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martes, 3 de abril de 2018

Thoreau y la economía: La práctica de lo salvaje


Otra economía. Economía en su vieja acepción de intendencia de recursos y acondicionamiento de espacios con el fin de asegurar la propia manutención y bienestar; a partir de ahí saber vivir, vivir del modo idóneo, saber distinguir una manutención que abra al mejor vivir de otra que lastre las posibilidades que nos ofrece la vida, ordenar la costumbre, pautar del mejor modo el trabajo y  la cotidianidad… Se dice que Aristóteles dedicó un tratado específico a la Economía y no debiera sorprendernos. La filosofía aspira también al saber vivir, al vivir y su excelencia... Thoreau, con enorme intuición, considerará ambas disciplinas en estrecha conexión; en sus propias palabras “economía de la vida que es un sinónimo de la palabra filosofía”[1].  A partir de ahí no deberá extrañarnos que entienda su vida como un abordaje de las posibilidades efectivas de un vivir orientado desde la admiración por lo real. La admiración, en la que arraiga según los griegos el origen de la filosofía, será para Thoreau la cumbre del saber vivir. Este será el horizonte filosófico[2] en el que debiera culminar la propia economía y, acaso, la economía en un sentido general. Tal será la perspectiva teórica de la que parta el sabio de Walden.
Hablamos de economía en su sentido tradicional, el que le daba Aristóteles, atendiendo a la organización del vivir en el mundo. Thoreau, básicamente, escribía sobre su vida. Su filosofar rebosa en el desplegarse del día a día borboteando a partir de la narrativa de esa cotidianidad a través de una prosa ensayística de altura que deja de lado toda pretensión sistemática. De lo que se trata es de dejar hablar a la propia capacidad de vida, de hablar al ras de la vida misma. La erudición teórica de este singular romántico americano y su conocimiento de los clásicos, amplio e intenso, enhebran así un pensamiento vivo que ansía encarnarse y tomar cuerpo. Ernst Jünger, en Los titanes venideros nos dirá: “El diario es para mí algo privilegiado porque permite registrarlo todo y relatarlo espontáneamente, tal como se presenta, y permite anotar cada intuición con la máxima libertad, sin vínculos formales. Para mí es como una plegaria cotidiana y en parte la sustituye”. Creo que lo dicho contextualiza a la perfección el ensayo de la cotidianidad en el que la obra de Henry David Thoreau alcanza su forma propia. Tanto en lo que tiene de indagación teórica como en lo que tiene de praxis espiritual.
 En Thoreau, efectivamente, su propio habitar en el mundo, su modo de vivir, es lo que hilvana la obra. Al atender estas cuestiones investiga lo que sería una regla de vida vertebrada desde ese admirarse por lo real. De ahí que su obra y, en especial, Walden destaque por ese carácter, conscientemente experimental, en el que las posibilidades de retirarse en el bosque constituyen el experimento; por eso la trama de Walden es lo cotidiano, la manutención más elemental, lo que va pasando, el calentarse, la casa, los cultivos, el bosque y sus habitantes, la descripción del día a día, de los ritmos y procesos naturales… En Walden el filosofar, un filosofar entendido como emboscadura e indicación de lo contemplativo, arraiga y brota como fruta madura de toda esa cotidianidad a partir de la cual uno vive y se mantiene. Recordemos el estrecho vínculo entre modo de vida y filosofía del que parte Thoreau.
Esa vida,  necesariamente, será una vida simple y sencilla y, por tanto, al margen de las exigencias que impone al hombre la vida moderna y el desarrollismo inherente a la economía productiva. La sencillez que postula Thoreau consiste en dejar de lado todo lo superfluo para a partir de ahí podernos dedicar a lo que vida y naturaleza, por su propia iniciativa y presencia, nos brinden. Su postura resulta paralela a la de Martin Heidegger. Heidegger apela en Conceptos fundamentales[3] a la necesidad de ir removiendo y dejando de lado todo la trama de lo superfluo y de necesidades ficticias, siempre crecientes, que van quedando tendidas, como si de señuelos se tratara, en el horizonte vital del hombre contemporáneo. Para Heidegger esta praxis sirve un tránsito que termina por desvelar, precisamente, lo que no nos es superfluo; la escucha del ser, la atención a su presencia. Para Thoreau dejar de lado las necesidades ficticias que nos impone la convención social amparará el desvelamiento de una vida verdadera en contacto con lo real.
Respecto del modo de vida característico de la modernidad nos dirá Thoreau “Vivimos… como las hormigas aunque la fábula nos cuenta que hace ya mucho fuimos transformados en hombres”[4]. Aunque la fábula es de Esopo describe perfectamente el modo en que el sabio de Walden entiende las sociedades modernas y su administración de la vida; una vida que engrana al hombre, como si de una simple pieza se tratara, en una megaestructura social de enorme complejidad. Esta megaestructura, con su propia agenda de rendimientos completamente ajena a los intereses de los hombres que la componen, bien pudiera asimilarse a una entidad colectiva. En tal sentido el símil de las hormigas y del consiguiente hormiguero como marco de vida resulta una analogía fértil ya que es cierto que una sociedad así entendida estaría más cerca de una entidad colectiva que de una comunitas humana de personas, cuerpos y rostros concretos…
La crítica de Thoreau al modo de vida moderno transitará por veredas que, tiempo después, muchos siguen hollando. Al modo de vida vigente lo considera completamente alienado desde las sugestiones compartidas que impone la economía productiva. En tal sentido apelará a esa diferencia de origen platónico entre lo real y lo aparente[5]. La vida moderna quedaría instalada en la caverna[6], en el culto a la apariencia y a las retóricas mentales que ésta le impone al hombre. La apariencia cobraría cuerpo al quedar el alma del hombre seducida por los deseos ficticios de prosperidad que introyecta en la conciencia el modo de vida moderno. El hombre así se vería arrojado a la caverna suponiendo que trabaja para una prosperidad que, en realidad, no sería sino la excitación inducida por esas necesidades ficticias que dejan de lado la propia capacidad de vida. Para el sabio de Walden un mundo de abducción de lo real incapaz de alcanzar la vida más allá de su superficie.
La agudeza del análisis de Thoreau alcanza incluso la cuestión de la máquina en tanto imagen que expresa la mentalidad de nuestro tiempo; lo que Heidegger de un modo paralelo llama la mentalidad técnica. Según su criterio “los hombres se han convertido en herramientas de sus propias máquinas” [7]. Desde esta perspectiva lo que se subraya es una imagen de lo social y de la vida que toma como modelo la maquina; de tal modo que el propio hombre, trabajando y consumiendo, no alcance a ser otra cosa que una mera pieza de la maquinaria global. Así la imagen de la máquina, con sus automatismos, piezas y engranajes, da perfecta cuenta de un paisaje humano en el que los hombre serían las piezas a engranar. “No subimos al ferrocarril, éste se sube a nosotros”[8]; la técnica moderna imponiendo su propio orden y figura e imponiéndose a las conciencias de los hombres…
Resultan radicales y brillantes las intuiciones que Thoreau va deslizando en su obra a propósito de este tema; la realidad, la apariencia “creemos que es lo que parece ser”[9], la caverna, la alienación de lo humano, la sociedad como gran maquinaria y el hombre como engranaje, la mentalidad técnica como la figura del tiempo presente…Atendiendo a lo dicho no será de extrañar que su crítica política alcance al propio Estado en tanto forma política del control total sobre la vida.
Hallar la posible cura a este grado de alienación será el objetivo del experimento existencial que aborda y comparte en su obra. Thoreau entenderá que la “única cura” será “una economía estricta, una simplicidad austera y una elevación de nuestros objetivos”[10]. Y es que, en palabras de Heidegger, dejar de lado esas supuestas necesidades para encontrar lo que no nos es superfluo terminará por desvelar lo esencial al hombre, que no será sino la atención a la simple presencia de las cosas que son. Para Thoreau la vía abierta a la realidad por fin despojada de toda esa maraña de convenciones sociales.
La de la naturaleza, para Thoreau, será la cuestión de lo real, y ésta la cuestión del ser. En sus propias palabras “lleguamos así hasta un suelo duro y rocoso que podamos llamar realidad  y del que podamos decir: esto, sin duda, es”. Respecto de la atención a la naturaleza no se trata pues de una cuestión meramente estética. Este romántico emboscado entiende el acercamiento a lo natural en clave ontológica, como iniciación a lo real y en clave de gozo desatado. En la atención al ser de las cosas que son “la indescriptible inocencia y beneficiencia de la naturaleza, del sol, del viento, y de la lluvia, del verano y del invierno, ¡que salud y que alegría perpetua proporcionan!.”[11] Alcanzar esta plenitud vital exigirá instalarse en esa vida sencilla y simple. En palabras del sabio de Walden “cuando un matemático desea hallar la solución de un problema difícil empieza por deshacer todas las dificultades de la ecuación, reduciéndola a sus términos más sencillos. Hagamos lo propio y simplifiquemos el problema de la existencia” [12]. Solo así descollará lo esencial a la vida tras reducirla a lo más básico.
Esta simplificación de la vida, dejando de lado las sugestiones que impone la vida moderna, alcanza suelo firme en el contacto con la naturaleza. La naturaleza y su experiencia no será un añadido a la vida sino que será lo que originariamente se nos brinde, lo desnudamente real; tanto en términos contemplativos como puramente físicos y en relación al trabajo diario. De ahí que la remisión al ser y a lo real, expresándose como naturaleza, sea la conclusión lógica de esta analogía matemática. Los paralelismos entre Heidegger y Thoreau, tanto en la remisión a lo esencial y a la cuestión del ser como en la disposición que ambos tienen ante la técnica moderna resultan evidentes. La crítica a la borrachera tecnológica que propicia la modernidad, al menos en Thoreau, tendrá a su base la relevancia del trabajo con el cuerpo en plena naturaleza, con la consiguiente técnica básica, en tanto expresión de una economía de manutención a la medida de lo humano[13].
La práctica de lo salvaje. Ya expuse en qué medida indagando en esa economía de medios y espacios el sabio de Walden experimenta las posibilidades de una vida atenta al encuentro con lo real. Thoreau trata de volver al modo de vida de las viejas tradiciones de la physis[14]. La finalidad es hacer de la vida una permanente intimidad entre hombre y naturaleza. Esta  vida sencilla y ajena a las distracciones mundanas abre a lo esencial del hombre. Esta apertura, tanto en términos contemplativos como en relación al trabajo con el cuerpo, será un acaecer y recogerá, como fruta maduro, la vieja actitud filosófica[15] de maravilla y fascinación ante el ser y su presencia. Siendo la atención a la naturaleza lo más propiamente humano la plenitud y equilibrio del hombre dependerá de la intimidad con la misma. Desatender este contacto íntimo con la naturaleza sellará la alienación de lo humano. Esta atención a la naturaleza tendrá a su base la propia naturaleza humana y su corporalidad[16] y no solo en relación al trabajo físico...  “Cada mañana era una alegre invitación para hacer de mi vida algo tan sencillo e inocente como la naturaleza misma… Me levantaba temprano y me bañaba en el lago; era un ejercicio religioso y una de las mejores cosas que hacía”[17] nos dirá Thoreau apelando a la celebración del amanecer y recordando a los griegos[18]. Ser cuerpo, ser naturaleza a través del cuerpo, ser naturaleza, atender a lo real y ser realidad. Dejar de lado lo que es mera apariencia mundana; “sea vida o muerte solo queremos la realidad”[19], el acceso a lo real, la escucha del ser, la vida simple y los trabajos de la vida natural, la vida plena y la gran salud capaz de superar las alienación y lo enfermizo de la vida moderna.
Todo lo dicho será una nota decisiva para entender el perfil de sus acercamientos al espíritu. En tal acercamiento la cuestión del ser, entendida desde la receptividad y atención simple a las cosas que son, será decisiva. Lo será a la hora de entender su propia vocación espiritual y no solo sino también en términos sociales y políticos[20]. Por eso, saber distinguir y discriminar el ser de la mera apariencia será una de las vigas maestras de toda su obra. La plenitud de lo humano y la gran salud, sabiendo dejar de lado la convención social y su ruido mental, será lo que esté en juego. Lo real, la apariencia, el ser, la naturaleza como vehículo de contemplación, entender la belleza moral desde la apertura a lo real… Estamos ante pilares y cuestiones básicas de la metafísica y la reflexión filosófica occidental.
De lo expuesto hasta ahora quizá pudiera entenderse a Thoreau como un asceta que nos invita a una vida singular, dura y eremítica. Efectivamente, su regla o pauta de vida tiene elementos que él mismo califica como espartanos pero no se reduce a una mera ascética entendida como un ejercicio singular de rigor y pretendido dominio de sí. El sabio de Walden lo que propone es un modo de vida y una economía de medios orientada hacia la salud y equilibrio del alma. Consideremos que, por mucho que valore la soledad, Thoreau no se retira a la cabaña de Walden por rechazar la vida comunitaria y buscar un aislamiento eremítico o la mortificación del espíritu. De hecho en el relato de sus días junto a la laguna, allí en, Walden no rehuye de las visitas de los amigos y de cierto contacto con el mundo exterior. “Mi carácter no es el del ermitaño y podría sentarme sin problemas con el más rudo parroqiano de un bar si mis asuntos me llevaran allí”[21] nos dirá.
En realidad lo que reivindica Thoreau es lo que él mismo denomina la práctica de lo salvaje. Su modelo es el de la vida de frontera, la vida natural en contacto con la naturaleza, la frontera oeste completamente al margen de todo lo que supone el modo de vida que irradian las urbes modernas, una frontera al margen de la administración de la vida, un Oeste entendido como tierra mítica y genésica, un modo de vida recio pero fértil espiritualmente. Su modelo, trabajando y contemplando con el cuerpo, es la vida del indio, la del aventurero y la del colono de primera hornada; alguien que asegura su intendencia, su equilibrio y la riqueza de su vida espiritual en esa intimidad con la vida natural. Thoreau apela a un hombre primordial, pleno y, en tal medida, sano; en Walden nos dirá: “no puede haber una melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos”[22]. De este modo re-elabora su sintonía con el romanticismo desde la sensibilidad americana –más rural, más salvaje, menos sofisticada, en una clave de añoranza por la vida del hombre ancestral y reconociendo a ese hombre bien distante de la apresurada y/o refinada vida ciudadana. Ese hombre natural, que en palabras del beatnik y seguidor de Thoreau Gary Snyder, se instala en el “cultivo de los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu”[23]. La práctica de lo salvaje; la ruptura con lo aparente y con la convención social, la vida natural, al encuentro de la naturaleza y del gran caudal de una vida real, la atención a la presencia de las cosas que son[24]



* El dibujo que ilustra la entrada en su encabezamiento es de Frithjof Schuon
[1] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 56
[2] No olvidemos que la filosofía en su sentido clásico se considera maestra de vida y centrada en el arte de vivir. Toda la investigación filosófica sobre la ontología o las potencias intelectivas de lo humano encontrará en la vida –en la afirmación de la vida del hombre-  su cualidad y horizonte propio.
[3] Martin Heidegger.Conceptos fundamentales; curso del semestre de Verano. Friburgo 1941. Alianza editorial.
[4] Henry David Thorea. Walden. ed. Errata naturae, pg. 96.
[5] Cfr Henry David Thoreau. Walden. Donde vivía y para qué vivía.
[6] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae,  99
[7] Henry David Thoreau. Diarios. 30 de septiembre de 1845
[8] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 98
[9] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae,  pg 10
[10] Henry David thoreau. Wal den. Ed. errata naturae, pg 97
[11] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 146
[12] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 97
[13] En este sentido resultan reveladoras las páginas que dedica a uno de sus vecinos, Alek Therien,  y a su modo de vivir en el bosque sin por ello advertir en él una vocación espiritual clara aunque alabando su intuitivo saber, su espontaneidad, su salud interior y su luminosidad anímica. Henry David Thoreau. Walden , Ed. errata naturae, pg. 154 y ss.
[14] Con tal denominación me refiero a las tradiciones de los pueblos que han vivido en contacto íntimo con la naturaleza; hasta el punto de ser la naturaleza ese libro abierto que indica lo sagrado y el misterio. Physis significa naturaleza en griego, no solo en el sentido que damos ahora a la palabra sino también en el sentido de potencia creativa y generador de vida. La idea de Physis es similar a la de natura naturans de la metafísica medieval que retoma el romanticismo.
[15] Thoreau entiende la economía, un saber vivir que persigue la manutención,estrechamente emparentada con el saber vivir de la filosofía que no sería sino la culminación del saber vivir
[16] Sobre la cuestión del cuerpo me extenderé más en la entrada que dedicaré a la contemplatio naturalis en Thoreau.
[17]  Henry David Thoreau. Walden. Ed, errata naturae, pg 94
[18] La tradición pitagórica daba mucha importancia a los momentos del amanecer y del crepúsculo. En las comunidades pitagóricas posteriores a Pitágoras se recitaban los versos de oro en esos momentos del día .
[19] Henry David Thoreeu. Walden. Ed. errata naturae, pg 102
[20] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 103
[21]Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 149
[22] La melancolia llamada de bilis negra aludía a los trastornos  y desequilibrios anímicos especialmente graves atendiendo al lenguaje erudito, de raigambre medieval y renacentista, que aun se empleaba en la época de Thoreau.. Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 140
[23] Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Gary_Snyder
[24] El libro de Thoreau “Un paseo invernal” será un perfecto ejemplo de la práctica de lo salvaje además de un maravilloso poema en prosa, que diría Baudelaire, en el que se da la palabra a la naturaleza. En él mismo se nos narra una experiencia de intimidad y contacto con la naturaleza con el telón de fondo de la dureza, la contracción y la misteriosa belleza del Invierno; resistiendo al Invierno y sabiendo del calor interior que anima el vigor al contacto con los fríos, reconociendo la virtud y la belleza de estar a la altura de la prueba invernal con un ánimo encendido, siendo consciente de la fertilidad espiritual que brota de todo ello.

domingo, 26 de febrero de 2017

La megamáquina: A propósito de Serge Latouche






Lo que llamamos progreso es esta tempestad (Walter Benjamin)


Este no es un blog que suela atender a la razón política. Con todo, lo que tenga que ver con el imaginario termina deslizándose hacia lo que se conoce como metapolítica, esto es, a los hornos y crisoles en que se va decantado cómo reconocemos el mundo y, en tal medida, como entendemos el encuentro con la vida, lo político y la projimidad.

La opinión política –y con la misma toda opinión;  bien lo sabía Platón- depende de un troquel imaginario y no racional. De ahí, que en política, básicamente, se opine –no se piense- recombinándose las propias creencias, suposiciones y proyecciones respecto de las cuestiones públicas; y no será raro que, como bien dice Martin Heidegger “las opiniones más extendidas sean los errores más grandes”[1]. La opinión política queda pues instalada en la esfera de las creencias y en las imágenes preconcebidas que cada cual acoja; las mismas reflejaran nuestras representaciones y concepciones básicas respecto de lo público y las relaciones sociales[2].

Lo afirmado no debería ser entendido como un prejuicio contra el imaginario. La capacidad de imaginar queda perfectamente integrada en la capacidad de conocer y de vivir, hasta el punto de decidir su potencia y alcance; y a lo dicho no es ajena la opinión política. Esta arraiga en disposiciones básicas y representaciones sobre el mundo, de carácter previo, que nos constituyen en nuestra capacidad crítica. Como bien dijo Aristóteles pensamos y discernimos apelando a imágenes y elaborando lo que nos afecta desde esas imágenes[3]. Estas actuaran cono esquemas que ordenan en un plano de sentido lo que se nos confronta. La cuestión es que habrá imaginarios más o menos atinados a la hora de indicarnos, en un contexto concreto, la urdimbre de lo social y de sus conflictos.

Dada la relevancia que el imaginario tiene en el proceso cognoscitivo no será raro que existan determinadas imágenes que, desde su poder evocador, faciliten nuestra capacidad de comprensión por su capacidad para compendiar toda una cuestión. En tal sentido, resulta especialmente afortunada la imagen de la megamáquina que maneja Latouche desde el punto de vista de la crítica política de las sociedades contemporáneas; similar, por lo demás, a la de esa nave jüngueriana, que se lanza al vacío sin finalidad definida salvo su propia y creciente aceleración. Una megamáquina que, acaso, pareciera componer un “ser colectivo” antes que una comunitas humana por quedar todo subordinado a las necesidades sistémicas de un conjunto que nadie define ni establece. Tales necesidades responderán al despliegue y consolidación de esa megamáquina de tal suerte que encuentre en ella misma –y no en las personas que la integran- su propia finalidad. De este modo tan poco ingenuo visualizará y entenderá Latouche el presente. Un presente del que sólo cabe apearse, al que sólo cabe sobrevivir y con el que solo cabe marcar distancias.

En las propuestas de Latouche reconozco cierta sensibilidad cercana a la crítica del nihilismo inherente al proceso histórico en curso, cierto aire jungueriano –por distante- y una disposición romántica que me recuerda a figuras como la de Henry David Thoreau. En su discurso lejos de reconocerse un progresista se advierte un crítico duro del progreso y de la programación de la vida que el progreso exige. No dudo que algún ecopijo pretenda ponerse en la solapa la cara de Latouche pero lo cierto es que su discurso dista mucho del de la izquierda realmente existente –si es que atendemos a su génesis filosófica progresista e ilustrada-.

(2)

Sin piedad. Habrá quien entienda a este teórico del decrecimiento como un contracultural ingenuo, un neo rural o un hippie loco que aboga por bajarse de la moto y por el decrecimiento económico. La imagen que nos sirven los medios de Serge Latouche y de su obra, efectivamente, se corresponde con la de un ingenuo que nos habla de una arcadia de eco-pijo de fin de semana en la que nadie cree pero muchos consumen como imagen de culto. ¿Es posible plantearse políticamente el decrecimiento?... Evidentemente no; a no ser que queremos ver colapsar nuestra sociedad entera mientras nuestros vecinos afilan los cuchillos y pasan a descubrir su lado más predador. Con todo, la lectura de “La megamáquina” deja una sensación de transparencia y pureza que roza la fría crueldad de un análisis implacable. La misma pureza con la que el héroe eastwoodiano pasa a confrontarse, míticamente, con el que lesiona y daña a la vida. Consideremos que el discurso de Latouche transciende lo político para alcanzar el alma. El decrecimiento en su propia definición nos interpelará en nuestra forma de vivir.

Como se hace evidente no estamos ante un autor ingenuo, digerible por ese ecopijo de fin de semana. La crítica de Latouche devuelve indirectamente al lector la posible complicidad del mismo con la megamáquina, por mucho que éste la quiera encubrir con ciertas dosis de realismo. En su obra, sin piedad alguna, Latouche, va indicando la violencia que la vida padece, devolviéndola en el análisis y la crítica. No estamos ante un libro ingenuo, no; más bien estamos ante una dureza crítica que no encuentra cuartel ni compromiso. Su principal diana muchos de nuestros totems: el mito del progreso, la mentalidad técnica, la permanente satisfacción de necesidades virtuales, el hipercapitalismo globalizador en siempre acelerada expansión, la tecnoeconomía en permanente estado de orgasmo, crispación y apoteosis, las vidas de los hombres entregadas y rendidas ante tales exigencias… Por cierto, las estadísticas de desaparición en los últimos siglos de especies, de biodiversidad y también de diversidad humana en lenguas y culturas son pavorosas. Permítanme reseñar otro dato a modo de broma macabra; los insectos, sin embargo, crecen exponencialmente.

Jünger la llamó la nave, Latocuhe la megamáquina, un entramado que crece imponiendo a la vida su propia coherencia y su propia autorreferencialidad. A su lado nada es; todo pasa a quedar integrado como pieza e instrumento de su trepidación creciente; así todo pasa a deformarse en su aparecer, a desaparecer en su ousia o sustancia, a quedar troquelado desde las asignaciones y rendimientos impuestos. El descrito será el paisaje del nihilismo...

Hago notar que lo dicho no solo supone la erradicación de todo espíritu ajeno a la máquina, de todo ánimo, de toda vida que se brinde sino también la expresa alteración del medio y del paisaje. La vieja comunitas, de rostros y cuerpos vivos y sintientes, de personas concretas, deja paso a una impersonal trama de individuos, es decir, de números sin lazo social alguno más allá del que el engranaje de la máquina administra. La economía deja de ser esa gestión de unos recursos limitados y susceptibles de usos alternativos, cuya finalidad es el hombre  y el mantenimiento de la comunitas, para convertirse en el permanente engrosamiento del PIB -cifras y números; el reino del cálculo a mayor gloria de las sinergias globales-. La política desaparece. Las decisiones quedan en manos de unos técnicos especializados, ágrafos de todo lo que sea ajeno a su propia especialización. Estos técnicos harán aquello para lo que han sido educados por la matrix –ese ente impersonal- de cara a la administración de su permanente expansión. Tal praxis política de corte tecnocrático perjudicará a unos y beneficiará a otros escindiendo permanentemente el tejido social… La realidad pasará a ser sustituida por la imagen, el valor de uso por el valor de cambio, los cuerpos por relaciones imaginadas (tengan cuidado con las redes), el sexo por una pornografía explícita, obscena y visionaria[4], la cultura de lo libresco por el twit y el párrafo, la contemplación y el detenerse por la velocidad, las sociedades de antaño, en sus luces y sombras, por un higiénico totalitarismo que administra vidas y cincela conciencias sin necesidad de autoritarismo alguno… Todos tenemos coches, nos movemos en coche y el coche, aparentemente, nos da libertad pero, llamativamente, todos nos movemos simultáneamente en las mismas secuencias horarias y hacemos las mismas cosas. Todos juntos configuramos un ordenado ritmo maquinal… Como se hace evidente unos engranajes tan precisos solo pueden responder a una educación igualmente precisa. Es Deleuze quien observa cómo el control continuo que administran los circuitos de imágenes será decisivo a la hora de moldear conciencias y establecer conductas.

(3)

Antes me refería a una megamáquina… Aquí las referencias del imaginario son decisivas. Y es que desde la imagen y la atención al mito de la máquina desgrana nuestro tiempo su intimidad. En tal sentido Lewis Mumford en su imprescindible libro “El mito y la máquina” nos narrará con precisión el devenir de esta imagen capaz de sintetizar la mentalidad técnica y de amparar los ideologemas ilustrados en su modo en su modo de reconocer el cuerpo, la vida y la sociedad. Adviértase que la mentalidad técnica no solo cosifica y reordena la vida; también organiza maquinalmente nuestra propia sociedad y la convierte en un delicado sistema de engranajes cuya única finalidad es el crecimiento del entramado. Como si de un hormiguero se tratara las partes, los cuerpos vivos y las personas de antaño, son sacrificables y sacrificadas, administradas y cosificadas, con vistas a la permanente expansión de los engranajes. La máquina, la nave… Sin violencia evidente o explícita. Allá donde haya dolor o exclusión se retirará el foco de atención o se convertirá en mercancía visual. La violencia explícita será escasa. No olvidemos que estamos en una sociedad de control que aspira a una administración y programación planetaria. En un  mundo así pareciera no haber sitio para la violencia, esa capacidad de violencia que, etológicamente, ha definido, entre otras cosas, a la especie humana. Por eso la megamáquina hará descender sus umbrales anatemizando los perfiles humanos que destilen algo de rudeza. En realidad, lejos estaremos de un mundo con más paz ya que todo quedará referido a esa violencia estructural de la máquina que todo lo entiende desde las identidades espúreas que asigna y los rendimientos que establece. Desconfíen, al otro lado de un barniz higiénico solo encontraremos esa violencia fría e impersonal que denunciara Kubrick en “La Naranja mecánica” –más siniestra que la de los drugos-. Efectivamente, la violencia técnica del control total y de la extirpación de las actitudes violentas será infinitamente más dura, sistemática y cruel que la del más perverso de los perversos. Esta violencia pretenderá, ni más ni menos, alcanzar nuestra alma

Martin Heidegger estudia con precisión el proceso de la técnica; de esta conversión de la técnica en estructura rectora y en finalidad en sí mismo. En tal proceso, como bien desliza Heidegger, la idea del progreso será fundamental. Un progreso ilimitado en que se asegura la permanente satisfacción de necesidades… Habrá quien exija el aplauso –estoy pensando en ciertas ideologías- para este mundo mediado por los circuitos de imágenes y, por supuesto, para sus starlettes intelectuales y mediáticas; un mundo que se muestra capaz de resolverlo todo desde la economía y el crecimiento. En realidad, cada progreso técnico solventará una necesidad, en buena medida inexistente, de tal suerte que el umbral de lo necesario se moverá y quedará establecido desde de la propia idea de progreso… Lejos de lo dicho Heidegger nos indicará que para determinar lo esencial al hombre habrá que remover y dejar de lado las necesidades superfluas. Solo constatando y retirando lo que nos es superfluo alcanzaremos la tierra firme de lo que no podemos apartar. Solo así alcanzaremos nuestra intimidad y esencia adentrándonos en una tierra de certeza, en la esfera, propia y propicia, en que acontece y se brinda nuestra intimidad. Sobre nuestro ser y esencia decir que no será sino el ser mismo de la vida, su escucha y experiencia, la mirada que nos revela lo más intimo en lo que nos circunda; en última instancia esa mirada sin dueño que dijera el poeta que sabe y festeja y que ninguna necesidad específica busca satisfacer…

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el alma de los hombres la movían los poetas y los narradores de cuentos e historias y no los publicistas que operan en los circuitos de imágenes. De hecho así ha sido en la mayor parte del tiempo del hombre. Al día de hoy los relatos, esos relatos que nos dicen y constituyen como personas, ya no están en manos de poetas y narradores. Tales cuestiones interesan bien poco a las praxis de administración de la vida en las que quedamos instalados. En un horizonte de tal calibre solo cabe esperar el ocaso de lo humano y la derrota del pensamiento; ese pensar que se detiene en la escucha y que, admirado, atiende al sentido de lo que contempla con el fin de indicarlo. En tal panorama acaso también la ciencia parezca derrotada. Esta no quedará al margen del troquel tecnológico desde el que pasa a ser reordenada. Ni en términos políticos ni de paradigma la tecnociencia es neutral… Técnica, operatividad, culto a la administración y la programación de la vida… En realidad estamos a ante un culto que comparten las élites políticas y sociales. Tiene razón Lewis Mumford  cuando afirma“si en el curso de los dos últimos siglos los amos y los señores de la sociedad creyeron en algo, adoraron algo, eso fue la máquina”[5]… Ahí nos las vemos…

En las últimas páginas de su libro Latouche renombrará la palabra progreso; un progreso a la medida del hombre y distante del progreso técnico, un progreso que, lejos de todo mitologema, se ceñirá a esa perspectiva de lo humanum de la que hablaron los clásicos. El progreso del alma del pensamiento clásico, la pronoia[6] con la que los clásicos indicaban el despliegue del ser. No creo que Latouche se equivoque. En el espíritu del hombre se resuelve su capacidad de vida. En fin, les recomiendo la lectura de Latouche, una cruel desintoxicación, la expresión de una disposición bien ajena a los titánicos ritmos de lo mundano, una mirada capaz de alcanzar ese apocalípsis devenido que nos teje. Antes me he referido a la existencia de disposiciones básicas que predeterminarían el propio criterio y la capacidad de juicio político. En el caso de Latouche constatamos una intensa vocación de fidelidad a la tierra y de escucha de la vida. En las antípodas de esa nave enfebrecida en su propio fragor y estrépito.






[1] Martin Heidegger. Ejercitación en el pensamiento filosófico I, 1
[2] Como se hace evidente esto no quiere decir que, más allá de la mera opinión- no haya pensamiento político y racionalidad política; ahora bien éste vendrá a construirse a partir de determinados imaginarios y no pocas veces en conflicto con los mismos. Hago notar que la racionalidad política tendrá una estrecha relación con determinados cuestiones de principio que dificilmente serán desligables de imago mundi específicas. Por lo demás y como se hace evidente cualquier cuestión de principio no solo puede sino que debe ser sometida a una crítica racional con el fin de fundamentarla o de cuestionarla.
[3] Para Aristoteles el llamado sensorium será el que elabore e integre las afecciones sensoriales resultando las formas sensibles que conocemos.
[4] Considérese que el mayor tráfico de internet está vinculado con la pornografía y con imaginerías sexuales que no se traducen en encuentro corporal alguno.
[5] Technique et civilisation, Le seuil, Paris 1950, pg. 195
[6] Reveladoramente en griego moderno progreso se dice pronoia. Aunque esta pronoia de los clásicos bien poco se asemeja al progreso técnico de los ilustrados.