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sábado, 29 de septiembre de 2018

Henry David Thoreau: Contemplatio naturalis y teología negativa (II)


Thoreau, ya lo indicábamos en la anterior entrada y primera parte de este texto, hace del vaciado de sí y del silencio interior el eje de la vida del alma. Con todo, la referencia a otro Silencio, enunciado con mayúscula, será decisiva para dejar constancia de la hondura del temple espiritual de Henry David Thoreau y, también, de su sintonía con la gran tradición metafísica de la que bebe. El sabio de Walden dedicará las últimas páginas de Musketaquid[1] a indicar una esfera que transciende la contemplatio naturalis y el reino del ser. Según su criterio el Silencio será el rompeolas que indican las palabras más excelsas haciéndolas enmudecer; esa esfera de la que nada cabe decir, en la que toda representación humana debe ser dejada de lado y de la cual la creación constituye su manifestación visible. La propia capacidad de silencio, del mismo modo a como sucedía con la contemplatio naturalis, será el reverso que prepare y convoque. Con todo, en el brindarse del gran Silencio todo será gratuidad de ahí que no dependa de acción o disposición humana alguna. Gratuidad que se brinda y acogimiento del hombre enmudecido a un Misterio sin forma que acoge toda forma. De este modo el propio enmudecimiento quedará completamente transcendido en el desvelarse enmudecedor de ese Gran Silencio.

Sobre el Silencio y su manifestación es más que notable la belleza de lo afirmado por Thoreau: “la creación no ha suplantado al Silencio sino que constituye su ordenación visible. Todos los sonidos son sus siervos y sus proveedores y no solo proclaman que su Señor es sino que es un Señor incomparable al que hay que buscar con gran tesón… Están tan vinculados al Silencio (los sonidos) que no son más que burbujas en su superficie que estallan de inmediato como prueba de la potente y fértil corriente submarina[2]”. Thoreau continuará su bella y orientada reflexión precisando que el entrechocar de esas burbujas que burbujean en la superficie del Silencio oceánico solo proclama una melodía armoniosa y absolutamente pura... Toda una lección de teología negativa y de su engarce con el plano de lo simbólico la del sabio de Walden. Por eso el Silencio será esa fons et origo totius –fuente y origen de todo-, que decían los padres de la Iglesia, del que nada cabe decir, irrepresentable e inefable; el más allá del ser al que Platón llama Bien por remitirse toda plenitud a tal esfera de transcendencia; la Unidad a la que Platón se refiere en el Parménides en tanto que significa la esfera de unificación de todo lo real; la Divina Tiniebla de Dionisio Aeropagita y de la teología negativa cristianocatólica… Más allá del ser esa potencia creadora infinita, transcendente respecto de toda forma. De este lado el ser del Silencio expresando su música y sus notas, las burbujas mecidas por el océano, las olas y su melodía…

Atendamos al realismo visionario de Thoreau y a su contemplatio naturalis -la visión iluminada es la que revela las cosas tal cual son- bien lejos de todo barroquismo visionario, a la significación metafísica de ese gran Silencio como denominador de toda la estructura ontológica, a la distinción que hace entre realidad y apariencia, a su modo de entender la iniciación como una iniciación a lo real y al ser que vendría a enhebrarse en una percepción intelectual de orden inteligible... Chesterton, del mismo modo que hace con William Blake, no dudaría en adjudicarle con sentido una vecindad estrecha con el cristianismo católico[3] y con su tradición metafísica. Por otro lado también se hace evidente su cercanía con lo más granado del puritanismo en su modo de entender el dominio de sí como perfección moral –aunque no por ello dejará de entenderlo como una ascética y no como un fin en sí mismo; lo que matiza ese puritanismo-. Al tema del dominio de sí y del cuerpo, al de los sentidos y al de la percepción intelectual dedicaré la próxima entrada centrada en Thoreau que será la última de la serie.

Más allá del debate, por lo demás interesante, sobre sus filiaciones religiosas y su sensibilidad espiritual, queda el amor que se reveló a Thoreau, la verdad que le fue desvelada y la memoria de sí que promovió. Esta es mi hora natal,/ ahora estoy  en la flor de la vida./No pondré en duda el amor inmenso/ que me cortejó de joven,/ que me corteja de viejo/ y que me ha traído hasta esta noche”[4] nos dirá Thoreau. Un amor que se desgrana en esa contemplatio naturalis y en el acogimiento de lo humano a ese más allá del ser infinito y sin forma, un amor que apunta a “una verdad y una belleza absolutas”[5], un amor que se brinda en los ritmos y el latido de la naturaleza, en la sinfonía sublime de las armonías musicales del cosmos “produciendo una melodía más completa e intensa que cualquiera de las producidas con sonidos mortales” [6]. Tal será el amanecer del alma para Thoreau que no será sino la Primavera de la creación y de la vida, esa edad de Oro que arraiga en el mismo caos y que renueva su brindarse todos los años y en toda las Primaveras como si de una liturgia de la luz se tratara. “En una agradable mañana de Primavera quedan perdonados todos los pecados de los hombres” nos dirá el sabio de Walden. Thoreau, un pensar de la amanecida, un pensar primaveral que proclama la buena nueva además de su propia hondura y calado espiritual.




[1] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 362 y ss.
[2] Ibid, pg 363
[3] Además de esta intensa vecindad con la metafísica tradicional, en relación al catolicismo, conocemos su proyecto de viaje a Roma y sus lecturas de los padres de la iglesia, especialmente de San Agustín. No deba ser algo que nos extrañe en un romántico a poco que consideremos el retorno a la metafísica tradicional, encantada desde la poética y la apertura a la belleza, propuesto por lo más granado del primer romanticismo. Ejemplo de lo dicho será el filocatolicismo del circulo de Jena.
[4] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 165
[5] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae Ed, pg 168
[6] Ibid, pg 167


martes, 18 de septiembre de 2018

Henry David Thoreau: Contemplatio naturalis y teología negativa (I)

“Un paseo invernal” –ya dediqué una entrada a este texto- es un perfecto ejemplo de la práctica de lo salvaje, que dijera Thoreau, además de un maravilloso poema en prosa en el que se da la palabra a la naturaleza. En él mismo se nos narra una experiencia de intimidad y contacto entre hombre y natura con el telón de fondo de la contracción, la dureza y la misteriosa belleza del Invierno; resistiendo el Invierno, sabiendo del calor interior que anima el vigor al contacto con los fríos, reconociendo la virtud y la belleza moral de estar a la altura de la prueba con un ánimo encendido… Del otro lado la fertilidad espiritual que brota; quedar abierto a la belleza natural, hacer pie en el suelo firme de lo real, acceder a la esfera del ser saliendo de la caverna…

Este contacto con lo real tendrá como fruto maduro una visión renovada –“ve lo que hay ante ti”[1] nos dirá Thoreau- en lo que él mismo denomina una sabiduría de la amanecida, una sabiduría auroral[2]; “la mañana llega cuando estoy despierto y hay en mi un amanecer”; una sabiduría en que la nocturnidad oscura encuentra su justificación y su horizonte en la “espera ininterrumpida del amanecer”. Esta capacidad de espera, según su criterio, tomará forma en la apuesta por una vida sencilla en contacto con la naturaleza. No podría ser de otro modo ya que para el sabio de Walden la naturaleza es lo verdaderamente real[3]. Dejar de lado lo superfluo y artificioso será pues la senda abierta hacia esa sabiduría de la amanecida entendida por el propio Thoreau como atención descondicionada, pura y simple, a la mera presencia de la vida. Precisamente al hilo de estas reflexiones será cuando nos enuncie su famosa cita: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida...para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido".

Como podemos constatar la buena vida, para Thoreau, es quedar abierto a lo real. Se trata de habitar conscientemente su presencia; la sucesión de los días, de las estaciones, del pasar de los años. En el poema en prosa “Un paseo invernal” nos dirá: “La corriente de un río es un maravilloso ejemplo de la ley de la obediencia, sendero para el hombre que se busca a sí mismo, ruta por la que la cúpula de una bellota puede flotar segura con su carga”. El equilibrio del hombre arraiga pues en la conformidad con lo real. En esa conformidad se sirve ese “avanzar por el único camino en el que ningún poder puede ejercer resistencia” nos dirá finalizando Walden. Thoreau, se hace evidente, no habla de obediencia a gregarismo o autoridad social alguna sino de la asunción y plena aceptación del acaecer que la vida nos va brindando. Nada nos será más necesario.

La idea de necesidad, atender a lo que nos viene dado, será decisiva. La atención a los ritmos y tiempos de la naturaleza –lo verdaderamente real- será precisamente lo que se nos haga más necesario indicándonos una cita ineludible y, al tiempo, una vía abierta a la propia plenitud. Adviértase que, en tal medida, el acaecer de lo real es lo que establece la vía y la senda del alma. En tal vía solo cabe asumir lo dado –fuera de lo real solo espera la propia alienación- y ensayar nuestra capacidad de atención. “Si respetáramos lo que es inevitable y tiene derecho a existir  la música y la poesía resonarían por las calles” nos dirá el sabio de Walden. Thoreau, efectivamente, remite la gran salud del hombre a un determinado dejar ser a la vida; a la capacidad del hombre de quedar abierto incondicionalmente a lo dado, a esa aceptación de lo que la naturaleza nos va brindado en cada recodo del camino. No cabe hablar de libertad sin aceptación ni de conocimiento sin acuerdo… Lo real sana por qué es aquello para lo que el hombre es. Conocer y atender lo real es la finalidad del alma de ahí que exista una correspondencia íntima entre el sentido de lo real y el sentido de la vida del alma. Por eso el microcosmos del alma, en la atención al presente, encontrará su sentido y su vida auténtica en la escucha del macrocosmos y sus ritmos y, solo por eso, “la alegría podría consistir en vivir en el presente”[4]. No olvidemos que esta correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos será una vieja idea que brillará en el romanticismo, en general, y entre los transcendentalistas con especial intensidad

La contemplatio naturalis que postula Thoreau va más allá de lo que sería una mera contemplación estética por concebirse como apertura al ser y lo real; lo que orienta la misma en una perspectiva ontológica más allá del mero deleite subjetivo. Se advierte devoción en Thoreau por la naturaleza. En tal devoción arraigará el sentido que halla en el aquí el ahora. Este hallazgo invitará a una celebración muy especial en la que, precisamente, se regocijarán “aquellos que encuentran su fuente de coraje e inspiración, precisamente, en el estado presente de las cosas y lo acarician con el cariño y el fervor de los amantes”[5].Como vemos hay apelación al eros en Thoreau, dirigido hacia lo real y la vida. Al tiempo este eros desborda el mero sentimentalismo para ser unitividad de tal modo que el amante que contempla el “estado presente” de las cosas queda abierto a lo contemplado y arraigado en su propia receptividad hacia lo contemplado; su ser íntimo se revela en la plenitud a la que queda abierto. Ahí brota la eternidad. En sus propias palabras: “He estado atento para detenerme ante el cruce de dos eternidades, el pasado y el futuro, que no es sino el momento presente”[6]. Así, el tiempo se transfigura en el darse de lo eterno transparentando el fluir perpetuo de “una verdad y una belleza absolutas”[7].

En este darse de lo eterno la sucesión temporal se derrama, se desborda su propia linealidad quedando la atención concentrada en el instante que acaece y en la presencia permanente y ubicua de esa belleza absoluta. El fluir de los sucesos muestra un solo sabor no condicionado por el cambio ni por la coacción del tiempo, que todo lo acoge, y que, conmoviendo el alma, la instaura en la atención amorosa al momento presente. Las memorias del pasado y las expectativas ceden en su capacidad de embrujo; la actividad mental corriente se vacía enamorada en esa atención pura y el hombre vive un auténtico renacer y una transformación profunda. El tiempo y el cambio se transfiguran en la imagen móvil de lo que siempre es. “En la eternidad hay algo verdadero y sublime… Dios mismo se realiza en el momento presente y nunca será más divino en ningún otro tiempo. Y podemos percibir todo lo que es sublime y noble tan solo mediante la perpetua instalación e infiltración de la realidad que nos circunda”. La memoria de lo divino en la atención simple al aquí y al ahora será la cumbre a la que ascienda esa sabiduría de la amanecida o auroral de la que nos habla Thoreau.

“Tras una noche tranquila de invierno desperté con la impresión de que se me hubieran planteado algunas preguntas mientras dormía a las que en vano había estado intentado responder en  sueños: ¿qué?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿donde?. Pero ahí estaba la naturaleza amaneciente, en la que viven todas los seres, mirando a través de mis amplias ventanas con rostro sereno y satisfecho sin que sus labios me preguntaran nada… la naturaleza no pregunta ni responde sobre nada de todo aquello que nosotros humanos mortales planteamos”. Así comienza el capitulo “La laguna en invierno” de Walden. Atendamos a lo que dice Thoreau. El sueño son las preguntas y el parloteo mental; el despertar el silencio y la contemplación. Ahora bien, ¿quien contempla?. La actividad contemplativa parece rebasar lo meramente humano atendiendo a la esfera de sentido que reconoce. Es cierto que la mirada humana sublima poéticamente la vida, ahora bien, el hombre no es sino naturaleza y vida de tal modo que, en realidad, es la vida misma la que a sí mismo se sublima en el hombre. Nos dice Thoreau en este inspirado texto que es la naturaleza amaneciente la que mira desde sus propios ojos acogiendo todos los seres. Lo real contemplándose a si mismo…  Ahí no hay parloteo hay silencio y salud devenida; hay identidad, identidad entre el alma humana y lo real; la physis de los griegos, la natura naturans de la metafísica medieval, la vida toda de Whitman, un plano de creatividad y vida que todo lo crea y acoge. La apelación a la naturaleza en Thoreau no es un mero panteísmo ni un esteticismo sino expresión de lo real y manifestación gratuita de la divinidad…

Los estados contemplativos, si bien encuentran su justificación en esta apertura a lo divino, tendrán a su base determinados temples y disposiciones internas. “Al igual que la del lago mi serenidad se riza sin llegar a perturbarse” nos dirá[8]. Thoreau, como no podía ser de otra manera, apela a los simbolismos naturales. Esta alusión a la serenidad y el temple del alma es importante. En relación al alma utiliza la misma metáfora del agua que Epicteto. La visión encendida de la amanecida del alma exigirá del temple del alma, de su propio silencio y vaciado, de un cierto dejarse de lado a uno mismo[9]. “En el azul de sus aguas no hay un solo pensamiento oscuro sino claras imágenes”[10] añadirá el sabio de Walden. Ahí, cuando las aguas del alma quedan calmas y nuestras pasiones dejan de determinarnos y mediatizarnos es cuando el alma, a partir del propio silencio interior, puede reflejar lo real fidedignamente. La mirada se enciende en ese silencio y en esa serenidad interior. Ahí, “fui consciente de pronto de la dulce y beneficiosa compañía que me ofrecían la naturaleza y el repiqueteo acompasado de las gotas y de cada sonido y cada imagen alrededor de mi casa, un amistad infinita e inefable, como una atmosfera fortificante”[11]. Siguiendo con esta metáfora natural entre alma y laguna y para indicar en el alma una esfera inalterable a la coacción del tiempo nos dirá de las aguas de Walden: “su naturaleza es inalterable”[12]; como esa apatheia de los clásicos en la que las pasiones son como meras olas sobre la superficie que, sin embargo, no alteran la naturaleza de las aguas. Esta plenitud de ser, que arraiga en la propia serenidad y templanza, convocará un entusiamo sobrenatural; el enthuosiamos[13] que decían los griegos. “El entusiasmo es una serenidad sobrenatural” nos dirá en Musketaquid[14]. El entusiasmo del que ebrio queda en la atención amorosa a lo real.




[1] Henry David Thoreau. Musketaquid. Ed errata naturae, pg 119
[2] Henry David Thoreau. Walden. pg 94 y ss.
[3] En la entrada de este mismo blog dedicada a la práctica de lo salvaje me extiendo en la identificación entre lo real y lo natural postulada por Thoreau
[4] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 323
[5] Henry David Thoreau. Walden. Ed Errata naturae, pg 22.
[6] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 2
[7] Henry David Thoreau. Musketaquid. errata naturae ediciones. pg 168.
[8] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 137
[9] Henry David Thoreau. Diarios 22 de octubre de 1837. Thoreau vincula con la soledad ese evitarse a uno mismo entendiendo lo dicho como dejar de lado la identidad aparente que emerje en el fragor de la vida cotidiana inmerso en las convenciones sociales.
[10] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg. 145
[11] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 141
[12] Henry David thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 203
[13] Etimologicamente quedar inspirado y acogido al dios
[14] Musketaquid. Henry David Thoreau. Errata naturae Ed, pg 123.

martes, 3 de abril de 2018

Thoreau y la economía: La práctica de lo salvaje


Otra economía. Economía en su vieja acepción de intendencia de recursos y acondicionamiento de espacios con el fin de asegurar la propia manutención y bienestar; a partir de ahí saber vivir, vivir del modo idóneo, saber distinguir una manutención que abra al mejor vivir de otra que lastre las posibilidades que nos ofrece la vida, ordenar la costumbre, pautar del mejor modo el trabajo y  la cotidianidad… Se dice que Aristóteles dedicó un tratado específico a la Economía y no debiera sorprendernos. La filosofía aspira también al saber vivir, al vivir y su excelencia... Thoreau, con enorme intuición, considerará ambas disciplinas en estrecha conexión; en sus propias palabras “economía de la vida que es un sinónimo de la palabra filosofía”[1].  A partir de ahí no deberá extrañarnos que entienda su vida como un abordaje de las posibilidades efectivas de un vivir orientado desde la admiración por lo real. La admiración, en la que arraiga según los griegos el origen de la filosofía, será para Thoreau la cumbre del saber vivir. Este será el horizonte filosófico[2] en el que debiera culminar la propia economía y, acaso, la economía en un sentido general. Tal será la perspectiva teórica de la que parta el sabio de Walden.
Hablamos de economía en su sentido tradicional, el que le daba Aristóteles, atendiendo a la organización del vivir en el mundo. Thoreau, básicamente, escribía sobre su vida. Su filosofar rebosa en el desplegarse del día a día borboteando a partir de la narrativa de esa cotidianidad a través de una prosa ensayística de altura que deja de lado toda pretensión sistemática. De lo que se trata es de dejar hablar a la propia capacidad de vida, de hablar al ras de la vida misma. La erudición teórica de este singular romántico americano y su conocimiento de los clásicos, amplio e intenso, enhebran así un pensamiento vivo que ansía encarnarse y tomar cuerpo. Ernst Jünger, en Los titanes venideros nos dirá: “El diario es para mí algo privilegiado porque permite registrarlo todo y relatarlo espontáneamente, tal como se presenta, y permite anotar cada intuición con la máxima libertad, sin vínculos formales. Para mí es como una plegaria cotidiana y en parte la sustituye”. Creo que lo dicho contextualiza a la perfección el ensayo de la cotidianidad en el que la obra de Henry David Thoreau alcanza su forma propia. Tanto en lo que tiene de indagación teórica como en lo que tiene de praxis espiritual.
 En Thoreau, efectivamente, su propio habitar en el mundo, su modo de vivir, es lo que hilvana la obra. Al atender estas cuestiones investiga lo que sería una regla de vida vertebrada desde ese admirarse por lo real. De ahí que su obra y, en especial, Walden destaque por ese carácter, conscientemente experimental, en el que las posibilidades de retirarse en el bosque constituyen el experimento; por eso la trama de Walden es lo cotidiano, la manutención más elemental, lo que va pasando, el calentarse, la casa, los cultivos, el bosque y sus habitantes, la descripción del día a día, de los ritmos y procesos naturales… En Walden el filosofar, un filosofar entendido como emboscadura e indicación de lo contemplativo, arraiga y brota como fruta madura de toda esa cotidianidad a partir de la cual uno vive y se mantiene. Recordemos el estrecho vínculo entre modo de vida y filosofía del que parte Thoreau.
Esa vida,  necesariamente, será una vida simple y sencilla y, por tanto, al margen de las exigencias que impone al hombre la vida moderna y el desarrollismo inherente a la economía productiva. La sencillez que postula Thoreau consiste en dejar de lado todo lo superfluo para a partir de ahí podernos dedicar a lo que vida y naturaleza, por su propia iniciativa y presencia, nos brinden. Su postura resulta paralela a la de Martin Heidegger. Heidegger apela en Conceptos fundamentales[3] a la necesidad de ir removiendo y dejando de lado todo la trama de lo superfluo y de necesidades ficticias, siempre crecientes, que van quedando tendidas, como si de señuelos se tratara, en el horizonte vital del hombre contemporáneo. Para Heidegger esta praxis sirve un tránsito que termina por desvelar, precisamente, lo que no nos es superfluo; la escucha del ser, la atención a su presencia. Para Thoreau dejar de lado las necesidades ficticias que nos impone la convención social amparará el desvelamiento de una vida verdadera en contacto con lo real.
Respecto del modo de vida característico de la modernidad nos dirá Thoreau “Vivimos… como las hormigas aunque la fábula nos cuenta que hace ya mucho fuimos transformados en hombres”[4]. Aunque la fábula es de Esopo describe perfectamente el modo en que el sabio de Walden entiende las sociedades modernas y su administración de la vida; una vida que engrana al hombre, como si de una simple pieza se tratara, en una megaestructura social de enorme complejidad. Esta megaestructura, con su propia agenda de rendimientos completamente ajena a los intereses de los hombres que la componen, bien pudiera asimilarse a una entidad colectiva. En tal sentido el símil de las hormigas y del consiguiente hormiguero como marco de vida resulta una analogía fértil ya que es cierto que una sociedad así entendida estaría más cerca de una entidad colectiva que de una comunitas humana de personas, cuerpos y rostros concretos…
La crítica de Thoreau al modo de vida moderno transitará por veredas que, tiempo después, muchos siguen hollando. Al modo de vida vigente lo considera completamente alienado desde las sugestiones compartidas que impone la economía productiva. En tal sentido apelará a esa diferencia de origen platónico entre lo real y lo aparente[5]. La vida moderna quedaría instalada en la caverna[6], en el culto a la apariencia y a las retóricas mentales que ésta le impone al hombre. La apariencia cobraría cuerpo al quedar el alma del hombre seducida por los deseos ficticios de prosperidad que introyecta en la conciencia el modo de vida moderno. El hombre así se vería arrojado a la caverna suponiendo que trabaja para una prosperidad que, en realidad, no sería sino la excitación inducida por esas necesidades ficticias que dejan de lado la propia capacidad de vida. Para el sabio de Walden un mundo de abducción de lo real incapaz de alcanzar la vida más allá de su superficie.
La agudeza del análisis de Thoreau alcanza incluso la cuestión de la máquina en tanto imagen que expresa la mentalidad de nuestro tiempo; lo que Heidegger de un modo paralelo llama la mentalidad técnica. Según su criterio “los hombres se han convertido en herramientas de sus propias máquinas” [7]. Desde esta perspectiva lo que se subraya es una imagen de lo social y de la vida que toma como modelo la maquina; de tal modo que el propio hombre, trabajando y consumiendo, no alcance a ser otra cosa que una mera pieza de la maquinaria global. Así la imagen de la máquina, con sus automatismos, piezas y engranajes, da perfecta cuenta de un paisaje humano en el que los hombre serían las piezas a engranar. “No subimos al ferrocarril, éste se sube a nosotros”[8]; la técnica moderna imponiendo su propio orden y figura e imponiéndose a las conciencias de los hombres…
Resultan radicales y brillantes las intuiciones que Thoreau va deslizando en su obra a propósito de este tema; la realidad, la apariencia “creemos que es lo que parece ser”[9], la caverna, la alienación de lo humano, la sociedad como gran maquinaria y el hombre como engranaje, la mentalidad técnica como la figura del tiempo presente…Atendiendo a lo dicho no será de extrañar que su crítica política alcance al propio Estado en tanto forma política del control total sobre la vida.
Hallar la posible cura a este grado de alienación será el objetivo del experimento existencial que aborda y comparte en su obra. Thoreau entenderá que la “única cura” será “una economía estricta, una simplicidad austera y una elevación de nuestros objetivos”[10]. Y es que, en palabras de Heidegger, dejar de lado esas supuestas necesidades para encontrar lo que no nos es superfluo terminará por desvelar lo esencial al hombre, que no será sino la atención a la simple presencia de las cosas que son. Para Thoreau la vía abierta a la realidad por fin despojada de toda esa maraña de convenciones sociales.
La de la naturaleza, para Thoreau, será la cuestión de lo real, y ésta la cuestión del ser. En sus propias palabras “lleguamos así hasta un suelo duro y rocoso que podamos llamar realidad  y del que podamos decir: esto, sin duda, es”. Respecto de la atención a la naturaleza no se trata pues de una cuestión meramente estética. Este romántico emboscado entiende el acercamiento a lo natural en clave ontológica, como iniciación a lo real y en clave de gozo desatado. En la atención al ser de las cosas que son “la indescriptible inocencia y beneficiencia de la naturaleza, del sol, del viento, y de la lluvia, del verano y del invierno, ¡que salud y que alegría perpetua proporcionan!.”[11] Alcanzar esta plenitud vital exigirá instalarse en esa vida sencilla y simple. En palabras del sabio de Walden “cuando un matemático desea hallar la solución de un problema difícil empieza por deshacer todas las dificultades de la ecuación, reduciéndola a sus términos más sencillos. Hagamos lo propio y simplifiquemos el problema de la existencia” [12]. Solo así descollará lo esencial a la vida tras reducirla a lo más básico.
Esta simplificación de la vida, dejando de lado las sugestiones que impone la vida moderna, alcanza suelo firme en el contacto con la naturaleza. La naturaleza y su experiencia no será un añadido a la vida sino que será lo que originariamente se nos brinde, lo desnudamente real; tanto en términos contemplativos como puramente físicos y en relación al trabajo diario. De ahí que la remisión al ser y a lo real, expresándose como naturaleza, sea la conclusión lógica de esta analogía matemática. Los paralelismos entre Heidegger y Thoreau, tanto en la remisión a lo esencial y a la cuestión del ser como en la disposición que ambos tienen ante la técnica moderna resultan evidentes. La crítica a la borrachera tecnológica que propicia la modernidad, al menos en Thoreau, tendrá a su base la relevancia del trabajo con el cuerpo en plena naturaleza, con la consiguiente técnica básica, en tanto expresión de una economía de manutención a la medida de lo humano[13].
La práctica de lo salvaje. Ya expuse en qué medida indagando en esa economía de medios y espacios el sabio de Walden experimenta las posibilidades de una vida atenta al encuentro con lo real. Thoreau trata de volver al modo de vida de las viejas tradiciones de la physis[14]. La finalidad es hacer de la vida una permanente intimidad entre hombre y naturaleza. Esta  vida sencilla y ajena a las distracciones mundanas abre a lo esencial del hombre. Esta apertura, tanto en términos contemplativos como en relación al trabajo con el cuerpo, será un acaecer y recogerá, como fruta maduro, la vieja actitud filosófica[15] de maravilla y fascinación ante el ser y su presencia. Siendo la atención a la naturaleza lo más propiamente humano la plenitud y equilibrio del hombre dependerá de la intimidad con la misma. Desatender este contacto íntimo con la naturaleza sellará la alienación de lo humano. Esta atención a la naturaleza tendrá a su base la propia naturaleza humana y su corporalidad[16] y no solo en relación al trabajo físico...  “Cada mañana era una alegre invitación para hacer de mi vida algo tan sencillo e inocente como la naturaleza misma… Me levantaba temprano y me bañaba en el lago; era un ejercicio religioso y una de las mejores cosas que hacía”[17] nos dirá Thoreau apelando a la celebración del amanecer y recordando a los griegos[18]. Ser cuerpo, ser naturaleza a través del cuerpo, ser naturaleza, atender a lo real y ser realidad. Dejar de lado lo que es mera apariencia mundana; “sea vida o muerte solo queremos la realidad”[19], el acceso a lo real, la escucha del ser, la vida simple y los trabajos de la vida natural, la vida plena y la gran salud capaz de superar las alienación y lo enfermizo de la vida moderna.
Todo lo dicho será una nota decisiva para entender el perfil de sus acercamientos al espíritu. En tal acercamiento la cuestión del ser, entendida desde la receptividad y atención simple a las cosas que son, será decisiva. Lo será a la hora de entender su propia vocación espiritual y no solo sino también en términos sociales y políticos[20]. Por eso, saber distinguir y discriminar el ser de la mera apariencia será una de las vigas maestras de toda su obra. La plenitud de lo humano y la gran salud, sabiendo dejar de lado la convención social y su ruido mental, será lo que esté en juego. Lo real, la apariencia, el ser, la naturaleza como vehículo de contemplación, entender la belleza moral desde la apertura a lo real… Estamos ante pilares y cuestiones básicas de la metafísica y la reflexión filosófica occidental.
De lo expuesto hasta ahora quizá pudiera entenderse a Thoreau como un asceta que nos invita a una vida singular, dura y eremítica. Efectivamente, su regla o pauta de vida tiene elementos que él mismo califica como espartanos pero no se reduce a una mera ascética entendida como un ejercicio singular de rigor y pretendido dominio de sí. El sabio de Walden lo que propone es un modo de vida y una economía de medios orientada hacia la salud y equilibrio del alma. Consideremos que, por mucho que valore la soledad, Thoreau no se retira a la cabaña de Walden por rechazar la vida comunitaria y buscar un aislamiento eremítico o la mortificación del espíritu. De hecho en el relato de sus días junto a la laguna, allí en, Walden no rehuye de las visitas de los amigos y de cierto contacto con el mundo exterior. “Mi carácter no es el del ermitaño y podría sentarme sin problemas con el más rudo parroqiano de un bar si mis asuntos me llevaran allí”[21] nos dirá.
En realidad lo que reivindica Thoreau es lo que él mismo denomina la práctica de lo salvaje. Su modelo es el de la vida de frontera, la vida natural en contacto con la naturaleza, la frontera oeste completamente al margen de todo lo que supone el modo de vida que irradian las urbes modernas, una frontera al margen de la administración de la vida, un Oeste entendido como tierra mítica y genésica, un modo de vida recio pero fértil espiritualmente. Su modelo, trabajando y contemplando con el cuerpo, es la vida del indio, la del aventurero y la del colono de primera hornada; alguien que asegura su intendencia, su equilibrio y la riqueza de su vida espiritual en esa intimidad con la vida natural. Thoreau apela a un hombre primordial, pleno y, en tal medida, sano; en Walden nos dirá: “no puede haber una melancolía realmente negra para el que vive en medio de la naturaleza y goza de sus sentidos”[22]. De este modo re-elabora su sintonía con el romanticismo desde la sensibilidad americana –más rural, más salvaje, menos sofisticada, en una clave de añoranza por la vida del hombre ancestral y reconociendo a ese hombre bien distante de la apresurada y/o refinada vida ciudadana. Ese hombre natural, que en palabras del beatnik y seguidor de Thoreau Gary Snyder, se instala en el “cultivo de los valores más arcaicos que existen, desde el Paleolítico tardío: la fertilidad de la tierra, la magia de los animales, la visión del poder en la soledad, la iniciación terrorífica y el renacimiento, el amor y el éxtasis de la danza, el trabajo común de la tribu”[23]. La práctica de lo salvaje; la ruptura con lo aparente y con la convención social, la vida natural, al encuentro de la naturaleza y del gran caudal de una vida real, la atención a la presencia de las cosas que son[24]



* El dibujo que ilustra la entrada en su encabezamiento es de Frithjof Schuon
[1] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 56
[2] No olvidemos que la filosofía en su sentido clásico se considera maestra de vida y centrada en el arte de vivir. Toda la investigación filosófica sobre la ontología o las potencias intelectivas de lo humano encontrará en la vida –en la afirmación de la vida del hombre-  su cualidad y horizonte propio.
[3] Martin Heidegger.Conceptos fundamentales; curso del semestre de Verano. Friburgo 1941. Alianza editorial.
[4] Henry David Thorea. Walden. ed. Errata naturae, pg. 96.
[5] Cfr Henry David Thoreau. Walden. Donde vivía y para qué vivía.
[6] Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae,  99
[7] Henry David Thoreau. Diarios. 30 de septiembre de 1845
[8] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 98
[9] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae,  pg 10
[10] Henry David thoreau. Wal den. Ed. errata naturae, pg 97
[11] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 146
[12] Henry David Thoreau. Walden. Ed errata naturae, pg 97
[13] En este sentido resultan reveladoras las páginas que dedica a uno de sus vecinos, Alek Therien,  y a su modo de vivir en el bosque sin por ello advertir en él una vocación espiritual clara aunque alabando su intuitivo saber, su espontaneidad, su salud interior y su luminosidad anímica. Henry David Thoreau. Walden , Ed. errata naturae, pg. 154 y ss.
[14] Con tal denominación me refiero a las tradiciones de los pueblos que han vivido en contacto íntimo con la naturaleza; hasta el punto de ser la naturaleza ese libro abierto que indica lo sagrado y el misterio. Physis significa naturaleza en griego, no solo en el sentido que damos ahora a la palabra sino también en el sentido de potencia creativa y generador de vida. La idea de Physis es similar a la de natura naturans de la metafísica medieval que retoma el romanticismo.
[15] Thoreau entiende la economía, un saber vivir que persigue la manutención,estrechamente emparentada con el saber vivir de la filosofía que no sería sino la culminación del saber vivir
[16] Sobre la cuestión del cuerpo me extenderé más en la entrada que dedicaré a la contemplatio naturalis en Thoreau.
[17]  Henry David Thoreau. Walden. Ed, errata naturae, pg 94
[18] La tradición pitagórica daba mucha importancia a los momentos del amanecer y del crepúsculo. En las comunidades pitagóricas posteriores a Pitágoras se recitaban los versos de oro en esos momentos del día .
[19] Henry David Thoreeu. Walden. Ed. errata naturae, pg 102
[20] Henry David Thoreau. Walden. Ed. errata naturae, pg 103
[21]Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 149
[22] La melancolia llamada de bilis negra aludía a los trastornos  y desequilibrios anímicos especialmente graves atendiendo al lenguaje erudito, de raigambre medieval y renacentista, que aun se empleaba en la época de Thoreau.. Henry David Thoreau. Walden. Ed. Errata naturae, pg 140
[23] Cfr. https://es.wikipedia.org/wiki/Gary_Snyder
[24] El libro de Thoreau “Un paseo invernal” será un perfecto ejemplo de la práctica de lo salvaje además de un maravilloso poema en prosa, que diría Baudelaire, en el que se da la palabra a la naturaleza. En él mismo se nos narra una experiencia de intimidad y contacto con la naturaleza con el telón de fondo de la dureza, la contracción y la misteriosa belleza del Invierno; resistiendo al Invierno y sabiendo del calor interior que anima el vigor al contacto con los fríos, reconociendo la virtud y la belleza de estar a la altura de la prueba invernal con un ánimo encendido, siendo consciente de la fertilidad espiritual que brota de todo ello.