viernes, 6 de febrero de 2026

¿Junger como romántico?; el de Wilflingen y su conversión al catolicismo

Sigo retomando mi encuentro con Ernst Jünger tratando un tema que a unos intranquiliza y a otros complace, Me refiero a su conversión al catolicismo los últimos años de su vida. Quizá el carácter aéreo y no subsumible en categorías sencillas de este pensador y hombre de acción desborde tanto a unos como a otros. En la fotografía vemos a Jünger posando para el escultor Arno Breker en 1982




Precisamente en los residuos

es donde hoy en día

se encuentran las cosas

insospechadas”

(Ersnt Jünger)

 

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A propósito de la conversión de Ernst Jünger al catolicismo en los últimos años de su centenaria vida han cuajado no pocas polémicas y debates. Se ha hablado de la influencia de la segunda mujer; lo que probablemente siendo cierto desdibuja el debate sobre un asunto que va más allá de lo inmediato. También se ha hablado de la influencia de dos sacerdotes católicos con los que se entendió. Uno de ellos será el monseñor checo Kubovec, el cual le dijo que eso de que era mejor cantar una vez que rezar tres; algo que impresionó y tocó al de Wilflingen por conciliarle con las liturgias de su niñez y ofrecerle una textura compleja de la vida religiosa.

El otro sacerdote cercano fue el párroco de Wilflingen Roland Niebel el cual ya sabía desde hacía tiempo de su afinidad por los entornos católicos. Si bien en su obra hay varias referencias críticas a los pastores, básicamente les censura haber dejado de lado la perspectiva de lo sagrado dejándolo de lado por lo humano demasiado humano lo cierto es que también nos indica excepciones a lo dicho pertenecientes expresamente al ámbito católico. Me refiero a la referencia a un sacerdote católico, el Padre Lampros, que sobresale y es cimera en su obra. El Padre Lampros, uno de los personajes de “Los acantilados de mármol” capaz de aguardar las tropas del Gran Guardabosques, el gran nihilista comprometido con destruir la civilización mediante el terror y la fuerza, con una sonrisa desconocida en los labios... Su nombre Lampros en griego clásico aludirá a radiante, resplandeciente, ilustre… En “Los Acantilados de mármol” será el maestro de los personajes principales de la novela; el narrador -que permanece anónimo- y el hermano Otón, hermano tanto de sangre como de espíritu con el que reconoce un vínculo casi monástico. Por cierto, el Padre Lampros y Erio, el niño domador de serpientes -una curiosa variación respecto del mito del Hércules niño- son los personajes del corpus jungueriano que más me tiran. Este gran novela, leída como una crítica del nazismo pero que es mucho más, fue escrita en 1936... Pareciera que el alemán, muchas décadas antes de su conversión, pareciera tener ya claras muchas cosas.

Por lo demás se hace evidente que, con la conversión, el gran intelectual y hombre de acción -memoria de todo un siglo- manifiesta su adhesión a la comunitas no pretendiendo ser sino uno más a la mesa; algo no solo meritorio sino profundo y que concuerda con lo más granado del genio cristiano. Su conversión fue muy discreta, en el último banco del coro de la parroquia de Wilflingen en un acto privado sin alharaca alguna...

Ahora bien, la cuestión a plantear, la cuestión que nos interesa en este blog será otra. ¿A qué responde esta conversión en el contexto del pathos intelectual jungueriano?. En tal sentido no podemos dejar de lado que Jünger, distanciándose completamente de Lutero, y al entender como tan decisivas para la emboscadura a la filosofía, la teología y el arte[1] no deja de tomar partido por una traditio y una paideia[2]que, remontándose a la Grecia antigua y después cristianizada recorre toda la historia cultural de Occidente. Mi impresión es que éste será el quicio sobre el que descanse su conversión; al menos en términos estrictamente intelectuales.

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De entrada esta cuestión debe ser divisada en el contexto germánico de pugna entre católicos y luteranos y, en tal medida, como una toma de partido pública en la pugna. El de Wilflingen no será el primer intelectual alemán de fuste que se deslice hacia al catolicismo. Algo de especial relevancia en el contexto político-cultural germánico. Hace poco dediqué una entrada en este blog a la deriva filocatólica del Círculo de Jena; la primera vanguardia intelectual europea que, desde su pathos romántico desbordándose y desbordado, terminó acercándose a la catolicidad grecolatina; a su arte, su teología, su espiritualidad, su filosofía...

Si atendemos al contexto del deslizamiento de Jünger hacia el catolicismo encontramos un contexto sincrónico y paralelo al de los románticos de Jena y es que las vecindades de este pensador alemán con el espíritu que animó a la primera generación romántica son difícilmente cuestionables. Tanto en el primer romanticismo -el llamado frühromantik- como en el de Wilflingen encontramos un acentuado deslumbramiento por la cuestión del Uno y el Todo retirando su velo; hasta el punto de ser ésta, en términos filosóficos, una cuestión decisiva. Como nos recuerda Jose Luis Villacañas el Hen kai Pan que proclamaban los románticos adoptándolo como lema[3]. Esta divisa anidará en un determinado umbral de intuición íntima y en un pathos que considera la inmanencia y la presencia de lo divino -lo divino manifestándose y componiendo el mundo- como lo decisivo de toda perspectiva sapiencial. Así la filosofía, señalando una ontopraxis, será entendida desde los frutos y las potencias de la vida del alma y no desde la mera predicación. No dejemos de lado que en los años del primer romanticismo se estaba traduciendo a Platón directamente al alemán al tiempo que crecía el interés suscitado por Plotino. De Plotino nos dirá Novalis que era un filósofo expresamente nacido para él[4].

De la toma de conciencia de ese Hen kai Pan, del Uno y el Todo, dependería todo acercamiento iluminado a lo real. Tal será pues el umbral por hacer que habita el hombre, la de la potencia de su alma abriéndose a esa Unicidad que todo lo acoge y todo transfigura... Desde el horizonte de lo Uno, que Jünger compartirá con la frühromantik, quedará todo el corpus jungueriano abierto a una figura esencialmente iniciática. La cuestión de la Unidad y su brindarse… Esta figura iniciática recapitulará toda su obra.

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En los tiempos de la primera generación romántica la influencia directa de la filosofía griega, desde su acento unitivo, o la del propio Spinoza, tan atenta a lo que hay, terminaron poniendo del revés la influencia kantiana. De la mano de esas influencias el eje de la filosofía volverá a empezar a virar hacia la pregunta por el ser matizando con rotundidad el giro kantiano que había primado filosóficamente la pregunta por el conocer. Tal será el contexto de la ruptura entre Schelling y Fichte al reconocer el primero la perspectiva de la naturaleza -die nature- desde su propia sustancialidad distanciándose así de Fichte quien la considerará una mera negación del yo transcendental. Desde la fuerte corrección a Kant y en claro rechazo de la Ilustración y de su desprecio al pasado se terminará por volver a dirigir la mirada intensamente hacia Grecia y, también, hacia la Edad Media[5]. Lo que suponía volver a la tradición filosófica vigente durante siglos.

Sobre el espíritu romántico nos dirá Novalis: “Cuando doy a las cosas un sentido augusto, a las realidades habituales un aspecto misterioso, a lo que es conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito un aire, un reflejo, un resplandor de infinito, las romantizo”. En realidad, basta leer al propio Novalis, a Hölderlin o Schelling para constatar ese Hen kai Pan como el paisaje en el que habita el pathos romántico. La cuestión de la Unidad, la de lo Uno y lo Múltiple, la de la apertura de todo acontecer a un plano que todo lo acoge, la del alma entregada a tal capacidad de reunión y de conciliación en un estado inflamado de plenitud ontológica que desborda nuestra percepción cotidiana de las cosas... Y, finalmente, la toma en consideración de la traditio católica ponderando su mirada a Grecia y atendiendo a su alta espiritualidad.

Como vengo sugiriendo Jünger se moverá en un paisaje muy afín. En Visita a Godenholm nos dirá: "Continuamente volvía a suceder que lo Uno se elevaba por encima de las partes y se revestía de resplandor. Éste secreto era inexpresable, pero todos los misterios aludían a él, trataban de él, sólo de él". Hasta tal linde alcanzará el poder visual al que se nos remite en este importante relato. Tal plano de Unidad, sobresaliendo de entre lo real en tanto acontecer de plenitud del cosmos y del alma que contempla, será la condición del modo en el que Jünger entienda el conocer del hombre. La unicidad de todo lo real revelándose como finalidad, polo atractor y telos de todo lo real. Un importante matiz. Con la apelación a la Unidad, tanto los románticos como el de Wilflingen, no apelan a un mero decir ni a una reflexión. Atienden a las potencias ciertas de la vida del alma. Al no poder ni reconocerlas la modernidad acusa una grave limitación. La vea o no la vea.

A partir de lo dicho creo que se entenderá por que, según Jünger, el conocer del hombre, en su llegar a ser pleno, en su figura desplegada, expresará necesariamente un “acuerdo profundo”[6] en tanto reconocimiento alegre y enamorado de la Unicidad que todo lo afirma. No podría ser de otro modo. La vida afirmándose en su propia plenitud de ser, la del hombre y la de todo lo real… El conocimiento y la apertura del alma como plenitud ontológica…

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Atendiendo a las sincronías entre Jünger y la premera generación romántica, acaso, pudiéramos considerar al de Wilflingen como un autor en la estela del romanticismo poético y filosófico. Tal pretensión, más allá de que le restaría calado por subsumirle en una categoría ad hoc, olvida que esta apuesta, la de lo Uno y lo Múltiple, está a la base de lo más granado de la tradición filosófica occidental; desde la escuela de Atenas, desde los neoplatónicos, desde la patrística e incluso desde los presocráticos[7]. En palabras de Platón atribuidas a Sócrates: “A ese hombre, capaz de mirar hacia lo Uno y hacia lo Múltiple, le sigo los pasos como si fuera un dios"[8]. Ante la pregunta por la Unidad quedamos pues ubicados en uno de los más grandes emblemas de la herencia socrática. En tal pregunta se encontraron el cristianismo y el helenismo con naturalidad hasta el punto de indicarnos los padres de la iglesia (cfr. Justino) las semillas de verdad o semillas del logos -logos spermatikós- contenidas por la filosofía[9]. Según Justino y también para Dionisio Aeropagita -a través de la figura de los principados, un género de ángeles- estas semillas quedarían amparadas por el llamado ángel de las naciones del cual dependerán los tramas de verdad que puedan darse en contextos que no sean ni cristianos ni judíos. El texto es claro y se habla genéricamente de las naciones. No debe extrañarnos pues que las buenas valoraciones de la filosofía griega sean recurrentes en la patrística (Justino, Orígenes, Gregorio de Nisa, Gregorio Nacianceno, San Basilio, Agustín de Hipona, Macrina, etc). De ahí la necesidad que tuvo la Iglesia de esbozar un marco teológico propiamente católico que pudiera acoger la mirada hacia tradiciones no cristianas como la filosofía griega. Recordemos la relevancia de la cultura griega en el proceso de enhebrado del cristianismo en los primeros siglos de nuestra era. En la Edad Media, con su idea de la mística natural, procedió Santo Tomás de Aquino de un modo análogo y paralelo en un contexto en el que se renovaba la mirada a Grecia… Sirva lo dicho como encaje teológico para la cristianización del legado griego.

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En la alusión a la filosofía y al legado griego nos encontramos, en realidad, una de las más importantes intimidades de la cultura occidental. De ahí el error adjudicar a Jünger una condición romántica ya que la tradición en la que se inscribe desborda completamente el romanticismo. Acierta Luc Oliver d´Algange al indicarnos en su lúcido artículo “La ciencia de las lindes y los umbrales”, publicado por la revista Axis Mundi, que el vínculo que podemos trazar entre el romanticismo y el corpus jungueriano es más bien una cuestión de afinidad intelectual. En sus propias palabras “Si la obra de Jünger se emparenta con el romanticismo alemán sin duda es menos efecto de una influencia directa que por semejanza de naturaleza”. Ahora bien, la alusión al llamado frühromantik sirve y delimita el contexto por el cual Jünger se ubica en ese pleito estrictamente alemán en relación a lo planteado por Lutero; un pleito que más que ver con una libertad religiosa que no existía -cada cual estaba a obligar a seguir la religión de su príncipe o del poder civil dominante- radicaba en la disputa abierta por la quiebra de la unidad cultural y religiosa no solo de Alemania sino de toda Europa. De hecho, en las dolorosas guerras de religión del XVII, insisto, no se luchaba por libertad religiosa alguna sino por la vigencia de una figura cultural europea integrada confrontada a las pretensiones de quebrar esa figura desde la emergencia del estado-nación y en la programática luterana de destrucción del poder de instituciones transnacionales como la del papado y el imperio.

Esta pugna en Alemania, precisamente donde estuvo más vigente el poder imperial, fue prolongada y tenaz. De hecho, las últimas décadas del XIX en la Alemania unificada por Prusia fueron las del activismo contracatólico de la kulturkampf promovida desde el propio Estado. Junger se educó en esa Alemania prusiana que aun vivía la resaca de la kulturkampf. Este no es un detalle menor.

En resumen y concluyendo, desde luego que cabe hablar de una influencia romántica en la génesis del pensamiento jungueriano. Leyó a los románticos y su modelo, dadas las tangencias existentes, sirvió necesariamente de referencia para su conversión. Aun así, como hemos ya indicado, sería un error considerar a Jünger como una especie de romántico tardío. Para empezar su horizonte de reflexión, el propio del siglo XX, es muy diferente al del romanticismo. De lo que se trataría, más bien, sería de entenderle junto a los románticos ubicado en la misma estela del pensar. Esta estela será mucho más antigua y no será sino la estela del neoplatonismo, la de la escuela de Atenas y el legado griego cuajando de muy diversas maneras en la atención a la Unidad de todo lo real a partir de la triada del Bien, la Verdad y la Belleza; primero en clave helenista y después en clave cristiana. Y a partir de ahí la paideia y la therapein en tanto cuidado de sí.

La adhesión expresa a tal traditio, en el contexto alemán, será toda una respuesta a cómo Lutero se desmarca de la razón filosófica acotando el cristianisaamo desde el evangelismo -la atención privilegiada y casi excluyente al evangelio- y en una fe -sola fides; solo la fe- que desfonda toda elaboración humana en relación a la intimidad con Dios. En tal planteamiento sobrarían intención, obras, razón filosófica-teológica; en definitiva, sobraría el libre arbitrio y, por tanto, la tradición filosófica como expresión del mismo... Para Lutero la gracia se derramaría sin más y del hombre muy poco o más bien nada cabría esperar… También sobrarían los saberes místicos quedando desplazados por la atención a lo bíblico. Lo planteado por Lutero cuestionó inevitablemente, desde sus mismos cimientos, a esa traditio que sabía atender al legado de la Grecia antigua[10] y la escuela de Atenas precisamente por constituirse como una mirada griega al legado de Jesús de Nazareth. La traditio que, cristianizada, otorgará figura sapiencial y filosófica al cristianismo católico... No puede causar sorpresa la conversión de alguien como el de Wilflingen bien acostumbrado a transitar por esa traditio. Otra cuestión será su propia singularidad a la hora de acogerse y vincularse con la misma. No olvidemos su perfil de emboscado que atiende a la tarea íntima de la libertad como la gran tarea del hombre. Atendiendo a Lutero la libertad del hombre, saber promover la propia eticidad, la sensibilidad hacia la belleza y el cultivo de sí se tornarían irrelevantes por no aportar absolutamente nada en la relación con Dios y en la dispensa de su gracia. En términos católicos salva y libera la gracia de Dios, del logos de todo lo dado… La diferencia con el evangelismo es que, siendo así, lo humano acontecería existencialmente desde el ejercicio de su propia libertad al decidir orientarse y ubicarse en la dirección de la gracia.

 

En términos nada luteranos Jünger dará una enorme importancia a la libertad del hombre. Hasta el punto de constituirse en uno de los ejes alrededor del cual gira su obra. Incluso llegará a decir que el sentido de la historia, de la existencia humana por tanto, consiste en el triunfo de la libertad frente a los desafíos que puedan confrontar al hombre. En sus propias palabras: “la libertad nueva es libertad antigua, es libertad absoluta vestida con el traje propio de cada tiempo; pues el sentido del mundo histórico consiste en que triunfe una y otra vez la libertad, pese a todas las tretas del zeitgeist, del espíritu del tiempo”[11]

 

Según su criterio, en nuestro tiempo, en la era de los titanes y de la administración de la vida solo la capacidad de acoger la libertad será el umbral de resistencia del hombre. Tanto será así que todas sus figuras -el anarca, el emboscado, el trabajador- lo que pretenderán será asegurar para el hombre los márgenes de libertad exigidos por la propia dignidad humana. Esta quedará asegurada en esa esfera de lo iniciático ya apuntada. El alemán, en realidad, entenderá que el hombre necesita de una manera renovada de entender la libertad. Esta, yendo más allá de las libertades políticas del XIX, enraizaría en una esfera interior, la de la vida del alma y sus potencias. La cuestión de la libertad y la vida como tarea… Acaso se tienda a olvidar el perfil central que la afirmación de la libertad del hombre, la cuestión del libre arbitrio, tendrá para los católicos en el debate con el luteranismo.

 

Hago notar, y esta es una referencia importante, como para Jünger la libertad quedará entendida desde la necesidad. En sus propias palabras: “El espectador se ve coartado en su libertad por lo necesario pero es él, con su libertad precisamente, quien otorga un estilo a lo necesario”[12]. ¿Hasta donde alcanza tal potencia del alma reconociendo sentido en la necesidad?... La especulación mística de San Jun de la Cruz nos lo desvela.

 

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Atendamos a la diferencia entre la espiritualidad católica y la luterana. La mística cristiana quedara conjurada desde esa apertura enamorada a lo que es, a lo que el acontecer nos brinda, a lo que necesariamente nos viene dado y se nos impone como lo que toca. Recordemos la atención amorosa o atención pura de San Juan de la Cruz doctor de la Iglesia, quedando cincelada en la aceptación de lo que es, de la necesidad, de lo que toca, de lo que hay… para así ir retirando los velos de las viejas veredas del espíritu por utilizar una expresión jungueriana. Considérese que la atención amorosa y la atención pura enraízan en la necesidad además de en la templanza y receptividad del alma…

La espiritualidad luterana por regla general girará en torno a la agradecida y contenida emoción religiosa por disfrutar de la elección divina y, a partir de ahí, la ética; lo que compendiará la esfera de la experiencia religiosa. Incluso habrá importantes sectores del protestantismo que criticaran con dureza la mística o la misma propuesta de una saber referido a las veredas del espíritu. Desde su registro la fe salva y la ética confirma quedando espacio para muy poco más. En el orden católico, ética y emoción encontraran su propio horizonte en la vereda mística de la teología negativa o apofática considerada ésta como el gran asiento teológico de la mística especulativa.  La teología negativa, efectivamente, delimitará la cima de la espiritualidad cristianocatólica sosteniéndola a lo largo de toda la Edad Media. La obra de Dionisio Aeropagita[13] y su enorme influencia será decisiva en su transmisión. Lutero en una vereda bien distinta acusará al Aeropagita de platonizar atendiendo al afán luterano de alcanzar una pureza de origen capaz de dinamitar la traditio romana. Lutero desde su acentuado evangelismo dejará de lado la traditio griega y medieval a la que venimos aludiendo. Creo que más allá de cualquier consideración o matiz no, no nos equivocamos en Trento[14]. Con todo el cristianismo, a diferencia de lo que entendían las escuelas gnosticistas del siglo II y III, no se concebirá como una simple escuela espiritual de ahí que quede dirigido, salvíficamente, a la totalidad de la comunitas según medida, esto es, a la medida de cada cual. Recordemos eso que dijera San Juan de la Cruz de que “Dios es como la fuente de la cual cada uno coge según lleva el vaso”. De un lado las cimas de la mística, del otro la liturgia y el ritual constituyendo la comunitas y nutriendo el alma desde lo que serían los muy diversos registros de la paideia cristiana y de la vida religiosa católica.

El de Wilflingen, y esto es lo decisivo, se habría estado moviendo en el cartograma descrito que no será sino el de la traditio de la cultura occidental en sus muy diversas veredas. Ahí enraizará toda su obra. Hen kai Pan nos dirá dejando de lado la estela luterana y reconociendo el legado del clasicismo grecolatino. Recuerde el lector lo dicho por San Agustin sobre como Dios, el logos, aguarda en el interior del alma del hombre uniendo, componiendo y amparando el conocimiento del hombre. Jünger por su parte nos indicará al Uno acogiéndose al interior del alma y desvelándose en su mismo núcleo alcanzando ese “acuerdo profundo” en el que consiste conocer. Poco más que decir.



[1] Ernst Junger. La emboscadura, Tusquets ediciones, pg 60. Traducción de Andrés Sáchez pascual

[2] Paideia se traduce por educación o marco educativo pero es un término mucho más amplio que incluye la trama de rituales, liturgías, saberes, la ética, la literatura, el arte, la filosofía que deben formar el carácter del ciudadano.

[3] Jose Luis Villcañas. La quiebra de la razón lustrada: Idealismo y Romanticismo. Ed Pedagógicas

[4] Novalis. Carta a Fiedrich Schelegel (1798) Por lo demás, decir que en principio el romántico alemán quería aunar el énfasis en la subjetividad del idealismo con el panenteísmo de Spinoza. Considerando la generación de la Multiplicidad desde lo Uno el drama constitutivo del alma. Para Novalis y para Plotino de lo que se tratará será de devolver esa Multiplicidad a la Unidad divina mediante la intuición espiritual; lo que será entendido por Novalis como romantización e intuición poética. Según Novalis la materia, en sí una materia ontológico general o un espejo vacio en palabras de Plotino, quedaría iluminada por el alma al venir a proyectarse las ideas -las ideas platónicas- sobre la misma. El alma albergaría esas ideas y la tarea espiritual sería afinar el conocimiento de esas ideas rememorando la plenitud ontológica que dimana de las mismas. Esta plenirud ontológica apuntará a la Unicidad de todo lo real.  Si ponderamos el giro católico del Círculo de Jena, al cual Novalis se adhirió, no nos puede resultar casual que San Agustín entendiera las ideas platónicas como los pensamientos de Dios que el alma reconoce en el mundo sensible tronándose hacia lo inteligible.

[5] Cfr. Novalis. La cristiandad y Europa.

[6] “El conocimiento es acuerdo profundo”. Enst Jünger. Sober el dolor. Ed Tusquets. Traducido por Andrés Sánchez Pascual.

[7] La cuestión de la physis y el arje prefigura los logoi platónicos y de la filosofía griega, en general, sobre lo Uno y lo Múltiple. Un arje o principio rector cuya presencia ordena y da figura al cosmos.

[8] Platon. Fedro. 399. Ed Gredos; traducción Emilio Lledó

[9] El encuentro entre el judaísmo y legado de la escuela de Atenas y del platonismo es, incluso, anterior al cristianismo tal y como revela la obra de Filón de Alejandría y la recepción de la lengua y cultura griega por los judios. Incluso el griego llegó a ser utilizado en las sinagogas y la liturgia por los llamados judíos helenísticos, los judíos de la diáspora. A Filón le llamaban los padres de la Iglesia uno de los nuestros.

[10] Al día de hoy se es muy poco consciente de la relevancia de la lengua griega, en tanto lengua franca, en todo Oriente Medio en la época de Cristo. Consideremos que los romanos prolongan el llamado helenismo, la hegemonía cultural griega, en todo oriente Medio. El helenismo  habría estado vigente desde la época de Alejandro Magno y entre los judíos, incluso considerando la revuelta asmonea por la que los judíos se independizaron con éxito de los griegos seleúcidas, continua la época del helenismo ya que los asmoneos terminaron constituyendo una monarquía helenística. El propio Jesús nació en Nazareth, una aldea que estaba a 4 Km de la ciudad griega de Sephoris. Considere el lector que ab initio el cristianismo encontró en el griego su modo natural de expresión a partir de la síntesis grecojudia ya formulada en Alejandria por el llamado judaismo helenístico, una de las corrientes más importantes del judaismo de la época. No en vano los padres de la Iglesia llamaran a Filón de Alejandría, el gran platónico judío alejandrino, “uno de los nuestros”. Considere también el lector que el éxito de la prédica cristiana arraigo especialmente en los judíos de la diáspora -los judíos helenísticos- y en conversos no judíos de cultura griega; llegando estos últimos a ser la mayoría ya en el siglo II. De un modo o de otro el hecho es que el cristianismo configuró su ortodoxia en lengua griega y atendiendo a la sabiduría de la escuela de Atenas como interlocutor del que se sirvió y en el que enhebró su respuesta filosófica y teológica (cfr. Orígenes) al dualismo y a la desconfianza respecto de lo sensible y respecto del mundo material propio de las escuelas gnosticistas. Efectivamente, Jesús era judío y su lengua materna era el arameo -aunque muy probablemente estuviera familiarizado con el griego- al no dejar de ser Nazateth una aldea de Sephoris. Ahora bien, la idea de un Jesús puramente judío, entendiendo por tal a alguien ajeno a su circunstancia histórica, es puro imaginario.

 

 

[11] Ernst Jünger. La emboscadura. Ed Tusquets; traducción de Andrés Sánchez Pascual.

[12] Ernst Jünger . la emboscadura, Ed Tusquets traducción de Andrés Sánchez Pascual

[13] Al parecer quien firmó las obras del corpus dionisiacum fue un monje sirio del siglo V. Llamarle Pseudo-Dioniso roza lo delirante por mucho que se haya difundido el término ya que si bien no es el Dionisio Areopagita evangélico es algo normal en la tradición monástica cristiana el firmar los textos con el nombre de una autoridad a la cual se acoge simbólicamente quien escribe. San juan de la Cruz no se llamaba Juan y no por ello  no se le llama PseudoJuan…

[14] Aludo al debate entre Pérez Reverte e Iñaki Gabilondo, en prime time televisivo, sobre si nos equivocamos en Trento. Ambos tenían esa perspectiva. 

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