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jueves, 2 de abril de 2026

De Sorrentino, La Gracia

 

La gracia, la nueva película de Sorrentino. Esta es la tercera película de Sorrentino que se glosa en este blog. Su cine no defrauda y siempre da que pensar, y lo cierto es que van ya varias películas memorables de este director italiano. Es todo menos un cineasta ligero pero al tiempo sabe narrar visualmente como muy pocos. La gracia; él hombre confrontado por sus propios límites...





Acabo de ver La Gracia, la última película Sorrentino. Acaso de los directores mas sugerentes que nos van quedando. No es una película religiosa -de hecho puede verse en clave completamente laica- aunque las referencias religiosas son el eje de toda la filmación. Estamos ante una gran película. La gran belleza, la otra película que vi de Sorrentino, acaso me gustara más pero claro es que La Gran belleza es una discreta obra maestra. La gracia es un empedrado o un tapiz de la vida interior del personaje y a partir de ahí se nos va desafiando con diversas cuestiones de corte filosófico, ético y existencial. La película dura más de dos horas y a pesar de la densidad temática no aburre en absoluto; lo que deja claro que estamos ante una film excelentemente filmado y narrado.

La gracia va de eso mismo, de la gracia, de la ligereza y la duda. La racionalidad no puede con todo y la verdad empírica de las cosas se nos desvanece como el agua entre las manos; el gran drama del hombre moderno. El protagonista, un presidente de la república italiana a punto de dimitir, bracea en un océano de dudas personales, éticas, religiosas y políticas. No es capaz de soñar y anhela volver a hacerlo. Siendo un católico dubitativo duda sobre si firmará una ley de eutanasia, duda sobre quien recibirá el indulto de su fin de mandato, duda sobre su mujer a la que amó profundamente, duda sobre el calado de su vida. Los demás le respetan y mucho pero el, desconsoladamente, duda. Añora la ligereza existencial que perdió hasta el punto de no recordarla siquiera. Divisa estremecido a quienes les reconoce cierta ligereza existencial, gentes que no quedan ancladas por las cosas de la vida y que siguen chapoteando felices, acaso heridas, pero felices. El no es capaz ni de concebir esa alquimia y de todo eso va la película.

La cuestión del dolor y de cómo abordarlo, desde muy diversas perspectivas, es el gran eje que todo lo ordena. Dramaticamente el personaje nos dirá sobre sus dudas sobre firmar o no la ley eutanasia. ¡No se que hacer, si la firmo para unos seré un asesino y si no lo hago para otros seré un torturador!... En realidad, él no tiene certeza alguna sobre la cuestión y entiende a los unos y a los otros. El dolor asomando en la existencia y la vida de todos. Del otro lado la capacidad de ligereza y de ternura existencial volviéndonos a hacer capaces de festejar y devolviéndonos un poco de la infancia perdida.

Nuestro protagonista se encuentra férreamente anclado a su racionalidad; entregado a encontrar la verdad no sale de sí ni de sus divagaciones. Es como el cemento armado le dicen en cierto momento. No respira, no vuela… Y a partir de ahí la gracia entendida en una clave que bien podría asumir tanto alguien religioso como laico. La gracia como tal, brindándose gratuitamente, a partir de la propia capacidad de duda y de saberse suspendido en un no-saber-alcanzar por uno mismo la verdad. El cemento sabiéndose agrietado… La propia incapacidad y fragilidad que se palpa y se asume, paradójicamente, liberando y ayudando a recobrar la capacidad de vida mediante esa ligereza existencial. Esa capacidad de vivir que no se deja interceptar rumiando el pasado. La gracia brindando la ligereza tras asumir que no damos de sí, que somos finitos, y que necesitamos de un vigor que nos renueve sacándonos de nosotros mismos. Como podemos apreciar la película no es una película religiosa sobre la gracia y la fe aunque arraiga en todas estas cuestiones planteándolas de un modo ambiguo y dubitativo. La duda desfondándonos, la gracia como potencia activa que viene de más allá de nos, la ligereza al fin sacándonos de nuestra propia cárcel… La duda y el Misterio que nos subsumen en su seno. La gran pregunta que nos lanza Sorrentino, siendo así las cosas, ¿de quien son nuestros días?... No es una pregunta baladí ya que es un Gran Misterio quien nos acoge. En suma, estamos ante una pequeña joyita que nos hará pensar al tiempo que nos deleita con su modo de narrar. La gracia, esa una peli sobre un alma, acaso un poco la de todos. Impresionante la escena sobre el destino del hombre en la que un personaje es zarandeado por el viento y la lluvia como gran metáfora de la vida ya apagándose. El dolor, la vida zarandeada y el amor como esa fuente nutricia que todo lo transfigura.







martes, 19 de septiembre de 2017

Sorrentino: La juventud

He visto otra película de Sorrentino. El drama del hombre y la belleza que lo arropa.  El Misterio y el desconcierto al que empuja esa insolente belleza. La escena de trama líquida e incierta impuesta por ese insolente Misterio . Una colosal sinfonía que compone y entrelaza un sinfín de notas dispersas.  Los griegos llamaron logos a esa esfera de composición... Al final poco que decir ya que solo queda el silencio, siempre el silencio, siempre el Misterio deshaciendo todo juicio, todo decir… Lorca desconcertado se peguntaba “¿Se acuerda el océano del nombre de sus ahogados?”. No es para menos la angustia y la tragedia del hombre.

El título de la película sobre la escribo es “La juventud” un adaptación libre de “La montaña mágica” de Thomas Mann. En la misma se nos muestra el paisaje humano diverso de uno de esos hoteles en que retirarse unos días en la placidez de la Suiza alpina. Es un hotel, aunque pareciera un gran sanatorio para existencias y almas sin rumbo dispuestas a tomarse un respiro. Estamos ante una necesidad que pareciera universal; parar ,detenerse, sentirse y en ese paréntesis reencontrarse con la vida.  Hay, también, quien emplea el tiempo en animar su propia creatividad. Todos los personajes deambulan en la escena descrita.

La mirada a la vida que nos destaca el director es la de dos ancianos. Al tiempo un reparto coral; una mujer bella a la que la vida rinde culto pero que intenta sobrevivir a la fascinación, el deseo y los rechazos que suscita; una prostituta joven de presencia tenue devastada por el deseo ajeno, su silencio solo sugiere  un oceánico dolor íntimo; un astro del futbol convertido en monstruo y parodia de sí al que devora su propia voracidad y su deseo sin medida;  una preadolescente que aprende a vivir; un actor de Hollywood de cierto renombre al que las proyecciones de los demás silencian; una pareja pudiente, y ya mayor, que nunca cruza palabra alguna; una masajista que interpreta bellamente la danza de la vida con su cuerpo, con los cuerpos ajenos y con su saber danzar; unos jóvenes y bulliciosos guionistas que desgranan ilusiones escribiendo el guión para una futura película de renombre; la hija de un afamado director de orquesta destrozada por un fracaso matrimonial queriendo reconocer su cuerpo y su vida encendida en la mirada de un hombre que la desee… Todo ese universo es contemplado por la mirada, suavemente escéptica, de los dos ancianos; una mirada aun vital y enamorada. Uno de ellos es el director de esa futura y prometedora película. Convivir con los jóvenes guionistas y trabajar con ellos le llena de vida. Su deseo cuaja en su vocación y su vida es su vocación. Es un director ya mayor. Se encuentra en los ultimísimos compases de su carrera. El otro es un director de orquesta y compositor ya retirado del mundo al que la reina de Inglaterra persigue sin éxito para que dé un último concierto. Algo en él está roto en relación a su antigua mujer.

Como vemos el  hotel-residencia-sanatorio es un universo en el que el deseo, los dramas y los anhelos hinchan sus velas y, también, se rompen. El drama del hombre va quedando  desgranado en sus propias contradicciones, en las ilusiones de unos y de otros, en el entusiasmo tranquilo que la vida sigue brindando a los ancianos a pesar de roturas y dolores; el saberse ya en las últimas estancias, la nostalgia de lo que se brindó y se retira, lo incolmable del deseo, la incertidumbre a la que se nos arroja... Y, arropándolo todo, la gran belleza y el gran silencio al que casi nadie escucha pero que susurra elevando y haciendo levitar la condición humana. De hecho uno de los personajes, discreto y potente, entrega completamente su vida a atender esa palabra de silencio.

Estamos ante una película sin desenlace y con múltiples tramas destinadas a extinguirse en ese misterioso escenario de belleza entreverado de  deseos  y de dolores,  de anhelos y nostalgias, de caducidad y finitud. El gran desafío que nos impone el vivir para dejar constancia de qué pasta estamos hechos... Una pequeña obra maestra de Sorrentino que deleita, que enerva con sutileza y que se ve como si fuera música y danza… ¿Qué es la juventud sino la capacidad de deseo y el anhelo de ser?

jueves, 20 de abril de 2017

La gran belleza (de Sorrentino)






LA GRAN BELLEZA. Italia 2013
Director: Paolo Sorrentino. Oscar a la mejor película extranjera 


Los personajes confundidos deambulan. Están inmersos en una belleza irrefrenable y ubicua a la que no atienden. Roma, la citta eterna, es el gran contrapunto de belleza que se contrapone al olvido de los hombres. Una belleza, cincelada en el arte, pero que no establece fractura con la belleza natural que a sí mismo se basta. La belleza es imponente –tal y como los griegos la vieron- y mana a borbotones en el horizonte de vida. Con todo, y a pesar de su desmedida presencia los hombres pasan los días sordos, ciegos y desecados en sus respectivas problemáticas; en sus dolores más o menos discretos, en sus anhelos quebrados, en el amor que buscan sin saber cómo, en el sinsentido al que se ven arrojados, en la frivolidad de las clases pudientes, en el dolor de los sin voz…

Respecto de las clases pudientes el tedio no será más que falta de vigor y falta de vitalidad; el empoderamiento de esa muerte discreta –en vida- que se vislumbra en ciertas trayectorias vitales. En la mirada del director, Paolo Sorrentino, esta muerte discreta será casi lo común. Un tedio que, discretamente, mata será lo usual en la sociedad contemporánea con todos sus fetiches de consumo. Vivimos instalados en el tiempo de la movilización total –para la producción- pero también en unos circuitos de imágenes y en unos códigos de representación que invitan y promueven un consumo incesante. El económicamente pudiente será el tipo socialmente dominante. No solo por controlar los resortes del poder y el imaginario sino por haber integrado, relativamente, a una amplia clase media en la sociedad de consumo y en sus propios hábitos de vida. Este dominio lleva al capitalismo a su apoteosis descubriéndose el ocio como la gran liturgia en la que se tratan de desplazar los malestares que suscita el estilo de vida impuesto. Considérese que lo que se consume serán, básicamente, imágenes y modos de representación social -mucho valor de cambio y poco valor de uso-. 

En un tiempo así el cinismo existencial gana terreno hasta convertirse en el estilo por excelencia. Los que algo saben, saben del enorme vacío existencial que a todos abraza y de las deformidades del alma que van tomando cuerpo… En tal panorama Sorrentino ajusta aun más el foco y nos hace mirar a un grupo de sofisticados “cultivadores del espíritu”; falsos escritores, falsos “hombres de cultura”, “intelectuales” que viven o pretenden vivir de la industria mediática y cultural. El tedio y la insatisfacción se les hace insoportable pero todo lo va tapando el carnaval  imaginario de la propia existencia. Al final, lo tapado por toda esa operatoria imaginaria será esa belleza ubicua que ejercerá de contrapunto ante tanto sinsentido.

Estamos en Roma, la citta eterna, y la Iglesia sella el escenario con su presencia. En principio, la Iglesia queda retratada en la figura de un cardenal. El foco destacará un personaje vanal a extremos que no desentona entre tanta frivolidad. Hasta el punto de parecer no príncipe de la Iglesia sino príncipe de lo nimio. A partir de ahí todo parece complicarse y se insinúan rendijas que acaso permitan ver más allá del escenario. El cardenal frívolo desvelará junto a su aparente futilidad una densa vecindad con la práctica de exorcismos y con lo demoníaco imposible de calibrar ni enjuiciar. Sorrentino no cierra el juicio ni el perfil del personaje con el fin de dejar intacta su enorme ambigüedad. ¿Estamos ante un íntimo del mal ejerciendo de cardenal corrupto de la Iglesia o. más bien, con alguien que se confronta con el mal en la penumbra pero que finge ser un bobo solemne?, ¿es el cardenal un actor polisémico y versátil que según le viene así se muestra?. Su retrato de la jerarquía eclesiástica, en la superposición de imágenes que convoca, se hace tremenda.

Todo es frivolidad en el escenario y lo que no lo es resulta confuso. En esas el espectáculo parece brindarnos un nuevo envasado. Una beata a la que se reconocen valores de santidad aparece en escena. Toda la película no será sino el prolegómeno a esta aparición. Vieja y de presencia casi desagradable parece no ser capaz ni de hablar ni de nada que no sea vegetar. Su presencia queda mediada por un friqui, delirante y  astracanante, que, al parecer, es quien transmite sus deseos e intenciones. Parece un montaje más, un montaje que ni siquiera intenta aparentar no serlo, una posición de consumo de baja estofa. Algunos elegidos son invitados a cenar con la afamada santa. Entre ellos el protagonista de la película, un dandy culto y fino, en su día escritor de talento, que, incapaz de escribir, sobrevive en su propio cinismo. Su debilidad e incapacidad no le impiden mantener cierto anhelo interior, el ojo bien abierto y cierta nostalgia del amor. Su mirar es testigo de la decadencia que le rodea y en la que él mismo se implica. Reconoce la belleza pero el motor de su corazón no se activa. En la visita de esta santa irreconocible, acompañada por un friqui grotesco, le tocará lo gratuito, lo que se brinda sin pedir nada a cambio, la vida que irrumpe. La santa se le meterá hasta la alcoba íntima para descansar en su suelo. De lo poco vivo que se muestra en la película serán estos dos personajes marginales y, como digo, casi desagradables; en las antípodas de la sociedad de la imagen. En realidad viven en un mundo aparte. No pertenecen al mundo en el que se mueven. Hasta el punto de ser completamente irreconocibles.

Al simple contacto con ellos el escritor despertará a sus talentos y profundizará en el propio rastro que en la adolescencia le dejara la belleza -y que olvidó-. La santa le acogerá en su intimidad y, sin aspavientos, le revelará cierto secreto que libera: ser capaz de atender a la raíz donde se fragua la vida, mirar al dolor cara a cara, estar a su altura, no olvidar la belleza. El de la santa será un ejemplo será bien nítido: ser capaz de acoger el dolor del hermano hasta sus mismos tuétanos, saber de esa raíz honda que nos acoge, saber del amor que al dolor queda abierto; abierto al dolor del hermano pero también al dolor y al malestar interior… En realidad la monja ha accedido a otro mundo que no es el convencional. Su incalificable asistente es de los pocos testigos. El mundo de la gran belleza y el del temple, apasionado y sobrio, que ésta exige…  -Conoce todos sus nombres-, le dirá sobre la monja su desconcertante secretario a nuestro cínico escritor… Los nombres de una gran bandada de pájaros arremolinada y encantada por su presencia; acaso todos los nombres de lo vivo, todos los nombres...