Ando elaborando un librito sobre Ernst Jünger y la experiencia visionaria y estas líneas serán parte de su introducción premurosa. Una introducción densa en la que se descubren someramente las cartas que serán manejadas a lo largo del libro y la perspectiva de lo visionario, muy enraizada en nuestra tradición occidental, que tenía el de Wilflingen. No perdamos de vista que pocas personas han pensado con tanta profundidad los desafíos planteados por las llamadas sustancias visionarias y por el acontecer visionario en el alma.
(1)
Ernst Jünger
y la experiencia visionaria o quizá, acaso, Ernst Jünger y el pasaje
visionario... El término experiencia, entendido como mero experimentalismo, se
queda escaso para indicar la cuestión planteada. Consideremos que ésta desborda
la mera experimentación subjetiva con sustancias visionarias para arraigar en
un modo de entender la esfera de lo visionario desde la capacidad de visión.
Pasaje, tránsito, acontecer, cambios de tono en la cualidad de lo que se divisa;
la mirada modificando su finura y desbordando al sujeto de experiencia… No, no
se tratará por tanto de alucinar sino de ver con otros quilates.
En este planteamiento general se aquilata el modo en
que, el de Wilfinglen, entiende el encuentro con este género de sustancias;
precisamente por poder facilitar éstas un acontecer visionario en el alma. Para
Jünger tal será su valor en tiempos casi refractarios a reconocer la
diversidad de orillas y las potencias por venir de la vida anímica. Al hilo de
lo dicho tome nota el lector de las posibles carencias de ceñirnos en exclusiva
a la imagen de la conciencia y del yo que nos vienen dadas por la convención
social y la cultura dominante…
Considérese que, acaso, atender a la capacidad de
visión y a la finura de la mirada podría desvelar la complejidad del conocer
del hombre, de sus troqueles y proyecciones, de las superficies y las
profundidades que puedan servirse, de la diversidad de los estados del alma
bien sea en su solipsismo o en su capacidad de apertura, de la certeza respecto
de ciertas plenitudes y extravíos… No en vano el de Wilflingen, en Visita
a Godenholm, nos hablará de un determinado poder visual. Tal poder visual
podría desvelar la diversidad de secciones de lo real a la que podemos acceder y
la muy diversa y caleidoscópica trama que enlaza alma y mundo. El propio Jünger
en la novela Heliopolis nos dirá: “El universo tal y como se ofrece a
nuestros ojos no es más que una de sus innumerables secciones posibles. El
mundo es como un libro; de sus hojas incontables solo vemos aquella por la que
está abierto.”[2]
Más allá de las secciones que nos son más inmediatas las potencias del alma y
sus horizontes íntimos…
Lo que vengo
postulando nos remite a la relevancia cognoscitiva de una imaginación creadora alcanzando
diversas secciones de lo real y a un conocer que enraíza en nuestros vínculos
anímicos con las imágenes y con la cualidad y el cifrado que aportan. “El alma no
intelige si no es con imágenes” nos dirá rotundamente Aristóteles[3]…
Por su parte Jünger nos sugiere [4] que tal manera de entender
el conocer del hombre pudiera alcanzar esa esfera en la que venga a desvelarse
el privilegio de los dioses de morar en el mundo de las imágenes[5]. Ambos vincularán la
imagen con un umbral de conocimiento privilegiado de lo real. Y es que entender
el mundo desde su condición de imagen, lejos de devaluarlo, nos introducirá en
ese Misterio que sabe advertir la copertenencia de contrarios -lo que llama
Jünger la consonancia secreta- y las correspondencias existentes entre superficies
y profundidades en el seno mismo de lo que hay. A este umbral responderá cómo cada
una de las cosas desvela un Misterio ubicuo e inmanente, pleno y bello... Precisamente
por eso el conocimiento o, mejor, la verdad que se desvela para Jünger solo
podrá ser un “acuerdo profundo”. Un acuerdo venturoso y enamorado con lo que
hay, con lo que es desvelando su magnificiencia… En Visita a Godenholm
nos dirá ”retornaría eternamente al instante en que lo Uno se elevaba sobre las
partes y se revestía de esplendor. Ese Misterio era inefable, y, sin embargo, todos
los misterios aludían a él y trataban de él, de él solo. Los derroteros de la
historia y sus argucias, que tan entrelazadas parecían, conducían a esa verdad.
A ella se acercaba también toda vida humana, a cada día, a cada paso. El tema
de todas las artes no era más que ese Uno, desde esa altura cada pensamiento
era juzgado según su rango. Aquí estaba la victoria que coronaba a todo ser y
le extraía la espina a cada una de sus derrotas. La mota de polvo, el gusano,
el asesino; todos participaban de ella. Esa luz no conocía ni la muerte ni las
tinieblas”
Desde la perspectiva indicada, que hunde sus raíces en
la Grecia antigua y la tradición clásica -incluso diría que en una disposición platonizante-,
todo conocer tendrá cierto un perfil fantástico y toda realidad una determinada
condición de imagen y símbolo que desvela lo real. La perspectiva de la
inmanencia, la de la presencia del Misterio y la de una transcendencia que todo
lo acoge y que desborda todo elaboración mental quedaran así conciliadas. Hasta
los umbrales en los que “lo indiferenciado se incorpora en las formas”[6] podría alcanzar ese poder
visual o lo que es lo mismo hasta el mismo umbral en que se vislumbra la Unidad
de todo lo real en tanto gran visión.
A la base de lo ya indicado hallaremos el que Jünger
considera el rasgo distintivo de la ebriedad, esto es, su alejamiento respecto
del mundo de lo cuantificable y mensurable[7]. No olvidemos que si la
ebriedad supone un acercamiento al Misterio lo será desde la renovación y el
aquilatamiento de la mirada, esto es, desde las cualidades del ser que puedan desvelarse;
cualidades que abrazaran lo cuantificable pero, al tiempo, lo rebasaran precisamente
por cualificarlo y decantarlo.
(2)
En relación a lo dicho es importante indicar que, el
de Wilflingen, entiende la capacidad de visión desde la remisión al
marco general de su pensamiento, un pensamiento, muy referido a la capacidad de
vida. De ahí que su reflexión sobre los también llamados fármacos visionarios
sea indesligable del hilván que enhebra la totalidad de su obra dotándola de
potencia y coherencia.
En relación a tal hilvan el francés Luc Olivier d´Algange
nos recordará que la mirada jungueriana "nos invita a reconocer en nosotros y alrededor de
nosotros la parte imperecedera y gloriosa, la parte de eternidad que nos salva
de la confusión morosa y el olvido"[8],
lo que nos remite a ese poder visual ontológicamente capaz de nutrir y de
presentarse como auténtico cuerno de la abundancia... Constatemos cómo la
cita de d´Algange constela asuntos decisivos de cara a calibrar las
apuestas íntimas del universo jungueriano; dejar atrás el olvido en la capacidad
de rememoración, superar la confusión y el caos en la advertencia de lo eterno,
de lo que siempre es…
Jünger, efectivamente, toma partido respecto de lo humano y su tarea. La apuesta del de Wilflingen
no será una apuesta menor y si de algo será consciente será de la
posibilidad cierta de eso mismo que nos recuerda Enrique Ocaña al
indicarnos la sobrevenida de un “conocimiento desacostumbrado que irrumpe a la
conciencia en una suerte de epifanía o revelación”. Así es, el presentido
cartograma que el de Wilflingen nos muestra advierte de la posibilidad
de una epifanía, de una revelación que irrumpe, de una potencia que sobrecoge y
que se brinda. Este será un asunto decisivo en su pensamiento. Tal será su
campo propio afianzado -no podría ser de otro modo- en la potencia de la propia
vida del alma…
Como puede advertir el lector, a partir de lo dicho, se
irán desglosando los hilos conductores de las páginas que siguen. Como
prolegómeno diré que las experiencias con sustancias visionarias serán
indesligables de la perspectiva de lo visionario en Jünger y, ésta, del logos
y del thymos[9]
que atraviesan su obra. El logos y el thymos; el sentido
emergente y la capacidad de reconocerlo. A partir de lo dicho y desde mi propia
clave hermenéutica se irá ordenando el presente ensayo.
(3)
Para el autor de El corazón aventurero la
esfera de la vida y la de la reflexión quedan vinculadas muy estrechamente. Tanto
será así que su obra debe ser entendida desde la capacidad de vida y desde la
carne encendida que se nos indica. Estamos lejos pues, ante el corpus
jungueriano, de una mera reflexión teórica ni de vistosas referencias eruditas
más allá de que la pluma y la erudición de este pensador alemán puedan llegar a
deslumbrar.
La perspectiva jungueriana -ya lo indiqué- se aleja de
la mera experimentación con sustancias visionarias; y eso a pesar de contarnos Jünger
minuciosamente sus muy diversas experiencias con drogas. Para este pensador y
hombre de acción no se tratará tanto de atender a la originalidad de un yo que
experimenta sino de reconocer el pasaje que se sirve, un acontecer que se
brinda en el alma y que expresa la vida anímica y su capacidad de encuentro con
una exterioridad que, paradójicamente, cuaja y se desvela al encuentro de esa
vida anímica. De ahí, el acento estrictamente iniciático que delimita lo
visionario en la obra de Ernst Jünger
Añadamos a lo dicho un matiz importante. La capacidad
de atención que podamos desplegar en el pasaje visionario será la aduana, a
veces escarpada, de lo que éste nos pueda aportar. En el pasaje visionario y,
también, en la vida misma. Lo dicho apela a asuntos no menores que configuran
un auténtico desafío. Este incardinará la vida humana y sus aconteceres en un
horizonte de sentido que debe ser desvelado. Así entenderá Ernst Jünger
la aventura y el desafío que constituye la vida y que discurre desde esa
potencia de ser a un horizonte dirigido hacia la plenitud de ser, de la
potencia al acto que diría un aristotélico. El envés de esa capacidad de
atención no será sino la capacidad de silenció que pueda albergar el alma. Y es
que, como bien nos recuerda el de Wilflingen, “el silencio se oculta tras el
verbo”[10]
Quisiera terminar este prolegómeno con el criterio de
alguien muy cercano a Ernst Jünger. Me refiero a Albert Hofmann,
el químico suizo que descubrió la LSD y que pertenecía a su círculo más cercano.
Fue él quien le facilitó a Jünger el acceso a las sustancias
visionarias, en concreto a la LSD, en un momento muy temprano.
En el congreso de Basilea que celebró su centenario
-como Jünger, Hofmann, alcanzó los cien años en muy buen estado de salud-
presencie a muy pocos metros como se le saltaban las lágrimas al ver de cerca
una foto de su amigo Ernst Jünger. Lo viví como una auténtica lección
que me ofreció la vida de lo que es la amistad. Ahí va el testimonio del
químico suizo que creo recapitula a la perfección lo ya apuntado sobre ese
poder visual: “Irradiación es un término que expresa muy bien la manera en
que influyeron en mí la obra literaria y
la personalidad de Ernst Jünger. A través de su modo de mirar, que capta
estereoscópicamente la superficie y la profundidad de las cosas, el mundo
adquirió para mí un brillo nuevo y translúcido. Esto ocurrió mucho antes del
descubrimiento de la LSD… Desde hace cuarenta años, una y otra vez, releo El
corazón aventurero… En cada página se vuelve visible lo maravilloso de la
creación y se toca lo único e imperecedero que hay en cada ser humano mediante
la descripción precisa de la superficie y el traslucir de las profundidades.
Ningún otro poeta me ha abierto tanto los ojos…”.
[1] Acerca del alma (De Anima), III, 7, 431a 16–17.
[2]
Acercamiento pg 15
[3]
Acercamiento pg 15
[4]
Acercamientos, pg 283
[5]
Acercamientos, pg. 276.
[6] Luc-Olivier D`Algange. “Ernst Jünger: la ciencia de los límites y los umbrales. Revista Axis mundi nº2. Ed Paidos
[8] El thymos del alma entendido como la capacidad de alquimia y de elaboración de sus afecciones -pathemata- y, en general, de todo lo que incide en la vida anímica… El llamado por los griegos thymos del alma acogerá todo lo relativo al vigor de la misma y a su capacidad para reconocer esos planos de sentido que otorgan figura a lo real. Del thymos dependerá la capacidad del alma de reconocer sentido
[19 Acercamientos, pg 298

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