de que era mejor cantar una vez que rezar tres; algo que impresionó y tocó al de Wilflingen por conciliarle con las liturgias de su niñez y mostrarle la diversidad de registros de la vida religiosa.

El otro sacerdote cercano fue el párroco de Wilflingen Roland Niebel el cual ya sabía desde hacía tiempo de su afinidad por los entornos católicos. Le alababa su saber hacer integrando en armonía la comunitas. En su obra, sin embargo, hay varias referencias críticas a los pastores. Básicamente, les censura haber dejado de lado la perspectiva de lo sagrado en beneficio de lo humano demasiado humano. Al tiempo nos apuntara excepciones que pertenecerán al ámbito católico. Pienso en la referencia de un sacerdote católico, del Padre Lampros, que sobresale en el contexto de su obra. El Padre Lampros, uno de los personajes de “Los acantilados de mármol”, capaz de aguardar con una sonrisa desconocida en los labios a las tropas del Gran Guardabosques... El gran nihilista y gran destructor de la civilización, el ejercicio desatado del poder, el dominio absoluto como fin en sí mismo... ¿Qué sabía el Padre Lambros?. ¿Por qué ante el triunfo del nihilismo más espantoso respondía con una sonrisa llameante?. 

El nombre de Lampros en griego clásico aludirá a lo radiante, lo resplandeciente, lo ilustre… En “Los Acantilados de mármol” será el maestro de los personajes principales de la novela; el narrador -que permanece anónimo- y el hermano Otón, hermano tanto de sangre como de espíritu. El anónimo narrador con su hermano reconocerá un vínculo casi monástico. Dos personajes de esta novela, el Padre Lampros y Erio, el niño domador de serpientes -una curiosa variación respecto del mito del Hércules niño-, son los personajes del corpus jungueriano que más me mueven. Esta gran novela, escrita y leída como una crítica del nazismo pero que es mucho más, se publica en 1936... El alemán, muchas décadas antes de su conversión, pareciera tener ya claras muchas cosas. No resulta pues arbitrario que se haya dicho que la referencia crítica a los pastores, basicamente, tenga, en mente al clero luterano.

Más allá de lo dicho se hace evidente que, con la conversión, el gran intelectual y hombre de acción -memoria de todo un siglo- manifiesta su adhesión a la comunitas no pretendiendo ser sino uno más a la mesa; algo no solo meritorio sino profundo y que concuerda con lo más granado del genio cristiano. Su conversión fue muy discreta, en el último banco del coro de la parroquia de Wilflingen en un acto privado sin alharaca alguna...

Ahora bien, la cuestión a plantear, la cuestión que nos interesa en este blog será otra. ¿A qué responde esta conversión en el contexto del pathos intelectual jungueriano?. En tal sentido no podemos dejar de lado que Jünger, distanciándose completamente de Lutero y entender como tan decisivas la filosofía, la teología y el arte[1], no deja de tomar partido por una traditio y una paideia[2]que, remontándose a la Grecia antigua y después cristianizada recorre toda la historia cultural de Occidente. Mi impresión es que éste será el quicio sobre el que descanse su conversión; al menos en términos estrictamente intelectuales.

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De entrada esta cuestión debe ser divisada en el contexto germánico de pugna entre católicos y luteranos y, en tal medida, como una toma de partido en la pugna. El de Wilflingen no será el primer intelectual alemán de fuste que se deslice hacia al catolicismo. Algo de especial relevancia en el contexto político-cultural germánico. Hace poco dediqué una entrada en este blog a la deriva filocatólica del Círculo de Jena; la primera vanguardia intelectual europea que, desde su pathos romántico desbordándose y desbordado, terminó acercándose a la catolicidad grecolatina; a su arte, su teología, su espiritualidad, su filosofía...

Si atendemos al contexto del deslizamiento de Jünger hacia el catolicismo encontramos un contexto sincrónico y paralelo al de los románticos de Jena y es que las vecindades de este pensador alemán con el espíritu que animó a la primera generación romántica son difícilmente cuestionables. Tanto en el primer romanticismo -el llamado frühromantik- como en el de Wilflingen encontramos un acentuado deslumbramiento por la cuestión del Uno y el Todo -Hen kai Pan- retirando su velo; hasta el punto de ser ésta, en términos filosóficos, una cuestión decisiva. Como nos recuerda Jose Luis Villacañas el Hen kai Pan que proclamaban los románticos adoptándolo como lema[3]... Esta divisa anidará en un determinado umbral de intuición íntima y en un pathos que considera la inmanencia y la presencia de lo divino -lo divino manifestándose y componiendo el mundo- como lo decisivo de toda perspectiva sapiencial. Así, la filosofía, señalando una ontopraxis, será entendida desde los frutos y las potencias de la vida del alma y no desde la mera predicación. No dejemos de lado que en los años del primer romanticismo se estaba traduciendo a Platón directamente al alemán al tiempo que crecía el interés suscitado por Plotino. De Plotino nos dirá Novalis que era un filósofo expresamente nacido para él[4].

De la toma de conciencia de ese Hen kai Pan, del Uno y el Todo, dependería todo acercamiento iluminado a lo real. Tal será pues el umbral por hacer que habita el hombre, la de la potencia de su alma abriéndose a esa Unicidad que todo lo acoge y todo transfigura... Desde el horizonte de lo Uno, que Jünger compartirá con la frühromantik, quedará todo el corpus jungueriano abierto a una figura esencialmente iniciática. La cuestión de la Unidad y su brindarse… Esta figura iniciática recapitulará toda su obra.

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En los tiempos de la primera generación romántica la influencia directa de la filosofía griega, desde su acento unitivo, o la del propio Spinoza, tan atenta a lo que hay, terminaron poniendo del revés la influencia kantiana. De la mano de esas influencias el eje de la filosofía volverá a empezar a virar hacia la pregunta por el ser matizando con rotundidad el giro kantiano que había primado filosóficamente la pregunta por el conocer. Tal será el contexto de la ruptura entre Schelling y Fichte al reconocer el primero la perspectiva de la naturaleza -die nature- desde su propia sustancialidad distanciándose así de Fichte quien la considerará una mera negación del yo transcendental. Desde la fuerte corrección a Kant y en claro rechazo de la Ilustración y de su desprecio al pasado se terminará por volver a dirigir la mirada intensamente hacia Grecia y, también, hacia la Edad Media[5]. Lo que suponía volver a la tradición filosófica vigente durante siglos.

Sobre el espíritu romántico nos dirá Novalis: “Cuando doy a las cosas un sentido augusto, a las realidades habituales un aspecto misterioso, a lo que es conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito un aire, un reflejo, un resplandor de infinito, las romantizo”. En realidad, basta leer al propio Novalis, a Hölderlin o Schelling para constatar ese Hen kai Pan como el paisaje en el que habita el pathos romántico. La cuestión de la Unidad, la de lo Uno y lo Múltiple, la de la apertura de todo acontecer a un plano que todo lo acoge, la del alma entregada a tal capacidad de reunión y de conciliación en un estado inflamado de plenitud ontológica que desborda nuestra percepción cotidiana de las cosas... Y, finalmente, la toma en consideración de la traditio católica ponderando su mirada a Grecia y atendiendo a su alta espiritualidad.

Como vengo sugiriendo Jünger se moverá en un paisaje muy afín. En "Visita a Godenholm" nos dirá: "Continuamente volvía a suceder que lo Uno se elevaba por encima de las partes y se revestía de resplandor. Éste secreto era inexpresable, pero todos los misterios aludían a él, trataban de él, sólo de él". Hasta tal linde alcanzará el poder visual al que se nos remite en este importante relato. Tal plano de Unidad, sobresaliendo de entre lo real en tanto acontecer de plenitud del cosmos y del alma que contempla, será la condición del modo en el que Jünger entienda el conocer del hombre. La unicidad de todo lo real revelándose como finalidad, polo atractor y telos de todo lo real.

Un importante matiz. Con la apelación a la Unidad, tanto los románticos como el de Wilflingen, no apelan a un mero decir ni a una reflexión. Atienden a las potencias ciertas de la vida del alma. Al no poder ni reconocerlas la modernidad acusa una grave limitación. La vea o no la vea.

A partir de lo dicho creo que se entenderá por que, según Jünger, el conocer del hombre, en su llegar a ser pleno, en su figura desplegada, expresará necesariamente un “acuerdo profundo”[6] en tanto reconocimiento alegre y enamorado de la Unicidad que todo lo afirma. No podría ser de otro modo. La vida afirmándose en su propia plenitud de ser, la del hombre y la de todo lo real… El conocimiento y la apertura del alma como plenitud ontológica…

En "El autor y su escritura" de 1984 nos dirá: “En todos los casos hay que pedir al autor que no deje que las cosas se le presenten aisladas, flotantes o fortuitas, pues si le ha sido dada la palabra es para restituirla al Uno que es el Todo”. El Hen Pai pan como cima y finalidad de la palabra, como deslumbrante telos al que debe cantar y encauzar todo autor, el horizonte teleológico de todo saber...

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Atendiendo a las sincronías entre Jünger y la primera generación romántica, acaso, pudiéramos considerar al de Wilflingen como un autor en la estela del romanticismo poético y filosófico. Tal pretensión, más allá de que le restaría calado por subsumirle en una categoría ad hoc, olvida que esta apuesta, la de lo Uno y lo Múltiple, está a la base de lo más granado de la tradición filosófica occidental; desde la escuela de Atenas, desde los neoplatónicos, desde la patrística e incluso desde los presocráticos[7]. En palabras de Platón atribuidas a Sócrates: “A ese hombre, capaz de mirar hacia lo Uno y hacia lo Múltiple, le sigo los pasos como si fuera un dios"[8]. Ante la pregunta por la Unidad quedamos pues ubicados en uno de los más grandes emblemas de la herencia socrática. En tal pregunta se encontraron el cristianismo y el helenismo con naturalidad hasta el punto de indicarnos los padres de la iglesia (cfr. Justino) las semillas de verdad o semillas del logos -logos spermatikós- contenidas por la filosofía[9]. Según Justino y también para Dionisio Aeropagita -a través de la figura de los principados, un género de ángeles- estas semillas quedarían amparadas por el llamado ángel de las naciones del cual dependerán los tramas de verdad que puedan darse en contextos que no sean ni cristianos ni judíos. El texto es claro y se habla genéricamente de las naciones. No debe extrañarnos pues que las buenas valoraciones de la filosofía griega sean recurrentes en la patrística (Justino, Orígenes, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, San Basilio, Agustín de Hipona, Macrina, etc). De ahí la necesidad que tuvo la Iglesia de esbozar un marco teológico propiamente católico que pudiera acoger la mirada hacia tradiciones no cristianas como la filosofía griega. Recordemos la relevancia de la cultura griega en el proceso de enhebrado del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era. En la Edad Media, con su idea de la mística natural, procedió Santo Tomás de Aquino de un modo análogo y paralelo en un contexto en el que se renovaba la mirada a Grecia… Sirva lo dicho como encaje teológico para la cristianización del legado griego.

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En la alusión a la filosofía y al legado griego nos encontramos, en realidad, una de las más importantes intimidades de la cultura occidental. De ahí el error adjudicar a Jünger una condición romántica ya que la tradición en la que se inscribe desborda completamente el romanticismo. Acierta Luc Oliver d´Algange al indicarnos en su lúcido artículo “La ciencia de las lindes y los umbrales”, publicado por la revista Axis Mundi, que el vínculo que podemos trazar entre el romanticismo y el corpus jungueriano es más bien una cuestión de afinidad intelectual. En sus propias palabras “Si la obra de Jünger se emparenta con el romanticismo alemán sin duda es menos efecto de una influencia directa que por semejanza de naturaleza”. Ahora bien, la alusión al llamado frühromantik sirve y delimita el contexto por el cual Jünger se ubica en ese pleito estrictamente alemán en relación a lo planteado por Lutero; un pleito que más que ver con una libertad religiosa que no existía -cada cual estaba a obligar a seguir la religión de su príncipe o del poder civil dominante- radicaba en la disputa abierta por la quiebra de la unidad cultural y religiosa no solo de Alemania sino de toda Europa. De hecho, en las dolorosas guerras de religión del XVII, insisto, no se luchaba por libertad religiosa alguna sino por la vigencia de una figura cultural europea integrada confrontada a las pretensiones de quebrar esa figura desde la emergencia del estado-nación y en la programática luterana de destrucción del poder de instituciones transnacionales como la del papado y el imperio.

Esta pugna en Alemania, precisamente donde estuvo más vigente un poder imperial transfronterizo, fue prolongada y tenaz. De hecho, las últimas décadas del XIX en la Alemania unificada por Prusia fueron las del activismo contracatólico de la kulturkampf promovida desde el propio Estado. Junger se educó en esa Alemania prusiana que aun vivía la resaca de la kulturkampf. Este no es un detalle menor ya que no deja de revelar su distancia con la Alemania guillermina.

En resumen y concluyendo, desde luego que cabe hablar de una influencia romántica en la génesis del pensamiento jungueriano. Leyó a los románticos y su modelo, dadas las tangencias existentes, animó necesariamente a su conversión. Aun así, como hemos ya indicado, sería un error considerar a Jünger como una especie de romántico tardío. Para empezar su horizonte de reflexión, el propio del siglo XX, es muy diferente al del romanticismo. De lo que se trataría, más bien, sería de entenderle junto a los románticos ubicado en la misma estela del pensar. Esta estela será mucho más antigua y no será sino la estela del neoplatonismo, la de la escuela de Atenas y el legado griego cuajando de muy diversas maneras en la atención a la Unidad de todo lo real a partir de la triada del Bien, la Verdad y la Belleza; primero en clave helenista y después en clave cristiana. Y a partir de ahí la paideia y la therapein en tanto cuidado de sí.

La adhesión expresa a tal traditio, en el contexto alemán, será toda una respuesta a cómo Lutero se desmarca de la razón filosófica acotando el cristianismo desde el evangelismo -la atención privilegiada y casi excluyente al evangelio- y en una fe -sola fides; solo la fe salva- que desfonda toda elaboración humana en relación a la intimidad con Dios. En tal planteamiento sobrarían intención, obras, razón filosófica-teológica; en definitiva, sobraría el libre arbitrio y, por tanto, la tradición filosófica como expresión del mismo... Para Lutero la gracia se derramaría sin más y del hombre muy poco o más bien nada cabría esperar… También sobrarían los saberes místicos quedando desplazados por la atención a la hermenéutica de lo bíblico. Lo planteado por Lutero cuestionó inevitablemente, desde sus mismos cimientos, a esa traditio que sabía atender al legado de la Grecia antigua[10] y la escuela de Atenas precisamente por constituirse como una mirada griega al legado de Jesús de Nazareth. La traditio que, cristianizada, otorgará figura sapiencial y filosófica al cristianismo católico... En tal sentido no puede causar sorpresa la conversión de alguien como el de Wilflingen bien acostumbrado a transitar por esa traditio.

Otra cuestión será su propia singularidad a la hora de acogerse y vincularse con la misma. No olvidemos su perfil de emboscado que atiende a la tarea íntima de la libertad como la gran tarea del hombre. Atendiendo a Lutero la libertad del hombre, saber promover la propia eticidad, la sensibilidad hacia la belleza y el cultivo de sí se tornarían irrelevantes por no aportar absolutamente nada en la relación con Dios y en la dispensa de su gracia. En términos católicos salva y libera la gracia de Dios, del logos de todo lo dado… La diferencia con el evangelismo es que, siendo así, lo humano acontecería existencialmente desde el ejercicio de su propia libertad al decidir orientarse y ubicarse en la dirección de la gracia. 

En términos nada luteranos Jünger dará una enorme importancia a la libertad del hombre. Hasta el punto de constituirse en uno de los ejes alrededor del cual gira su obra. Incluso llegará a decir que el sentido de la historia, de la existencia humana por tanto, consiste en el triunfo de la libertad frente a los desafíos que pueda confrontar el hombre. En sus propias palabras: “la libertad nueva es libertad antigua, es libertad absoluta vestida con el traje propio de cada tiempo; pues el sentido del mundo histórico consiste en que triunfe una y otra vez la libertad, pese a todas las tretas del zeitgeist, del espíritu del tiempo”[11]. Adviertase como la cita desmarca al alemán del legado del pensamiento moderno y de su progresismo ingenuo para entender la historia como un tapiz complejo de diferencias con repetición en la que la libertad del hombre queda perfilada como la gran cuestión.

Según su criterio, en nuestro tiempo, en la era de los titanes y de la administración de la vida la capacidad de acoger la libertad será el umbral de resistencia del hombre. Tanto será así que todas sus figuras -el trabajador, el emboscado, el anarca- lo que pretenderán será asegurar para el hombre los márgenes de libertad exigidos por la propia dignidad humana. Esta quedará asegurada en esa esfera de lo iniciático;  lo que vendrá a esbozarse, tempranamente. Al menos desde la publicación de "El corazón aventurero" . El alemán, en realidad, entenderá que en el tiempo contemporáneo el hombre necesita de una manera renovada de entender la libertad yendo más allá de las libertades políticas del XIX. Esta enraizaría en una esfera interior, la de la vida del alma y sus potencias. La cuestión de la libertad y la vida como tarea… Acaso se tienda a olvidar el perfil axial que la afirmación de la libertad del hombre -o lo que es lo mismo la cuestión del libre- tendrá en el debate entre católicos y luteranos. 

Hago notar, y esta es una referencia importante, como para Jünger la libertad quedará entendida desde la necesidad. En sus propias palabras: “El espectador se ve coartado en su libertad por lo necesario pero es él, con su libertad precisamente, quien otorga un estilo a lo necesario”[12]. ¿Hasta donde alcanza tal potencia del alma reconociendo sentido en la necesidad?... La especulación mística de San Jun de la Cruz nos lo desvela. 

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Atendamos a la diferencia entre la espiritualidad católica y la luterana. La mística cristiana quedará conjurada desde esa apertura enamorada a lo que es, a lo que el acontecer nos brinda, a lo que necesariamente nos viene dado y se nos brinda como lo que toca. Recordemos la atención amorosa o atención pura de San Juan de la Cruz doctor de la Iglesia, quedando cincelada en la aceptación de lo que es, de la necesidad, de lo que toca, de lo que hay… para así ir retirando los velos de las viejas veredas del espíritu por utilizar una expresión jungueriana. Considérese que la atención amorosa y la atención pura de la mística carmelitana enraízan en la necesidad y el silencio además de en la templanza y receptividad del alma… En una clave casi carmelitana nos dirá Ernst Jünger“todo lo que se puede estimar vive de lo inestimable, como todo lo visible de la obscuridad, todo lo mensurable de lo sin medida como vive del desierto el camino y del silencio el verbo” [13]. La del anihilamiento del alma en un alma pacificada en el silencio, más allá de inteligencia, memoria y voluntad, será clave en la mística sanjuanita; la nocturnidad como metáfora..." Que se bien yo la fonte/ aunque es de noche/ Su origen no lo se pues no le tiene/ mas se que todo origen della viene/ aunque es de noche/ Se que no puede ser cosa tan bella/ y que cielos y tierra beben de ella/aunque es de noche"

La espiritualidad luterana por regla general girará en torno a la agradecida y contenida emoción religiosa por disfrutar de la elección divina y, a partir de ahí, la ética; lo que compendiará la esfera de la experiencia religiosa. Incluso habrá importantes sectores del protestantismo que criticaran con dureza la mística o la misma propuesta de una saber referido a las veredas del espíritu. Desde su registro la fe salva y la ética confirma quedando espacio para muy poco más. En el orden católico, ética y emoción encontraran su propio horizonte en la vereda espiritual dirigíendose hacia la mística de la teología negativa o apofática considerada ésta como el gran asiento teológico de la mística especulativa.  La teología negativa, efectivamente, delimitará la cima de la espiritualidad cristianocatólica sosteniéndola a lo largo de toda la Edad Media. La obra de Dionisio Aeropagita [14] y su enorme influencia será decisiva en su transmisión. Lutero en una vereda bien distinta acusará al Aeropagita de platonizar atendiendo al afán luterano de alcanzar una pureza de origen capaz de dinamitar la traditio romana. Lutero desde su acentuado evangelismo dejará de lado la traditio griega y medieval a la que venimos aludiendo. Creo que más allá de cualquier consideración o matiz no, no nos equivocamos en Trento[15].

Con todo el cristianismo, a diferencia de lo que entendían las escuelas gnosticistas del siglo II y III, no se concebirá como una simple escuela espiritual de ahí que quede dirigido, salvíficamente, a la totalidad de la comunitas según medida, esto es, a la medida de cada cual. Recordemos eso que dijera San Juan de la Cruz de que “Dios es como la fuente de la cual cada uno coge según lleva el vaso”. De un lado las cimas de la mística, del otro la liturgia y el ritual constituyendo la comunitas y nutriendo el alma desde lo que serían los muy diversos registros de la paideia cristiana y de la vida religiosa cristianocatólica.

El de Wilflingen, y esto es lo decisivo, se habría estado moviendo en el cartograma descrito que no será sino el de la traditio de la cultura occidental en sus muy diversas veredas. Ahí enraizará toda su obra. Hen kai Pan nos dirá dejando de lado la estela luterana y reconociendo el legado del clasicismo grecolatino. Recuerde el lector lo dicho por San Agustin sobre como Dios, el logos, aguarda en el interior del alma del hombre uniendo, componiendo y amparando el conocimiento del hombre. Jünger por su parte nos indicará al Uno acogiéndose al interior del alma y desvelándose en su mismo núcleo alcanzando ese “acuerdo profundo” en el que consiste conocer. Poco más que decir.



[1] Ernst Junger. La emboscadura, Tusquets ediciones, pg 60. Traducción de Andrés Sáchez pascual

[2] Paideia se traduce por educación o marco educativo pero es un término mucho más amplio que incluye la trama de rituales, liturgías, saberes, la ética, la literatura, el arte, la filosofía que deben formar el carácter del ciudadano.

[3] Jose Luis Villcañas. La quiebra de la razón lustrada: Idealismo y Romanticismo. Editorial Cincel, pg 149 y ss.

[4] Novalis. Carta a Fiedrich Schelegel (1798) Por lo demás, decir que en principio el romántico alemán quería aunar el énfasis en la subjetividad del idealismo con el panenteísmo de Spinoza. Considerando la generación de la Multiplicidad desde lo Uno el drama constitutivo del alma. Para Novalis y para Plotino de lo que se tratará será de devolver esa Multiplicidad a la Unidad divina mediante la intuición espiritual; lo que será entendido por Novalis como romantización e intuición poética. Según Novalis la materia, en sí una materia ontológico general o un espejo vacio en palabras de Plotino, quedaría iluminada por el alma al venir a proyectarse las ideas -las ideas platónicas- sobre la misma. El alma albergaría esas ideas y la tarea espiritual sería afinar el conocimiento de esas ideas rememorando la plenitud ontológica que dimana de las mismas. Esta plenirud ontológica apuntará a la Unicidad de todo lo real.  Si ponderamos el giro católico del Círculo de Jena, al cual Novalis se adhirió, no nos puede resultar casual que San Agustín entendiera las ideas platónicas como los pensamientos de Dios que el alma reconoce en el mundo sensible tronándose hacia lo inteligible.

[5] Cfr. Novalis. La cristiandad y Europa.

[6] “El conocimiento es acuerdo profundo”. Enst Jünger. Sober el dolor. Ed Tusquets. Traducido por Andrés Sánchez Pascual.

[7] La cuestión de la physis y el arje prefigura los logoi platónicos y de la filosofía griega, en general, sobre lo Uno y lo Múltiple. Un arje o principio rector cuya presencia ordena y da figura al cosmos.

[8] Platon. Fedro. 399. Ed Gredos; traducción Emilio Lledó

[9] El encuentro entre el judaísmo y legado de la escuela de Atenas y del platonismo es, incluso, anterior al cristianismo tal y como revela la obra de Filón de Alejandría y la recepción de la lengua y cultura griega por los judios. Incluso el griego llegó a ser utilizado en las sinagogas y la liturgia por los llamados judíos helenísticos, los judíos de la diáspora. A Filón le llamaban los padres de la Iglesia uno de los nuestros.

[10] Al día de hoy se es muy poco consciente de la relevancia de la lengua griega, en tanto lengua franca, en todo Oriente Medio en la época de Cristo. Consideremos que los romanos prolongan el llamado helenismo, la hegemonía cultural griega, en todo oriente Medio. El helenismo  habría estado vigente desde la época de Alejandro Magno y entre los judíos, incluso considerando la revuelta asmonea por la que los judíos se independizaron con éxito de los griegos seleúcidas, continua la época del helenismo ya que los asmoneos terminaron constituyendo una monarquía helenística. El propio Jesús nació en Nazareth, una aldea que estaba a 4 Km de la ciudad griega de Sephoris. Considere el lector que ab initio el cristianismo encontró en el griego su modo natural de expresión a partir de la síntesis grecojudia ya formulada en Alejandria por el llamado judaismo helenístico, una de las corrientes más importantes del judaismo de la época. No en vano los padres de la Iglesia llamaran a Filón de Alejandría, el gran platónico judío alejandrino, “uno de los nuestros”. Considere también el lector que el éxito de la prédica cristiana arraigo especialmente en los judíos de la diáspora -los judíos helenísticos- y en conversos no judíos de cultura griega; llegando estos últimos a ser la mayoría ya en el siglo II. De un modo o de otro el hecho es que el cristianismo configuró su ortodoxia en lengua griega y atendiendo a la sabiduría de la escuela de Atenas como interlocutor del que se sirvió y en el que enhebró su respuesta filosófica y teológica (cfr. Orígenes) al dualismo y a la desconfianza respecto de lo sensible y respecto del mundo material propio de las escuelas gnosticistas. Efectivamente, Jesús era judío y su lengua materna era el arameo -aunque muy probablemente estuviera familiarizado con el griego- al no dejar de ser Nazateth una aldea de Sephoris. Ahora bien, la idea de un Jesús puramente judío, entendiendo por tal a alguien ajeno a su circunstancia histórica, es puro imaginario.

 [11] Ernst Jünger. La emboscadura. Ed Tusquets; traducción de Andrés Sánchez Pascual.

[12] Ernst Jünger . la emboscadura, Ed Tusquets traducción de Andrés Sánchez Pascual

[13] Enst Jünger. Sobre la línea. Ed Paidos. Traducción de José Luis Molinuevo

[14] Al parecer quien firmó las obras del corpus dionisiacum fue un monje sirio del siglo V. Llamarle Pseudo-Dioniso roza lo delirante por mucho que se haya difundido el término ya que si bien no es el Dionisio Areopagita evangélico es algo normal en la tradición monástica cristiana el firmar los textos con el nombre de una autoridad a la cual se acoge simbólicamente quien escribe. San juan de la Cruz no se llamaba Juan y no por ello  no se le llama PseudoJuan…

[15] Aludo al debate entre Pérez Reverte e Iñaki Gabilondo, en prime time televisivo, sobre si nos equivocamos en Trento. Ambos tenían esa perspectiva. 

jueves, 22 de enero de 2026

Ernst Jünger y la experiencia visionaria

Ando haciendo un librito sobre Ernst Jünger y la experiencia visionaria y estas líneas serán parte de su introducción premurosa. Una introducción densa en la que se descubren someramente las cartas que serán manejadas a lo largo del libro y la perspectiva de lo visionario, muy enraizada en nuestra tradición occidental, que tenía el de Wilflingen. No perdamos de vista que pocas personas han pensado con tanta profundidad los desafíos planteados por las llamadas sustancias visionarias y por el acontecer visionario en el alma.




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Ernst Jünger y la experiencia visionaria o quizá, acaso, Ernst Jünger y el pasaje visionario... El término experiencia, entendido como mero experimentalismo, se queda escaso para indicar la cuestión planteada. Consideremos que ésta desborda la mera experimentación subjetiva con sustancias visionarias para arraigar en un modo de entender la esfera de lo visionario desde la capacidad de visión. Pasaje, tránsito, acontecer, cambios de tono en la cualidad de lo que se divisa; la mirada modificando su finura y desbordando al sujeto de experiencia… No, no se tratará por tanto de alucinar sino de ver con otros quilates.

En este planteamiento general se aquilata el modo en que, el de Wilfinglen, entiende el encuentro con este género de sustancias; precisamente por poder facilitar éstas un acontecer visionario en el alma. Para Jünger tal será su valor en tiempos casi refractarios a reconocer la diversidad de orillas y las potencias por venir de la vida anímica. Al hilo de lo dicho tome nota el lector de las posibles carencias de ceñirnos en exclusiva a la imagen del yo que nos viene dada desde la convención social y la cultura dominante…

Considérese que, acaso, atender a la capacidad de visión y a la finura de la mirada podría desvelar la complejidad del conocer del hombre, de sus troqueles y proyecciones, de las superficies y las profundidades que puedan servirse, de la diversidad de los estados del alma bien sea en su solipsismo o en su capacidad de apertura, de la certeza respecto de ciertas plenitudes y extravíos… No en vano el de Wilflingen, en Visita a Godenholm, nos hablará de un determinado poder visual. Tal poder visual podría desvelar la diversidad de secciones de lo real a las que podemos acceder y la muy diversa y caleidoscópica trama que enlaza alma y mundo. El propio Jünger en la novela Heliopolis nos dirá: “El universo tal y como se ofrece a nuestros ojos no es más que una de sus innumerables secciones posibles. El mundo es como un libro; de sus hojas incontables solo vemos aquella por la que está abierto.”[2] Más allá de las secciones que nos son más inmediatas las potencias del alma y sus horizontes íntimos…

Lo que vengo postulando nos remite a la relevancia cognoscitiva de una imaginación creadora alcanzando diversas secciones de lo real y a un conocer que enraíza en nuestros vínculos anímicos con las imágenes y con la cualidad que aportan. “El alma no intelige si no es con imágenes” nos dirá rotundamente Aristóteles[3]… Por su parte Jünger nos sugiere [4] que tal manera de entender el conocer del hombre pudiera alcanzar esa esfera en la que venga a desvelarse el privilegio de los dioses de morar en el mundo de las imágenes[5]. Ambos vincularán la imagen con un umbral de conocimiento privilegiado de lo real. Y es que entender el mundo desde su condición de imagen, lejos de devaluarlo, nos introducirá en ese Misterio que sabe advertir la copertenencia de contrarios -lo que llama Jünger la consonancia secreta- y las correspondencias existentes entre superficies y profundidades en el seno mismo de lo que hay. A este umbral responderá cómo cada una de las cosas desvela un Misterio ubicuo e inmanente, pleno y bello... Precisamente por eso el conocimiento o, mejor, la verdad que se desvela para Jünger solo podrá ser un “acuerdo profundo”. Un acuerdo venturoso y enamorado con lo que hay y con lo que es desvelando su magnificencia… En Visita a Godenholm nos dirá ”retornaría eternamente al instante en que lo Uno se elevaba sobre las partes y se revestía de esplendor. Ese Misterio era inefable, y, sin embargo, todos los misterios aludían a él y trataban de él, de él solo. Los derroteros de la historia y sus argucias, que tan entrelazadas parecían, conducían a esa verdad. A ella se acercaba también toda vida humana, a cada día, a cada paso. El tema de todas las artes no era más que ese Uno, desde esa altura cada pensamiento era juzgado según su rango. Aquí estaba la victoria que coronaba a todo ser y le extraía la espina a cada una de sus derrotas. La mota de polvo, el gusano, el asesino; todos participaban de ella. Esa luz no conocía ni la muerte ni las tinieblas”

Desde la perspectiva indicada, que hunde sus raíces en la Grecia antigua y la tradición clásica -incluso diría que en una disposición platonizante-, todo conocer tendrá cierto perfil fantástico y toda realidad una determinada condición de imagen y símbolo que desvela lo real. La perspectiva de la inmanencia, la de la presencia del Misterio y la de una transcendencia que todo lo acoge y que desborda toda elaboración mental quedaran así conciliadas. Hasta los umbrales en los que “lo indiferenciado se incorpora en las formas”[6] podría alcanzar ese poder visual; o lo que es lo mismo hasta el mismo umbral en que se vislumbra la Unidad de todo lo real en tanto gran visión.

A la base de lo ya indicado hallaremos el que Jünger considera el rasgo distintivo de la ebriedad, esto es, su alejamiento respecto del mundo de lo cuantificable, medible y mensurable[7]. No olvidemos que si la ebriedad supone un acercamiento al Misterio lo será desde la renovación y el aquilatamiento de la mirada, esto es, desde las cualidades del ser que puedan desvelarse; cualidades que abrazaran lo cuantificable pero, al tiempo, lo rebasaran precisamente por cualificarlo y decantarlo.

(2)

En relación a lo dicho es importante indicar que, el de Wilflingen, entiende la capacidad de visión desde la remisión al marco general de su pensamiento, un pensamiento, muy referido a la capacidad de vida. De ahí que su reflexión sobre los también llamados fármacos visionarios sea indesligable del hilván que enhebra la totalidad de su obra dotándola de potencia y coherencia.

Sobre tal hilván el francés Luc Olivier d´Algange nos recordará que la mirada jungueriana "nos invita a reconocer en nosotros y alrededor de nosotros la parte imperecedera y gloriosa, la parte de eternidad que nos salva de la confusión morosa y el olvido"[8], lo que nos remite a ese poder visual ontológicamente capaz de nutrir y de presentarse como auténtico cuerno de la abundancia... Constatemos cómo la cita de d´Algange constela asuntos decisivos de cara a calibrar las apuestas íntimas del universo jungueriano; dejar atrás el olvido en la capacidad de rememoración, superar la confusión y el caos en la advertencia de lo eterno, de lo que siempre es…

Jünger, efectivamente, toma partido respecto de lo humano y su tarea. La apuesta del de Wilflingen no será una apuesta menor siendo muy consciente del sendero abierto hacia lo que, en palabras de Enrique Ocaña, traductor de Acercamientos, podría considerarse como un “conocimiento desacostumbrado que irrumpe a la conciencia en una suerte de epifanía o revelación”. Así es, el presentido cartograma que el de Wilflingen nos muestra advierte de la posibilidad de una epifanía, de una revelación que irrumpe, de una potencia que sobrecoge y que se brinda. Este será un asunto decisivo en su pensamiento. Tal será su campo propio afianzado -no podría ser de otro modo- en la potencia de la propia vida del alma…

Como puede advertir el lector, a partir de lo dicho, se irán desglosando los hilos conductores de las páginas que siguen. Las experiencias con sustancias visionarias serán indesligables de la perspectiva de lo visionario en Jünger y, ésta, del logos y del thymos[9] que atraviesan su obra. El logos y el thymos; el sentido emergente y la capacidad de reconocerlo. A partir de lo dicho y desde mi propia clave hermenéutica se irá ordenando el presente ensayo.

(3)

Para el autor de El corazón aventurero la esfera de la vida y la de la reflexión quedan vinculadas muy estrechamente. Tanto será así que su obra debe ser entendida desde la capacidad de vida y desde la carne encendida que se nos indica. Estamos lejos pues, ante el corpus jungueriano, de una mera reflexión teórica ni de vistosas referencias eruditas más allá de que la pluma y la erudición de este pensador alemán puedan llegar a deslumbrar.

La perspectiva jungueriana, como vengo diciendo, se aleja de la mera experimentación con sustancias visionarias; y eso a pesar de contarnos Jünger minuciosamente sus muy diversas experiencias con drogas. Para este pensador y hombre de acción no se tratará tanto de atender a la originalidad de un yo que experimenta sino de reconocer el pasaje que se sirve en tanto acontecer propio del alma. Tal acontecer expresará la vida anímica y su capacidad de encuentro con una exterioridad que, paradójicamente, cuaja y se desvela al encuentro de esa vida anímica. De ahí, el acento estrictamente iniciático que delimita lo visionario en la obra de Ernst Jünger

Añadamos a lo dicho un matiz importante. La capacidad de atención que podamos desplegar en el pasaje visionario será la aduana, a veces escarpada, de lo que se nos pueda brindar. En el pasaje visionario y no solo; también en la vida misma. Lo dicho apela a asuntos bien relevantes que configuran un auténtico desafío. Este incardinará la vida humana y sus aconteceres en un horizonte de sentido que debe ser desvelado. Así entenderá Ernst Jünger la aventura y el desafío que constituye la vida y que discurre desde esa potencia de ser a un horizonte orientado desde la plenitud de ser, de la potencia al acto que diría un aristotélico. El envés de esa capacidad de atención no será sino la capacidad de silenció que pueda albergar el alma. Y es que, como bien nos recuerda el de Wilflingen, “el silencio se oculta tras el verbo”[10]

Quisiera terminar este prolegómeno con el criterio de alguien muy cercano a Ernst Jünger. Me refiero a Albert Hofmann, el químico suizo que descubrió la LSD y que pertenecía a su círculo más cercano. Fue él quien le facilitó a Jünger el acceso a las sustancias visionarias, en concreto a la LSD, en un momento muy temprano.

En el congreso de Basilea que celebró su centenario -como Jünger, Hofmann, alcanzó los cien años en muy buen estado de salud- presencie a muy pocos metros como se le saltaban las lágrimas al ver de cerca una foto de su querido amigo Ernst Jünger. Lo viví como una auténtica lección que me ofreció la vida de lo que es la amistad. Ahí va el testimonio del químico suizo que creo recapitula a la perfección lo ya apuntado sobre ese poder visual: “Irradiación es un término que expresa muy bien la manera en que  influyeron en mí la obra literaria y la personalidad de Ernst Jünger. A través de su modo de mirar, que capta estereoscópicamente la superficie y la profundidad de las cosas, el mundo adquirió para mí un brillo nuevo y translúcido. Esto ocurrió mucho antes del descubrimiento de la LSD… Desde hace cuarenta años, una y otra vez, releo El corazón aventurero… En cada página se vuelve visible lo maravilloso de la creación y se toca lo único e imperecedero que hay en cada ser humano mediante la descripción precisa de la superficie y el traslucir de las profundidades. Ningún otro poeta me ha abierto tanto los ojos…”.



[1] Acerca del alma (De Anima), III, 7, 431a 16–17.

[2] Acercamiento pg 15. La traducción de Acercamientos es la de Enrique Ocaña en Editorial Tusquets 

[3] Acercamiento pg 15

[4] Acercamientos, pg 283

[5] Acercamientos, pg. 276.

[6] Luc-Olivier D`Algange. “Ernst Jünger: la ciencia de los límites y los umbrales. Revista Axis mundi nº2. Ed Paidos

[8] El thymos del alma entendido como la capacidad de alquimia y de elaboración de sus afecciones -pathemata- y, en general, de todo lo que incide en la vida anímica… El llamado por los griegos thymos del alma acogerá todo lo relativo al vigor de la misma y a su capacidad para reconocer esos planos de sentido que otorgan figura a lo real. Del thymos dependerá la capacidad del alma de reconocer sentido

[19 Acercamientos, pg 298



jueves, 18 de octubre de 2018

Jünger, Hofmann: La LSD y el hecho extraordinario


Continuo la publicación y revisión de textos de phantastikablog en imaginatiovera. Este texto, practicamente un texto nuevo por su amplia revisión, continua lo ya indagado en la figura de Ernst Jünger en relación a las experiencias con los fármacos visionarios; estamos pues ante una cala más. En este sentido el texto da por supuesto y se remite a lo ya expuesto en las otras entradas dedicadas a esta cuestión. Nos encontramos pues ante un serie de textos encadenados con temas y reflexiones comunes. La cercanía y el régimen de complicidades entre Ernst Jünger y Albert Hofmann, el descubridor de la LSD, a la sazón un jungueriano, nos facilitará esta indagación.

(1)

Albert Hofmann arranca su libro "Mundo exterior, mundo interior" narrando una experiencia de infancia. En la misma la mera presencia de la campiña y su frondosidad, sobrecogiéndole, pareció arroparle con su majestad. La tierra, encantada, se desvelaba como la residencia de una potencia inmensa otorgando a cada forma un perfil renovado e inédito. La visión parecía reconocer una profundidad que revelaba una cualidad de ser capaz de desbordar el ámbito de la mera razón. De su mano toda superficie vendría a quedar iluminada y el hombre hallaría una plenitud desconocida. En tal advenimiento todo se mantendría en su propia apariencia y figura –no habría visión externa alguna- pero el sentido revelado no sería el ordinario. Estamos ante una visión interna. En sus propias palabras: “Hay experiencias de las cuales la mayoría de las gentes se avergüenza de hablar porque no entran dentro de la realidad cotidiana y escapan a una explicación racional. No nos referimos con ello a acontecimientos extraordinarios del mundo exterior, sino a procesos de nuestro interior a los que se priva de valor como si fueran meras quimeras y se les expulsa de la memoria. En las experiencias a las que nos referimos la imagen familiar del entorno experimenta, súbitamente, una singular transformación: placentera o aterradora, se muestra bajo otra luz, cobra un sentido especial. Tal experiencia puede acariciarnos tan sólo como un soplo o, por el contrario, grabarse profundamente en la mente”. El químico suizo nos narra lo que según su criterio podríamos denominar hecho extraordinario; y lo entiende desde la transfiguración de lo cotidiano.

Para Hofmann la memoria de estas experiencias cumbre será una de las claves de nuestra capacidad de vida. La rotundidad de lo que se muestra nos llamará a quedar receptivo a su memoria, a replantearnos la figura de nuestro temple interno y a cuestionar toda la trama de categorías ordinarias que nos cosifican en la convención social. En el hecho extraordinario algo significativo se nos muestra como Misterio que todo lo acoge y todo lo transciende. El químico suizo hará depender nuestra propia plenitud de la memoria de estos pasajes singulares, auténticos cuernos de la abundancia para la vida por la potencia de lo vivido. Jünger los transformará en la raíz originaria de su pensamiento, el gran acontecer, el gozne alrededor del cual gira ese mirar panóptico y holográfico capaz de integrar en Unidad la diversidad del ser conciliando así tensiones, oposiciones y contrarios; conciliatio oppositorum. Ese gran misterio del que sabe el padre Lampros y que le permite esperar a las huestes tanáticas del gran guardabosques con una sonrisa[1].

En tales cuestiones el hermeneuta de Wilflingen, apreciando el perfil dialéctico de la vida del alma –todo se aquilata en su contrario-, se ciñe escrupulosamente a la tradición metafísica occidental en lo que sería su primado platonizante. Del acaecer gratuito de esa visión poderosa en la que todo se revela como Uno dependerá la capacidad de transcender lo que nos cosifica y lastra –y no al revés; de ahí la gratuidad del hecho extraordinario-. El adormecimiento de esta capacidad de contemplar el encantamiento del mundo en la mirada nos someterá sin tapujos a la coacción del tiempo y nos impondrá una vida mortecina e indiferenciada. Tales serán los recursos de salud de las inquietudes espirituales del hombre.

Jünger no dejará de lado algo de tal calibre y reivindicará la vigencia y la actualidad de una “ciencia de la abundancia” capaz de estar a la altura del advenimiento de las fuerzas del espíritu. La pertinencia de esta “ciencia de la abundancia” tendrá como necesario reverso tomar conciencia del enorme lastre que la cultura contemporánea supone de cara a reconocer registros vitales que nos son íntimos. Consideremos como ésta arroja al cajón de sastre de lo irracional y del subjetivismo los encuentros con el espíritu. El hermenéuta de Wilflingen[2] se referirá a esta ciencia de la abundancia del siguiente modo: “La vida contiene dos caminos opuestos, uno va hacia la penuria, el otro hacia la abundancia, esa de la que se rodean los fuegos de sacrificio. Nuestra ciencia está, por naturaleza, orientada a la penuria y contrapuesta al lado magnífico del mundo; está inseparablemente ligada a la necesidad, como el que mide lo está a la regla y el que cuenta a la numeración. Por eso habría que inventar la ciencia de la abundancia si no existiera ya, que no es otra que la teología”. La teología y no sólo. En su obra "La emboscadura" vinculará la filosofía y la poesía con la teología en tanto cartogramas que pueden señalar la abundancia espiritual del hombre. Como podemos constatar esta abundancia cristalizaría en la propia mirada y en la capacidad de visión. Estamos ante un asunto decisivo para este maestro discreto; por ser la única vía abierta hacia la libertad que le queda al hombre en plena era de los titanes y por lo que desvela la gran abundancia.

Estas posibilidades de apertura espiritual cuajarían en la capacidad de visión del hombre. En este sentido la propia salud y la plenitud, de uno mismo y del mundo percibido, irían de la mano. Con todo, la capacidad de visión no solo vendría a cuajar en estas experiencias cumbre. Todo podría considerarse una visión en la medida en que todo respondería a una determinada imago mundi. El mundo que cada imago mundi vendría a desvelar dependería de la calidad de nuestros estados anímicos. De esto modo el hombre accedería mundos y texturas de ser bien diversas dependiendo de la calidad de su mirada. “Hay muchos mundos pero esta en este” que diría Paul Eluard… Tal será la relevancia ontológica del “poder visual” del alma al que alude Jünger en su novela "Visita a Godenholm". Desanudando ese poder visual el hermeneuta de Wilflingen nos ofrecerá en esta novela una precisa arquitectónica de la experiencia visionaria; “Visita a Gondeholm” es un relato inspirado en sus experiencias con la LSD junto al químico suizo.

Hofmann, por su parte, nos reseña en su libro "La historia de la LSD" tal poder visual como una de las cifras de comprensión de los efectos de las sustancias visionarias en el advenimiento de una belleza palpitante y sobrecogedora. De su mano se podría insinuar un modo de presencia arrebatador facilitado por la ingesta de LSD... En tal caso el cambio en la cualidad del ser percibido quedaría asimilado a estas experiencias cumbre y así serian vivenciado por el experimentador. El químico suizo no se refiere a una experiencia meramente estética sino al desvelamiento de una vitalidad ubicua y unificante que todo lo reúne. Esta esfera de vitalidad apuntará a esa transcendencia que lejos de desencantar lo inmediato lo revestirá de plenitud y brillo. Como vemos Hofmann focalizará el interés de la ingesta de las sustancias visionarias en la posibilidad de favorecer un cambio encantado en la cualidad de la visión. No atiende a fantasía visionaria alguna. Se decanta más bien por un realismo y una sobriedad visionaria que atiende a un modo de visión interna. Despertar la mirada a lo dado y dejar de lado los automatismos que lastran las propias potencias perceptivas será el eje de su acercamiento a estas cuestiones.

Estas potencias de la percepción alcanzarían así una esfera de visión olímpica que, como tal, va más allá de lo estrictamente sensorial; una esfera, la propia de estas experiencias cumbre, en que lo sensible queda refinado en un modo de intelección estrictamente espiritual que transciende, cualifica, acoge y aquilata los meros datos sensoriales. La intelección, en realidad una intuición directa de la plenitud de las formas y del Misterio de la Unidad, transcenderá no solo la esfera de lo sensorial sino también el mero psiquismo. Ante la misma todos quedaremos igualados en la apertura a lo intuido. Estamos pues ante un modo de visión interior que cualifica la visión al tiempo que asimila al hombre con la plenitud que se intuye. No perdamos de vista que esta visión le revelará al hombre su propia plenitud.

La reflexión de Plotino sobre el modo en que lo sensorial se engrana en lo intelectivo, que bebe tanto de Aristóteles como de Platón, resuena con fuerza en este modo de entender la percepción. También la doctrina de los sentidos espirituales de los padres de la Iglesia, especialmente de Orígenes. Tanto Orígenes como Plotino se remitirán al gran caudal intelectual de la tradición griega y a su modo de entender la verdad como visión.

Los vínculos que podemos apreciar de Jünger con la Grecia antigua y el platonismo, en realidad, son sus vínculos con la metafísica occidental; como se ha dicho una serie de notas a pie de página de los diálogos platónicos. Acaso este vecindad con las fuentes clásicas y con la propia tradición metafísica, bien lejos de todo fideísmo y de la sola fides luterana, sea lo que lo hiciera bascular hacia el catolicismo en el umbral de su muerte. En realidad un ejercicio de coherencia.

Ponderando esta valoración de la capacidad de visión interior podemos calibrar las posibilidades que tanto Hofmann como Jünger atisban en los fármacos visionarios en la medida en que estos liberan las posibilidades de la propia mirada. Jünger estima que estas sustancias podrían terminar por encontrar un hueco en nuestra sociedad precisamente por haberse reprimido con dureza la dimensión espiritual del hombre. El contexto de su uso sería presentar a las claras y con contundencia las viejas cuestiones del espíritu y la complejidad perceptiva de la psique del hombre. El hermenuta de Wilflingen no desconoce las complejidades del empleo de estas sustancias. Tampoco como pueden desatar los desórdenes del propio psiquismo de tal modo que lo que revelen no sea esa profundidad olímpica sino las heridas y desequilibrios del alma inundando e interceptando el encuentro con la vida. Por eso, será tan consciente de la necesidad de saberes y contextos a la altura de sus efectos y, por eso, su pronóstico[3] en relación al uso de estas sustancias no queda referido a festejar ingenuamente la mera ingesta. De lo que se trataría es de estar a la altura de la ebriedad visionaria y de su dionisismo salvaje; necesitado de brida, de manejo y de saber hacer[4]. Tales contextos debieran ser capaces de promover los efectos más cercanos a las cuestiones espirituales, por la plenitud colosal y las potencias de salud que sirven, al tiempo que deberían ser también capaces de atender introspectivamente a esos momentos ásperos que declaran nuestros  propios límites… Jünger, en realidad, se limita a dejar constancia de lo que podrían aportarnos las sustancias visionarias considerando el secularizado temple cultural vigente y en la medida en que éstas están ahí, en plena calle, irrumpiendo en la vida de las gentes. No olvidemos que son precisamente sus malos usos los que incrementan exponencialmente sus riesgos.

De todo lo afirmado en modo alguno puede deducirse el craso error de vincular, precipitadamente, la espiritualidad y las experiencias con la LSD -o con sustancias afines-. Jünger está muy lejos de postular un misticismo lisérgico de libre consumo al modo de la new age. La auténtica espiritualidad se aleja mucho del simple experimentalismo y apunta a la transformación integral de la persona y a un cultivo de sí que arraiga en la cotidianidad más sobria y en lo que sería una sobria ebrietas –otra vez la conciliación de contrarios-. Ésta exigirá de contextos precisos y de una práctica cotidiana. Las experiencias con sustancias visionarias, básicamente, lo que hacen es dejar abierta la posibilidad de introducir a ciertos estados. Este será su límite y también su condición propia.

(2)

Profundidad, superficie, advenimiento… La imagen de la superficie y la profundidad parece ofrecernos pistas para dar cuenta de los efectos de las sustancias visionarias. Con tales nociones se pretenden indicar las posibilidades perceptivas y de discernimiento de nuestra capacidad de visión. Y es que la irrupción en escena de determinadas profundidades desvelará haces de sentido hasta entonces inéditos; lo que revelará toda superficie desde una clave simbólica que la significa. Estas claves simbólicas podrán desde insinuar ese Misterio que nos conduce más allá de sí a tornar explícito nuestro propio psiquismo con sus proyecciones y escisiones internas. Tales desvelamientos si algo quebrantan es la imagen convencional que solemos tener del mundo en nuestra cotidianidad. Los riesgos del uso de estas sustancias quedaran vinculados con esta quiebra.

Jünger y Hofmann consideraran, necesariamente, las sustancias visionarias como llaves que ofrecen, en palabras del químico suizo, un cruce de frontera. Este cruce de frontera impondrá dejar de lado la imagen ordinaria que tenemos del mundo abismándonos al viaje por las diversas estancias de la vida del alma. De ahí que este género de experiencias dinamicen tomar conciencia de las diversas posibilidades de la vida anímica y de su creatividad; lo que incluye transitar por las veredas del espíritu aunque no solo. En los testimonios de los experimentadores escuchamos hablar de acercamientos a los límites de lo humano, es decir, a los propios límites y también de acercamientos a ese núcleo esencial donde palpita y se aquilata la vida más allá de todo condicionamiento; lo que no deja de ser un límite aunque de otro género, el gran límite. Entender los efectos de estas sustancias, más allá de los acercamientos puramente psicológicos, exigirá atender a esa instancia puramente espiritual que anida en el alma y que para acaecer exige del silencio de la misma.

Nos las vemos pues con la idea de espíritu; esa esfera de creatividad pura que se expresa en todo lo que vemos y que cuaja su potencia creativa dándose y dando forma a la materia. Los fármacos visionarios podrán, según Hofmann, acercarnos a ese “preciso punto donde tiene lugar el tránsito entre materia y espíritu”. Consideremos que ese preciso punto es la sede donde la vida adquiere su perfil y cualidad; el interfaz en el que la materia acoge la potencia creativa del espíritu. Tanto para Jünger como para Hofmann el alma del hombre actuará como interfaz constituyendo el espacio privilegiado para ese tránsito. Según la cualidad y el perfil de la propia mirada el hombre quedará instalado en mundos y secciones de lo real bien diversos por mucho que en su apariencia externa éstos puedan coincidir; de ahí que, de algún modo, participe del proceso creador del espíritu al llamar esos mundos a ser a través de la calidad de su propio vivir. Percibir será crear en la mirada, participar, en suma, del proceso generador de la vida. De este modo entenderá Albert Hofmann la creatividad subyacente al propio proceso perceptivo en su libro "Mundo interior, mundo exterior. Ahí, el químico suizo, presentará el mundo que habitamos y percibimos como la resultante del encuentro entre el perceptor humano y un emisor que queda fuera de escena. De un lado el cuerpo y la psique del hombre alumbrando el mundo humano a partir de su propia manera de sentir y percibir; del otro un océano inédito que necesita de algún perceptor para que los mundos posibles lleguen a ser...

La importancia de que el hombre sepa dirigir su propia creatividad perceptiva a las secciones de lo real que conducen a su propia plenitud no será poca. En las mismas saldrá fuera de sí y quedará abierto a  un umbral de Misterio que le rebasará. Las sustancias visionarias serán, pues, llaves de acceso a los misterios de nuestra propia creatividad perceptiva, al porqué de sus extravíos y a los modos de plenitud de la misma… La vida del alma no sería sino atanor y residencia de las potencias del ser y de la vida toda; el interfaz en el que una diversidad de mundos pueden tomar cuerpo. Para Hofman, insisto, sin perceptor no cabria considerar la existencia de mundo alguno…

Hofmann, Jünger… Personalmente veo a ambos autores como esos filósofos-magos-alquimistas del Renacimiento surgiendo en pleno siglo XX a medio camino entre la filosofía, la poesía y cierto género de experiencias límite sondeando las potencias del alma. Estamos, pues, ante dos aventureros, dos eslabones de lo más granado de la cultura occidental, dos hombres que supieron mirar en una dirección orientada. La manera en que estos dos cómplices abordaron el desafío que suponen los efectos de las sustancias visionarias debería ser una de las atalayas privilegiadas para su comprensión. No olvidemos la urgencia de referentes y contextos puramente occidentales por lo que a la experiencia visionaria se refiere.

Superar la problemática social existente y estar a la altura de los procesos que promueven estas sustancias serían las felices consecuencias de ahondar en la senda indicada por estos alquimistas; una senda de buenaventura con no pocos peligros e incertidumbres. Esta senda me recuerda a la de Teseo en su encuentro con Ariadna, la dama del alma. Tomemos conciencia de cómo Teseo se identifica con Ariadna y se une a ella para salir del laberinto y dejar atrás el Minotauro. La memoria de Ariadna será su hilo conductor. Ariadna, esto es, la pura receptividad capaz de transcender todo ese entramado de proyecciones que nos cosifican y cosifica la vida; el Minotauro, por el contrario, el símbolo del furor tanático, del puro poder, del control y de la ceguera a la vida. Paradojicamente, la verdadera fuerza no estará en la rígida y temerosa disposición del Minotauro sino en la ductilidad y flexibilidad del agua, esto es, en el caudal de salud que dimana de la receptividad y de la capacidad para toda forma. El vigor espiritual, la fuente de esa abundancia que menciona Ernst Jünger, será pues la dúctil Ariadna y su tremenda potencia de generación de sentido. Ariadna. Sólo esta dama será capaz de otorgar el hilo de seda capaz de vencer al Minotauro y liberar la mirada.




[1] Cfr. Ernst Jünger. “Los acantilados de mármol”
[2] En Wilflingen se retiro Ernst Jünger algunos años después de terminar la segunda guerra mundial.
[3] En el volumen IV de sus diarios
[4] El propio Jünger al hacer este pronóstico cita a Dionisos.