lunes, 25 de mayo de 2026

Juan Ramón Jiménez: Platero y la mirada desnuda



Bien nos exige la palabra poética volver a Juan Ramón Jiménez y ahí van tres fragmentos de Platero y yo, su colección de poemas en prosa. JRJ; descubrir su poesía pura y su envés de silencio irreductible. La palabra más allá de sí para indicar el mero brindarse de lo real estremeciendo el alma. Poesía ontológica, poesía conjurando la realidad y su Misterio, poesía animando la vida en el atanor del alma, poesía del acontecer que no de la experiencia. Hay que volver a Juan Ramón Jiménez, homenajearle como hicieron con Góngora los poetas del 27; de la mano del magisterio del tierno Platero y de su alma estremecida

Platero y yo está muy lejos de ser un cuento para niños aunque acaso sea la belleza de su prosa poética un umbral de oro a la palabra de los poetas. De ahí que, más allá del culto a la experiencia, anime a su lectura para indagar en la potencia del poeta de la poesía pura. Me refiero a Juan Ramón Jiménez y a su singular poiesis. Ésta enraíza en el conjuro de la capacidad de vida que alberga la poesía quedando bien abierta a esa mirada aquilatada que festeja el ser de lo que hay: Vivencia y mirada uniéndose en el encuentro más potente del que la palabra es capaz...

La poesía pura juanramoniana, la poesía desnuda de todo ornato, la poesía capaz de lo real en su más sencillo brindarse, la poesía que indaga en los misterios de la vida del alma al encuentro de lo que es, de lo que hay y acontece en ese latido mistérico que vincula el compás compartido de alma y mundo. Lo interior y lo exterior copulando sin que quepa tal distingo...

El silencio como condición de esa palabra que meramente indica la vida y sus potencias. "El silencio es como un vaso/ de oro fino y de cristal,/que estuviera rebosando/de agua pura de verdad" nos dirá el poeta... El silencio en el envés de la poesía pura. La fertilidad del silencio, del rincón más vacío del alma alumbrando palabra.

Atendiendo a tal horizonte convoco a Juan Ramón Jiménez como cantor del castellano en el que la palabra desgranó una pureza que alcanzó cotas de eternidad y universalidad difícilmente igualables. En concreto, recojo tres poemas en prosa de su libro “Platero y yo”. Mi criterio de selección es la de la emergencia de esa visión olímpica en la que la realidad, tal cual, queda abierta en intensidad y belleza. Atender a la potencia del acontecer orienta toda una vida. Pocas cosas como la destreza en el cultivo de cierta capacidad de visión para alcanzar la Gran Salud que devuelve intensidad de vida. Un auténtico cuerno de la abundancia en tanto pasaje a tener muy en cuenta en nuestra vida más cotidiana. La vida queda abierta a la belleza y ésta irrumpe con su potencial de salud, con su poder, con ese poder revelado y sobrecogedor que nos recoge en la vida como parte de ella misma… Cantándola, contemplándola… Ahí, la visión rememora sus bríos y se reconoce a sí misma en la contemplación que siempre fue dejando de lado los tránsitos de tanto tiempo moderno… Realidad y hombre llegan así a una cópula difícilmente imaginable, a un éxtasis discreto que dibuja toda una vereda de vida. Ser capaz de aunar discretamente lo cotidiano y ese estado olímpico… La realidad, tal cual, en su encuentro con el hombre, en él y desde él. En su cuerpo y en su espíritu. La visión del hombre, las potencias de vida que éste alcanza, el sello indeleble y glorioso que en el alma queda grabado. El propio reconocimiento en ese horizonte de Unidad entre alma y mundo... Los borrachos beben y anhelan ese don de la ebriedad que nos dijera el gran Claudio Rodríguez. La vida que nos mece...

 

 
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LA FUENTE VIEJA


Blanca siempre sobre el pinar siempre verde; rosa o azul, siendo blanca, en la aurora; de oro o malva en la tarde, siendo blanca; verde o celeste, siendo blanca, en la noche; la fuente vieja, Platero, donde tantas veces me has visto parado tanto tiempo, encierra en sí, como una clave o una tumba, toda la elegía del mundo, es decir, el sentimiento de la vida verdadera.

En ella he visto el Partenón, las Pirámides, las catedrales todas. Cada vez que una fuente, un mausoleo, un pórtico me desvelaron con la insistente permanencia de su belleza, alternaba en mi duermevela su imagen con la imagen de la Fuente vieja.

De ella fui a todo. De todo torné a ella. De tal manera está en su sitio, tal armoniosa sencillez la eterniza, el color y la luz son suyos tan por eterno, que casi se podría coger de ella en la mano, como su agua, el caudal completo de la vida. La pintó Böcklin sobre Grecia; Fray Luis la tradujo; Beethoven la inundó de alegre
llanto; Miguel ángel se la dio a Rodin.

Es la cuna y es la boda; es la canción y es el soneto; es la realidad y es la alegría; es la muerte.

Muerta está ahí, Platero, esta noche, como una carne de mármol entre el oscuro y blando verdor rumoroso; muerta, manando de mi alma el agua de mi eternidad.



¡ANGELUS!


Mira, Platero, qué de rosas caen por todas partes: rosas azules, rosas blancas, sin color...Diríase que el cielo se deshace en rosas. Mira cómo se me llenan de rosas la frente, los hombros, las manos... ¿Qué haré yo con tantas rosas?

¿Sabes tú, quizás, de dónde es esta blanda flora, que yo no sé de dónde es, que enternece, cada día, el paisaje, y lo deja dulcemente rosado, blanco y celeste -más rosas, más rosas-, como un cuadro de Fray Angélico, el que pintaba la gloria de rodillas?

De las siete galerías del Paraíso se creyera que tiran rosas a la tierra. Cual en una nevada tibia y vagamente colorida, se quedan las rosas en la torre, en el tejado, en los árboles. Mira: todo lo fuerte se hace, con su adorno, delicado. Más rosas, más rosas, más rosas...

Parece, Platero, mientras suena el Ángelus, que esta vida nuestra pierde su fuerza cotidiana, y que otra fuerza de adentro, más altiva, más constante y más pura, hace que todo, como en surtidores de gracia, suba a las estrellas, que se encienden ya entre las rosas... Más rosas... Tus ojos, que tú no ves, Platero, y que alzas mansamente al cielo, son dos bellas rosas.


EL POZO


¡El pozo!... Platero, ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría.

Mira; la higuera adorna y desbarata el brocal. Dentro, al alcance de la mano, ha abierto, entre los ladrillos con verdín, una flor azul de olor penetrante. Una golondrina tiene, más abajo, el nido. Luego, tras un pórtico de sombra yerta, hay un palacio de esmeralda, y un lago, que, al arrojarle una piedra a su quietud, se enfada y gruñe. Y el cielo, al fin.
(La noche entra, y la luna se inflama allá en el fondo, adornada de volubles estrellas. ¡Silencio! Por los caminos se ha ido la vida a lo lejos. Por el pozo se escapa el alma a lo hondo. Se ve por él como el otro lado del crepúsculo. Y parece que va a salir de su boca el gigante de la noche, dueño de todos los secretos del mundo. ¡Oh laberinto quieto y mágico, parque umbrío y fragante, magnético salón encantado!)

—Platero, si algún día me echo a este pozo, no será por matarme, créelo, sino por coger más pronto las estrellas.

Platero rebuzna, sediento y anhelante. Del pozo sale, asustada, revuelta y silenciosa, una golondrina.

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