jueves, 16 de marzo de 2017

Zen, mami, hembra, tierra, Cristo: Kerouac, Big Sur o el loco que nos dice





Dedico esta entrada a reseñar un libro de Jack Kerouac. En concreto Big Sur, la crónica del áspero hundimiento en la locura alcohólica del propio Kerouac. Lo hago por el interés de la alteración de conciencia, del imaginario desplegado y de las experiencias visionarias que describe, a un milímetro del delirium tremens. El relato, como ya he dicho, narra este proceso de crack alcohólico a medio camino de la degradación psicológica y de los recursos anímicos de Kerouac, centrados en su vocación contemplativa y espiritual. Todo un recorrido por las diversas alcobas y escenarios a los que nos conducen las muy diversas maneras de mirar el mundo. Las veredas de la imaginación creadora, la vida como visión. Como visión que nutre o enferma.


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Big sur. He de reconocer que Big Sur es un libro que me ha conmovido. La apoteosis final de locura alcoholizada, el psiquismo efervescente de Kerouac anunciando su hundimiento, la capacidad de presentar al lector su ángulo enfermizo como muestra de la creatividad, a veces maleva y dolorosa, del imaginar humano, el talento capaz de mostrarnos registros tan diversos de mirada… Este último asunto se me revela de especial interés. Advirtamos cómo la mirada de Kerouac promoverá texturas de realidad de gran variedad de matices. Desde la apertura, limpia y vacíada, a la vida natural y a su belleza hasta los más sombríos acercamientos al delirum tremens. Del otro lado de esa variedad de mundos estará el psiquismo de Keroauc (su cuerpo-mente) moldeando la vida a golpe de imaginación. En tal tránsito, la vida le irá revelando rostros cambiantes -del sexo, de la pareja, de los otros, de la naturaleza-. Esos rostros dependerán del encuentro entre sus estados anímicos y una realidad inasible en permanente mutación. La realidad percibida será completamente diversa dependiendo del estado de ese imaginario generalmente desatado y a veces silencioso. Todo un compendio de las capacidades de la imaginación creadora accediendo a mundos de muy diverso calado.

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Big Sur. Desde el comienzo del libro el alcohol se apodera del escenario con violencia, perturba el cuerpo y perturba la imaginación. Esa imaginación perturbada devolverá a Kerouac una imagen y una conciencia completamente alterada de las cosas. Un ejemplo de imaginación creadora enferma y una muestra de que no hay ni adentro ni afuera sino la conciencia copulando con la realidad y accediendo, desde su propia actividad, a texturas de vida muy diversas. Finalmente, en la cresta de esa alteración alcohólica de la imaginación Kerouac alcanzará los lóbregos escenarios alucinatorios propios de los vinos turbios, si es que la dosis cotidiana se ausenta. En medio de esa jungla oscura Kerouac encontrará el contrapunto de una experiencia religiosa de la que el alma se nutrirá ante el asedio de su descomposición. Las referencias budistas y su encuentro Zen con la naturaleza concurrirán con su experiencia de la cruz como símbolo y potencia salvífica.

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Big Sur. Imaginemos la gran variedad de registros anímicos y de vida indicados en este drama religioso y alcohólico, contemplativo y demente, budista y cristiano. Desde la creatividad del artista hasta la psicosis siniestra. Personalmente, me conmovió la historia de Kerouac con la que era su pareja del momento durante su experiencia de locura. Esa misma noche les soñé a ambos en plena Edad de Piedra. El, siniestro y abducido; ella, bella y expectante. El miedo a la mujer y el refugio en mami –mami donde estás- asoma con nitidez en esta historia de desamor… Finalmente, y abrazándolo todo el alcohol como ese ángulo oscuro que se contrapone a la vocación contemplativa y a la curiosidad intelectual de Keruoac. El alcohol investido en sus postreras visiones-alucinaciones con la apariencia del genio demoníaco que se confronta a la redención en la cruz. La memoria, en plena locura alucinatoria alcohólica, se le brindará redentora y crística. La cruz, como símbolo de transformación, como ese brindarse del espíritu que redime del dolor. En ese momento las referencias cristianas, en tanto redención del dolor, desplazan a un budismo zen entendido por Kerouac como una indicación para el cultivo de sí y para la ampliación de las miras. Se trata de salvar los muebles; la gran salud queda lejos.

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Big Sur. Los malos vinos y sus delirios. Detonaciones confusas en la mente; agitaciones, sudores, miedos, celos, el infierno son los otros, las paranoias todo lo tiñen en esta inmersión adictiva en el alcohol. Da igual que se trate del amigo, de la amada o de su hijo. La experiencia vivida de los delirios alcohólicos de Kerouac. De todo eso va Big Sur. De sus deliriums tremens incipientes. De los alcoholes recios devorando su alma. Finalmente alucinaciones y la mente deshaciéndose en culpa, confusión y dolor…Y lo que es peor, ese dolor siendo desplazado hacia el otro; la hembra, el niño, el amigo... Entre todo ello, alguna ayuda extra de la discreta reserva de la memoria; y “después de” la enorme honestidad y valentía de Kerouac contándolo. Big Sur, un drama religioso empapado en alcohol, saturado de alcohol diría; hasta casi vislumbrar el hocico del espectro siniestro y negruzco del delirium tremens... Con todo, un jalón decisivo en ese encuentro entre Cristianismo y Budismo que radiografía la vida interior de Kerouac. Un libro estremecedor que poco a poco nos va mostrando la locura.

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Big Sur. Kerouac huye de una sociabilidad mortecina y descompuesta por el alcohol. La sociabilidad inagural de la beat generation, la de esos beatniks cálidos y marginales de sus primeras novelas, va siendo sustituida por la de los llamados beatniks fríos; más atentos a la estética, al dandismo o al snobismo literario. Sólo Cassidy, junto al practicante de Zen Philip Whalen (Ben Fangan), responden en el relato a esa visión encantada de los beatniks cálidos de “On the road” o de “Los vagabundos del dharma”. Gary Snyder también tendrá una referencia fugaz en Big Sur; Gary Snyder, la coherencia contemplativa de la generacion beat. La calidez de los primeros beatniks, su cultivada distancia con la programada y febril sociedad de consumo, la marginalidad nómada, la intuición de una vocación contemplativa, un carpe diem entregado a la inocencia dionisíaca de la vida… Con todo, la distancia hacia la frialdad devenida del movimiento beat será menor que la expresada en “Los subterráneos”. En Big Sur, básicamente, a Kerouac se le va la cabeza asediado por el alcohol, el cuerpo se le deshace, el alma enferma. Kerouac se siente y se vive como un enfermo que se arrastra en la vida y por eso huye a Big Sur; como quien ansía un hospital a su medida; lejos del mundanal ruido; en soledad, con la naturaleza como compañera. Allí, en su retiro y en su huida, la soledad, la naturaleza y ciertos vinos removidos, escribirán el guión de sus idas, de sus huidas y de su implosión final.

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Big Sur. Una cabaña perdida entre la más salvaje naturaleza. Son varias las intuiciones de Kerouac y varias las fases que se van transitando hasta el desplome. El espejo de la naturaleza será una de las claves del relato. La naturaleza se asemeja más a esa indicación de lo sublime que nos apuntara Kant. Su rostro no es el de la mera belleza ajardinada que nutre el gusto de quien la contempla. El acceso a la belleza natural se entremezcla del contacto con un poder avasallador. El mar, la montaña, los farallones rocosos... Su poder nos estremece, nos atemoriza incluso; parece removerlo todo, hasta nuestras desazones y miedos. Tocar ese poder puede devolvernos temerosos a nuestra conciencia corriente y hacernos huir. Kerouac, bien abierto, buscaba la soledad en su viaje a Big Sur. Pretendía alejarse de una sociabilidad empapada en alcohol para alcanzar una soledad deseada y temida. En las soledades y retiros todo brota. Ante la naturaleza también. Su belleza se brinda pero también ese carácter sublime; por utilizar la ya indicada imagen kantiana. La naturaleza y la soledad se convertirán en el espejo de Kerouac. Un espejo que devolverá la belleza de la vida, la posibilidad de ser uno con ella, las referencias zen y budistas como metáforas para la apertura y la plenitud de la vida… Sincrónicamente, ese mismo espejo devolverá también el pánico, la paranoia, los celos más siniestros, el terror hacia esa naturaleza tremenda que nos sobrepasa y nos reduce a la Nada, la fuga a esa sociabilidad enfermiza y a los alcoholes enfermantes, la sombra que emerge, la cruz como cifra de redención.

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