Acabo de ver La Gracia, la última película Sorrentino.
Acaso de los directores mas sugerentes que nos van quedando. No es una película
religiosa -de hecho puede verse en clave completamente laica- aunque las referencias
religiosas son el eje de toda la filmación. Estamos ante una gran película. La
gran belleza, la otra película que vi de Sorrentino, acaso me gustara más
pero claro es que La Gran belleza es una discreta obra maestra. La
gracia es un empedrado o un tapiz de la vida interior del personaje y a partir
de ahí se nos va desafiando con diversas cuestiones de corte filosófico, ético
y existencial. La película dura más de dos horas y a pesar de la densidad temática
no aburre en absoluto; lo que deja claro que estamos ante una film
excelentemente filmado y narrado.
La gracia
va de eso mismo, de la gracia, de la ligereza y la duda. La racionalidad no puede
con todo y la verdad empírica de las cosas se nos desvanece como el agua entre
las manos; el gran drama del hombre moderno. El protagonista, un presidente de la
república italiana a punto de dimitir, bracea en un océano de dudas personales,
éticas, religiosas y políticas. No es capaz de soñar y anhela volver a hacerlo.
Siendo un católico dubitativo duda sobre si firmará una ley de eutanasia, duda
sobre quien recibirá el indulto de su fin de mandato, duda sobre su mujer a la
que amó profundamente, duda sobre el calado de su vida. Los demás le respetan y
mucho pero el, desconsoladamente, duda. Añora la ligereza existencial que perdió
hasta el punto de no recordarla siquiera. Divisa estremecido a quienes les reconoce
cierta ligereza existencial, gentes que no quedan ancladas por las cosas de la vida
y que siguen chapoteando felices, acaso heridas, pero felices. El no es capaz
ni de concebir esa alquimia y de todo eso va la película.
La cuestión del dolor y de cómo abordarlo, desde muy
diversas perspectivas, es el gran eje que todo lo ordena. Dramaticamente el
personaje nos dirá sobre sus dudas sobre firmar o no la ley eutanasia. ¡No se
que hacer, si la firmo para unos seré un asesino y si no lo hago para otros seré
un torturador!... En realidad, él no tiene certeza alguna sobre la cuestión y entiende
a los unos y a los otros. El dolor asomando en la existencia y la vida de
todos. Del otro lado la capacidad de ligereza y de ternura existencial volviéndonos
a hacer capaces de festejar y devolviéndonos un poco de la infancia perdida.
Nuestro protagonista se encuentra férreamente anclado
a su racionalidad; entregado a encontrar la verdad no sale de sí ni de sus
divagaciones. Es como el cemento armado le dicen en cierto momento. No respira,
no vuela… Y a partir de ahí la gracia entendida en una clave que bien podría asumir
tanto alguien religioso como laico. La gracia como tal, brindándose gratuitamente,
a partir de la propia capacidad de duda y de saberse suspendido en un no-saber-alcanzar
por uno mismo la verdad. El cemento sabiéndose agrietado… La propia incapacidad
y fragilidad que se palpa y se asume, paradójicamente, liberando y ayudando a recobrar
la capacidad de vida mediante esa ligereza existencial. Esa capacidad de vivir que
no se deja interceptar rumiando el pasado. La gracia brindando la ligereza tras
asumir que no damos de sí, que somos finitos, y que necesitamos de un vigor que
nos renueve sacándonos de nosotros mismos. Como podemos apreciar la película no
es una película religiosa sobre la gracia y la fe aunque arraiga en todas estas
cuestiones planteándolas de un modo ambiguo y dubitativo. La duda
desfondándonos, la gracia como potencia activa que viene de más allá de nos, la
ligereza al fin sacándonos de nuestra propia cárcel… La duda y el Misterio que
nos subsumen en su seno. La gran pregunta que nos lanza Sorrentino, siendo así
las cosas, ¿de quien son nuestros días?... No es una pregunta baladí ya que es
un Gran Misterio quien nos acoge. En suma, estamos ante una pequeña joyita que
nos hará pensar al tiempo que nos deleita con su modo de narrar. La gracia,
esa una peli sobre un alma, acaso un poco la de todos. Impresionante la escena
sobre el destino del hombre en la que un personaje es zarandeado por el viento
y la lluvia como gran metáfora de la vida ya apagándose. El dolor, la vida
zarandeada y el amor como esa fuente nutricia que todo lo transfigura.

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