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jueves, 16 de mayo de 2019

Miguel Angel Velasco, poeta

Reproduzco la entrada que dediqué en su día en Phantastikablog a Miguel Angel Velasco tras su fallecimiento. Su estatura como poeta crece con los años y así se reconoce. Miguel en su día me animó a introducirme en la poética de Claudio Rodríguez, según su criterio una de las más grandes del siglo pasado. Algo así debe agradecerse. Tal cual publiqué la entrada en 2010, sin más aderezos, la traslado a Imaginatio Vera. 

Ha muerto Miguel Angel Velasco. Además de amigo y cómplice en ciertas lides visionarias uno de los mejores poetas con los que contaba la lengua española en estas últimas décadas. Muere joven pero su obra es amplia, la publicada y la inédita. Desde muy pronto acumuló todo tipo de premios literarios de alto nivel. Miguel era uno de los grandes. Cierto día me habló de su padre y de como le leía poemas en su infancia. De niño soñaba con acceder a ese secreto de la palabra que conmueve. Soñaba con la intimidad desnuda de la palabra para devolverla a las gentes. La búsqueda de esa intimidad con el lenguaje le condujo hasta los umbrales de lo que se le revelaba como una mirada sin dueño. Velasco, aficionado a la química fantástica, supo como nadie inspirarse en ciertos trances visionarios para hallar esa mirada que ampara el darse de la vida. Supo madurar en ellos y allí encontró sus quilates. Los quilates y, también, ese reverso de tragedia en el que queda instalado todo hombre. En esa línea esquiva que enhebra en el Misterio la belleza y la tragedia buceó Miguel. Su vida, centrada con exclusividad en el canto poético hasta un extremo inimaginable, supo crecer al encuentro de las sustancias visionarias. Uno de los mejores libros de poesía de los últimos años, "La miel salvaje", deja testimonio de la elaborada intimidad de Miguel Angel con ese éxtasis visionario capaz tanto de mostrar el propio límite como de indicar su transcendencia.

Nos vimos varias veces a lo largo de este pasado Invierno. Me comentaba su dedicación, casi a tiempo completo, al lenguaje y a su ritmo. Me contó que casi bordeaba un estado de ebriedad poética, la mayor parte del día, en el que escribía y gozaba... Hablamos sobre ese mundo de allá fuera, el del ruido social que se impone, tan alejado de esa vida de la palabra a la que Miguel Angel apelaba. Imaginábamos estrategias de superviviencia...

En fin, a buen seguro su obra tendrá una relevancia singular. Os dejo con el enlace del propio Velasco recitando.





Desde este enlace se accede a la totalidad del recital que dio en la librería Literanta. También os dejo con con dos poemas suyos -el primero perteneciente a su último poemarío "Anima de cañon" y el segundo a "La miel salvaje"- y, finalmente, con este texto del también poeta Vicente Gallego dedicado a la obra de Miguel Angel.
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¿Qué será cuando el día se congele
con la detonación de nuestra carga
en el hueco del tiempo?
¿Cuando nos engatille
la del cuerpo mayor,
la fusilera Hécate,
con la espingarda de la luna
en desvelo de caza,
de la que ser su blanco;
o a contraluz de un sol que se comprima
en una carabina, en su mirilla,
y al fondo nuestra liebre, un punto trémulo
del túnel frío que se estreche en nada?
¿Saldrá el alma
soñándose fogueo, en expansión
reversible su posta, hacia una luz
que nos funda en su seno?
¿Se alzará en perdigones, loco polen
de plomo y extrañeza,
al encuentro del cáliz de la noche?
¿O quedará sin más amartillada,
de este lado del tímpano,
soldada a su calibre,
sin dar siquiera un humo leve el ánima.

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Las vi cruzar el puente, en un rasguño
de la noche cerrada: transcurrían
en formación precisa,
un sereno triángulo
como flecha segura que apuntara
al corazón del sol adivinado
más allá de la niebla,
tatuaje rojo inscrito en el calor
del territorio propio entre las alas.
Batían en la fe de un solo pulso
el plomo de los cielos, sacudiéndose
las bajas nubes tardas.
Volaban de memoria aquellos pájaros,
fantasmas de pureza con la mirada fija
en la línea de acero de una ancha tierra santa.
Quedé como imantado
en toda mi estatura a la alta aguja
de su navegación, mientras seguía
con los ojos errantes el vector de su rumbo.
Al cabo, la bandada
fue mullendo su esquema en una mecha
de bruma, hasta perderse
en la tinta del cielo.
¿A dónde irían
las garzas? Sólo sé
que algo de mi partió
como saeta fiel aquella noche
desde el arco del puente;
algo de mí se fue y boga dichoso
hacia algún sur de luz en la flecha del vuelo.

jueves, 4 de abril de 2019

Vicente Aleixandre y la forma del corazón







“en la cumbre todo poseía templanza”
(Vicente Alexandre)


(1)

En el silencio y la noche se alumbra misteriosamente el Amor y éste ordena el caos en su fuego. En los hombres, nacidos para el amor, acontece un tremendo misterio, el de su corazón encendido iluminando la noche desde su propia finitud. El fuego creador de los dioses latiendo en almas frágiles y cuerpos mortales… Desde Hesiodo y los antiguos mitos este carácter dúplice de intimidad con lo divino, arrojada a la finitud, queda reconocido como el misterio servido por el alma del hombre. En “Historia del corazón” Aleixandre se instala en ese misterio. Lo toca. Nos ofrece una diagrama vivo del eros en sus diversas expresiones recorriendo las diversas estaciones del alma. Deja constancia de su carácter deslumbrantemente trágico. También del roce y la exigencia de lo eterno. “lo misterioso, lo maravillosamente expresado” nos dirá el poeta.

Las cuestiones de “Historia de corazón” son, efectivamente, las grandes cuestiones siempre candentes; cuestiones irresolubles por instalar en el misterio, tramas de ser sin respuesta recibida que, a pesar de su mágico brío, abisman y desnudan en el gran silencio de la ausencia. ¿Late la nada y somos su latido?. Siendo así no debiera extrañarnos que la finitud sea lo que revele nuestra urdimbre, una finitud capaz de manifestar sentido en la ebriedad del Amor que todo lo eleva[1]. “Y todo ha sido subir, lentamente ascender/lentísimamente alcanzar/casi sin darnos cuenta./Y aquí estamos en los alto de la montaña, con cabellos/blancos y puros como la nieve./Todo es serenidad en la cumbre. Sopla un viento/ sensible, desnudo de olor, transparente./Y la silenciosa nieve nos rodea/augustamente nos sostiene, mientras estrechamente/ abrazados/miramos el vasto paisaje desplegado, todo él ante/nuestra vista./Todo el iluminado por el permanente sol que aun/alumbra nuestras cabezas”.

Con todo, a pesar de la ebriedad sagrada del que se sabe amparado por la pureza de las cumbres no somos sino un “relámpago” entre dos oscuridades[2], una fogata en las “arenas del desierto”, un estremecimiento que no manejamos, un misterio de amor que se teje… Nuestra vida no nos pertenece; más bien somos dichos en el misterio insondable de una larga noche. “creo amor mío realidad, mi destino/alma olorosa, espíritu que se realiza/maravilloso misterio que lentamente se teje/hasta hacerse ya como un cuerpo”. Creamos sentido y figura pero, desposeídos, lo creado pertenece a ese misterio insondable.


(2)

En los versos de “Historia de corazón” no hay rastros de esa ingenuidad naciente y sagrada que a veces acompaña la ebriedad del poeta joven ni tampoco amargura existencialista alguna. Se reconoce con nitidez la potencia del amor –el amor no miente- y, al tiempo, ese misterio desasosegante en el que el amor arraiga. Se muestra el drama de lo humano y su tragedia luminosa. Se indaga en los paisajes del alma. Para todo ello el poeta nos propone una narrativa del corazón, un diagrama que alcance  a tocar la forma esquiva e intensa del eros ahondando en sus diversas figuras. Tal narrativa será atendida en los diversos apartados del poemario. Estos apartados, a través de las figuras que muestran, irán componiendo ese diagrama del corazón hasta alcanzar a tocar su forma. Una forma que, necesariamente,  será más que la suma simple de las partes arrojándonos a una dimensión no dicha y no decible pero que se hace presente a partir del propio corazón vivido y transitado. Esa dimensión ni dicha ni decible nos remitirá a una singular vocación de transcendencia a partir de la propia carne y corporalidad. De ahí que el diagrama amoroso esbozado instale en el erotismo vivido de la carne para desde ahí ir desgranando la vida del corazón. Aleixandre quedará abierto a una erótica de múltiples registros con sus encuentros y desencuentros. Por eso su palabra le dice y nos dice. La poesía no explica, simplemente en su palabra somos dichos. No enuncia algo de lo que podamos informarnos, nos nombra. No hablamos pues de meras emociones – lo emocional es la derrota del poeta- sino de la realidad a la que accedemos a golpe de corazón. Para Aleixandre la erótica tendrá capacidad de trasladarnos a la realidad y liberarnos de la dormición. Una realidad humana que se abre paso franqueando la aduana de la propia oniria y dando medida del mundo.

En Vilano, la primera sección del poemario, los diversos pasajes del amor carnal van revelando su forma en una carnalidad que revela el erotismo y sus devenires. Aleixandre lo muestra como muy pocos. El amor va cincelando la carne inflamada en el roce y el susurro. El golpe del cincel alumbra diversos lances; desde la plenitud del amor carnal en Coronación del amor a su inversión radical en Desde la larga duda. Sus versos no pretenden ser poesía erótica pero revelan los parajes de la carne avasallada por el alma y sus sentires. Al final de Vilano la diversidad de paisajes eróticos termina por indicar un horizonte de sosiego y templanza en el que el eros se abre a su propia kenosis y desasimiento, a un vacío sosegado que transciende el frenesí y los aires encendidos. Estas resonancias, casi en el umbral de la mística, que aparecen ya en El último amor, estallan con claridad y entre aromas sanjuanitas, en el soneto Sombra final que al tiempo que cierra ejerce de contrapunto  de Vilano. “Oh noche oscura. Ya no espero nada./ La soledad no miente a mi sentido./reina la pura sombra sosegada”. Hay un sosiego en la penumbra de lo que fue; el silencio nos abre a un misterio inesperado. Reveladoramente en Coronación del amor también se aludirá a ese sosiego de después del amor. El recorrido que Aleixandre nos ofrece en Vilano por las veredas del eros resulta soberbio, magistral. Una de las cimas de la poesía del siglo XX en lengua castellana

En La mirada extendida ,el segundo apartado, se canta a la vida y su peregrinar, al encuentro con los demás, al canto que nos nombra, al encuentro con el dolor, a la vejez como pasaje que cristaliza la existencia en el umbral ya de quedar arrebatado por lo invisible. Algo común viene a revelarse en la poesía, algo que expresa y libera el alma del hombre. “Y es tu voz la que les expresa. Tu voz colectiva y/alzada./Y un cielo de poderío, completamente existente,/hace ahora con majestad el eco entero del hombre”. Aleixandre en La mirada extendida ubica la poética entre los quehaceres humanos. El poeta es un heraldo, el bardo que canta lo humano abierto a la vida. Ese canto no olvida los dolores ni como nos toca el infortunio. No por ello hay que dejar de cantar. “Más allá de la vida canta la madre, duerme la selva.” nos dice el poeta en el estremecedor poema El niño murió. A todo este peregrinar canta el poeta acogiéndose a una palabra que no le pertenece. Lo humano viene así a expresarse en una palabra que es de todos y el poeta uno de tantos. No se trata de que el poeta elabore alambiques expresivos ni ornamentos estilísticos. Se trata de que la gente se reconozca en su palabra bien lejos de métricas y rimas forzadas al encuentro de la musicalidad que, de suyo, emerge de la poética. La poesía es canto, canto del pueblo para el pueblo.

El diagrama continua con La realidad. El nombre del tercer apartado es contundente. Aleixandre se ubica ante el mundo y proclama que no cabe dejar de lado esa vieja distinción, de resonancias platónicas, entre lo real y lo que es mera oniria o apariencia. Así comienza su poema La realidad  en la que lo real se brinda en el cuerpo y el alma de la amada “Si detenida,/nunca con desamor,/nunca huida jamás como sueño, nunca solo como/el deseo./En esta hora/del mediodía, blanca, preciosa, pura, limpísima;/en esta transparente hora del día completo…/Lo mismo que podría ser por la noche./ Porque siempre existes…Y hoy/aquí en este cuarto con sol,/con delicado sol casi doméstico/hoy, detenido/aquí con la ventana abierta, esperando/Pero no esperando lo que nunca llega/ Porque tu si que llegas…/… con tu dibujo preciso/ que yo no tengo/ que trazar/ con mi sueño ”. Lo real libera al hombre, lo real emancipa del sueño de lo corriente y del tedio, lo real hecho carne a través del amor… En el “golpe del estar”, en un “presente quietísimo”, instante detenido, quietud  silenciosa que es “cielo, cielo en su hondura”; a través del encuentro detenido con la amada.

El amor es pues el puente tendido de acceso a lo real. Una declaración ontológica en toda regla la de Aleixandre. En la estela de los discípulos de Diotima. En el poema “El alma”, un poema sublime sobre el calado del amor carnal nos dirá, “amor mío, realidad, mi destino”. El cuerpo encendido y transpirando el alma en la unión amorosa entre amante y amada. El amor carnal como puente medianero a lo real, vía abierta (“rumbo al silencio/al silencio puro de ti”)… Y el sueño el desamor, nos dirá el poeta[3]. “…callo cuando te acarició/cuando te compruebo y no sueño” nos dirá el poeta.

El diagrama erótico que nos propone el poeta también se detendrá en las diversas etapas de la vida. No solo la madurez del cuerpo es atendida sino también la infancia[4] y la vejez. Rememorando la mirada infantil el poeta advierte como se prefigura el soñar y el despertar, el sueño de lo convencional y el despertar atento a la vida; que es vida interior y discreta, entusiasmo del instante, promesa de la infancia; la mirada a la infancia del alma revelando el temple de la vida del hombre libre de añadidos. El contrapunto de esta mirada a la infancia serán dos poemas tremendos dedicados a la ancianidad[5]. El anciano es piedra cristalizada, cargada de vida, que aguarda la venida de la noche. “Como una roca que en el torrente devastador se va/dulcemente desmoronando/rindiéndose a un amor sonorísimo,/así, en aquel silencio, el viejo se iba lentamente/anulando, lentamente entregando./Y yo veía el poderoso sol lentamente morderle con/mucho amor y adormirle/para así poco a poco tomarle, para así poquito a/poco disolverle en su luz/como una madre que suavísimamente en/ su seno lo reinstale.”


(3)

Todo este recorrido por el amor encuentra su culminación en el quinto apartado del libro. Ahí constan las llegadas a término del amor, los polos atractores, los telos[6] que ordenan y finiquitan la vida del alma; una vida que según Aleixandre es una explosión que queda abierta al conocerse y al conocer[7]. “Yo sé que todo esto tiene un nombre: existirse/El amor no es el estallido aunque también exactamente lo sea./Es como una explosión que durase toda la vida/Que arranca en el rompimiento que es conocerse y/que se abre, se abre, se colorea como una ráfaga repentina que, trasladada en el tiempo/se alza, se alza y se corona en el transcurrir de la vida/haciendo que una tarde sea la existencia toda, mejordicho, que toda la existencia sea como una gran tarde,/como una gran tarde del amor, donde toda/la luz se diría repentina, repentina en la vida entera,/hasta colmarse en el fin, hasta cumplirse y coronarse/en la altura/ y allí dar la luz completa”.

“Toda la minuciosidad del alma la hemos recorrido” nos dirá el poeta. La vida habrá sido una ofrenda de amor, un fruto[8] que cifra su ser en la apertura que procura el amor; ”si, los años, son tu, son tu amor, existimos”, un temple que exige permanencia y eternidad; el tiempo mismo será considerado como el tránsito de la rama que se va doblando con los frutos alcanzados de amor para que estos sean recogidos por una mano de misterio. En la vida el alma se conoce y se alcanza reconociéndose en la alteridad, en el encuentro amoroso de los cuerpos vivos, en los cuerpos que al estallar del alma quedan abiertos a la vida, en un gran silencio.

Para Aleixandre, ya lo indiqué, todo ese horizonte vendrá a enhebrarse desde una dificultad constitutiva que se abisma en la pérdida y la muerte, en la ausencia y el silencio de un Dios misterioso que no responde pero que nos arroja a este pasaje de amor que pareciera resolverse en ese silencio que abre a todo amor y más allá del amor. El amor, el eco de un resplandor, un silencio difícil…

La mirada de Aleixandre no es ingenua y queda aquilatada en la luz de la madurez. Divisa con entereza el término de la vida y el duro despertar exigido[9]. No hay pues respuesta magnífica alguna ni tampoco fuga a una supuesta espiritualidad ornamental y escapista. Se constata el misterio; un misterio que diciéndose eterno –el amor exige eternidad[10]- se acoge a la ausencia. “Entre dos oscuridades un relámpago” nos dirá el poeta, “de la oscuridad a la oscuridad”… Un relámpago que derrama efervescencias de alteridad, de encuentro y de amor en medio de la nada, “entre dos infinitas oscuridades”. En esa infinitud no hay horizontes y el temblor del alma viva y frágil se brinda como ofrenda en el caos y la penumbra. El silencio se desliza sobre sí -solo hay silencio; solo son las arenas danzarinas de una colosal desierto- y la vida es una fogata consciente y fugaz de amor… ¿Que mano recoge el fruto en su declinar?, “Lento crecer de la rama, lento curvarse, lento/extenderse; lento/al fin, allá lejos, lento doblarse/y densa rama con/fruto tan cargada, tan rica…/hasta que otra mano, que será, la recoja,/ más todavía que como la tierra, como amor,/ como beso.” Para Aleixandre esa dificultad, esa dureza impuesta desde la fragilidad de lo humano, anima a una misteriosa ascensión a lo alto de una montaña bajo un inmenso cielo. Reconocerse en la vida es la clave de misterio; en los amores, en la fragilidad; reconocerse como brizna de eternidad que se brinda en una noche callada. En el poema en prosa Mientras duermes, que pertenece a los apéndices de la obra, Aleixandre con claridad nos lo dice. El amor revela la vida, revela sus formas y las lleva a su propia plenitud. ¿De donde salen esas formas?. De un silencio y de una tiniebla infinita, de un caos hesiódico que se anima en el Amor.




[1] Cfr. Ascensión del vivir
[2] Cfr. Entre dos oscuridades, un relámpago
[3] Cfr. El sueño
[4] Sobre todo en la sección la mirada infantil
[5] A la salida del pueblo y El viejo y el sol
[6] Telos: En griego clásico finalidad. Indica el horizonte de culminación y sentido que opera como tendencia a realizar y como polo atractor de un proceso dado
[7] Cfr. La explosión
[8] Cfr. No queremos morir
[9] Cfr Todo es difícil
[10] Cfr. No queremos morir








martes, 19 de febrero de 2019

Basho y el no-tiempo


Nos exalta con templanza. Nos pinta de belleza el alma. El entusiasmo que brinda es tranquilo y sereno. Una sobria ebrietas en la que el gozo de la simple presencia encuentra su amante en la atención simple de quien la acoge. La realidad toca a Basho. Basho se deja tocar. El poeta y monje zen nos va regalando generosamente la sucesión de esos toques. “Que majestad/ En hierbas verdes, tiernas/ la luz del sol”. Una sucesión de acaeceres sin trama alguna en la que el tiempo lineal, humano demasiado humano, desaparece. De hecho la división en capítulos que nos ofrecen las ediciones modernas, una concesión al lector, no existe en el original. Y no existe, por qué lo que debe colapsar,  es el tiempo humano para que el lector quede invitado a una tierra eterna; una tierra  en la que solo lo significativo aparezca. En esa tierra eterna el tránsito es movimiento por un presente continuo. Es un error el desglose en capítulos para aliviar al lector del toque desasosegante al que invita el no-tiempo…

Así es, el diario de viaje de Basho no nos cuenta nada, no contiene narración alguna. No hay relato salvo las teselas de un mosaico que no culmina mostrando una figura específica. En el viaje por Oku solo encuentran nombre las impresiones que Basho va recogiendo. “Se va la primavera/ lloran las aves, lágrimas en/ los ojos de  los peces”. Su capacidad de imaginar encuentra su plenitud en el decir de las cosas que son. El tiempo queda roto y todo va emergiendo en una sucesión de pinceladas sobrias. La imaginatio vera se transciende y desata en la simple atención. “Me quedo un rato/ detrás de la cascada/ Entra el Verano”. Diario de viaje, partitura del alma abierta a la vida. Solo importan las notas musicales que animaron y tocaron el ánimo. Mas allá de esas notas el Misterio de ese fondo sin fondo.

Saber del tránsito por estas tierras vivas no depende de la inventiva del hombre que nos ofrece sus palabras. Basho, sin quedar al margen de lo que se nos va diciendo, es solo una referencia más. En sus palabras aparece el propio Basho pero también están, al mismo nivel, los paisajes, situaciones y personajes que van irrumpiendo. No podía ser de otro modo ya que no hay una narrativa que de cuenta de una perspectiva. El alma de Basho queda limpia y abierta al mundo que le circunda y éste nos transmite esa serie de momentos y presencias singulares. Su perspectiva es la del que deja de lado tener perspectiva y aportar haces de sentido propios. “Junto al alero/flores que nadie advierte/ flor del castaño”.

Como sucede con la pintura de inspiración taoísta los trazos simples acontecen en el blanco del papel y esa blancura, sin constituir ella misma trazo o figura alguna, es tan decisiva como los mismos trazos. Esta misma blancura, en la poesía de Basho, es ese vacío narrativo que todo lo compendia y, al tiempo, el alma de Basho vaciada de sí, silenciosa y abierta al peregrinar por las tierras de Oku… El vacío de Basho remitiéndose a un vacío en el que todo acontece… El acercamiento al Misterio desde la atención más desnuda… Desde esta perspectiva cualquier apelación a un tiempo lineal y a una narrativa solo manifestaría el propio psiquismo del hombre. Se trata justo de lo contrario. Basho trata de prescindir de lo humano demasiado humano para descubrir qué emerge en la mirada; pero, ¿qué es Oku?

Oku es un topónimo pero también significa “al fondo”, “lo hondo”. Basho juega con un doble sentido en el que el topónimo revela otra significación. ¿qué subyace a lo que se nos aparece?, ¿qué presencia revela?. Los traductores han jugado con el campo semántico de Oku. Antonio Cabezas, el traductor de la edición de la Editorial Hiperion nos habla de “Senda hacia las tierras hondas”. Dorothy Britton tradujo Oku como “la senda estrecha hacia una provincia lejana” Manuel Luca de Tena estima[1] que la traducción más fiel sería “Sendas al final del más allá”. Como dice Antonio Cabezas en la introducción de su edición de la obra “en cuanto a lo de Oku todos los comentaristas están de acuerdo en que Basho quería denotar un viaje poético y espiritual”[2]. Por eso se ciño su hábito de monje zen en el peregrinar. Estamos pues ante una obra poética, una peregrinación espiritual y un viaje interior hacia el Misterio de lo que “simplemente es”. Tal viaje se hará posible en la precisa medida que retiremos de nuestro mirar todo lo que pueda lastrar la mirada. Un viaje a esa tierra más allá de ese tiempo imaginario que el hombre elabora y se cuenta a sí mismo anhelando sentidos que el mismo pone, una tierra más allá del más allá como dice el sutra

Contemplar al atardecer en un playa remota, recoger conchas rojas, ir a ver una cascada, adentrarse en un viejo bosque, atender a la luna rotunda del Verano, rezar en un santuario, dejarse tocar el alma por unas ruinas, acogerse a un templo, bucear en la mirada del que queda abierto a la vida, entregarse al camino con todas sus incertidumbres asumiendo también su cuota de dolor. La luna, a veces, mengua pero la disposición interior siempre es la misma. Pasajes del alma que desnudos aparecen en la mirada del hombre desnudo que todo lo soltó.  Basho, como monje zen, trata de abrirse e indaga en el silencio del alma… Como digo también se abre a su propia decadencia física. Varios de sus haikus quedan dirigidos a la debilidad del cuerpo y a las dificultades del camino. “Piernas débiles/ tendré, pero florece/ el monte Yoshino”; “Pulgas, piojos/ los caballos meando/¡Menuda almohada”.

Como vemos el poeta y monje zen no carece de cierto humor aunque su propia fragilidad quedará sostenida y transcendida por eso mismo que busca. "Piernas débiles tendré/pero florece/el monte Yoshino"(3) nos dirá Basho. Desde la presencia pura de lo contemplado no queda espacio para pesantez alguna. Se asume la propia finitud y la propia impermanencia… Al tiempo se anhela ese acaecer que es tanto donación del ser como acontecimiento íntimo del alma. No será casual que leer a Basho exija de un peculiar estado interior y, en tal medida, de una cierta irrupción de lo no convencional. Es imposible leer a Basho sin compartir, en algún grado, su entusiasmo poético yendo de su mano por las tierras de Oku… En realidad su obra es una invitación a la presencia del ser que se nos brinda, una invitación al no-tiempo que violenta nuestra conciencia corriente. En “Senda hacia tierras hondas” los haiku se suceden pero no solo. La prosa poética que los acoge no se queda atrás y va meciendo ese tiempo eterno, más allá del tiempo, que se va revelando en los haikus. Su ritmo y la carencia de narración nos va tocando también a nosotros, imponiéndonos otra mirada a la usual. “Era un monte de roca viva. Eran centenarios los pintos y cripreses, suave el musgo sobre el suelo y los peñascos. Estaban cerradas las puertas de los pabellones en el risco que coronaba el monte. El silencio era absoluto. Como acaecer de esplendida quietud penetró hasta lo hondo de mi corazón”. Las honduras del alma; uno y lo mismo que las honduras de Oku.



[1] En el libro Destino Japón. Ed Anaya. 1992
[2] Antonio Cabezas. Matsuo Basho. Senda hacia las tierras hondas. Introducción. Ed. Hiperion. Pg 10.
(3) Este haiku de Basho no está recogido en Senda de Oku

miércoles, 16 de enero de 2019

Manifiesto imaginario (poético al modo geométrico)





PRELUDIO: LA IMAGINACION CREADORA

(1)La imaginación creadora a la base de toda intelección, de toda noesis. Somos cuerpo y en tanto cuerpo una rica trama de sensaciones a la espera de sentido. Cuerpo que imagina, siente y dibuja la vida en su trazo. También somos lenguaje. Entre palabras se aquilata nuestro espíritu, nuestras potencias y esa capacidad de sentido. Las ideas y las palabras crean e instauran el mundo que el hombre habita; y tanto es así que la capacidad de entender y discernir -también la de extraviarse- se enhebra desde esas palabras. Las palabras hundirán sus raíces en nuestra imaginación e inventiva. En un nombrar imaginario de palabras imaginadas y sonidos soñados encontrará su piedra angular el ser del hombre.

(2)La riqueza de la idea de alma, en tanto indicación de la vida del cuerpo, será esa atalaya de la que no podemos prescindir. El alma tanteará sus potencias de plenitud poniendo nombres a las personas y las cosas. La capacidad de vida indicada en el lenguaje lo transcenderá. Lo indicado siempre quedará más allá a la espera del hombre que realiza esas potencias; aun así no podrá olvidarse que lo que no se nombra no existe. La cuestión del lenguaje, para el hombre, será constitutiva. El lenguaje servirá de espejo de su propia capacidad de vida y experiencia.

(3)Del mismo modo que el mundo que reconocemos queda delimitado desde nuestra interioridad la vida del alma, en su misma constitución, queda abierta a la exterioridad. Conocemos, somos y accedemos a lo real a partir del estado de nuestra alma y así alumbramos mundos. Lo interior y lo exterior se encuentran en un absoluto régimen de reciprocidad, retroalimentación y copertenencia; hasta el punto que de la propia capacidad de imaginarnos y representarnos el mundo dependerá la realidad que reconocemos y habitamos. De diversos condicionamientos y a prioris internos dependerá la imago mundi de la que somos capaces y, desde ella, nuestra capacidad de conocer. Me limito a constatar el carácter creador de nuestra capacidad de comprensión y de nuestro juicio y entendimiento. En ese proceso el lenguaje y el “cómo nos relatamos el mundo” vehiculará y dará forma al intenso vínculo existente entre nuestra capacidad de imaginación y la sección de lo real –por utilizar una expresión jungueriana- a la que accedemos. El término no es baladí. No olvidemos que atender a la urdimbre imaginaria del proceso cognoscitivo no nos conduce a la imposibilidad del conocimiento sino a ponderar la cualidad del imaginario que ampara y promueve el conocer.

(4)A esa urdimbre se brindará lo real esperando la respuesta del conocer del hombre y el emerger de su propia vida -la vida de lo real- en la medida del hombre. Al encuentro de lo real el conocer del hombre responderá imaginando desde la propia medida de lo humano. Lo real encontrándose con el imaginar del hombre... El imaginar del hombre accediendo al reconocimiento de lo real en su propia plenitud y forma... Lo real encontrará así su ser y expresión humana. Lo real, lo máximamente real, no es; carece de forma por acogerlo todo A sí mismo se encuentra en los seres y en la multiplicidad inagotable que acoge. Todo es lo real soñando su propio sueño, tanteando su ser y su carne.

(5)De la actividad del imaginario dependerán desde determinados aconteceres cognoscitivos hasta el trastorno de la capacidad de conocer en la esterilidad del propio imaginario. La capacidad de imaginarnos y representarnos el mundo a partir de una doxa[1] dispuesta y receptiva al logos o sentido de lo real –la endoxa platónica- será la condición de posibilidad de ese acontecer cognoscitivo.
Como podemos advertir en el mismo núcleo del pensamiento platónico la endoxa y una actividad del imaginario bien orientada, una pistis[2] apropiada, será lo que facilite la salida de la caverna platónica. No olvidemos que para Platón tanto la pistis como la doxa tienen una base imaginaria de tal modo que de su buena orientación dependa quedar receptivo y dispuesto al logos[3]. Logos la palabra que instaura el mundo por ser capaz de reconocerlo, el horizonte de sentido de lo real, lo que da razón de lo real brindándose al hombre, ese plano de sentido que expresa la forma de una multiplicidad dada y aparentemente dispersa, el ser de las cosas que son, el lenguaje que lo apunta… El logos como horizonte de sentido que para poder ser hallado necesita de un cuerpo que sueñe e imagine. ¿Donde queda palabra que instaura la vida?


DE PALABRAS Y CANTOS

(1)El lenguaje es nuestro límite pero al tiempo nuestra fibra. Límite y fibra sirven nuestra forma, es decir, lo que nos delimita, y singulariza. Precisamente, el hecho de que la palabra nos constituya y modele es lo que permite afirmar que lo que no se nombra no existe, cerrándose así su emerger en la conciencia. Más allá del extendido culto a un experiencialismo de orden sentimental, que se contrapone a lo racional, advirtamos cómo nombres y palabras delimitan posibilidades de sentido y discernimiento. Y no sólo. En la palabra acontece la propia instauración de la vida, de la vida de la que somos capaces. La palabra será así símbolo de algo que la transciende pero, al tiempo, la exige. En la palabra viva vendrá a cobrar figura nuestra capacidad de experiencia y nuestro conocer. Por esto mismo la importancia de saber nombrar y dejar ser a las palabras de cara a la cualidad y forja de la propia capacidad de experiencia. De metáforas y recursos hermenéuticos dependerá la textura de vida que surja de todo acontecer. De la carencia de tales recursos, incluso, se podrá derivar el desplazamiento de la conciencia y la ignorancia sobre ciertos procesos vitales y sobre ciertos repertorios de experiencia.

(2)Toda narrativa, sea ésta mítica, poética o filosófica, no será sino la estela dejada por alguna singladura del alma al tiempo que el intento de elaborarla y componerla. De ahí su interés y su inteligibilidad. La palabra, en tanto símbolo, encontrará así su esencia más allá de sí y en la propia carne del hombre. Así las cosas, de lo que se tratará será de adentrarse en estas expresiones –básicamente narrativas- que destilan, refinan y asientan la capacidad y las variedades de experiencia del hombre en tanto cuerpo sintiente.

(3)Acogerse a palabras inadecuadas o ajenas a nuestra intimidad será todo menos irrelevante de cara a la densidad con que se nos brinde la vida. Conviene no olvidar que nombrar la vida del alma, lejos de responder a criterios unívocos, se desgrana desde temperamentos y contextos bien diversos. Con todo, más lesivo será acogerse a ideologemas o convenciones sociales que, inadvertidamente, estabulen nuestra capacidad de experiencia. Ernst Jünger nos recordará en La Emboscadura esta dimensión mediadora del lenguaje como fuente de vida. En sus propias palabras “El lenguaje forma parte de la propiedad del ser humano, de su modo propio de ser, de su patrimonio heredado, de su patria, de una patria que le toca en suerte sin que él tenga conocimiento de su plenitud y riqueza... Así como la luz hace visible el mundo y su figura, así el lenguaje lo hace comprensible en lo más íntimo, y no cabe prescindir de él, pues es la llave que abre las puertas de los tesoros del mundo. La ley y el dominio en los reinos visibles y aún en los invisibles comienzan con el poner nombre a las cosas.”

(4)Del encuentro con la palabra viva dependerá algo que rebasará completamente lo meramente verbal, lo libresco, lo erudito y el puro significado mental de los conceptos. Efectivamente, más allá de la representación y de lo meramente enunciativo la palabra nos indica esa clave en la que la vida irrumpe. Esta intimidad con la palabra, capaz de revelar su naturaleza creadora, nos la muestran singularmente los poetas. Su especial modo de relación con la palabra, es el que con mayor nitidez nos revela cómo ésta, transparentando y cristalizando mundos y realidades, manifiesta su potencia creadora. Y es que la poética, acaso como ningún otro uso del lenguaje, acusa ese grado de intimidad con la palabra. Una intimidad creadora y fértil que nos revela la esencia de la palabra como forja de lo humano. En pocos ámbitos como en el de la poesía se nos ofrece y desnuda el lenguaje con tanta claridad. Por eso la palabra propia que alumbre la vida de cada cual siempre será palabra poética... Esta potencia creadora de la palabra, generalmente impensada, nos dará cuenta de la esencia y del misterio que acoge el lenguaje.

Hugo Mujica, en la estela de Martin Heidegger, se refiere a esa palabra de vida como a la expresión de un “escuchar ontológico”, es decir, de una escuchar del Ser. El Ser, lo que es, to on. En sus propias palabras, “el hombre volverá en ello a lo propio y desde lo propio todo será puesto inicialmente al descubierto... y -el hombre- será tocado por la esencia cercana de las cosas. El hombre mortal habitará, en definitiva, poéticamente, habitará desde la manifestación inicial, creacional, desde la poiesis. Y volverá a conjugar el juego del mundo, el juego de los mortales y los dioses, el cielo y la tierra, un día de fiesta…” El hombre se volverá hacia lo propio nos dice Mújica, esto es, hacia las posibilidades de su alma. Ahí precisamente acontecerá la vida y se aquilatará el espíritu. En la sensibilidad poética la palabra encontrará su carne y la más refinada potencia de vida. En la poesía se revela el poder fundamental de la palabra. Un poder que, a partir de la visión y la simple escucha, realiza, cristaliza y aquilata la apertura al ser de las cosas que son, la más desnuda contemplación de lo que es.

(5)Hasta lo dicho llegaría la tensión de la palabra llevada a esa esencia simbólica que se limita a indicar. Hasta la misma instauración de la vida más allá de la propia palabra. La palabra como espejo y acicate que siempre se transciende a sí mismo, como insinuación que inspira y cataliza figuras de vida... Con la capacidad de ver y de crear nos las vemos. A eso mismo aludirá el término griego poiesis -producir, crear-. No se trata pues de un mero tema estilístico o de un exclusivo ejercicio retórico. Ahí palabra poética equivale a palabra propia, a palabra íntima. Y la palabra propia lo será por conjurar la propia plenitud, por resonar en nuestra vida anímica y por servirnos de cauce íntimo. En relación a lo dicho es completamente irrelevante la autoría de tales palabras. Ya he indicado que tampoco es cuestión de su brillo formal. Estamos ante un encuentro con el lenguaje capaz de remontarse hasta esa esencia creadora de la palabra que tan bien nos muestran los poetas en su canto. Apelar a la poesía no supondrá, ingenuamente, animar a imitar las tareas versificadoras de Píndaro o de algún poeta sino encontrar la palabra propia que libera el alma. Tanto da si uno se dedica o no a la escritura ya que poeta es quien moldea, crea y redescubre el mundo desde su percibir y sentir íntimo. De ahí el significado de poiesis. Se trata pues de encarnar esa esencia del lenguaje que instaura realidad y vida a través del encuentro con la palabra que hace ser. Toda palabra creadora participa de esa esencia poética del lenguaje. Ahí la palabra se hace carne, alumbra universos, transforma mundos y cristaliza visiones. Por eso, quien encuentra la propia palabra, accede a una auténtica reserva del espíritu y la creatividad humana. Tal será el sentido de la relevancia de pensamiento, imaginación y palabra en la propia senda vital. Hombre y relato serán uno y lo mismo.

(6)El encuentro con las palabras de los demás no será desde luego un asunto menor. Advirtamos la enorme riqueza que depara el encuentro con la palabra de esos pioneros que se adentraron por estas mismas veredas del espíritu al encuentro de lo real y su misterio. Su testimonio recapitula la cualidad de su viático. El encuentro con estos ecos de vida olímpica, abiertos con naturalidad a literatura, arte, filosofía y teología, tendrá una gran relevancia. No olvidemos que en las tradiciones humanísticas acontecen cifradas las posibilidades y potencias de la vida del alma. Este viático, desde diversos temperamentos, nos congrega. Ahí las palabras son del hombre abierto a la vida y poeta es quien desnudo las encarna. La referencia de la autoría se diluye jubilosa y liberada de ese dogal

(7) Dice el aforismo que lo que no es tradición es plagio. Y así es si atendemos al significado original de la palabra tradición (en latín traditio), es decir, transmisión. Las palabras nos vienen dadas brotando desde la misma urdimbre de lo humano. Son nuestro patrimonio excelente; el reconocimiento de la excelencia de los que fueron y serán. Las palabras y sus iluminaciones; los nombres que indican la apertura al ser que se nos brinda; la tarea íntima de lo humano atendiendo a diferentes temperamentos y culturas. Todo comienza dando nombre a las cosas… Con todo, el lenguaje nos desnuda al brindarnos el ser de la vida y nos descubre desposeídos en el lenguaje mismo. No es el hombre el que canta sino la vida indestructible la que a sí mismo se canta en el canto. La vida dionisiaca y divina que encuentra su residencia en la palabra y su culminación en la vida excelente del hombre que a lo divino queda abierto. No somos sino vida, vida indestructible.




[1] En griego clásico opinión. La doxa griega no quedaba vinculada con la racionalidad que es capaz de esgrimir quien algo conoce sino con un imaginario que se adopta como propio. El terreno de las convenciones sociales y de los imaginarios colectivos que nos vienen dados será el terreno por excelencia de la doxa. Atendamos a como la doxa u opinión queda entendida no desde su propio argumentar, meramente retórico y virtual, sino desde su incapacidad para la racionalidad. No olvidemos que para la paideia griega las ideas de intelecto o razón quedan vinculadas no con una capacidad meramente logicista, argumentativa o retórica, esto sería lo propio de los sofistas, sino con la verdad y el sentido que desvelan.
[2] La pistis, en la paideia griega, alude a la fe y al acercamiento piadoso a los dioses y a los ritos que los rememoran. La pistis será la base de las tradiciones mistéricas griegas.
[3] La necesidad de un imaginario orientado hacia el logos se enriquecerá con los aportes de Aristóteles apelando a que el conocimiento se nos brinda a través de imágenes; con lo que el conocer exigirá de figuras y esquemas capaces de compendiar lo que en principio se nos ofrece disperso. Los estoicos, dando por supuesto esta operativa de imágenes y esquemas en el conocer, diferenciaran nítidamente una phantasia con relevancia cognoscitiva de otra que carecería de esa capacidad. Así se consolidará otro jalón importante de las veredas de la imaginación creadora. Las tradiciones medievales de la imaginación creadora, sus sabios, filósofos y poetas, se servirán de todo este preludio griego.

jueves, 10 de mayo de 2018

Claudio Rodríguez: Tiempo de muerte y retorno


Leo estremecido “Casi una leyenda”, el último libro de Claudio Rodríguez. Vuelvo y vuelvo a sus poemas y toco su acercamiento a la muerte, su desconcierto, los destellos de la ebriedad y la gracia reveladas, la confrontación con la nada que irrumpe, con los amores que siendo se van,  el desgaste y el tedio, la debilidad del cuerpo que todo lo corroe... Nos despedimos y surge un resabio sordo de amargura pero, al tiempo, nos alcanza un Misterio ubicuo y una claridad que duele, un Misterio que es vida, la vida que habitamos, la vida que nos vive. Para el poeta una melodía de salvación que no oímos por ser nosotros mismos sus notas, “Estas sintiendo ahora/ este aire de meseta, el que más sabe/el de tu salvación que no se oye/ porque tú eres su música”.

No podría ser de otra manera. Consideremos que en este poemario la coacción del tiempo y su misterio serán su hebra capital. Cuando el cuerpo va fallando el espíritu se abre al dolor y al olvido. Nuestro espíritu pierde su capacidad de templar en el golpe seco de la enfermedad y del cuerpo doliente; “la mayor injusticia de la vida/es el dolor del cuerpo/el del espíritu/ se templa con espíritu”… Es terrible el diagnóstico. En realidad no es solo el cuerpo, es la intimidad viva la que se va agotando asomándose a su propio término. El instante pierde trazo en el acoso de un tedio plomizo. La lluvia, antaño iluminada, deja de inspirar. Pasa a ser agua que nos lava y nos abisma en una mismidad vacía en la que nada somos. Nos duele el tránsito y tanto recuerdo disipándose: “¿Y no hay peligro, salvación, castigo/ maleficio de Octubre/tras la honda promesa de la noche/junto al acoso de la lluvia que antes/era secreto muy fecundo y ahora me está lavando/el recuerdo, sonando sin lealtad,/ enemiga serena en esta calle”. El poeta azorado mira a los ojos de su propio desconcierto y advierte ese lavado del alma que es olvido en el que la nada y la noche irrumpen. “Ahora es el momento del acoso,/del asedio en silencio,/del rincón de la mano con su curva/y su techumbre de codicia. Ahora/es el momento de esta luz tan tenue,/alta en la intimidad del frío seco,/de este Marzo tan solo”. Lo finito y lo mortal rechinan cuando “se hace de noche y crece el cielo” nos dirá en otro poema. Ante tal tránsito solo cabe el propio acuerdo. Un acuerdo que el cuerpo y la propia vitalidad se resisten a dar. Un acuerdo que deviene silencio, atención pura y apertura del alma... Eros asoma y despierta; “un amor sin dueño” nos dirá el poeta... Como esa mirada sin dueño que encendía la vida en “El don de la ebriedad”... De un lado el propio silencio abierto a la vida y su declinar, en clave pura y simple de atención amorosa, acogiendo y cantando su propio crepúsculo. La mar tranquila del alma, sus aguas claras que todo lo reflejan... Del otro ese “mar que todo lo sabe”. Un mar que es término, puerto y destino, gran silencio que todo lo acoge; “el silencio del enamorado, el silencio que dura”. Una claridad que acaso sea palabra para el alma, “alegría nueva”.

El tránsito es complejo. La muerte y sus aguas suben el nivel y todo va quedando atrás. Nos acosa ese desasosiego y una aduana infranqueable nos lo exige todo… “Estoy llegando tarde. Es lo de siempre./Llega el deseo de claridad,/del silencio maldito ya muy cerca/como aleteo en lunación de alba./Y no hay manera de salvar la vida./Y no hay manera de ir donde no hay nadie./Voy caminando a sed de cita, a falta/de luz./Voy caminando fuera de camino”. Acaso, para vislumbrar ese amor, la gracia deba brindarse inmerso en la tiniebla y la noche. Tal amor es un don, pura gratuidad que no nos corresponde ni poseemos. Ahí el misterio salva y se brinda, “la vida que vive” nos dice el poeta. Aflora la visión vivificante. Esa visión que es receptividad y potencia desnuda del alma. “tanta alegría hacia la claridad,/ tanta honda invernada./Y el cuerpo en vilo/en la alta noche que ahora/se ve y no se verá/y no tendrá respiración siquiera”. El poeta mira estremecido la contracción y la muerte que nos devuelve a la vida de todo, y lo hace con temple; asumiendo su tránsito hacia la nada. Está desnudo; ya no es dueño de nada, ni siquiera de sí.

En el poema “Un brindis por el seis de Enero nos dirá” “Heme aquí bajo el cielo/bajo el que tengo que ganar dinero./ Viene la claridad de la ilusión,/temor sereno junto a la alegría/recién nacida/ de la inocencia de esta noche que entra/por todas las ventanas sin cristales,/de mañana en mañana/ y es adivinación y es la visión/lo que siempre se espera y ahora llega,/está llegando mientras alzo el vaso/y me tiembla la mano, vida a vida,/con milagro y con cielos/donde nada se oscurece. Y brindo y brindo./Bendito sea lo que fue maldito./Sigo brindando hasta que se abra el día/por esta noche que es la verdadera.”

Con todo, este maestro de poetas no se deja llevar en el consuelo de algún género de retórica metafísica. Bien sabe que la perspectiva metafísica, con su haz de sentido ubicuo, de serlo no puede ser consuelo y comodidad sino experiencia viva de una gracia que todo pareciera arropar. El poeta se abre a su propia experiencia, intuiciones y desconcierto dejando ser a la palabra que lo habita; también se abre a la presencia del cuerpo amado en plena contracción, esa presencia que fue y es. “Esta noche de julio, en quietud y piedad,/sereno el viento del oeste y muy/querido me alza/hasta tu cuerpo claro,/hasta el cielo maldito que está entrando/junto a tu amor y el mío”.

Se trata de abrirse, de ser capaz de sentir para así poder ver. La danza del poemario encuentra así su ritmo en toda esta apertura que va componiendo el crepúsculo. En la misma, la finitud y la extinción contrastan con ese cielo salvífico que todo lo termina ocupando porque solo El es. La palabra que nombra tal visión se reconoce enigmática y críptica elevándose desde el trazo de lo cotidiano a partir de todo ese desconcierto. Por eso se nos exige detenernos en cada poema para despojarlo de toda capa que lo encubra y atisbar su aliento secreto. La belleza de la palabra, encendida y vibrante, se hace tan evidente como la recámara del canto; un más allá que supera al propio poeta, un más allá que nos dice y nos mide aunando todo contraste. “Aquí ya está el milagro,/ aquí, a medio camino/ entre la bendición y la lujuria/y la luz sin fatiga”. La música del Invierno en el alma…

La vida íntima del alma, que es vida común y tarea del hombre, se nos muestra en "Casi una leyenda" clara en su actividad. Ésta ya no queda constituida por el furor celebrativo de “El don de la ebriedad”, esa escucha ebria y festiva del ser y su presencia. Hemos virado hacia otros parajes. La atención a la vida que todo lo revela parece detenerse ahora en la muerte que todo lo acoge; ese viento de ocaso, ese blanco sin mácula que devuelve todo color, esa oscuridad tranquila en que los relieves y los afanes se apagan, ese anihilamiento del alma más allá de memoria, inteligencia y voluntad (cfr. San Juan de la Cruz). El poeta mira todo eso en su vida y en su cuerpo; no huye, aguanta el tirón. Y así queda abierto al ser del crepúsculo, un ser en penumbra y bifronte, un ser que muestra un pasaje de retorno a esa esfera de la que nunca salimos. Como en “El don de la ebriedad” se trata de cantar al ser que se desvela; ahora bien, el poeta en “Casi una leyenda” canta el ser de las cosas que son pero no en la Primavera de la vida. Canta a su propio Invierno dirigiendo la mirada al crepúsculo en el encendido que lo ilumina. Así, el poeta queda abierto al ser del ocaso del alma, a lo que éste revela y a la apertura poética que promueve. Somos dichos, lo inefable emerge y, de su mano, también emerge el desconcierto de la identidad. Estamos ante un canto al ser crepuscular. Por eso sus poemas adquieren un tono de enigma, de misterio que se acoge esquivamente a la palabra. Y por eso los versos invitan a varias lecturas, a desfondarse en la belleza del lenguaje, a perderse en el enigma, a volver y volver sobre los versos, versos claros que emergen de lo cotidiano pero escurridizos y crípticos ante el presentir de la finitud. La mirada poética, lejos de interrumpirse, encuentra ahí su yesca. La honradez del poeta es extrema, se abre al dolor y encuentra un viento de meseta que clarea y duele.

¿Muerte?. ¿Invierno?. Resurrección?. En el poema los almendros de Marialba atiende el poeta al frío invernal, a la poda de madera seca, a “la savia sin prisa de la muerte” y al canto en el alma de un Invierno siempre crepuscular. El canto no cesa y, en realidad, es el Invierno el que le canta al alma. El cuerpo se apaga y se inicia el tránsito a las “aguas abiertas”, sin límite ni forma. Ahí, la lucidez del alma, solo puede ser escucha del ser y visión que ilumina. La mirada, encantada y encantante, que atiende al ser retornando a su matriz.  La verdad es también la visión del crepúsculo. La verdad del ser que se enciende y apaga(según medida). El poeta se preguntará “¿todo es resurrección?”; el renacer queda imbricado en el ocaso acogido al propio proceso de la vida toda. Nueva vida, la vida de la vida contemplada por un ser finito y exaltado. En palabras del poeta:

“Después de tantos días sin camino y sin casa
y sin dolor siquiera y las campanas solas
y el viento oscuro como el del recuerdo
llega el de hoy.

Cuando ayer el aliento era misterio
y la mirada seca, sin resina,
buscaba un resplandor definitivo,
llega tan delicada y tan sencilla,
tan serena de nueva levadura
esta mañana...

Es la sorpresa de la claridad,
la inocencia de la contemplación,
el secreto que abre con moldura y asombro
la primera nevada y la primera lluvia
lavando el avellano y el olivo
ya muy cerca del mar.

Invisible quietud. Brisa oreando
la melodía que ya no esperaba.
Es la iluminación de la alegría
con el silencio que no tiene tiempo.
Grave placer el de la soledad.
Y no mires el mar porque todo lo sabe
cuando llega la hora
adonde nunca llega el pensamiento
pero sí el mar del alma,
pero sí este momento del aire entre mis manos,
de esta paz que me espera
cuando llega la hora
dos horas antes de la media noche
,
del tercer oleaje, que es el mío.”

domingo, 2 de abril de 2017

Claudio Rodríguez, ontológicamente poeta





(I)

El don de la ebriedad, el don de una mirada que enciende los cuerpos y la vida, el don de la realidad participada por el canto a través de una palabra que indica presencia y, más que redención, una ebriedad desatada que al Ser y su escucha queda abierta… Imaginatio vera. No olvidemos que el imaginario lejos de quedar confrontado con la capacidad cognoscitiva se reconoce en su misma raíz.

El joven poeta camina por los campos de su tierra castellana y abierto queda a la claridad, al cielo bien abierto, a los cuerpos que se encienden. El amor todo lo acoge; la claridad viene del cielo nos dirá, una claridad que todo lo ocupa y que, rauda y sedienta de formas, se lanza a una tierra que solo espera la vida desatada. Ser cuerpo y tierra no es más que esperar tal amanecida y el dolor un viento que clarea…

El joven poeta bordea deslumbrado los misterios de la vida y aun lejano tiene el duro peaje del frío dolor –que llegará-. Sabe del poder de la mirada y del cuerno de la abundancia en el que arraiga la vida de los hombres. Todo le será superfluo excepto este encuentro en la propia mirada. Estando la vida iluminada al alcance de la mano, ¿quién dijo miedo?, ¿quién dijo dolor?. “Como avena que se siembra a voleo y que no importa que caiga aquí o allí si cae en tierra”…

“El don de la ebriedad” es un libro en que la vida del hombre encuentra y reclama su propio manantial. El Ser queda indicado como paso honroso, como vida que a los cuerpos ilumina; y el poeta lo testimonia en su canto y su palabra. Esta gran iluminación, la del Ser que se arrima, acompañará toda la vida al poeta el cual aquilatará y madurará la revelación del éxtasis, del fervor ante la vida, del rapto y de la inspiración por la figura de las cosas. El canto y la palabra deben ceñirse al cultivo de la mirada; a la realidad tal cual que en su desnudez abre el ojo de los hombres

Toda la obra de Claudio Rodríguez encuentra en su libro inicial su andamiaje básico aunque el vino que se escancia madurará y el éxtasis se hará más sobrio y contenido. Con los años el poeta conocerá la prueba del dolor, sabrá del miedo que acorrala al hombre aunque no doblará la cerviz ni renegará de la perenne amanecida del canto y del momento iluminado. Al tiempo, se preguntará por la cosecha malograda, por lo que de malogrado tiene todo mirar, por la pugna del éxtasis que no alcanza. La vida mundana nos adormece pero la naturaleza que nos abre siempre queda cerca y en esa aporía habitamos. La vida deslumbra y sigue deslumbrando, el frio amenaza y quiebra, y todo parece quedar a medias ante la gran intuición que nos tuvo. ¿Fue acaso ignorancia?. El propio poeta nos desafía pero, ¿no queda acaso la ignorancia integrada en la iluminación y las cosas de la vida?. El poeta nos recordará a San Juan de la Cruz “… y cuando salía/por toda aquesta vega/ya cosa no sabía”. ¿No es la vida perder la chaqueta; perderse y rencontrarse por esos caminos de Dios?. ¿No es la vida de cada cual vida de la vida, vida regalada y no propia, vida gratuita?.

Siempre sabrá Don Claudio de la verdad radiante, la que el poeta debe indicar, de tal modo que, de no hacerlo, su prosodia quede indigente, estéril en el mero ejercicio de estilo. La tarea del poeta apunta a la tarea del hombre: airear el vínculo íntimo que desde las palabras nos abre a la desnudez de las cosas para encontrar ahí la propia esencia; advertir al tiempo una distancia infranqueable. Ese Ser que se revela en todo ser instalándolo todo en un Misterio que se aleja. Todo queda arropado pero nada se termina de brindar y la muerte y el dolor acosan. El Misterio tremendo que revelado se nos brinda nos desconcierta por retraerse en su brindarse. “Por que desplaza el mismo aire el gesto/ de la entrega o del robo,/ el que cierra una puerta o el que la abre,/el que da luz o apaga”. La plenitud desvela nuestra límite y finitud pero el Absoluto no por eso deja de convocarnos... El poeta nos recuerda a Santa Teresa: “Si se acercara a mí, si me inundara/la vida con su vida tan intensa…/ No lo resistiría. Pero/ ¿acaso alguien es digno de ello?”

Este desequilibrio interno le indicará al poeta un camino para el cultivo de sí. Hay que saber templar como en las corridas se templa al toro y su embestida –pues la vida es un toro terco y bello-. “Soñar es sencillo pero no contemplar”, nos dirá el poeta. No basta el reconocimiento de la potencia de la vida. La contemplación será también pensamiento, cultivo de sí que aquilata y germina, virtud que se alumbra y nos alumbra, música callada y misterio que nos prende y asimila… “y estoy dentro de esa música, de ese viento, de esa alta marea que es recuerdo y festejo, y conmiseración”.

En “El don de la ebriedad” el joven inflamado en su éxtasis casi dejará de lado la cuestión del dolor y de las deudas del corazón. En “Alianza y condena” indagará en el sentido que la contemplación dispensa en la finitud. ¿Qué clara contraseña/ me ha abierto lo  escondido? ¿Qué aire viene/y con delicadeza cautelosa/deja en el cuerpo su honda carga y toca/con tino vehemente ese secreto/quicio de los sentidos donde tiembla/la nueva acción, la nueva/alianza. Da dicha/ y ciencia este suceso. Y da aventura/en medio de hospitales/de bancos y autobuses, a la diaria/rutina. Ya han pasado/ los años y aun no puede/pagar todas sus deudas/ mi corazón. Pero ahora/ este tesoro, este/ olor, que es mi verdad/que es mi alegría y mi arrepentimiento/me madura y me alza”… Pero a quién alza, quién habla en el poema, quién es dicho por la palabra y por el canto, por la potencia del instante. El poeta, ya maduro, se distancia de su condición de autor. Incluso hay veces que le cuesta reconocerse en sus versos ya que ahí fue dicho más allá de sí. Es la palabra quien nos dice, el Ser que irrumpe en nuestra vida, palabra del Ser y de la vida mas que del hombre. El poeta, en encendido éxtasis, canta más allá de sí e instalado queda en el horizonte. Intuyendo y quedando abierto al ser el poeta es hablado y su palabra es del Ser convocando al hombre. La palabra como casa del Ser, clamando ese paso honroso abierto hacia la simplicidad de las cosas que son; la manzana, el golpe de aire, el agua marina, la sábana recién doblada, el aroma del cuerpo de la amada; el Ser como presencia y horizonte...


(II)

Como podemos observar la poética de Don Claudio es algo que más que una mera comunicación sentimental o un vacuo y adornado ejercicio prosódico. Es un conocer y un reconocer, una poética que, entregada, indaga en la capacidad de vida y existencia, en la capacidad del hombre de tejer realidad y sentido. En la palabra del poeta la realidad misma queda alumbrada en esa capacidad de nombrar que se brinda a la medida de esa “fluencia de la vida” que el poeta nos indica(1); de esa vida fluyente de los hombres que, poéticamente, encuentra la ocasión de quedar alumbrada en la simple atención al brindarse del Ser de las cosas.

Efectivamente, la cuestión del Ser queda convocada en la poética de este poeta zamorano. La cuestión del Ser y la del hombre que al Ser queda abierto en el brindarse de la vida que no es sino vida del Ser, vida del Ser que se canta y nombra. La vida del hombre encuentra así un registro tan íntimo como singularizante que lo distingue del resto de seres. Tal registro será el de la simple apertura y escucha del Ser en tanto lo propio y lo propicio. Precisamente por eso la palabra poética, desde las resonancias que promueva y las sendas que indica, será alojamiento y casa de ese Ser que gratuitamente se nos brinda. El lenguaje como casa del Ser que diría Martin Heidegger; y el canto del hombre en tanto canto y palabra del Ser que el hombre acoge. Como podemos constatar se advierte una clara indicación ontológica -la cuestión del Ser; de lo que es en todo ser- y una perspectiva de lo humano -el hombre como ese ser singular que atiende y escucha la mera presencia del Ser en su talidad; dejando de lado de todo criterio utilitario o de satisfacción de intereses en la atención prestada a los seres-

El autor de la poesía se sabrá vaciado -de su cotidianidad- y rebasado en esa escucha y en la palabra que dimana de la misma. Hasta el punto que el propio Claudio Rodríguez se desmarque de su poesía(2). Más allá de sí acaece el rapto, el éxtasis, el entusiasmo, la inspiración, la ebriedad que muestra la mera presencia del Ser… Todos estos epítetos, más allá de sí, los aplicará Don Claudio al ars poética desmarcándose el mismo de sus propios versos. El poeta apelará a Platón(3). Las palabras del poeta no serán palabras de autor sino de esa vida fluyente que indica el acaecer encendido de la vida, rastros en los que, poéticamente, habla la vida misma, conocimiento vivido que se derrama en intensidad. Dejando de lado al redactor del poema el primado será pues de la propia palabra, de esa palabra que nos dice en nuestra esencia señalando el Ser de la vida en su acaecer. ¿Que será acaso el hombre sino Ser y vida que a sí mismo se canta?





A Claudio Rodríguez, escanciador y poeta

Poeta del momento,
de la vida que germina en la mirada,
del trago de aire y del golpe de agua.
Poeta del espíritu que es aire y agua viva,
del misterio del cuerpo de la amada.
Bardo, amigo de los bardos,
de quienes de poética supieron indagando en el conjuro,
en la palabra iluminada que revela y estremece
brotando de la entraña sin que nada propio medie;
cultivando el misterio de ser dicho…
Como bien dice el maestro: “Miserable el momento si no es canto”.
Miserable la atención olvidada.
Miserable el momento del “yo digo”.
Don Claudio, poeta de la luz de la alborada,
de esa amanecida escanciadora
que en el don de la ebriedad se desparrama.


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(1) Claudio Rodríguez. Desde mis poemas. Introducción. Ed. Cátedra.
(2) Ibid
(3) Ibid