lunes, 26 de diciembre de 2016

Locos y fieles de amor: Diotima, Mishima, Reiko...

Yukio Mishima. La música de las esferas. Me refiero a esa música que este escritor japonés nos propone como espejo de la propia capacidad erótica en su relato Música. Ahí el eros rebasa los limes de la propia corporalidad y todo objeto de deseo para devenir cifra y símbolo unitivo. En el eros lo humano queda abierto y se une a la totalidad de la vida, a su naturaleza sinfónica. Eros y atención pura, actividad y receptividad, se tornan uno y lo mismo. “La música se deja oir. No cesa nunca” nos dirá Mishima.

En la obra que nos ocupa este escritor japonés, a través de la metáfora musical, nos indica ese reino de eros, el de los frutos maduros del Amor, en tanto aspiración final y motor de la vida humana. Un Amor que abre y sirve de puente de comunicación con la vida. En sus propias palabras incluso capaz de amparar el acceso a “una perfecta unión con el mundo exterior”. Sin fisuras, sin sombras, sin miedos, sin bloqueos... En ese estado no puede haber dualidad ni contrarios. Estos deben quedar integrados y rebasados. A propósito de Reiko, el personaje central de Música Mishima nos dirá: “en aquel momento debía encontrarse en un estado de bienaventuranza. La mentira, la verdad, las pequeñas preocupaciones… lo había superado todo. Atravesaba un territorio celestial con luminosas nubes y se encontraba ciertamente escuchando la música”. Así será este éxtasis amoroso capaz de aunar los polos opuestos de la vida. No en vano Mishima se referirá a Santa Teresa… ”Todos los hombres, en cualquier situación en que se hallen, reconocen rápidamente la luz interior desencadenada por el amor en el cielo nocturno de su alma”. A lo dicho responderá la metáfora musical propuesta, a la intuición directa de la armonía de la vida más allá de todo sinsabor, de toda escisión y de toda confrontación. Está metáfora, desde Pitágoras, será utilizada con recurrencia en tanto metáfora unitiva o no dual. La misma no indicará un mero experimentar “que se tiene” sino una apertura que transfigura la persona, una iniciación hacia ese estado olímpico en el que la música ya “no cesa nunca”. A tal llegará el cuerpo y su potencia de vida; más allá de sí.

En Música Mishima aborda una reflexión y un viaje a través del Amor. Desde eros la vida se abre al amante y ésta suena como la música, variada en sus notas pero ordenada; saturada de contrarios y contrapuntos pero naturalmente armónica. En el Amor la vida revela su envés de integración y belleza. Incluso el amor más anatemizado es capaz de servir de puente a ese estado de apertura en el que la vida aúna sus escisiones y nos ofrece un perfil no-dual de armonía y belleza. “La música se deja oir. No cesa nunca”… Así termina precisamente el relato del que nos ocupamos en esta entrada. Un recorrido detectivesco por las alcobas del deseo humano, del amor incestuoso, de las inhibiciones de la propia erótica. Es cierto que el libro tiene una importante deuda con el psicoanálisis pero se plantea como una crítica post-psicoanalítica del mismo. Eros desborda completamente los reduccionismos freudianos del mismo modo que el proceso analítico su formulación desde la psicología clínica. La aparente patología y lo sagrado, en esa música de la que nos habla Mishima, se encuentran. Los contrarios revelan su enlace en lo sagrado, su plano de integración. Lo que nos confrontaba y atenazaba sirve, finalmente, para revelar. Los recorridos de eros son infinitamente más complejos que el de aportar una simple perspectiva deudora de la psicología clínica. Por eso Mishima se decanta por un análisis de corte existencial en el que el Amor sea ese quicio que abre a la vida revelada como música. El escritor japonés nos da una referencia concreta, la del deseinanalyse –análisis existencial- de Binswanger. De acuerdo al mismo el análisis encuentra su horizonte y complemento en la ontología de Martin Heidegger, o lo que es lo mismo en la referencia al acontecer -a lo que va siendo- y a su experiencia. Desde tal perspectiva, la del dasein, la del ser en el ahí del ser, se considerará toda la vida psíquica; sea ésta mas o menos patológica, desde el común anhelo de alcanzar ese Amor unitivo que abre a la totalidad. Es más, todas las desarmonías de la vida del alma quedaran referidas a ese anhelo en tanto obstáculos y resistencias a la propia irrupción de eros. El Amor será así el dinamizador y el destino de la vida psíquica. Un amor que abre al Ser y a la vida, progresivamente y a diversos niveles, como en la escala de Diotima. De ahí que no deba causarnos sorpresa alguna la existencia de un poder misterioso que, emergiendo, regule la vida del alma humana: la de las potencias del eros y su irrupción. El mero análisis de la psique quedará pues rebasado por las renovadas síntesis personales que emerjan del encuentro erótico en lo que sería una ebriedad o locura amorosa; esa misma de la que nos hablara Platón,


El destino del hombre en el Amor será precisamente el de la realización de sus capacidades unitivas con la propia vida. Desde las mismas sólo queda ser uno con la vida y atender extasiado a su sinfonía. El éxtasis cuando a uno le roza sobrecoge. Su memoria acompaña de por vida. No deja indiferente el Misterio de Belleza que viene a revelarse. Basta un mero roce de esa música para reordenar toda la existencia. De ahí que eros, ese Amor que abre a la vida, sea el motor oculto del psiquismo humano, su más poderosa arma, su fuerza motriz. Adentrarse en los misterios de eros conduce siempre más allá de sí. El tránsito de sus senderos cambia y transforma. Ahí la vida se revela ofreciendo de su mano un irrefrenable caudal de plenitud y salud. La propia erótica encuentra su modo de plenitud en la recepción pura de la vida. La visión abandona los terrenos de un imaginario traslúcido y se ciñe a la música de lo más estrictamente real. “Sentía la música por todas partes, llenado cielo y tierra, sonaba envolviéndome, atravesaba mi cuerpo”… La cuestión del cuerpo, central en todo proceso espiritual…

No es baladí la alusión al cuerpo que convoca Mishima. Tampoco lo es la alusión al orgasmo y al encuentro entre cuerpos como metáfora de ese éxtasis musical. Bien de la mano de esa percepción espiritual olímpica, majestuosamente musical, capaz de aunarlo todo. Bien a través de esas sombras que en su reverso esconden el Misterio de su pertenencia a esa vida indestructible y Una que cantaran los fieles del dios Dionisos. El espíritu se brinda así en la carne. La del Amor es la buena nueva. La capacidad de atención y apertura la condición de su refinamiento; el silencio en esa música a la que por fin se accede, el vacío devenido tras la integración de los fantasmas del alma... Reiko no es capaz de escuchar la música pero todo su periplo la conducirá finalmente a sentirla. “El sólo hecho de pensar en la música la hacía desaparecer. El concepto de la música anulaba en ella la música misma”. Mishima sabe que la música de la vida se brinda en el silencio más allá de toda actividad mental. Ese mismo silencio interior que nos exige el éxtasis. Ahí el cuerpo se abre a la vida y queda desbordado en la liberación de sus propias potencias perceptivas. El cuerpo rompe sus límites y su carne es la del propio mundo. Erótica y contemplación devienen Uno y lo mismo. No hay ni interior, ni exterior... Como bien nos recordara Baruch Spinoza: “Si supiéramos lo que puede un cuerpo…”. Mientras tanto nos arrastramos. La cuestión abierta: ¿Cómo se despierta el eros?

sábado, 10 de diciembre de 2016

¿Estética platónica?

Me adentraré en un tema polémico y poliédrico. Por un lado podría decirse que en Platón no hay estética alguna en el sentido en que lo hacen autores perennialistas como Coomaraswamy; y, necesariamente, será así. No olvidemos que la estética es una disciplina moderna que surge al calor de la autocrítica a la propia Ilustración abordada por determinados ilustrados tardíos como Baumgarten o Kant. Por otro lado el esbozo de un Platón racionalista ajeno a cuestiones estéticas y a la belleza resulta completamente delirante por mucho que así haya sido propuesto por autores tan reputados en la Academia moderna como Zeller. 

Como podemos observar en este debate late el sentido que demos a la palabra estética. Estética viene del griego Aisthesis que significa sensación o percepción. En principio, al querer afirmar una perspectiva estética, se quería valorar la percepción, lo sensible y su experiencia; algo completamente dejado de lado por la razón ilustrada. Rápidamente la reflexión estética paso a considerarse una reflexión sobre el gusto estético y el arte; incluso se retomó la cuestión de la belleza más allá del mero gusto... Entendida desde esa reivindicación de lo estrictamente sensitivo la estética será una perspectiva completamente moderna ajena a la teoría tradicional de la belleza. Sin embargo la reinterpretación romántica de la estética, a partir de una belleza ontológica -la belleza como sello del ser que se brinda en plenitud-, cambia la escena. Por eso no será de extrañar que haya autores que retomando la estética la reinterpreten desde la ontología instalándola en una perspectiva tradicional más afín al pensamiento platónico; incluso desde la metafísica cristiana se ha reinterpretado la estética, tal será el caso de Von Balthasar. En realidad toda reinterpretación de la estética desde la ontología o la metafísica responderá, de un modo o de otro, a una impronta romántica y crítica con la Ilustración.


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Se ha dicho que todo el pensamiento occidental no deja de ser un conjunto de notas a pie de página del corpus platónico, afirmándolo, matizándolo o desdiciéndolo. Más allá del tópico se hace evidente la descomunal relevancia del legado del fundador de la escuela de Atenas a lo largo y ancho de toda la Historia de la cultura occidental y de la propia Filosofía. Hasta el punto que en el tema en que nos ocupa, el de la estética, el repaso del legado platónico se hace decisivo; incluso a pesar de que pueda decirse que Platón, si quiera, concibiera, como tal, una estética. No olvidemos que la estética surge en el contexto de la Ilustración madura a partir de la reflexión de ilustrados como Kant,  Baumgarten o Schiller. Todos ellos pretenderán el esbozo de una estética entendida como disciplina autónoma radicada en la atención a la experiencia y al gusto estético; eso si dejando de lado los peajes y las proyecciones inherentes a la religión y la metafísica.

Efectivamente, atender al legado platónico y a su contraposición con la estética delimita el contexto a partir del cual surge esta disciplina y, también, las recurrentes nostalgias existentes respecto de estéticas de corte ontológico que transciendan, en lo contemplativo, la cuestión del mero gusto estético. No olvidemos que para Platón la reflexión estética queda, de suyo, incorporada al contexto general de su reflexión metafísica y ontológia (por eso no hay una estética autónoma). Y, precisamente por eso, será por lo que Platón carezca de un pensamiento estético en el sentido moderno del término. Por lo demás sus reflexiones estéticas quedaran encuadradas en las reflexiones que el ateniense haga respecto de la música, la poesía y el arte figurativo; todos serán considerados como variedades de tejne –técnicas productivas-. Para referirse a las mismas Platón empleará la palabra poiesis[1] –fabricar, producir, generar; en sus propias palabras “traer algo al ser desde el no ser”[2]. En “La República” el ateniense diferenciará entre una poiesis de fabricación de artefactos y la mymesis como producción de representaciones[3]; la cual agruparía a la poesía, la música, la danza y demás artes. Respecto de las artes la cuestión será si la composición de la mymesis debe resultar fidedigna respecto del modelo que representa y no ilusoria o fantasmal.

Hay quien ha interpretado el hecho de que no podamos hablar de una estética platónica –en concreto Eduard Zeller- como un desinterés manifiesto por parte de Platón respecto de las cuestiones estéticas. Sin embargo basta con asomarse a la obra platónica para advertir, como bien nos indica Wladyslaw Tatarkiewicz[4], la importancia en su obra de debates  y reflexiones que, al día de hoy -demos por válida la reinterpretación romántica de la estética- consideraríamos como reflexiones sobre cuestiones estéticas. Platón no aborda la elaboración de una estética sistemática y autónoma, ni entiende las artes como lo haría un moderno; ahora bien preocupaciones intelectuales que hoy consideraríamos como estéticas están perfectamente atendidas y enhebradas en el sentido general de su reflexión filosófica. Además el propio Platón, como nos advierte Frederick Copleston[5], está muy lejos de ser alguien insensible a la capacidad de fascinación del arte, a la belleza que puede revelar y a su poderoso poder sobre las almas. Platón tampoco será insensible a la belleza de los cuerpos ni tampoco a la belleza natural[6] del mundo[7] y sus formas. ¿Cabe hablar pues de reflexión estética platónica?… Creo pertinente hablar en tales términos, ahora bien, en un sentido laxo y, en todo caso, como modo de reconocer determinadas cuestiones efectivamente tratadas en el discurso platónico. Se trataría más que de una estética de una reflexión de contenidos estéticos más allá (o más acá) de la estética. Me remito a lo dicho por Tatarkowsky y a la importancia de dejar de lado el error de Zeller. Por eso considero pertinente referirme, un poco intempestivamente, a la reflexión estética platónica. Entiendo que lo dicho supone dirigir a Platón una mirada al tanto de determinados debates contemporáneos y desde la ponderación de la reflexión estética contemporánea pero desde esa impronta románica que se distancia de la modernidad ilustrada.

Como contexto general de todas las reflexiones platónicas de carácter estético habrá que tener en cuenta que, para un griego de la época, la belleza no solo se limitaba  a la belleza de formas y colores sino a todo lo que fuera digno de admiración, de maravilla y de gusto; lo que incluirá referencias de orden sapiencial, políticas o éticas. Atendiendo a este sentido amplio de la idea de belleza habrá que considerar que la reflexión estética platónica implicará no solo valores estéticos sino también valores morales, políticos y cognoscitivos. Esta manera amplia de entender la belleza habrá que tenerla siempre a la vista para entender la reflexión estética de Platón y sus vínculos con la trama general de su pensamiento.



[1] En este mismo diálogo Platón reseñará como si bien poiesis quedaba referido a toda técnica productiva  en el lenguaje cotidiano primaba referirla a la poesía y a la música.
[2]El Banquete 205c
[3] La república 601d; En la misma línea El sofista 219a
[4] Wladyslaw Tatarkiewicz. Historia de las ideas estéticas I. Ed Akal, pg, 119
[5] Frederick Copleston. Historia de la Filosofía, vol I. Ed Akal, pg. 219
[6] De hecho la tradición renacentista del locus amoneus tendrá su precedente más antiguo en el Fedro 230b  y en Las Leyes 625b, ese lugar natural amable y placentero en el que reflexionar y deleitarse.
[7] Timeo 27
(8) La foto es una representación de Atenea siguiendo el canon hierático del arte severo-clásico