domingo, 29 de enero de 2017

Palabra viva, imaginatio vera

Somos cuerpo y palabras, y entre palabras se aquilata nuestro espíritu. Así es, las ideas y las palabras crean e instauran nuestro complejo mundo; y tanto es así que la capacidad de entender y de discernir se enhebra desde esas palabras. Por eso, precisamente, será tan estéril, para el discernimiento, mediatizarlo desde las categorías de lo objetivo y de lo subjetivo; de tal suerte que lo objetivo sea “eso que es” y lo subjetivo la mera “divagación”… Considérese que interior y exterior se encuentran en un absoluto régimen de reciprocidad y retroalimentación; de tal modo que diversos condicionamientos internos delimitan el mundo que somos capaces reconocer. Me limito a constatar el carácter creativo y creador de nuestra percepción y capacidad de comprensión. Del mismo modo que el mundo que reconocemos queda prefigurado desde factores internos lo subjetivo, en su misma constitución, queda abierto a la exterioridad. Conocemos, somos y accedemos a lo real a partir del estado de nuestra alma; y nuestra alma, desde el vigor de su imaginar, encuentra en el lenguaje una potencia especial, una vía abierta de necesario tránsito, un brío propio al que se debe atender. De tal brío dependerá la vida que se brinde. Serán los estoicos quienes nos recuerden como ese brío imaginativo cristaliza en un imaginar que, o nos abre al conocimiento, o nos extravía en nuestras propias proyecciones... Imaginatio vera; phantasia katelektike...

El lenguaje es nuestro límite pero al tiempo nuestra fibra. Límite y fibra sirven nuestra forma, es decir, lo que nos delimita, diferencia y singulariza. Precisamente, el hecho de que el lenguaje nos constituya y modele permite afirmar que lo que no se nombra no existe, cerrándose así su emerger en la conciencia. Más allá del extendido culto a un experiencialismo de orden sentimental, que se contrapone a lo racional y a todo rigor, advirtamos cómo nombres y palabras delimitan posibilidades de sentido y discernimiento. Y no sólo. En la palabra acontece la propia instauración de la vida, de la vida de la que somos capaces. La palabra será así símbolo de algo que la transciende pero al tiempo la exige. En la palabra viva vendrá a cobrar figura nuestra capacidad de experiencia y conocimiento. Por esto mismo la importancia de saber nombrar y dejar ser a las palabras de cara a la cualidad y forja de la propia existencia. De metáforas y recursos hermenéuticos dependerá la textura de vida que surja de toda experiencia. De la carencia de tales recursos, incluso, se podrá derivar el desplazamiento de la conciencia y la ignorancia sobre ciertos procesos vitales.

Todo relato humano, sea éste mítico, poético o filosófico, no será sino la estela dejada por alguna singladura del alma al tiempo que el intento de elaborarla y componerla. De ahí su interés y su universalidad. La palabra, en tanto símbolo, encontrará así su esencia más allá de sí. En la propia experiencia íntima a través de la elaboración narrativa de la misma. Así las cosas de lo que se tratará será de adentrarse en estas expresiones –básicamente relatos- que destilan, refinan y asientan la capacidad y las variedades de experiencia del hombre con el fin de integrarle en su conocer e incrementar su adaptabilidad.


Acogerse a palabras inadecuadas o ajenas será todo menos irrelevante de cara a la textura con que se nos brinda la vida. Acaso, peor todavía, sea el acogimiento inconsciente a ideologemas y tópicos sociálmente vigentes que, inadvertidamente, estabulan nuestra capacidad de experiencia, mediatizando la misma. Ernst Jünger nos recordará en La Emboscadura esta dimensión mediadora del lenguaje como fuente de vida. En sus propias palabras “El lenguaje forma parte de la propiedad del ser humano, de su modo propio de ser, de su patrimonio heredado, de su patria, de una patria que le toca en suerte sin que él tenga conocimiento de su plenitud y riqueza... Así como la luz hace visible el mundo y su figura, así el lenguaje lo hace comprensible en lo más íntimo, y no cabe prescindir de él, pues es la llave que abre las puertas de los tesoros del mundo. La ley y el dominio en los reinos visibles y aún en los invisibles comienzan con el poner nombre a las cosas.”

Con las palabras sucede lo que con todo símbolo. Las palabras indican; vinculándonos con la vida, su esencia, queda fuera de las mismas por quedar remitida a esa vida. Quien se queda en su literalidad y en la mera palabrería no franquea su aduana; se queda en las cenizas que dejan las ardientes brasas. Ahora bien, su aduana y su misterio nos teje; y no solo al nivel de nuestra racionalidad sino, sobre todo, en la urdimbre de nuestros propios sentires. La palabra será tanto racionalidad como relato. Mythos y logos... En el relato y el pensamiento la vida del hombre se compone encontrando su forma.

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