jueves, 20 de abril de 2017

La gran belleza (de Sorrentino)






LA GRAN BELLEZA. Italia 2013
Director: Paolo Sorrentino. Oscar a la mejor película extranjera 


Los personajes confundidos deambulan. Están inmersos en una belleza irrefrenable y ubicua a la que no atienden. Roma, la citta eterna, es el gran contrapunto de belleza que se contrapone al olvido de los hombres. Una belleza, cincelada en el arte, pero que no establece fractura con la belleza natural que a sí mismo se basta. La belleza es imponente –tal y como los griegos la vieron- y mana a borbotones en el horizonte de vida. Con todo, y a pesar de su desmedida presencia los hombres pasan los días sordos, ciegos y desecados en sus respectivas problemáticas; en sus dolores más o menos discretos, en sus anhelos quebrados, en el amor que buscan sin saber cómo, en el sinsentido al que se ven arrojados, en la frivolidad de las clases pudientes, en el dolor de los sin voz…

Respecto de las clases pudientes el tedio no será más que falta de vigor y falta de vitalidad; el empoderamiento de esa muerte discreta –en vida- que se vislumbra en ciertas trayectorias vitales. En la mirada del director, Paolo Sorrentino, esta muerte discreta será casi lo común. Un tedio que, discretamente, mata será lo usual en la sociedad contemporánea con todos sus fetiches de consumo. Vivimos instalados en el tiempo de la movilización total –para la producción- pero también en unos circuitos de imágenes y en unos códigos de representación que invitan y promueven un consumo incesante. El económicamente pudiente será el tipo socialmente dominante. No solo por controlar los resortes del poder y el imaginario sino por haber integrado, relativamente, a una amplia clase media en la sociedad de consumo y en sus propios hábitos de vida. Este dominio lleva al capitalismo a su apoteosis descubriéndose el ocio como la gran liturgia en la que se tratan de desplazar los malestares que suscita el estilo de vida impuesto. Considérese que lo que se consume serán, básicamente, imágenes y modos de representación social -mucho valor de cambio y poco valor de uso-. 

En un tiempo así el cinismo existencial gana terreno hasta convertirse en el estilo por excelencia. Los que algo saben, saben del enorme vacío existencial que a todos abraza y de las deformidades del alma que van tomando cuerpo… En tal panorama Sorrentino ajusta aun más el foco y nos hace mirar a un grupo de sofisticados “cultivadores del espíritu”; falsos escritores, falsos “hombres de cultura”, “intelectuales” que viven o pretenden vivir de la industria mediática y cultural. El tedio y la insatisfacción se les hace insoportable pero todo lo va tapando el carnaval  imaginario de la propia existencia. Al final, lo tapado por toda esa operatoria imaginaria será esa belleza ubicua que ejercerá de contrapunto ante tanto sinsentido.

Estamos en Roma, la citta eterna, y la Iglesia sella el escenario con su presencia. En principio, la Iglesia queda retratada en la figura de un cardenal. El foco destacará un personaje vanal a extremos que no desentona entre tanta frivolidad. Hasta el punto de parecer no príncipe de la Iglesia sino príncipe de lo nimio. A partir de ahí todo parece complicarse y se insinúan rendijas que acaso permitan ver más allá del escenario. El cardenal frívolo desvelará junto a su aparente futilidad una densa vecindad con la práctica de exorcismos y con lo demoníaco imposible de calibrar ni enjuiciar. Sorrentino no cierra el juicio ni el perfil del personaje con el fin de dejar intacta su enorme ambigüedad. ¿Estamos ante un íntimo del mal ejerciendo de cardenal corrupto de la Iglesia o. más bien, con alguien que se confronta con el mal en la penumbra pero que finge ser un bobo solemne?, ¿es el cardenal un actor polisémico y versátil que según le viene así se muestra?. Su retrato de la jerarquía eclesiástica, en la superposición de imágenes que convoca, se hace tremenda.

Todo es frivolidad en el escenario y lo que no lo es resulta confuso. En esas el espectáculo parece brindarnos un nuevo envasado. Una beata a la que se reconocen valores de santidad aparece en escena. Toda la película no será sino el prolegómeno a esta aparición. Vieja y de presencia casi desagradable parece no ser capaz ni de hablar ni de nada que no sea vegetar. Su presencia queda mediada por un friqui, delirante y  astracanante, que, al parecer, es quien transmite sus deseos e intenciones. Parece un montaje más, un montaje que ni siquiera intenta aparentar no serlo, una posición de consumo de baja estofa. Algunos elegidos son invitados a cenar con la afamada santa. Entre ellos el protagonista de la película, un dandy culto y fino, en su día escritor de talento, que, incapaz de escribir, sobrevive en su propio cinismo. Su debilidad e incapacidad no le impiden mantener cierto anhelo interior, el ojo bien abierto y cierta nostalgia del amor. Su mirar es testigo de la decadencia que le rodea y en la que él mismo se implica. Reconoce la belleza pero el motor de su corazón no se activa. En la visita de esta santa irreconocible, acompañada por un friqui grotesco, le tocará lo gratuito, lo que se brinda sin pedir nada a cambio, la vida que irrumpe. La santa se le meterá hasta la alcoba íntima para descansar en su suelo. De lo poco vivo que se muestra en la película serán estos dos personajes marginales y, como digo, casi desagradables; en las antípodas de la sociedad de la imagen. En realidad viven en un mundo aparte. No pertenecen al mundo en el que se mueven. Hasta el punto de ser completamente irreconocibles.

Al simple contacto con ellos el escritor despertará a sus talentos y profundizará en el propio rastro que en la adolescencia le dejara la belleza -y que olvidó-. La santa le acogerá en su intimidad y, sin aspavientos, le revelará cierto secreto que libera: ser capaz de atender a la raíz donde se fragua la vida, mirar al dolor cara a cara, estar a su altura, no olvidar la belleza. El de la santa será un ejemplo será bien nítido: ser capaz de acoger el dolor del hermano hasta sus mismos tuétanos, saber de esa raíz honda que nos acoge, saber del amor que al dolor queda abierto; abierto al dolor del hermano pero también al dolor y al malestar interior… En realidad la monja ha accedido a otro mundo que no es el convencional. Su incalificable asistente es de los pocos testigos. El mundo de la gran belleza y el del temple, apasionado y sobrio, que ésta exige…  -Conoce todos sus nombres-, le dirá sobre la monja su desconcertante secretario a nuestro cínico escritor… Los nombres de una gran bandada de pájaros arremolinada y encantada por su presencia; acaso todos los nombres de lo vivo, todos los nombres de todo.

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